sábado, 26 de septiembre de 2009

ALDEANOS EN EL P3 (PART ...2)

ALDEANOS EN EL P3 (PART 1...)

PNRO SOY





PioNeRo Soy...!
Orlando Luis Pardo Lazo

La guardia de los pioneros. El último viernes de septiembre, para hacerla coincidir más o menos con el día 28: annniversario n a la n de la funnndación de los CDR en 19nnn (amnnnesia insomnnne pero nnnunca innnocennnte).

La guardia de los pionnneros.

Con uniforme aún puesto a las diez de la noche, arrasando en grupo por el barrio. Aprovechando para alejarnos de la cuadra mucho más de lo permitido por nuestros padres. Yendo a visitar a los más recónditos amiguitos y amiguitas del aula. Jugando a ser el adulto adúltero trasnochador que no encarnaríamos hasta dos décadas decadentes después. Una fiesta de los ochenta. O un infierno, infiero (según el punto de vista del protagonista o el espectador).

La guardia de los pioneros. Este viernes 25 ocurrió todo otra vez. Por supuesto, son los años cero en Cuba. Y cada evento es una parodia con paludismo de nuestro pospretérito pretendidamente próspero. Ayer vi fogatas en las cuadras y pioneros cuyo comportamiento me parecía de kindergarten. Sube la esperanza de vida y, sin embargo, se infantiliza la población.

Niñatos aislados por aquí y por allá. Cuando más, comiendo una cajita con ensalada, cake y dulces, preparada por los propios padres a nombre o a falta del comité. Haciendo un poquito de bulla, pero poca y demasiado temprano. Y ya después de las nueve y algo las calles cayendo en el mismo mutismo monótono de antes.

La guardia de los pioneros. Hasta los patrulleros debían sumarse simbólicamente a aquel juego de rol. La PNR pasaba por algunas cuadras selectas de cada barrio y los niños les reportábamos que todo se hallaba bajo perfecto control ciudadano. Ahora la policía está bastante más ocupada. El país les preocupa políticamente, parece. Hay muchos carnets de identidad que pedir o patear por ahí, para estar barajando y embarajando con tarjeticas de menor.

Me puse mi antiquísima pañoleta de tela blanca y azul (una reliquia de museo que ha salido a colación en los interrogatorios donde menos yo lo esperaba). Salí a la noche de Lawton y Luyanó. Caminé por la curva de Concha. Oí las sirenas de los barcos varados en la bahía. Oí las fanfarrias de los trenes y los cláxones de los camiones por el Paso Superior de la Vía Blanca (también buses interprovinciales de marca Yutong). Todo es gris y sinuoso, pero suntuoso.

Apenas hay luces en las avenidas; en las cuadras interiores, sí. Todo híperexcita nuestros sentidos sésiles. Ataraxia del viajero inmóvil. De noche no hay ni siquiera luna. Sólo nubes rojas por la candelada (más consumista que comunista) de la refinería Ñico López rebotando en la gasa cóncava de nuestros cielos. Humo, espuma, realidad liquidada de gas licuado que adopta la forma del recipiente que por el momento aún la contiene.

Estoy ahora y aquí. Contenido pero incontinente. De manera que, de cara a la población posnacional de la patria (ex-pioneros que no pueden constatar la desolación que se tragan y con la que se atragantan mis ojos), doy fe de que Cuba existe todavía o, de lo contrario, esta noche de viernes 25 el alumno Orlando Luis Pardo Lazo la soñó desde cero otra vez.

Alumno: alumbrar, parir. Etimologías penúltimas en una Era que era de la Revolución.

Fundar un país. Fundir un país. Fonemas funerarios que posan como parónimos de la palabra pesadilla.

Oniriconerías de estudiante ejemplar (me daba vergüenza sacar siempre cien puntos en las pruebas de la primaria Nguyen Van Troi).

Onanistmos de mi estrechez de vocabulario, vocabulárido, voCUBAlario.

La guardia de los pioneros. Pinga, graba ahí esta columna grave e ingrávida como una lápida, una lapa que ningún compatriota está en condiciones de tatuarse o teclear por mí.

