sábado, 12 de septiembre de 2009

B & W












B y N
Orlando Luis Pardo Lazo

Hacía tiempo que no veía un periódico en blanco y negro.

No me gustan mucho las fotos en blanco y negro. Ni el cine, supongo. La ropa y los decorados, sí.

Sin embargo, durante meses tuve que lidiar con un monitor de computadora en blanco y negro. Hasta que se fundió.

Mi gato Xotreum también es puro blanco y negro en alto contraste.

Y, cada vez que puedo, compro plumas que escriban negro. La tinta azul o de otros colorines me parece demasiada afectación a la hora de delirar sobre el blanco inerte de un papel.

Asusta el blanco y negro del periódico Granma (guiño tipográfico del Duelo Oficial). Tenía razón el irracional inmovilismo de Lezama Lima: todo cambio tiene un tinte o toque diabólico...

Un Granma despigmentado basta para transmitir una alarma atávica, muda, instantánea: alguien murió, algo irreparable ha ocurrido cerca, cuidado porque acaso esta vez ya nada retornará a su estado habitual de más de una tinta (el rojo y el negro).

No es necesaria la lectura ni en diagonal de la primera plana (en este caso, el traicionero paro cardio-respiratorio de un Comandante de la Revolución, el mismo Juan Almeida de las canciones y más recientemente del libro tránsfuga de su hijo Juan Juan).

No es necesario ojear el resto de los titulares en blanco y negro (a donde igual no llega ningún tono luctuoso).

El desteñido monotono de la primera plana funciona físicamente como el tañer tanático de las campanas de iglesia: un memorándum de nuestra propia y próxima muerte, según el a la postre suicida Hemingway.

Ese alto contraste chocante es la gota que todavía no rebosa el ánfora patria funeraria, pero ya casi casi.

Cuba se agota, compañeros.

Hacía tiempo que no veía un periódico Granma despigmentado de su rojo architradicional (la amnesia intencional no es un mal antídoto contra el pánico lezamiano ante lo que ya no se puede cambiar).

¿Con qué frecuencia necrológica nos toparemos, a partir de ahora, con el susto súbito de un toque tétrico del blanco y negro oficial?

viernes, 11 de septiembre de 2009

11-Shit


TORRE 2 REY
Orlando Luis Pardo Lazo

Vi las torres caer, con majestuosidad mefistofélica, en el canal Cubavisión, esa mañanita en cadenas con el resto de los canales de Cuba: primer territorio libre o lóbrego de América (territórrido: primer país que se desprendió de la plataforma continental americana para irse a orbitar, desorbitado, a otras galaxias ignotas).

Vi las torres caer en la televisión cubana, ese oxímoron obsolescente. Ya no recuerdo ni la fecha (pura fachada), pero fue hace muy poco. No me extrañaría que el año pasado. Tal vez todo no ha sido más que una pesadilla de peos pixelados que, hasta el próximo septiembre de 2109, no tiene riesgo real de ocurrir. Qué ocurrencia tan secular.

Las torres caían descomunalmente y comenzaron a entrar llamadas en mi teléfono analógico. No sé por qué la gente que me quiere temía entonces por mí. Como si las torres fueran sólo el pretexto para mi tortura en tanto preso político imposible. Como si yo hubiese sido el autor intelectual de ese macro-moncada montado en Boeings. Como si yo estuviese planificando planear un aeroplano contra la mismísima Plaza Gemela de la Revolución. Qué ingenio. (De verdad, nunca entendí por qué me telefoneaban a mí en La Habanada y no a sus familiares en fuga en wwwashington o Brave New York.)

Aquel 11 de septiembre mortífero fue un martes, por supuesto (dios con garrafas de guerra, acualones criminales). Eso sí lo recuerdo bien. Memorias de la desmemoria. Sobrevivo a las semanas de día en día y de detalle en detonación (por suerte, nunca detención). La caída doble de las torres era sólo un indicio del inicio. El crepúsculo de una era tan errática como democrática. Después, a la sombra de un televisor Panda en flor, nos esperaba toda una década súper-intensa pasada por el tamiz tétrico de nuestra triunfal televisión (muchas veces en retransmisión en cadena).

