sábado, 29 de agosto de 2009

HANGAR HUNGRY


HAMBRÚ SE FUE A LA GUERRA
Orlando Luis Pardo Lazo

La quinta hambre de los locos, barbarismo de comensal ofuscado. Buscar la quinta pata del antropófago, cópula o compulsión de comer, comer, comer. “MP se la comió”, me escribe por e-mail un bloguero agropecuario cubano desde la Aquitania, y me adjunta el ensayo “Para una metafísica del hambre”, recién publicado por Manuel Pereira en la revista ENCUENTRO DE LA CULTURA CUBANA 51/52.

Sobreviviente del Período Especial de Guerra en Tiempos de Paz, yo vi el hambre mondo y lirondo literalmente al doblar de la esquina, pero nunca tuve que sufrirlo en papila propia. Huí de los comedores post-proletarios como de la peste finisecular. Fui un privilegiado de la clase paupérrima. La lucidez de mi madre logró una microeconomía para disimular nuestra humillación gastronómica. Todos los días del mundo en mi casa se masticó dos veces, las dos siempre en familia, mientras allá afuera Cuba bien podía caerse a carteles contracastros y pedradas y balsas y tiros y presos y hasta el mismísimo Rey sonrosado de España en una fidelísima y famélica Habana.

Sin embargo, mi colega agrocorresponsal en Francia sí tuvo que soportar lo peor en sus bostezantes tripas con tripanosomas. A veces salía por la calle Monte a montear algunas sobras que masticar y, en los días limítrofes, a oler por las ventanucas lo que se cocinaba en otro hogar. Pensó en suicidarse, es obvio, pero la locura de la escritura náufragamente lo rescató: Insania 1, Inanición 0. Yo no lo conocía entonces, lo que me exime de toda culpa por no haberlo invitado a compartir nuestra doméstica ilusión estomacal.

“Para una metafísica del hambre” es, por supuesto, una (otra) estocada genial de Manuel Pereira, de quien muy poco o nada he canibalizado en mis columnas. Una vez creí escépticamente en su versión bio-apócrifa del Curso Délfico post-lezamiano. Pero ese Lezama Lima canónico fue el primero de nuestros grandes mitos que, como el hambre cubano, enseguida me dejó de hipnotizar (tal vez por hipócrita: por hipostasiar el horror).

En la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana yo polemizaba con el resto del aula o jaula. Se suponía que yo representaba allí cierta corriente liberal post-PCUS y ellos eran la ortodoxia de oro pro-PCC. Pero no hacían más que quejarse de la falta de jama y del pésimo transporte y de los apagones al por mayor y de los reactivos vencidos en los laboratorios y etcétera, etc. Puaf. Yo pretendía la tensión política de todo diálogo polémico entre ideologías con cosmovisiones antípodas, pero allí nadie soportaba discutir discursos tan abstractos. A mí me daban igual las hamburguesas McCastro, siempre y cuando alguien lograra hechizarme con un solo argumento ético a su favor, pero ellos acaso ya estaban convencidos de que en Cuba nadie nunca más estaría convencido de nada. Yo me quedé dietética y diletantemente blogueando dentro de la isla; ellos me actualizan con attachments por e-mail desde un exilio no demasiado fácil pero sí bastante feliz.

A la promoción de bioquímicos de 1994 Cuba la catabolizó pa´l carajo. Y a muchas otras también. Y me alegro en muchos sentidos: que cada cual se ubique donde mejor le plazca la geopolítica. Lo triste es que me quedé con ganas de saber cómo pensaba entonces mi generación. Quiénes eran ellos y quién podría llegar a ser, en medio de todos ellos, yo. Nunca me enteré de nada. Me faltaba sentido común, supongo: esa astucia brechtiana para elegir cuándo y dónde y con quién hablar de qué.

Desde muy pequeño tengo la intuición de que voy a pasar hambre. Un hambre primero que todo, mental (nunca entendí del todo a mis profesores ni padres: me quedé siempre con la sospecha de que ni ellos mismos sabían la causa última de la formulita que me explicaban tan convencidos). Un hambre en definitiva, material. Incluso en un apartamento de lujo del capitalismo septentrional, me veo fácilmente pidiendo limosnas en un parque o comiendo cosas crudas del freezer cuando mi madre no esté (a Lezama Lima de algún modo le ocurrió así, en la desesperada década que él sobremurió a su Rialta real).

