sábado, 3 de octubre de 2009

s / t


S / T
Orlando Luis Pardo Lazo

Hoy vi otro de esos operativos de seguridad. A las seis y media de la tarde del viernes 2 de octubre de 2009. En La Habana, Cuba, América, La Tierra.

Hombres uniformados de civil apostados en las cuatro esquinas y más allá de los portalones de Infanta y Neptuno. Pulcros, comunicados entre sí por modernos móviles de línea libre. Tipos efectivos y precisos. Casi preciosos. Muchos. Y reconcentrados en su área de acción (el resto de lo real les resultaba invisible, incluido yo, o al menos eso quise creer para parar paranoias).

Estuve un rato a la caza fílmica del supuesto evento a reprimir o acaso a monitorear, pero me fui sin que aún entraran en acción. Lucían tensos y no temían hacerse notar (hasta un policía muy joven que pasó por la parada del P-4 pareció sorprenderse, pero por supuesto ni preguntó). Tal vez el objetivo de los cuerpos de seguridad sea justo ése: no dejar que nadie actúe para, consecuentemente, tampoco tener ellos que actuar.

Profilaxis política. Parálisis apriorística.

El resto es pura poesía pragmática. Pasto compasivo o patético para compatriotas. Fuera de ese tono de ocupado perenne sólo existen el vacío y la locura en derredor (el mausoleo y el manicomio de Octavio Paz). Por eso la simulación ha devenido entre nosotros más cura que enfermedad: nadie quiere quedarse solo; nadie quiere convertirse en loco en medio de la cordura colectiva.

El país responde óptimamente a los patrones intestinos de presión.

El tiempo nacional no es un ente abstracto sino muy concreto: un constructo delicado que se ensambla provocando y previniendo acontecimientos.

A estos efectos, el azar sería el fin de nuestra noción de nación.

Pienso toda esta perorata mientras escucho en el iPod el soundtrack de “Good-Bye Lenin”, la música minimalista de Yann Tiersen, y la tarde de mi ciudad cerebral se tiñe poco a poco de negro.

No ha sido un día de clima desagradable. La noche promete un retoque de invierno. Es octubre, por suerte.

La gente viaja con la vista en cualquier otra parte, ni siquiera en el paisaje. Un paraje compuesto apenas por rescoldos de carencias en la desmemoria de cada pasajero. Lo siento, no puedo evitarlo. Somos absolutos desconocidos. Es como caer en una cárcel o en un hospital. Y no compartimos más que ese mutuo no ser ahora, incluso estando todos compactados aquí.

Es sobrecogedor, incluso estéticamente sobrecogedor. Un pasmo, un pánico.

A donde quiera que mires los otros siempre aparecerán allí: sea con sus móviles y maneras de soldados de élite; sea con la mirada muda y mórbida de los post-obreros.

Hace frialdad. Huele a húmedo. ¿Habrá invierno este invierno en Cuba?

Saco media cabeza por la ventanilla. No estoy triste. No estoy triste. No estoy triste. Meto media cabeza de vuelta a mi cuerpo.

A donde quiera que dejes de mirar, los otros siempre desaparecerán de allí: sea con sus uniformes de civil e instrucciones higiénicas; sea con la percudida mansedumbre indisciplinada de los post-obreros.

Quiero quedarme solo.

Quiero convertirme en un único loco en medio de la cordura colectiva.

Nadie interfiera con la efímera felicidad de ser yo el último autor.

viernes, 2 de octubre de 2009

cv de CV


ADIÓS A VITIER
Orlando Luis Pardo Lazo

Hace cinco años hablé con él, en su oficina del Centro de Estudios Martianos, en El Vedado. Yo era un anónimo editor de la revista oficial ExtramuroS y él era la gloria plus octogenaria de Cintio Vitier (Premio Nacional de Literatura 1988 y Premio Internacional Juan Rulfo 2002). Le pedí un inédito suyo y otro de su esposa Fina García Marruz para un dossier por los 60 años de la revista Orígenes.

Cintio Vitier estuvo hablándome una hora y media por lo menos, con una lucidez espantosa de cara a mi desmemoria carencial. Yo toreaba mis lagunas en medio de aquel océano de referencias culturales republicanas. Era como si ese hombre en alguna época remota hubiera vivido de verdad. Lo envidié, conmigo eso nunca va a pasar. Recuerdo que volvía elogiosamente una y otra vez al nombre de Julián Orbón. Al final me dijo que volviera la próxima semana.