Guarida de los pioneros en mi desmemoria. Te lo dice Pérfido en Cuba, graba ahí que yo sólo digo mentiras. Ven o vete de estos viernes a los que el tiempo y el tedio le han volatilizado su veneno vital de viernes. Lee o lía tu mi nuestro desasosiego ciego. Lo siento. Ya nada nnada será nnnunca igual: demasiados n annniversarios, suponnngo.

Fue bonito intentarlo, pero no nos alcanzará el aliento ni para dejar testimonio. Déjà-vu delirante de una Déjà-cuba avocada a la dejadez.

No habrá próximos viernes últimos de septiembre. September mournings.

viernes, 25 de septiembre de 2009

ELOISA, ELOISA: LAMA SABACTANI



foto: Silvia Corbelle Batista

DIGAMOS QUE SE LLAMA ELOÍSA
Orlando Luis Pardo Lazo

En primer año de la carrera (Licenciatura en Bioquímica) tuve una profesora de Marxismo. Una anciana burguesa que dictaba letra a letra sus clases. Un objeto anacrónico a finales de 1989 en Cuba. Se llamaba o pudo llamarse Eloísa.

Sus turnos eran muy temprano en las mañanitas invernales del Período Especial. La luz era azul. El aire puro. La sangre joven y solitaria.

Yo había entrado a la Facultad de Biología (25 % I y J, El Vedado: antes no sabía ni dónde quedaba) por Prueba de Ingreso: 21 plazas para todo el país. Un chico prodigio. Sobre todo porque en el aula la mayoría venía de preuniversitarios de ciencias exactas, como la Lenin. Yo era creo el único forajido de un Pre de la calle: el Cepero Bonilla, mole ex-Marista en una loma magnífica de La Víbora.

Eloísa leía los mamotretos de sus conferencias a una velocidad demencialmente ralentizada. Casi escribía en el aire el tufo atávico de sus palabras. Yo la oía maravillado. Aquella dama antigua tan estirada y elegante (excepto su piel), tan olorosa a perfumes caros de marido tal vez asesor de un viceministro o un diplomático. Tan fuera de la historia mundial. Dictando leyes del materialismo marxista mientras el muro alemán se caía.

Una delicia. Un delirio. No sé por qué yo adoraba semejante escenario matinal. Aquella señora fuera del tiempo me hizo bueno y feliz en medio de los bostezos del aula. Todavía extraño su ignorancia o ingenuidad.

Han pasado veinte años. Cada vez que paso por la Cátedra de Filosofía que está si mal no recuerdo en 19 y Algo (las calles de El Vedado se me trocan por su aséptico exceso de modernidad), miro hacia la casona con la esperanza de volverla a ver.

En la dialéctica irreconocible de mi cabeza, no han pasado ni veinte nadas. No creo en la muerte de Eloísa y me resisto a asumir su retiro laboral. El marxismo muerto cubano está incompleto sin sus dictados de primer turno en una Facultad de ciencias que descreía de las Humanidades. He de declarar que la preferí a ella antes que a un genio del talante de Emilio Ichikawa (de quien bastan sus libros para entender parte de sus agonosofías).

Los manuales mentecatos de Kafkantinov eran fáciles de imitar en las preguntas escritas y las pruebas orales. Prosa diáfana y paladeable, parodiable y plagiable sin mayor maroma mental. Como citar el periódico del día. Se trataba de una asignatura perfecta para aprobar. Para probar dos veces a la semana el néctar sonoro de unos textos póstumos que nadie en el mundo volvería nunca a pronunciar. Y aquel privilegio de ser un testigo terminal en definitiva me emocionaba.

Eloísa nos visitaba en el aula 2-C. Hacía frialdad. Una especie de neblina que desenfocaba o al menos dispersaba ligeramente la luz (el sol no salía hasta muy tarde, pues el jardín de la Facultad era una selva de árboles descomunales). Yo quería enamorarme de una muchacha joven y solitaria en un set así. Como en una película muda. Y la mierda socialipsista de los años noventa no me lo iba e impedir.