TVC: significativas siglas para un nuevo siglo en sigilo (un signo, un sino).

Después, los años cero en diferido desde una mesa redonda como la cifra 0 (acaso una vocal O) en el corazón descascarado del ICRT: 0 de horror, O de obnubilado, 0 de odio, O de obcecado, 0 de obstinación, O de who’s afraid of Orlando Woolf?

Y aún después y aún después, el don divino y diabólico de la escritura: vino de los vencidos.

¿Qué será ser un escritor cubano de Cuba, cuando se han visto caer las torres de un imperio imponente en la voz bobalicona del locutor insigne de la TVC?

¿Qué será hacerse un escritor cubano de Cuba, cuando el mundo te manda sus mensajes de mierda y muerte a una catacumba donde ningún cataclismo te podría alcanzar, porque sobremueres parapetado en una póstuma pax cubensis?

Pozo ciego, agujero negro, desacelerador de partículas elementales (quarks o cubarks rojo, blanco y azul) con las que desarmar un discurso impropio (monotonía policromática)?

Me fascinan los martes. El mes de septiembre, no. September mournings.

Era la época del raquítico retorno post-vacacional a mi escepticismo de escuelas. A una disciplina decúbito supimos. Al tedio del claustro y la tara de los castigos clásicos de cara contra la pizarra. La Lista, apuntar a quien se porte mal: apuntarle a quien no se soporte. Aulas como jaulas donde regurgitar nuestra propia ignorancia y, llegado el caso (o el acoso), paladear el vómito vil de nuestra aburrida abulia. (Tú me entiendes, ¿verdad?, muchacha mágica de las migrañas migratorias de un mirador sincarlos en la cima de una colina decrépita de esta o cualquier o ninguna otra ciudad: te amo mucho.)

Un martes del dos mil nada (dos mil nalgas o nalgadas para quien meta la pata o, peor, la mano: pudo ser una cita del Ché).

Un martes mefítico de después salir a la calle a coger un camello coagulado de comentarios sobre el apocalipsis de esa mañanita 11 en Cubavisión (espías de todos los países, huíos).

Pero hoy es viernes. Se agotó agosto. Septiembre sobra.

La amnesia en un antídoto inmemorial, anestesia estética. Viernes 11. Elévense, que estamos a salvo.

(¿Qué será ser cubanos de Cuba tú y yo ahora? ¿Qué será hacernos cubanos de Cuba como una institución inercial? De verdad, todavía no entiendo por qué siempre trato de telefonearte cuando la patria se empecina en patearme orgullosa a mí?)

JJ-2


JORNADA J
Orlando Luis Pardo Lazo

1.

J me explica sus teorías sobre la música de la sardina y los hatos de amapola en Hatia y la disidencia como un voltaireano voltear blasfemias hacia la llaga: acaso como tener otros padres, otra podrida mueca al levantarnos, otra tierra en circunstancia, otra suerte de muerte...

Yo la escucho con la parsimonia pedante de un padre apenas diez años mayor. Y después de todas sus estupefacientes teorías yo sólo estúpidamente le pido:

“Tengo sueño, J”, ella bate sus pestañas de vate como si fueran un peine de penes, “mucho sueño: mejor cántame una de esas nanas truncas sobre la sed de belleza en los tiempos tétricos de la Revolución”.

2.

Valkiria. Valhal. Valhina. Vagidos o vahídos vagos de una vertiginosa vagina que pare parónimos sin parar.

J jamás gime sola. Está demasiado acompañada durante su biografía in progress. Sólo la escritura la aísla, la muta en isla que mata y que ella se mete sin misterio otra vez ahí: en su ministerio de entrepiernas.

Estrecho en tajo. Clítoristmo.

Ur-utero. Lenguas cunningformes, de saliva presta a saborear las runas de su propia ruina. Vaginalef.

La peor enfermedad venérea sobreviene. Sobreorgasmia sin órganos.