Y adiós a Vitier. Como hoy.

No lo vi de nuevo. Fue su secretaria quien me atendió días después. Me entregó un sobre dedicado a mí y a ExtramuroS. Dentro había un párrafo impromptu firmado vitalísimamente por Vitier con su signatura de sacerdote católico. Pero ni rastros del texto de García Marruz. Qué le íbamos a hacer. Igual consideramos que fue un gesto altruista su colaboración con una revista ministerial que este origenista oriundo seguramente nunca había leído. Ni leería.

La ensayística (y la longevidad) de Cintio Vitier lo empujó a ser el ideólogo de un fenómeno literario que originalmente no tuvo ideología ninguna. En “Ese sol del mundo moral” leí maravillado la fusión fulminante y ficticia de poesía y revolución cubanas. Este retoque forzado de desatino y destino ni los propios revolucionarios lo han entendido nunca: así, el libro estuvo medio vetado en la Cuba cársica del Campo Socialista de los años setenta.

“Lo cubano en la poesía”, con todas sus exclusiones e ingenuidades, me sigue pareciendo un coda codiciado para cualquier crítico. Ese libro esconde en sus conferencias canónicas muchos más misterios que los que el propio evangelista Vitier pudo concebir. Esa biblia resume y rezuma el apocalipsis político de nuestra poesía sin saberlo (de hecho, pretendiendo justamente su fundación). Después de esta obra todo ha sido sólo pose y parodia, retórica sin raíz, rapacidad y ruptura, juego sin jugo, traición a la tradición, epígonos e ignorancia, burla y barbarie, y, lo principal, la pérdida no sólo del aura sino del lector poético cubano. (En su c. v. habría que añadir que C. V. sobrevivió estoicamente a todas las molicies y demoliciones finiseculares.)

Todavía en los años ceros los poetas y pensadores de un demonio llamado Diáspora(s) pugilateaban contra los molinos de aire antediluvianos de Orígenes, en una intentona de dinamitar a Cuba que, paradójicamente, fue nuestro último gesto intelectual preocupado de veras por la pregunta sobre lo nacional (la Seguridad del Estado a su vez se interesó por asustar a estos autores y acaso catalizó su proceso biográfico de diasporización: hoy estos héroes están hastiados en Europa).

Desconozco la narrativa de Cintio Vitier: la abro y trato de fajarme con ella (como me pasa con la novela “Oppiano Licario” de Lezama Lima, no así con “Paradiso”), pero no son textos legibles para mi sensibilidad súbita. La poesía de Cintio Vitier sí la leí hace eones y luego la olvidé instantáneamente. Sin embargo, no sé por qué retorno siempre a unos versos tal vez muy benedettinos antes de Benedetti que se llaman “La jerigonza”:

Queríamos vivir ocultos, / ser harapientos héroes, / usar el idioma como un trapo tenebroso / que esconde la joya más ardiente.
[...]
Queríamos andar a oscuras / debajo de los muebles prehistóricos, / estrujar las semanas oficiales, / llenarnos los bolsillos de mentiras.
[...]
Queríamos el cojo en la gramática, / el verbo mendigando entre los números, / el trece de mudez, fingir que todo junta / las manos para implorar clemencia, / más rápidos que oscuros, enfundarnos / en un gabán de interminable burla. / Queríamos vivir, ser otros.

La última vez lo vi en la pantalla desenfocada de mi televisor Panda, no hace creo ni dos semanas. Le hacían otro de esos homenajes raquíticos de lenguaje desleído por los lugares comunes que van desde la apoteosis hasta la apoplejía patria.

Cintio Vitier estaba desfigurado. Las mejillas momificadas por el desconcierto. La boca todo el tiempo abierta en una vocal O (acaso una cifra 0). El teórico tenaz y a ratos despótico simplemente ya no estaba allí. Me dio una tristeza injustificada ante otra enciclopedia humana perdida. Cuba se acaba y no hay reemplazo (¿por suerte?). En cualquier caso, fue criminal filmar su exoesqueleto de caballero caído así, ya sin armadura: acaso sin alma dura a estas alturas del siglo XXI (él había nacido en el 21). Supongo que ningún hombre se merece el escarmiento de semejante escarnio mediático.