Eloísa usaba unos vestidos de arabescos y flores. Un anciana recoleta y quizás coqueta. Una inmortal. Un objeto museable del que sólo esta columna lánguida quedó.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

KAFKARAT


KARAT SE ESCRIBE CON M
Orlando Luis Pardo Lazo

Aquel concierto de Karat me salió bien caro.
Karat era un grupo de rock de la RDA.
La RDA era un país que existía al este de Alemania.
El Anfiteatro de La Habana estaba repleto de frikis.
Finales de diciembre de 1986 (como toda info dentro de mi excritura, este dato es sólo una aproximación: de ahí su exactitud radical).
Salimos en masa al Malecón, una jauría preuniversitaria.
De guagua en guagua.
Cuando llegábamos al barrio sentí un disparo en la cara.
Un impacto de cañón.
Caí varios metros hacia atrás, de espalda contra un garaje.
“Me mataron”, dije o pensé, y todo comenzó a rodar en cámara lenta. Con sonido en off, casi en mute.
Fue en la acera de El Cangrejito, una cochambre de cafetería que hace décadas no logra levantar cabeza, a pesar de estar ubicada en una esquina de Porvenir.
Varios frikis se abalanzaron sobre mí.
Recuerdo específicamente a El Erizo.
“¡No te toques, cojones, no te toques ahí!”, es todo lo que recuerdo en sus expresiones de horror.
“¿Pero qué tengo, pinga, qué tengo?”, fueron los gritos ralentizados que tal vez nunca del todo grité.
Intentaron cargarme.
Los manché. Los manché de sangre.
Sólo entonces me asusté de verdad.
Ellos retrocedieron y yo decidí que, fuera lo que fuera, yo estaba solo en medio de aquel piquete y debía ponerme fuerte si quería sobrevivir.
Señalé a la avenida. Que pararan un carro para ir al hospital.
Yo ya estaba bien. Pero por favor que por favor pararan un carro por mí.
Estuvieron varios minutos en esa agonía.
Era tarde, pasadas las once de la noche. Un viernes de invierno.
Días preciosos donde Cuba aún no era del todo real.
Yo tenía quince años y pensaba que aquel era el fin.
Qué equívoco tan delicioso.
Sangraba y sangraba, empecé a sentir frío por dentro.
Pensé en mi mamá (con estas palabras: pensé, en, mi, mamá).
Me habían tirado algo desde alguna parte.
Tal vez un balazo desde un balcón.
Después me dijeron que a mi lado cayó la lata con piedras.
Un lata de leche evaporada o carne rusa, lanzada a tope de velocidad desde un camión de volteo que pasó por Porvenir hacia Dolores.
Un Hino rojo, parece, o un ZIL. En cualquier caso, con cubanos divirtiéndose sobre su cama.
Si me coge en la sien me mata, dijo una hora después un médico, si es que no me mató de hecho y enseguida volví a nacer para contarlo a la vuelta de un cuarto de siglo.
Un cuarto de siglo, increíble.
Nadie paraba.
Quién se atreve a pararle a un bulto borracho de frikis que se tira sobre los autos.
Pasó una militar caminando, creo que de uniforme verde MININT.
La señalé.
Se brindó a parar un carro y sólo así pude montarme en un vehículo.
El chofer me frenó en seco antes de entrar:
“Ponte bastante cosas ahí para que no me embarres el carro.”
Supongo que en cualquier sitio y tiempo del mundo aquel hombre tenía estrictamente la razón.