Desde adolescente me veo tragándome las consecuencias más inconcebibles sin haber hecho nada para merecer la indigestión de un destino o desatino así: “Síndrome de Pánfilo”, podríamos rebautizar ahora a esta condición preclínica.

Desde siempre sé que ningún tiempo pasado fue mejor, y que sólo su reescritura puede trocar el cólico en color: sólo la palabra silente sacia nuestra hambre oral de acción; sólo en el texto fuimos opíparamente libres para suicidarnos y aún sobrevivir a cualquier gastro o castrorrevolución; sólo en estos eructos de autista reside ahora mi paz post-pandreal en tanto autor.

viernes, 28 de agosto de 2009

THE TRIAL MUST GO ON


THE TRIAL
Orlando Luis Pardo Lazo

Y finalmente fue, o está siendo aún, el juicio. El primero de los juicios del falso complot cubano anti-clerical.

No fue en Prado y Teniente Rey, sino en la sala especial de Carmen y Juan Delgado, en La Víbora.

Mi madre allí a medio desayunar, como Testigo nada menos que de la Fiscalía (eso no lo decía su citación), ingrávida pero serena. Yo, atarugado de ver tanto personal seguramente de seguridad. Guardias con uniforminint color verde clorofila. Tipos de civil en las cuatro esquinas (ese uniforme ya es casi más reconocible que el oficial) y también más allá. Muchos de ellos entraron luego a la audiencia, tras un fulgurante acto de prestidigitación para mostrar un carnet con las siglas DTI. Patrulleros trayendo oficiales, también al o los acusados. Alguien de la Técnica Canina con bata blanca doblada en el brazo. Celulares y walkies-talkies, pero sin mucho aspaviento, más bien charlando sobre preciosismos legales y casos curiosos del sistema penal (tal como en las colas de los hospitales sólo se habla de milagros al borde de la tumba y de enfermedades letales que al inicio no parecían tal).

Afuera, estuve sentado al lado de la madre y la hermana (y un sobrinito muy chico) de al parecer el acusado principal. Sobreoí que eran varios, pero que él había querido asumir toda la culpa sin involucrar a nadie más. El nené no se estaba quieto. Mis manos tampoco, revolviendo unas cartas de Calvert Casey importadas a Cuba por vía legal desde la Biblioteca de la Princeton University, New Jersey, USA: C.C. versus G.Caín: una delicia y un desperdicio que Cuba debiera poder publicar sin tantos líos de copyright.

A mis espaldas, las empleadas de una farmacia se daban banquete rememorando los juicios de asesinatos famosos desde los noventa a la fecha. En este caso, aseguraron, Cuba tendría que pagarle millones a España o al Vaticano, eso estaba aún por dilucidar. La familia del muchacho es casi seguro que podía oírlo todo también, pero ellas simplemente ya no prestaban atención a nada. Como en el limbo, si acaso concentradas en que el niño no se cayera en uno de sus correcorres y pataletas.

Más allá de las diez de la mañana, dos horas más tarde de lo previsto por escrito (8:45 AM), dejé a mi madre allá dentro, merendando gratis un pancito estatal.

Salió bastante rápido y sin demasiada información. Declaró y la autorizaron a perderse de allí. Dijo apenas lo bueno que había sido para la Iglesia de Lawton el Padre Eduardo, sacerdote español asesinado en febrero pasado. Al final le pidieron mirar de frente a un par de jóvenes identificados como los acusados. Ambos la miraron a ella con filo en los ojos. Mi madre dijo no reconocerlos. Y no los conocía de verdad. (Uno de ellos, justo antes del inicio del juicio, le dijo a su familia presente ya en la sala: “Mírenme, no estoy llorando”.)

Es todo.

Estoy de vuelta insano y salvo en mi casa de tablas en Lawton. Respiro, tecleo. No quiero ni imaginarme lo que sigue pasando en una sala especial de Carmen y Juan Delgado, La Víbora.

El resto del mundo supongo que tampoco desea enterarse de nada, porque hasta el mediodía del viernes cubano por allí no vi ni rastro de la prensa internacional.

miércoles, 26 de agosto de 2009

RUBEL COCKROACHES


CUBARACHAS ROJAS
Orlando Luis Pardo Lazo

Recuerdo cucarachas no sólo en la madrugada de Lawton, al pasar por la cocina zombi rumbo al baño a mear, y oír el scratch escalofriante que provocan sus patas y alas en movimientos de burdel.