Transcribo ahora el texto “Cuba” que nos dio hace un quinquenio groso, como una mera manera de terminar la columna con su voz (ExtramuroS, página 5, número 14-15, mayo-diciembre 2004):

El barracón de esclavos estaba destinado a dialogar con el Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana. San Ambrosio, no lo olvidemos, descubrió la música, la escansión oral, el ritmo, a San Agustín. En San Agustín de La Florida el Padre Varela aprendió el catolicismo irlandés, todo lo que sabía. Los negros invadieron la Plaza de la Catedral una Noche eterna de Reyes. El negrito Tomás fue el mejor amigo de José Martí. Las campanas sonaban llamando a la campana de La Demajagua. No hay nada que hacer, el positivismo también tocaba campanas libertarias. Mi madre, la hija del General, con una pucha de flores en las manos, mientras saluda al jinete que pasa delante de su jardín, me está mirando. Lo único que se salvó en la iglesia en el incendio de Bayamo fue la capilla de la Virgen. Allí resonó el Himno Nacional que los marxistas oyen de pie todos los días. Los niños, los marxistas de hoy y de mañana. No hay nada que hacer. Carlos Manuel de Céspedes, masón, murió combatiendo después de una partida de ajedrez y de rendir cortesanos saludos a una dama esclava. Estamos salvados, nadie podrá destruir El Habanero ni el Himno de Bayamo. Martí viene al galope con un papelito en el bolsillo hasta apoderarse de la muerte en Dos Ríos. El papelito contiene el verso inicial de un poema de Stéphan Mallarmé. Se acabó la discusión, estamos salvados. Si usted quiere ver el paraíso, vaya al Malecón. Si usted quiere aprender Economía Política, vaya al Malecón. Si usted quiere saber Metafísica, vaya al Valle del Yumurí. Si usted quiere reconciliarse con el mundo, vaya a Puerto Boniato. Si usted quiere saber lo que es bueno, siéntese conmigo en el Parque de la Libertad de Matanzas a oír un nocturno danzón. (Octubre 2004, firmado: Cintio Vitier.)

P.D.: El cortacircuito de las fechas de este texto con la de la revista en que se publicó se explica por el atraso atroz de impresión que arrastraba entonces ExtramuroS.

jueves, 1 de octubre de 2009

EL 26 TODOS A LA SINA


LA SINA ESTÁ PARIENDO UN CORAZÓN
Orlando Luis Pardo Lazo

Por fin.

Después de medio siglo de mentecata pacatería (parónimo de pánico político), un grupúsculo de artistas cubanos (no es necesario insistir en si son o no intelectuales, en si suman o no 200) estrecha manos con los top-funcionarios de la SINA sin más ni más.

Se asume que recibieron luz verde gubernamental, pero eso es lo de menos (para eso también se es un asalariado estatal).

Lo rentable de este relato es otro relato que queda obsoleto ipso facto: “Abuelito, ¡no existía el lobo feroz...! Todos éramos un poco Caperucita.”

Léase, hemos vivido dentro del idilio patrio (a ratos pétreo y a ratos pútreo) de una nana infantil.

Estábamos ensartados en la sartén falsa del escualo y la sardina: en la esquina azul, Goliat; en la esquina roja, David (boxeo de retórica retro entre un imperialismo y su concomitante revolución).

Léase, nuestra historia tiene una histología hilarante.

De manera que ahora, por fin, el neo-intervencionismo Born in the USA ha resuelto otra vez las cosas a nombre de los cubanos.

Porque, si disidentes, opositores, periodistas y bloggers independientes (con o sin filiaciones políticas) estrechan las mismas manos que estrechó la variopinta comitiva oficial (sean miembros o no del PCC o la DSE), entonces ya no hay razón ontológica para que, en breve, nos estrechemos las manos a solas entre los cubanos: con todos y para mejor de todos.

La transición, como era predecible y políticamente incorrecto de describir, será de arriba hacia abajo y no al revés.

Un cambio cancaneante, con calma y continuidad: calabaza, calabaza cada cual para su casa (y los niños descarriados al calabozo, claro).