Bajamos por Luyanó y luego por Diez de Octubre hasta La Dependiente.
El Cuerpo de Guardia era un infierno.
Entonces sí me quise morir de inmediato, no quería verme tan desolado allí (El Erizo viajó conmigo, pero no era nadie).
Recuerdo el rostro de una anciana moribunda, tumbada a su suerte en una camilla.
Me miró muy fijo. Tenía un suero inútil en una mano. Quizás no miraba nada. Sentí una tristeza infinita por aquella mujer para quien todo terminaría en diciembre de 1986.
Quise vivir de nuevo.
Supe que nunca la iba a olvidar mientras viviera.
Que esa anciana arrugada y sola se va conmigo hasta el fin de los tiempos.
Fui su último testigo (no se veían sus familiares por todo aquello).
Te amo, anciana muerta. Entendí en un segundo tus estertores. Los hice mío y seguí.
Me dieron como diez puntos. Tenía abierto el labio superior.
Varios dientes astillados, pero ninguno arrancado de raíz: eso vendría con los noventa.
La cara inflada como un balón.
Me dijeron: “¡ya está, libraste!”
Y eso fue todo. Me fui.
Nos fuimos, el Erizo y yo.
No sabía cómo llegar a mi casa con aquel desastre en el rostro.
Lo peor fue que mi madre nunca me creyó.
Odiaba a los frikis y ha vivido el resto de sus días convencida de que me picaron en alguna bronca durante el concierto de Karat (nunca vi ninguna, por cierto, apenas un bofetón entre dos imbéciles incapaces de mayor daño).
Eso es lo más kafkiano de aquella noche invernal.
La imposibilidad de hacerte creer por los tuyos.
Todo el mundo está convencido de cualquier otra cosa.
No es intolerancia, sino falta de credibilidad.
La sospecha libre de toda sospecha: Cuba es ese convencimiento de que sólo vale nuestra versión.
Por eso la narro ahora aquí.
Créeme o muérete.
Hace unos años entregué una croniquilla al respecto para La Jiribilla digital, pero nunca la publicaron.
Tampoco se me ha ocurrido poner en Google aquella rara palabra: Karat.
Durante mucho tiempo conservé una pegatina amarilla con las letras al revés (seguramente para pegarla por dentro del parabrisas de un carro).
Me queda una cicatriz ostensible en el labio.
Eran las pruebas finales del primer semestre de décimo grado.
Así que tuve que reincorporarme enseguida a un aula del preuniversitario Cepero Bonilla, con los puntos en su apogeo de Scar Face (muchos hasta se me infectaron).
Y una muchacha que ya iba siendo mi amor se burló de mí.
Ni siquiera me miró con detalle. Se reía con esa risa común de los don nadies (cuando ella para mí era un don todo, sólo que solo yo lo sabía).
Quizás no se reía de mí, sino de la situación. O de su propia ignorancia infantil. O de su nerviosismo de no saber qué hacer ante el monstruo súbito que hasta el otro día jugaba a robarle un beso si la sorprendía de espaldas en un pasillo del Pre.
Igual sentí una tristeza infinita por aquella muchacha para quien todo terminaría en diciembre de 1986.
También supe que nunca la iba a olvidar mientras viviera.
Que esa risa rasa y preciosa hasta el dolor se va conmigo hasta el fin de los tiempos.
Fui su primer testigo y todavía te amo, M, por supuesto, aunque seas una muchacha muerta.

