
HAMBRÚ SE FUE A LA GUERRA
Orlando Luis Pardo Lazo
La quinta hambre de los locos, barbarismo de comensal ofuscado. Buscar la quinta pata del antropófago, cópula o compulsión de comer, comer, comer. “MP se la comió”, me escribe por e-mail un bloguero agropecuario cubano desde la Aquitania, y me adjunta el ensayo “Para una metafísica del hambre”, recién publicado por Manuel Pereira en la revista ENCUENTRO DE LA CULTURA CUBANA 51/52.
Sobreviviente del Período Especial de Guerra en Tiempos de Paz, yo vi el hambre mondo y lirondo literalmente al doblar de la esquina, pero nunca tuve que sufrirlo en papila propia. Huí de los comedores post-proletarios como de la peste finisecular. Fui un privilegiado de la clase paupérrima. La lucidez de mi madre logró una microeconomía para disimular nuestra humillación gastronómica. Todos los días del mundo en mi casa se masticó dos veces, las dos siempre en familia, mientras allá afuera Cuba bien podía caerse a carteles contracastros y pedradas y balsas y tiros y presos y hasta el mismísimo Rey sonrosado de España en una fidelísima y famélica Habana.
Sin embargo, mi colega agrocorresponsal en Francia sí tuvo que soportar lo peor en sus bostezantes tripas con tripanosomas. A veces salía por la calle Monte a montear algunas sobras que masticar y, en los días limítrofes, a oler por las ventanucas lo que se cocinaba en otro hogar. Pensó en suicidarse, es obvio, pero la locura de la escritura náufragamente lo rescató: Insania 1, Inanición 0. Yo no lo conocía entonces, lo que me exime de toda culpa por no haberlo invitado a compartir nuestra doméstica ilusión estomacal.
“Para una metafísica del hambre” es, por supuesto, una (otra) estocada genial de Manuel Pereira, de quien muy poco o nada he canibalizado en mis columnas. Una vez creí escépticamente en su versión bio-apócrifa del Curso Délfico post-lezamiano. Pero ese Lezama Lima canónico fue el primero de nuestros grandes mitos que, como el hambre cubano, enseguida me dejó de hipnotizar (tal vez por hipócrita: por hipostasiar el horror).
En la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana yo polemizaba con el resto del aula o jaula. Se suponía que yo representaba allí cierta corriente liberal post-PCUS y ellos eran la ortodoxia de oro pro-PCC. Pero no hacían más que quejarse de la falta de jama y del pésimo transporte y de los apagones al por mayor y de los reactivos vencidos en los laboratorios y etcétera, etc. Puaf. Yo pretendía la tensión política de todo diálogo polémico entre ideologías con cosmovisiones antípodas, pero allí nadie soportaba discutir discursos tan abstractos. A mí me daban igual las hamburguesas McCastro, siempre y cuando alguien lograra hechizarme con un solo argumento ético a su favor, pero ellos acaso ya estaban convencidos de que en Cuba nadie nunca más estaría convencido de nada. Yo me quedé dietética y diletantemente blogueando dentro de la isla; ellos me actualizan con attachments por e-mail desde un exilio no demasiado fácil pero sí bastante feliz.
A la promoción de bioquímicos de 1994 Cuba la catabolizó pa´l carajo. Y a muchas otras también. Y me alegro en muchos sentidos: que cada cual se ubique donde mejor le plazca la geopolítica. Lo triste es que me quedé con ganas de saber cómo pensaba entonces mi generación. Quiénes eran ellos y quién podría llegar a ser, en medio de todos ellos, yo. Nunca me enteré de nada. Me faltaba sentido común, supongo: esa astucia brechtiana para elegir cuándo y dónde y con quién hablar de qué.
Desde muy pequeño tengo la intuición de que voy a pasar hambre. Un hambre primero que todo, mental (nunca entendí del todo a mis profesores ni padres: me quedé siempre con la sospecha de que ni ellos mismos sabían la causa última de la formulita que me explicaban tan convencidos). Un hambre en definitiva, material. Incluso en un apartamento de lujo del capitalismo septentrional, me veo fácilmente pidiendo limosnas en un parque o comiendo cosas crudas del freezer cuando mi madre no esté (a Lezama Lima de algún modo le ocurrió así, en la desesperada década que él sobremurió a su Rialta real).
Desde adolescente me veo tragándome las consecuencias más inconcebibles sin haber hecho nada para merecer la indigestión de un destino o desatino así: “Síndrome de Pánfilo”, podríamos rebautizar ahora a esta condición preclínica.
Desde siempre sé que ningún tiempo pasado fue mejor, y que sólo su reescritura puede trocar el cólico en color: sólo la palabra silente sacia nuestra hambre oral de acción; sólo en el texto fuimos opíparamente libres para suicidarnos y aún sobrevivir a cualquier gastro o castrorrevolución; sólo en estos eructos de autista reside ahora mi paz post-pandreal en tanto autor.