Zoé Valdés, Ena Lucía Portela y Anna Lidia Vega Serova, acaso en ese orden, han narrado el cucaracherío insular de la nata cotidiana de los años noventa en Cuba.

Una vez llegué a mi aula de la Facultad de Biología con el cuerpo de una de ellas en la mochila. Muerta. No podía hacer otra cosa que dejarla allí dentro hasta terminar el turno (Biofísica). Pero después se me olvidó aquel bicho. Fue varios días después cuando la boté de su nicho mortuorio. Para entonces ya sólo era polvillo sepia de cucaracha.

Por esa época un amigo de otra carrera biológica se montaba en las guaguas con un pomo de vidrio lleno de cucarachones de jardín. Así alimentaba a unos chipojos jurásicos en extinción que él criaba en su propio cuarto, para conservarlos y como fuente de ADN para estudios evolutivos. La gente se escandalizaba y esa histeria lo ponía aún más eufórico. A veces metía la mano y cogía una. Me la enseñaba teatralmente para todo el público asqueado de la guagua: “Mira, está preñada, estos son los huevitos...”

A pesar de que la higiene era superior al resto de la ciudad, en una centrífuga de un centro biotecnológico muchas veces vi cucarachas, sobrevivientes a la refrigeración y a la fricción y a velocidades de giro capaces de precipitar proteínas y otros mondongos moleculares. En una cubeta de cuarzo de un espectrocolorímetro me pasó algo parecido.

También vi una muy pequeña dando vueltas en una cinta de música en la consola de una cabina de radio, en la COCO. Era una tarde de domingo de los años cero y yo estaba allí para publicitar penosamente mi libro de narrativa “Empezar de Cero”.

No me gustan, pero no me gusta matarlas. Creo que pudieran estar cumpliendo su rol. Como cada ser sobre la cáscara de este planeta. Como yo a ras de piel dentro de este blog. Como Talia Rubel jugando sinuosa y sensualmente su rol de Lily Zarrasky, en una película casi unipersonal de Miguel Coyula: “Cucarachas Rojas”, copyright del 2004 de Piramide Films.

No sé si ella hace de actriz o de pornostar francesa o de newyorker resucitada de poltergeist o si es sólo un efecto digital más, de los muchos que, como un pastiche naif, se empastelan en este film. No sé si Talia Rubel será un nombre o un sexdónimo o la maldición metafórica del deseo que es siempre imposibilidad e ignición.

Sólo sé que ella misma se parece a un insecto, exoesqueleto frágil que muta, cabecita retorcida y preciosa, las patas pendulando como apéndices independientes que son su propia respiración, palabras perfectamente procaces pronunciadas con candor puta al punto de lo criminal. La amé. Lamí el monitor o pomo de vidrio con cucarachas en 3-D. Esta Lily de la ficción descoyuntada de Coyula me recordó los párrafos más perversos de mi cuento “Lugar llamado Lilí”, publicado en La Gaceta de Cuba a inicios del 2007, y que de pronto quise que este hombre-orquesta del cine poscubano filmara por mí: una especie extinta de “Memorias de la Desmemoria”.

Con Talia Rubel como prot-agónica, por supuesto, en aquella fábrica de muñecas llamada Lilí, monstruo punk-proletario donde se funde la muñequería futurista que va repoblando de títeres siniestros a este país (tal era el guión de mi cuento, además del incentivo incestuoso de inseminar a una infante medio difunta, como Lily Zarrasky).

Vi el fichero digital en la madrugada eréctil de Lawton, y al pasar por la cocina como un zombi excitado rumbo al baño, creí oír de nuevo aquel scratch escalofriante de los años noventa en plena patria.

Sentí un soplo fantasmal en la nuca. Recordé un inicio de Kafka, que nunca usó la palabra “cucaracha” que sus teóricos y traductores después le han impuesto. Era el aliento de Talia Rubel, adolescentaria y encueros en una Cuba roja ya vaciada hasta de cucarachas. T terminal con su entrepierna tirada como un octópodo entre los cacharros de cocinar la nada. R rubicunda con sus dientecitos de leche apiñados en la mandíbula. Mariposa bruja, no tan pecosa como pecaminosa, babosa cuyo hilo húmedo le va partiendo el cuerpo justo por la mitad. Aliento acre, afrodisíaco, de edición analógica más que digital.