martes, 22 de septiembre de 2009

REEDICIONES R



foto: Silvia Corbelle

REGYS EN REJAS
Orlando Luis Pardo Lazo

Lo conocí siendo yo un adolescente, a mediados de los ochenta.

Los dos éramos fans de Black Sabbath, si no recuerdo mal.
Con la diferencia de que él ya lo había oído todo de la banda, con o sin Ozzy Osbourne de vocalista, y a mí apenas me fascinaba el imaginario satánico de las pocas fotos de sus espectáculos que llegaban a Lawton.
Los dos vivíamos en Lawton.
Yo todavía sobrevivo aquí. Él ya no.
Desde marzo de 2003 hasta acaso marzo del 2021 estará más o menos lejos de nuestro barrio.
Preso, por supuesto.
Tras las rejas, como corresponde a su nombre, Regys, tal como lo recuerdo raspado en todas las paredes y rutas del paradero de Lawton.
Regys en rejas.
Nunca he sabido nada de su militancia en el Proyecto Varela, pero una vez lo vi en plena CNN cargando una caja de cartón, con miles de firmas a ras de la Calle 42 de Playa, frente a la sede del Parlamento Nacional, según aseguró la locutora.
“¡Cojones!”, se me escapó en la sala de una casa que no era mía.
Tal vez Regys se confió demasiado en Carter, que en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, a la ceniza del presbítero Varela ya en trámites de canonización, se dio el lujito demócrata de disertar sobre ese Proyecto homónimo.
Tal vez Regys sea otro de los tantos gloriosos y anónimos combatientes de la Seguridad, como de vez en aniversario la prensa oficial los evoca.
No sé.
Sólo recuerdo el brillo demencial de su inteligencia nocturna en el Parque B o en el de la Asunción. Su ropa negra. Su pelo lacio y casi nunca suelto del todo (ese acting lo reservaba para momentos memorables). Sus ironías, que me caían a veces tan mal. Su cercanía creciente a los jóvenes que por entonces se hacían asiduos a la iglesia que corona la loma de calle 10, cosa que nunca entendí.
Un amigo de un conocido que es amigo de un desconocido me dice que en este septiembre Regys ha cumplido 40 años (y yo descubro con estupor que él es apenas dos años mayor que yo).
Él, por supuestísimamente, no tuvo ni la más puta idea de quién fui yo en aquellos ochenta: un friki de pacotilla más en medio de los ases ancestrales que eran él y el Sissy y el Blackmore y otros que temo mal deletrear.
Yo tampoco tengo idea de quién será ahora él.
De niño oía a mi madre y sus amigas comentar de casos de asesinatos conyugales que involucraban consuetudinariamente una condena de 20 años.
Supongo que Regys no haya matado a nadie, por la paz de su alma.
Supongo que todo no ha sido más que un error (el horror siempre lo es).
Y ojalá que en alguno de sus remotos cumpleaños podamos volver a sentarnos otra vez en los peldaños en ruinas de Calle 10, a intercambiar aquellos discos rayados de acetato que lavábamos con detergente y pulíamos a diario, a putear con el recuerdo de aquellas espectaculares muchachas estrafalarias que usaban cráneos y candados (como la Wizard y Medio Metro), a preguntarnos al estilo etílico de Villon en dónde se derritieron las nieves de los años ochenta en Lawton, a cantar temas paranoides de Ozzy (yo firmaba así en cuanta fachada podía) y baladas locales de Santiaguito Feliú justo allí, en su escenario original: aprendiendo a morir entre el argot y la pupila insomne a la sombra lunática del convento que hay en B...
En el 2021 yo debo cumplir cincuenta contemporáneos años con Regys.
Haré mi mejor esfuerzo para darle a él una bienvenida a la libertad lawtoniana, pero no puedo asegurar que para entonces todavía tengamos ganas ni alegría para insistir en resistir.
Por eso es mejor ponerlo todo por escrito ahora mismo, y lanzarlo a la nada cubana dentro de un blog que funcione (o al menos flote) como una blogtella en el Mal.

lunes, 21 de septiembre de 2009

NO HAY LIBERPAZ SIN PAZBERTAD









LUNES DE POST-JUANEVOLUCIÓN
Orlando Luis Pardo Lazo

Fui con un pantalón negro, que se me rajó en la entrepierna al brincar una barrera metálica, y con una chaqueta de fotógrafo de nylon negro, que me tuve que quitar enseguida para no desmayarme por el calor. Quería restarme al color uniforme del conciertazo, pero al final me quedé con un pulóver blanco para poder mínimamente respirar, y medio desnudo de la cintura para abajo. Entre millones de caballeros y damas de blanco, yo quería marcar el spot de la diferencia. Pero todo es paradoja cuando de la Plaza se trata.

Avancé frontalmente hacia el escenario. A la una de la tarde tal vez ya era muy tarde para una estrategia suicida así. No pude llegar. Demasiada gente. Rostros chorreando agua. Vaho de la respiración: H1N1 al por mayor. Gente linda por zonas (desde bebés hasta fisiculturistas emos y top-models pop), y en otras áreas una tralla plebe de lo peor (alcohol de reverbero en la saliva de sus alaridos y alardes).

Sentí más de un vahído. El aire caliente se hizo sólido en mis pulmones. Sentí ganas de vomitar: ¿un reflejo vago? El sol rebotaba en mi cráneo y en el concreto. Cuba calcina. Me quise ir. Sólo el update de mis dos blogs me mantuvo en pie de guerra allí (rodilla en tierra realmente). Mientras más me acercaba a la tribuna, menos veía la escena: las sombrillas y tarimas bloqueaban cualquier conato de visibilidad.