Orlando Luis Pardo Lazo
La quinta hambre de los locos, barbarismo de comensal ofuscado. Buscar la quinta pata del antropófago, cópula o compulsión de comer, comer, comer. “MP se la comió”, me escribe por e-mail un bloguero agropecuario cubano desde la Aquitania, y me adjunta el ensayo “Para una metafísica del hambre”, recién publicado por Manuel Pereira en la revista ENCUENTRO DE LA CULTURA CUBANA 51/52.
Sobreviviente del Período Especial de Guerra en Tiempos de Paz, yo vi el hambre mondo y lirondo literalmente al doblar de la esquina, pero nunca tuve que sufrirlo en papila propia. Huí de los comedores post-proletarios como de la peste finisecular. Fui un privilegiado de la clase paupérrima. La lucidez de mi madre logró una microeconomía para disimular nuestra humillación gastronómica. Todos los días del mundo en mi casa se masticó dos veces, las dos siempre en familia, mientras allá afuera Cuba bien podía caerse a carteles contracastros y pedradas y balsas y tiros y presos y hasta el mismísimo Rey sonrosado de España en una fidelísima y famélica Habana.
Sin embargo, mi colega agrocorresponsal en Francia sí tuvo que soportar lo peor en sus bostezantes tripas con tripanosomas. A veces salía por la calle Monte a montear algunas sobras que masticar y, en los días limítrofes, a oler por las ventanucas lo que se cocinaba en otro hogar. Pensó en suicidarse, es obvio, pero la locura de la escritura náufragamente lo rescató: Insania 1, Inanición 0. Yo no lo conocía entonces, lo que me exime de toda culpa por no haberlo invitado a compartir nuestra doméstica ilusión estomacal.
“Para una metafísica del hambre” es, por supuesto, una (otra) estocada genial de Manuel Pereira, de quien muy poco o nada he canibalizado en mis columnas. Una vez creí escépticamente en su versión bio-apócrifa del Curso Délfico post-lezamiano. Pero ese Lezama Lima canónico fue el primero de nuestros grandes mitos que, como el hambre cubano, enseguida me dejó de hipnotizar (tal vez por hipócrita: por hipostasiar el horror).
En la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana yo polemizaba con el resto del aula o jaula. Se suponía que yo representaba allí cierta corriente liberal post-PCUS y ellos eran la ortodoxia de oro pro-PCC. Pero no hacían más que quejarse de la falta de jama y del pésimo transporte y de los apagones al por mayor y de los reactivos vencidos en los laboratorios y etcétera, etc. Puaf. Yo pretendía la tensión política de todo diálogo polémico entre ideologías con cosmovisiones antípodas, pero allí nadie soportaba discutir discursos tan abstractos. A mí me daban igual las hamburguesas McCastro, siempre y cuando alguien lograra hechizarme con un solo argumento ético a su favor, pero ellos acaso ya estaban convencidos de que en Cuba nadie nunca más estaría convencido de nada. Yo me quedé dietética y diletantemente blogueando dentro de la isla; ellos me actualizan con attachments por e-mail desde un exilio no demasiado fácil pero sí bastante feliz.
A la promoción de bioquímicos de 1994 Cuba la catabolizó pa´l carajo. Y a muchas otras también. Y me alegro en muchos sentidos: que cada cual se ubique donde mejor le plazca la geopolítica. Lo triste es que me quedé con ganas de saber cómo pensaba entonces mi generación. Quiénes eran ellos y quién podría llegar a ser, en medio de todos ellos, yo. Nunca me enteré de nada. Me faltaba sentido común, supongo: esa astucia brechtiana para elegir cuándo y dónde y con quién hablar de qué.
Desde muy pequeño tengo la intuición de que voy a pasar hambre. Un hambre primero que todo, mental (nunca entendí del todo a mis profesores ni padres: me quedé siempre con la sospecha de que ni ellos mismos sabían la causa última de la formulita que me explicaban tan convencidos). Un hambre en definitiva, material. Incluso en un apartamento de lujo del capitalismo septentrional, me veo fácilmente pidiendo limosnas en un parque o comiendo cosas crudas del freezer cuando mi madre no esté (a Lezama Lima de algún modo le ocurrió así, en la desesperada década que él sobremurió a su Rialta real).
Desde adolescente me veo tragándome las consecuencias más inconcebibles sin haber hecho nada para merecer la indigestión de un destino o desatino así: “Síndrome de Pánfilo”, podríamos rebautizar ahora a esta condición preclínica.
Desde siempre sé que ningún tiempo pasado fue mejor, y que sólo su reescritura puede trocar el cólico en color: sólo la palabra silente sacia nuestra hambre oral de acción; sólo en el texto fuimos opíparamente libres para suicidarnos y aún sobrevivir a cualquier gastro o castrorrevolución; sólo en estos eructos de autista reside ahora mi paz post-pandreal en tanto autor.