Piel. Plagio. Plaga.

J jamás juega acompañada. Está demasiado sola, antes y después de sus lápidas sin biografía. Sólo la escritura la inserta: mitos de ínsula barata que todo aprendiz de poeta patéticamente manipula.

Coño cognado, consigna incognoscible. Cabos de ovario.

Cuba al cubo, cabrona. Jamisla.

3.

En la Manzana de Ex-Gómez Mena.

En la vicaria Beca Extudiantil de 25 y G (Avenida de los Ex-Presidentes).

En una azotea catapulta sobre una ciudad catacumba.

En la posada de buena muerte del callejón Maloja (almohadas con olor a alfalfa).

En un doceplantas yugoslesvos de la ciudad de Hedolguín.

En La Vana o Habaguaní.

En una emulación de embajadas que emigran a lo ancho y ajeno de un futuro que pertenece por entierro al futuro.

En una foto amateur (se parece a Frida Kahlo con unas kafkianas tetas teutonas).

En las cartas tecleadas de un Calvert casi suicida, casi clavel.

En los ecos ya sin eros de quien busca una cizalladura por donde dinamitar el discreto encanto de la filología: ese logos loco.

Algo que asir. Nada que hacer.

Hasta una araña se aburre menos que J, muchacha entretejida en el horrible hueco de una página en negro: paja en el ojo propio.

Tachón. T-shirt como una tarja.

Teacher ludens entre el té de Tanatos y una tos terminal (la coz y el martirio).

4.

“Los hijos del MININT también van al cielo, mi cielo”, me canta J cansada a la sombra de una Yutong en flor.

J tiende a la rima roma, remolona. Rupturas de reptil ríspido.

De ella es plausible cualquier síntoma o significado. Cualquier holocausto textual.

Leyendo espero. Leer es pero: objeción y no aplauso.

Y la miro pasar las páginas con su uniforme de camuflaje, flejes lectivos con los que cautiva a un público que se olvidó del delirio a la hora de leer: demasiado deber en bota, embobece (bostezos de bosta ilustrada con su respectivo carnet cultural).

5.

¿Has visto apendejarse a un pez peleador? ¿Te has martillado el dedo pulgar tú mismo? ¿Has sentido en la nuca el frío displacer de un cañón cargado? ¿Tu boca masticó mierda, tus dientes se limaron con limallas? ¿Has vomitado una lombriz tan larga como una lamprea? Puaf.

Por esos páramos resuena la tesitura de toda escritura. No hay colchón de flores bucólicas ni marinas mentecatas ni realismo rasante ni ideología idiota que sobreviva a un sólo gesto estético radical.

Es como una presión. Una pulsión. Un peso pésimo que J no quiere enterarse de que tiene que enterarse enseguida porque justo esa es la tara tantálica que debe cargar (o colgar los guantes antes).
6.

(not to be continued...)

miércoles, 9 de septiembre de 2009

EN EL DÍA DE LA C(L)ARIDAD









DIOS TE SALVE, PATRÍA
Orlando Luis Pardo Lazo

Las multitudes me aturdían. Antes. Ya no. Ahora me da pena verme entre toda esa gente reunida y yo ahí. Un extranjero que no comparte con ellos la mínima ilusión. Aunque lo intento.

La música tal vez aún pueda recuperarme para María o la Patria o ambas. Es innato en mí emocionarme. Todavía no estoy del todo fosilizado, supongo. Para bien y para mal.

Hay unos coros lánguidos de Iglesia, por ejemplo, que me van arrastrando hasta que siempre, estúpidamente, se me salen las lágrimas sin ningún motivo que yo pueda nombrar. Es como un alivio. Muchas veces la gente me mira condolida y piensa que acabo de perder a un familiar (en realidad, hace mucho que los he perdido a todos de un palo llamado adultez).

Lo mismo me sucede con varios temas clásicos del cine cubano. Soy un idiota Brouwer. No sé cómo ni para qué evitarlo. Es posible que disfrute esa válvula de escape, ese último lazo sensiblero que me reconecta con algo humano que tal vez nunca existió. O yo nunca tuve genes para captarlo más allá de la infancia.