Fue desesperante al inicio. “Menuda mierda de música”: con gusto hubiera pensado. Parado allí, sobre los ladrillos refractarios de la caldera del diablo (sin connotaciones políticas por el momento), con una sensación térmica de más de 60 grados (lo sé porque casi no podía tocar el plástico Canon de mi cámara sin quemarme) me era técnicamente impensable pensar.

Para colmo, en una de las calles de acceso me pareció ver un arresto con todas las de la ley. Fue a una pareja de jovencitos o tal vez no tanto, porque en Cuba no nos hacemos adultos hasta cumplidos más de cuarenta. Él llevaba un T-shirt de NO HAY PAZ SIN LIBERTAD y terminó montado a la fuerza en un camión policial. De verdad, sólo pude considerar que tal vez a la sombra de un interrogatorio de estación, él la pasaría mucho mejor que nosotros al descampado radiactivo del sol. Después seguro lo soltarían toda vez terminado el Juanes´ Jolgorio y, como gesto de buena voluntad, ni siquiera le impondrían un acta de advertencia pre-delincuencial.

(Igual el T-shirt pudo decir NO HAY LIBERTAD SIN PAZ o NO SIN LIBERTAD PAZ HAY: en este punto debo aclarar que todo slogan me parece un bodrio, sólo que nadie se merece una lectura tan atenta por parte del poder, mucho menos unos minutos antes de las pacíficas predicaciones de Juanes.)

“Hasta aquí he llegado”, recordé la fábula fácil del Noble Saramago. Me agaché. Una muchacha con la sonrisa más hermosa en 50 años de desfiles y concentraciones me dio un caramelo de chocolate. Sabía a rayo. Igual lo mastiqué al tiempo que le cogí una mano y supongo le dije “gracias”. Su mano resbalaba ríos de sudor. Los cuerpos olían a acetona, aceite catabólico de los que van a morir en la habanarena del circo.

Los desmayados pasaban de dos en dos por mi lado. Me sostuve por pura inercia imaginaria de fotorreportero profesional: asumí la fantasía erótica de que la National Geographics me pagaría mil euros por cada instantánea. Así reviví. Y ahora acepto los cargos de metalizado, lo advierto: pero no de mercenario (como tanto le gusta predicar a nuestra pobre prensa).

Vi una especie de ecuatoriano pintado como un demonio rojo (me disculpo por mi incultura étnica, pero no logré distinguir mucho más). Vi adolescentes histéricas y no es nada agradable la pataleta: casi llegan a la epiléptica espuma por la boca. Vi un niñito llorando alzado en alto por sus padres en retirada. Todavía no eran ni las dos. Dios. El “espectáculo del siglo” (según oí después por los micrófonos) a esa hora ya nunca iba a empezar. Me rendí y yo también decidí dar marcha atrás.

Al carajo, queridos lectores. Vengan ustedes a narrar esta paz programada en un horario inhumano para inaugurar el amable otoño de la televisión europea (o para que la autoridad caribeña viera bien las caras de quienes nos desgastamos allí).

En resumen, esta no es la crónica de ningún concierto.

Buscando noticias sobre Juanes y Compañía, me decepciona lo repetitivo que pueden ser los sitios oficiales de internet en el mundo entero. No les pagan por redactar y mucho menos por sentir o al menos inferir. Les pagan por estar en el sitio y a la hora correctos, con sus credenciales listas para plagiar, y lo digo sin sentido peyorativo (el plagio entendido como una de las bellas artes).

Todo el mundo cita los mismos bocadillos de este o aquel actor. Todo el mundo acuña la misma única cifra de participantes (el tercer récord de no sé qué). Todo es un palimpsesto digital que bien podría prescindir del show físico como tal: no sería descabellado creer que las noticias ya estaban a medio redactar desde la jornada anterior.