Oriné y atravesé mi casona de vuelta al cuarto. Quería soñar con ella. Soñar en Cuba no tan necrofílmica como necrofílicamente con Talia Rubel. O, mejor aún: soñar en una Cuba cadáver con canibalizar los cuerpíxeles de Talia Rubel. Que me perdone Miguel Coyula por estos usos sinestésicos de su parestésica audiovisual.

martes, 25 de agosto de 2009

TNT


TANTEANDO Y TENTANDO TECLAS
Orlando Luis Pardo Lazo

0

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Que es otra manera de decir lo mismo.
Compacta y acelerada.
Escritura física fuera de fase.
No experimental, sino experimentada.
¿Qué más puede pedir un autor?

1

La noche Daína, adolescente y dinosáurica. Savia sabia.
Días de Díaz. Las iniciales de un terremoto.
Rosales sin rosas, pura espina y esputo patrio.
Hay libros como patadas. Goce de coces. Te despegan el culo de la cama y dinamitan tus coordenadas de lectura. Aunque a la vuelta de veinte años no resistan una relectura.
A la vuelta de veinte años nadie se resiste ni siquiera a sí mismo.
¿Qué más se puede pedir a un autor?

3

Tecleo sin tela, en cueros, en el cuero craso de la palabra.
Cuba siempre se pasa de lista cuando algún discurso decúbito la descoyunta.
Cuba es una cuña de caña santa, un caño de carroña cerrera, un ceño fruncido.
No podría teclear contra ninguna otra cosa de cuatro letras.
Cuba, Cuba, Cuba, Cuba.
Qué escache elevado o metido en un cubo.
Qué caché de cabos de papel periódico, no para leer sino para liar cigarrillos.
Cuba de qué coño: tetragrámaton tétrico que es ahora mi cuerpo en tanto súpernova de significados apócrifos.
Cuba, te lo advierto, compañera: mi textura te va a atragantar.
¿Qué menos puedo pedir como autor?

4

Los trenes.
De noche balan como vacas desvalidas de cabeza al matadero.
Un matadero fantasma que sobrevivió a la Crisis de los Misiles, pero no al Período Especial.
Una nave callada, umbría y sin refrigeración, donde el sol del mediodía saca a flote un tufo a mierda humana y a látex con esperma aún pataleando sin entender el por qué.
No hay por qué entender.
Tampoco hay qué entender.
Ni que entender.
Mejor, extender.
Aquí se habla grandilocuentemente de los momentos ínfimos de la Revolución.
De un cambio de luz en el semáforo de Dolores y Porvenir, por ejemplo, cuando la bárbara ruta 174 le abrió las patas a un portal donde dos niños jugaban.
De las inundaciones del Río Pastrana, cuando era río y se inundaba.
De los parques percudidos y de la tala de pinos que alguien, en algún manual de materialismo cubano, tendrá alguna vez que explicar.
De la locura mansa y enamoradiza.
De las farmacopédicas fornicaciones a la sombra socialipsista del antiguo convento de calle 10.
De los uniformes color mostaza, cuyo tinte todavía duele en la desmemoria de lo que nunca otra vez será.
De Marbelys, por ejemplo, y de Mayrette.
De la muerte cabrona de Cuba, que palabra a palabra le limó el brillo a todo y ahora se dispone disciplinariamente a despingar cuanta sílaba sobrevivió.
Ah, si tan sólo yo no fuera El Autor.

5

los tigres de detroit aman a tosca, larra, del combate corred, comepingas, a las almas, violentos, cerrad, una extraña pantera me convida, yo también hubiera podido roncar a pata suelta, sin hálito, sin gas, sin gao donde refugiarme de todo y espantarme de ti, torcuato, fotuto, fifo, en la funérea furnia fue, forúnculos mágicos de un realismo con pus, cardoso ni orta ruiz cultivo en el comité centralizado o reino en ruinas de castilla y león, un pez peleador paleado contra las cuerdas, una pez rubia con pegotes de rabia sólo para que un pitcher mediocre la lengüetee, chuchazo de escuba amarga, ah que tú te escudes, Cuba, en el instante en que ya habías rebasado tu indefinición mejor

11

Inmovilidad.
Invisibilidad.
Imbecilidad.
Incivilidad.
Inmovilidad.
Invisibilidad.
Imbecilidad.
Incivilidad.
Inmovilidad.
Invisibilidad.
Imbecilidad.
Incivilidad.