Hoy, en la iglesia de Manrique y Salud, no tendría por qué ser la excepción. Y no lo fue.

Tantos ancianos. Tan solos. Todavía pidiendo qué.

Piernas mutiladas. Malos olores. Vendedores de flores y de maní. Tan atareados. Tanto entusiasmo de qué.

Amas de casas cuyos hijos emigraron en los noventa (son mis @migos) y vienen a visitarlas puntualmente cada tres años.

Jóvenes con la mirada nerviosa donde en silencio se anuncia una enfermedad mortífera o algo peor: los primeros destellos de la locura.

Tantos mendigos. Tantos policías parcos. Tantos sacerdotes sonrientes. Tantos uniformados de civil.

Y entonces ese coro escuálido que se demora en las vocales abiertas y que todas las bocas hacen como que cantan, aunque ni siquiera recuerden la letra (y, sin embargo, se oye).

El Cardenal, oveja en medio de un rebaño de lobos. Tan lúcido y tan incapaz de mover los hilos de todo ese teatro de la acumulación.

El piso percudido por el exceso de pasos. Las ofrendas acumulándose en piras que, supongo, después alguien respetuosamente tendrá que desechar en un latón de basura.

Los flashes de las cámaras y los teléfonos celulares. Nadie está allí. Todos estamos automáticamente en otro lugar. Vamos a ver la virgen para vernos nosotros junto a ella para siempre en un jpg. Y esa vocación banal me conmueve. Se me aprieta no el pecho, sino los pómulos y la garganta: órganos de la angustia por excelencia. Y lloro, por supuesto. Lloro en paz, sin que ni yo mismo lo note hasta que las lágrimas me impiden enfocar la próxima foto del espectáculo.

Las multitudes me aturdían. Antes. Ya no. Ahora me doy pena de vernos sin darnos cuenta de la carencia crónica con que Cuba nos une y nos abisma en Dios.

María o la Patria te salven. Conmigo no se puede contar, porque yo sólo soy precisamente el que cuenta.

martes, 8 de septiembre de 2009

JJ-1


JORNADA JAMILA 1
Orlando Luis Pardo Lazo

No entiendo este libro de poesía. Y no me importa. En realidad, no entiendo que exista un libro de poesía. Y menos me importa aún.

¿Quién conoce a Jamila Medina Ríos, el heterónimo poeta de la filóloga Jamila Medina Ríos (Holguín, 1981)?

¿Saben por qué su primer libro publicado en Cuba (Ediciones Unión 2009) se llama “Huecos de Araña”?

¿No se han enterado del equívoco que en 2008 hechizó al Jurado de Poesía del Premio David (se enamoraron de su escritura avant la lecture, desde que Georgina Herrera y Rafael Díaz Pérez vieron aquel manuscrito con hojas a medio imprimir y cosidas a mano por la aspirante a poeta)?

¿Se imaginan que yo la conozco desde los años cero que ya se acaban, y que durante una década decadente le hecho fotos fúnebres vestida sólo con una mueca cubana? (Ya no recuerdo cómo es el eco de su cuerpo, sólo conservo sus cacofonías.)

En verdad, hemos sobrevivido a un tiempo feo y triunfal. Esa comunión del desastre nos hermana y ampara. Nos destierra y entierra. Y destarra.

A Jamila la recuerdo siempre involucrada en la nada vomitiva de los acontecimientos. Milagrosamente su mente ha resistido los crótalos del desamor y no se ha desintegrado en absoluto, como yo (¿como yo qué?). Al contrario, ella ahora escribe con una de las uñas más ríspidas de nuestra generación. Por eso es y será una ilegible a pesar de ella. Léase, una elegida a pesar de mí.

Su libro “Huecos de Araña” se presenta este viernes 11 de septiembre en la Sala Villena de la sede nacional de la UNEAC, en 17 y H (letra muda), El Vedado. Alguien allí vetó que fuera yo su presentador. Mejor así (nuestras torres gemelas todavía no caen). Ya me sentía incómodo de fingir una lectura ante quienes nunca me han sabido leer.