Uno se queda con cierto amargo sabor a escrituranada. El periodismo del siglo XXI apunta a ser el arte de simular que algo pasó, aunque el discurso sea siempre con la misma quisquillosa corrección de escolar. Esto sí lo digo con todo el tono peyorativo, incluso ofensivo. Me disculpan, por favor, pero entiendan mi desesperación al no poder leer en ninguna parte un estilo como el que escribiría yo (ni siquiera un plagio parecido).

Cerca de las 6 PM (con nubes y hasta con una lloviznita indetectable que bautizó o circuncidó al monolito de la Plaza de la Revolución), vi un corretaje de miedo al costado derecho del MINFAR. Pensé paranoicamente lo peor. Busqué con el lente telescópico y vi a muchos empinándose hacia la acera con las cámaras en alto, intentando guardar una imagen de lo ocurrido.

Desde mi posición en la explanada a los pies de Martí (nos colamos ahí después de un descanso y de resistir todo un rodeo de kilómetros sin alejarnos del lugar), me fue imposible acercarme rápido al raro evento. Así que nunca supe lo que pasó. Tampoco hay noticias virtuales al respecto, por supuesto. Tal vez fue sólo que abrieron una pipa de agua para refrescar el molote. Lo cierto es que la avalancha se fue dispersando y muchos ya no regresaron para ver el final del concierto con el toque o teque de los Van Van, sino que seguían hacia Ayestarán para irse antes de que se soltaran las masas.

Me sentí libre en la molotera, lo confieso sin complejos. Estuve mirado por muchos, es cierto: por presuntos delincuenticos de barrio y por tipos que me pedían una foto sin importarles que nunca me volverían a ver. Todo el tiempo intuí que me iban a carterear, pero igual fui libre en plena Plaza de la Revolución, sin hacerle caso a los camiones de Tropas Especiales al acecho.

Tal vez fue por mi pinta foránea (barba escandinava incluida), no lo podría asegurar. Tal vez fue porque no solté un solo comentario en cubano candente en las horas que merodeé y a ratos me mareé por allí. Lo cierto es que en otros sitios menos conflictivos yo me he sentido mucho más atrapado que ayer allí.

Apenas reconocí a nadie entre el público, excepto a Alpidio Alonso o a alguien muy parecido con una gorrita (lo semisaludé en una de mis fatigas de inauguración). Apenas me interesó nada de lo que dijo nadie por los micrófonos, aunque sí pude leer en entrelíneas a qué se refería cada cual con cada pullita, quién tanteaba sus límites y quién no llegó. Era como si las estrellas musicales hablaran en un código Morse únicamente para mí (asomado en la explanada de la Plaza, espero que nadie me acuse ahora de megalomanía por una simple oración).

Me alegró que no hubiera ningún presentador de los medios locales, eso sí, pues en Cuba siempre han sido súper-patéticos para mi gusto (antes de la época de los Goar y Pumarejo), y ninguno logra desmarcarse de sus sonsonetes rimbombantes que lo menos que dan es risa.

Como venganza espontánea contra Formell y sus estigmatizaciones contra el piquete punk Porno Para Ricardo, el audio sólo falló justo cuando ellos salieron a escena. La mitad de su popurrí salsero no lo oyeron ni ellos, pero después ya fue la apoteosis, para rematar con broche de lágrimas toda aquella matiné vespertina: el primer domingo entretenido de la patria en más de diez años (y este record sí es verosímil, pueden confiar en mí).

El llanto de los artistas extranjeros me resultó por interno un coda lindo y emocionante (no sé si alguien más lo tomó tan tontamente como yo). Es el llanto de los protagonistas, de los vivos que hacen que las cosas pasen en vivo para todo el planeta, por donde ellos se mueven vivazmente, sin quedarse a la espera (como nosotros) de que venga el próximo concierto de alguien a publicitar una paz de palabras con fronteras.

Es el llanto de quien viene a visitar a un enfermo entrañable o a una audiencia presa (paradójicamente libre de la “tiranía del mercado”) y, apenas saludan y nos desean salud, enseguida ya se tienen que despedir. Y ese adiós súbito, como el del papa Juan Pablo II otro domingo pero de 1998, desconsuela y duele.