0

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Que es otra manera de hacer silencio.
Del clarín escuchad el cinismo.
Camaradas y plañideras: en plena y pobre cesión de mis facultades mentales, tengo a mal declarar que me voy volviendo cuerdo según se nos va agotando la cuerda.
Curda y cómplice estado de cubanidez.
Cuba, te cogí fuera de base. Ni en mil baños te empatas conmigo grafitando refritos de grafitis obscenos. Sal de la base, galimatías.
Buzo albañal, tanto va el búcaro a la alcantarilla hasta que se compone.
Cuba, te doy componte, niña, componte, que ay ya se viene tu marín.

7

Tampoco olvido al señor que en agosto de 1994, con un ojo fuera de órbita y la sangre payaseando sus facciones guajiras, no gritó VIVA LA PATRIA sino NO ME DEJEN SOLOS, HIJOS DE PUTA.

9

Nueve nuevas del mes nueve que nieve. Hace un año las termitas terminales la emprendieron contra una de las columnas invertebrales de la literatura que pronto será la pesadilla de este post-país: “Nueve nuevas del mes nueve”, se llamaba.
¿Qué más puedo pedir ahora que no ser yo para siempre su autor...?
Hace un año yo era muy pobre y muy falaz.
Tenía un vestido y un amor.
Tenía un cobo cadáver que me regaló una madre en un manantial de Matanzas.
Y lucía delgado, nervioso, con la cabecita calva encima del cieno y debajo del nudo (yo, no la concha del caracol).
Mi garganta ahorcada se ahogaba, agorera.
Carajeando gargajos rebuscados como gárgolas.
Sin ejercer el derecho al pataleo.
Inmóvil. Invisible. Imbécil. Incivil.
Con una dignidad antidemócrata de tres pares de cojones.
Como si de una duermevela con fiebre se tratara.
Sin ejercitar el deber del patrioteo.
Intolerable. Ininstrumentalizable. Intoolerable.

13

Mi nombre es Orlando Luis Pardo Lazo.
Nací el 10 de diciembre de 1971, viernes.
He sido hasta armenio en mi barrido barrio de Lawton.
He visto naves arder tras el telón de acero-azúcar de Tanhauser.
He olido el fuel fósil de 1959 generaciones de ómnibus populares. Vómitos de bebés y peos de moribundos.
He leído a José Martí desde el mismo desconcierto radical de quien entrega su cuerpo a la traición de un amante.
Vi a Fidel Castro una vez en el 2001, de lejos, en el Palacio de las Convenciones, y desde el público noté que nadie excepto yo lo escuchaba.
He sido su último lector y él lo ignominiosamente lo ignora.
Enterré amigos y padres sin mover un dedo.
No me he desmayado en La Habana porque un instante antes la resistencia a hacer el ridículo me recupera.
Una vez oí a una anciana en la bodega pedir la pena de muerte a una persona de quien ella sólo había oído horrores en el televisor.
Otra vez me llamaron a las tres de la madrugada, como ahora, y me dijeron: puta, traidor (juraría que reconocí la voz, y no era exactamente la de un enemigo).
Ahora soy yo quien marco los siete números. Un teléfono cualquiera, al azoro:
“Puta, traidora”, le grito en la oreja a una voz de mujer. Y la cuelgo, acaso por el cuello.
Ahora soy yo quien se desmarca en las teclas. Catch if you can, cógeme si tienes texto con qué.
A ver quién se tira contra esta tara de mis trece heces de autor.

domingo, 23 de agosto de 2009

24 el 24



PánFREElo...!!!

MÍRAME, MADRE, Y POR TU HORROR NO LLORES


MI MADRE DECLARA QUE
Orlando Luis Pardo Lazo

Este viernes 28 de agosto, a las 8:45 AM, en la Sala Octava Penal del Tribunal Provincial Popular de Ciudad Habana, en Prado y Teniente Rey, será el juicio oral de la Causa 376 de 2009.

Lo dice una Cédula a nombre de mi madre María, que está compelida a asistir en calidad de Testigo (“su falta de asistencia sin motivo justificado previamente alegado dará lugar a que se ordene su conducción y presentación por la fuerza pública y a imponerle una multa de cincuenta pesos o que dé cuenta al Tribunal competente para que sea juzgado por el delito de Desobediencia, artículo 147, Código Penal”; “se le apercibe que debe presentarse correctamente vestido, se prohíbe el uso de pantalones cortos, blusas cortas o de tirantes, chancletas, licras o camisetas”).