Esta no es la presentación, por supuesto. Por suerte.

La mujer que soy saborea las sales sintácticas de Jamila Medina Ríos. En apenas cien papeles de formato enano, Jamila me envuelve y revuelve el sentido del tacto, lo que enseguida me obliga a rechazarla por s(al)obresaturación de su olor.

Porque no huele rico. Jamila huele raso. Y a ruso (la URSS, sister, la URSS). Porque, además, ella pare parónimos de su cabeza coronada de diásporas: vocablos castrados por la familia, la propiedad social y un estado grávido de ingravidez. Porque, también, ella aborta geografías políticas de escuelita primaria pasada por las armas (las almas). Y porque, como si no bastara tanta debacle, Jamila bufa cosas que caen, gota a gótica, como fetos fósiles desde su vaginalef: incluido el busto de un mártir fundacional de cierta mística tísica de la revolución.

Jamila, espero este párrafo baste para demostrarte porque soy tu mejor lectora.

Debería terminar mi pre-presentación justo aquí. Debería dejarte con las ganas de que yo te rasure con este retrato retórico con menos filo que felonía (falonía).

Pero, en verdad os digo, hemos sobremuerto a un tiempo emput(r)ecido. Los mejores se han ido o se han hecho matar. Los peores están bien parapetados entre el buen logos y el peor lugar. No tenemos defensa, excepto la ofensa. Cada oración será, pues, un caño de cisne: canto de arañas que exponen la inmundicia de su propio juego estomacal, nana onanista de quien se viene porque se resiste roñosamente a sumarse al todos se van.

No me interesa tu libro de poesía. Me interesas tú. Te vi niña y jalonada por tu padrespótico a lo ancho y ajeno del mundo. Te oí ironizar. Versos de pingasía, visión geriátrica y genial de quien ha extraviado su edad. Te sorprendí cargando etimologías sin ética, hipando menstruos monstruosos, y peando el collage cucarachero de tus sílabas secesionistas. Te atisbé cagando cristos en una caverna. Animalia única y flora fecal. Me dejé dormir por tus ritmos rotos. Muérete, puta. Miénteme, potro. Mírate, madre, y por tu hedor no llores. Igual ya te amé en una parada de metrobuses de la Cuba posrevolucionaria de septiembre del dos mil qué.

Es cierto que la H de Holguín sigue siendo una herejía hincesante. El ímpetu o imp de Reinaldo todavía rebota en los resquicios de tu escriturarenas. Esa tara reiterativa los aniquila de uno en uno a todos ustedes, órganos orientales ya sin orientación en una orgía llamada hoy, cuando de tanto repetir un sonido se van quedando sordos para el resto de lo real (los restos de lo real).

Ese don de campana que reverbera es un signo sintomático en tu primer libro. Y es un sino del que, más temprano que temprano, te tendrás que desmarcar para no chapotear más en tu misma miasma: para violar más que violentar el clítorisexo de tu discurso, para no consolidar ninguna voz femenina (ni tampoco ninguna voz), para mutar matando las mil y una máscaras descascaradas de Jamila Medina Ríos (Lawton, 1971, como yo: ¿como yo qué?).

Hace unas semanas vi de refilón en la UNEAC al muchacho que hace unos meses trajo a mi casa una citación, a la postre apócrifa (el único correctamente identificado era yo). Este viernes 11 de septiembre de 2009 seguro él asiste a la Sala Villena por mí, al tanto de tantear las palabras con que Ricardo Alberto Pérez te presentará.

Por si sí lo sabías, en eso también hurgan haraganamente tus “Huecos de Araña”. En esas urnas Jamila y yo nos hemos hurtado sin querer una biografía incivil, un arrebato en medio de los surcos urbanos de las habanavenidas, un lengüeteo lépero capaz de provocar la lepra, un siseo socialipsista de sujetos que simulan lo mismo ante el Estado que ante Dios.


(to be continued...)