Nadie lo dude: a mí me dolió.

El “duélale a quien le duela” del aguaje que formó Formell me lo cogí creo que muy personal.

domingo, 20 de septiembre de 2009

CON TODOS Y PARA EL JUANES DE TODOS









Sunday avant le Juanes









BORING HOME UTOPICS JUANES PREVIEW









EPÍLOGO A PRIORI PARA JUANES ET AL



DOMINGO DE POST-JUANEVOLUCIÓN
Orlando Luis Pardo Lazo

Hoy estuve en la tarde nefelíbata de la Plaza de la Revolución. No hacía un sol de muerte como en días atrás. Así que no es imposible (ni impensable) que mañana domingo 20 pase igual durante el megaconcierto, y no tengamos que deshidratarnos como esas papillas de importación que tan caras se venden en CUC.

Noté a la gente súper-entusiasmada. Sobre todo a los adolescentes, por supuesto. Gritería a las estrellas musicales y pedidera de besos y autógrafos por encima de las barreras metálicas. Esa energía vital contagia, más allá de los tipos seriotes con sus camisitas de soldado civil. Mañana (¡hoy!) podríamos llegar fácilmente a la histeria pop de Primer Mundo: una Cuba de cartoon-tabla que flotará en la ilusión light de su libertad total.

El área tomada será un enorme óvalo: Zapata, 23, Rancho Boyeros, Paseo, G, Ayestarán: ahí estarán los oficiales del tráfico, tal vez en motos, tal vez en garitas. Después de esa primera frontera, es de esperar que el flujo de gente sea más espontáneo, aunque ya es vox populi que los estudiantes de las escuelas vocacionales (Lenin y Camilitos), entre muchos otros, tendrán espacios privilegiados en reserva. Para las masas mayoritarias, hay todo un sistema de altoparlantes y cerca de una decena de pantallas más bien pequeñas.

El jueves la televisión cubana se dio un gustazo creando un supuesto estado de opinión bien maniqueo y estigmatizante: exilio + disidencia = (des)concierto. Así se hace, para eso son las televisoras de propiedad estatal. Sin embargo, el periódico Granma se ha mantenido a raya y en vísperas del espectáculo no se atrevió ni a una esquelita cultural: así se hace también, el concierto de Juanes & Cía es un fenómeno mass-mediático de corte no tanto interno como internacional.

Me pareció fresco y rico el ensayo, tal vez mejor y menos vigilado que el show original que vendrá. Apenas había aspaviento de prensa y la policía bostezaba por su presencia. Los artistas hablaban despreocupadamente entre ellos con los micrófonos abiertos para la multitud. Usaban cualquier ropa. Desafinaban de vez en cuando. Saludaban, se lucían, no lucían tensos e, inevitablemente, Amaury Pérez lanzó un preview de los gags chistosos que lanzará en vivo y gratis para el resto del planeta.

Este domingo 20 de septiembre irrumpe el corojo.

Creo que lo principal ya pasó o pudo pasar off the record. Algún gesto privado de Juanes u otro de su team all-star, que abortó o lo hicieron abortar. Algún mínimo guiño de buena voluntad para combinar su escenario oficialísimo con los tantos espacios alternativos que se asfixian al margen de lo híper-institucional.

Para mi generación, el concierto será en parte como aquellos matutinos disciplinarios de escuela. No es una orgía ni una catarsis, sino apenas una constatación de no hace falta que yo diga qué.

Pero por ahí ya vienen empujando duro los nacidos después. Los bebés del Período Especial y los Años Cero. Y ellos sí se merecen una experiencia movilizativa así (musical y no militar). Muchos están al margen de casi todo y todavía no se enteran de nada, porque menos aún les interesa enterarse de tampoco hace falta que yo diga qué.

No les agüemos, pues, su fiesta vigilada.

Así, algo tendrán para contar y compartir este lunes 21 en sus re-estrenadas aulas urbanas, aunque sea para olvidarlo enseguida con el timbre de fin de clases. Eso es está muy bien: es exactamente de esa amnesia que emana nuestra más espontánea esperanza.