Por supuesto, no imagino a mi madre luciendo ninguna de esas prendas. Ojalá se entusiasmara con la idea de ir vestida así: a ver si su vejez se destiñe un poco de ese gris ratón que nerviosillamente la invade.

Tampoco la imagino declarando entre abogados ante un fiscal y las víctimas de un condenado. En sus 73 abriles nunca antes lo ha hecho (y no es una frase hecha, sino literal: ella nació un primero de abril, en la miseria atroz de las afueras de San Nicolás de Bari).

La Causa 376 del 2009 tampoco es un jueguito de abuelos: se trata del asesinato en febrero pasado de Eduardo de la Fuente Serrano, el padre español de la parroquia de Lawton.

Mi madre María nunca ha leído el diario El País (el Granma lo hojea sin ojearlo): es una virgen santa respecto a Mauricio Vicent. La he tanteado un par de veces con la palabra “homosexualidad” sobre el caso de este sacerdote (ella lo conocía lo suficiente como para declarar ahora en el juicio) y me ha mirado casi con odio. “¿Esas son las basuras que tú buscas en internet?” (y en un sentido no le falta razón).

Me da pena que a estas alturas ella deba presentarse en una sala penal. No sé si pueda concentrarse en lo suyo o si enredará aún más las cosas o soltará una pista contraproducente o hará un ridículo risible hasta para el o la o los acusados de esta causa criminal. Si alguien le pregunta sobre la sexualidad de Eduardo de la Fuente Serrano bien podría insultarlo (¿constituye delito de desacato?) y enseguida echarse a llorar.

Me preocupa su protagonismo forzado en semejante vorágine seguramente multimediática (este mismo post a priori contribuye aún sin querer).

María me ha pedido que la acompañe el viernes 28 y yo la he mirado desde una extrañeza de eones, pero no he sabido negarme al final. Como un personaje de Kafka, no me gusta tentar los procesos impersonales de la justicia. En cualquier variante, tengo cinco días para cambiar de opinión y convencerla de que es mejor que otro familiar la acompañe (el lío es que casi no nos queda familia en esta ciudad).

La Causa 376 del 2009 formalmente reúne los condimentos para concluir con una condena capital o pena máxima o comoquiera que se poetice la ejecución estatal. No puedo olvidar las primeras palabras de Juan Pablo II en riesgo de morir tras un atentado, asegurándose de que su verdugo supiera que el Papa ya lo había perdonado. También recuerdo imágenes del Sumo Pontífice en la cárcel junto al fallido autor de su muerte.

Tampoco olvido que la muerte legal lejos de disuadir, termina siendo una maquinaria indetenible de más muerte ilegal (se ha documentado que muchos violadores asesinan sólo para evitar un testigo clave que podría costarles la vida). La muerte institucionalizada, desde los sacrificios aztecas hasta Saddam Hussein en un teléfono celular, deviene venganza étnica o de clase social o revanchismo político o peor: nada, puro sadismo morboso de ver qué hace alguien cuando se entera de que lo van a matar.

Los corredores de la muerte son el infierno que ni Dios ni el Diablo se atrevieron a consignar por escrito en la Tierra. Estados Unidos y Cuba (así en la pelota como en la pelona, es importante reincidir en esta comparación) comparten todavía esta tara. Muchos de sus gobernantes pueden sentirse henchidos de poder sobre las vidas que no crearon: se convierten en monstruosos Creadores y Terminators de toda la ciudadanía, divinidades humanas que manipulan (y no parcamente) los hilos del resto de la realidad.

Muchos años después, frente al pelotón de defenestramiento, cuando aquí o allá procesan por corrupción a uno de esos jerarcas, ¿qué queda de las sentencias de muerte que allá o aquí ese jerarca ratificó? Otra vez nada: apenas papelitos pendejos de un Poncio Pilatos del que nadie quiere volver a saber. Pero el daño en carne y espíritu ya ha sido consumado para siempre jamás, si me perdonan este tono tanático tomado prestado acaso de El Libro.

Mi madre, por lo demás, me pide que no escriba en internet sobre el juicio oral del próximo viernes 28. María ni siquiera sabe bien a lo que se expone, pero por instinto de conservación insiste en ser una testigo anónima. Y yo se lo prometo, por supuesto.

¡Madre mía, tan joven, no sabes atestiguar! (nuestra vida es un absurdo refrito de Virgilio Piñera).

Yo te lo prometo, mamá, como el médico que no desea desquiciar aún más a un paciente desahuciado tanto por el exceso como por la carencia crónica de Dios.