Personalmente, paso de las propuestas presuntamente populares y prefiero los proyectos pactados entre profesionales.

En cualquier caso, la economía mundial manda: nuestra Realpolilitk o Raúlpolitik no puede ponerse a estas alturas a tentar suertes con la ruleta (sea rusa o bolivariana).

Como desafinara Juan Formell al término del concierto del otro Juanes en la Plaza de la Revolución: “duélale a quien le duela” (que en una traducción apurada podría entenderse en Washington como “dólares a quien dé dólares”).

miércoles, 30 de septiembre de 2009

¡EL PROGRAMA DE RRRAMÓN...!




Una de esas rarezas que comenzaron a explotar desde Radio Ciudad de La Habana, en pleno corazón sin coraza de El Vedado, a finales de una década que no podía ni predecir lo que serían en breve los años noventa. No venta. Crisis, crimen. Estancamiento, exhaustamiento, exilio, exordio de la coda cubana que no cupo en ninguna radioemisora. Humor del patio pútreo y pétreo. Lo cómico como mueca de lo agónico. Porque morir por la patria es mohín. Muesca de un gótico agotado. Cruento a cuentagotas. Mascadas de un tabaco terminal. Augurios de la nada que vino y que vendrá. Y se vengará. Los nuevos noventa en los años cero o dos mil. Ramalazo de escubamarga. Chucho de Ramón. Feria de Fernández. Verborrea de Larrea. Cuba today, Cuba te doy cuero, Cuba te dejé encuera. Ouija y güije de unos ochenta tardíos o tal vez demasiado tempraneros. No por mucho madrugar, habanece más temprano. La Rama Dorada Adolorida de la radio capitalina, todavía no capitalista. Graba ahí, Amón Ra, halcón de un sol solitario y socialipsista. Micrófonos afónicos favoritos de adolescentes que abuelescieron en pocos años. Daños públicos. Cuba electrolítica y radiemocrática. ¡El programa de la RRRamolución...!

martes, 29 de septiembre de 2009

5-3-5-3-4-5-6



DE ETECSA Y OTROS DEMONIOS
DEMOCRÁTICOS INDEMOSTRABLES

Orlando Luis Pardo Lazo

Siempre tuve teléfono. Primero de cinco, después de seis, y ahora de siete cifras. Lo que sumado a su estatus digital lo convierte casi en un número del Primer Mundo (hace mucho que se acabaron las justificaciones de La Gran Familia Cubana para llamar a la isla sólo una vez al año).

Estoy tentado de teclearlo narcisistamente ahora aquí, MYT VB NZ, pero otros bloggers de mayor experiencia y menor edad me han recomendado no hacerlo: dicen que eso sería un suicidio internacional, que hay locos capaces de gastarse los dólares y euros con tal de crearme un caos.

De todas formas, en la época bárbara de mis comentaristas oficiales de Kaos en la Red, por ejemplo, más de una vez lo postearon en sitios web con incitaciones para hacerme talco en la vida real. En la Feria Internacional del Libro de La Habana 2009 casi lo logran. Por ahí deben estar descolgadas todavía mis siete cifras, y también hasta mi dirección particular: Gpmys 521, % Esgsrk sw Xýstfrmq y Vwskrd, Lawton.

Lo cierto es que tengo vecinos de toda la vida que nunca han tenido uno. No telephone, no cry. Como la densidad de cabinas telefónicas estatales en mi barrio se aproxima austeramente a cero (los que sirven siempre tienen cola), el resultado es que mi cuadra vive en el pasillo de mi casa. Y desde allí se explayan a toda hora en amistades, familiares, chismes, chistes, muertes, enfermedades, novias y negocios (incluida la lotería ilegal).

Una vez hasta Robertico Robaina llamó, hace no tanto (estaba de visita no lejos y pidió el favor).

Así, no pocas veces recibo y distribuyo gratuitamente llamadas internacionales para medio Lawton (a mí sólo me llegan de vez en cuando desde Radio Martí, para mayor neurosis de mi madre). Mi radio de acción es de varias manzanas a la redonda, pues no son muchos los teléfonos privados que se prestan a ser públicos por esta zona. Hay incluso quien cobra una cuota por cada llamada. Y sé que en muchos pueblos de campo esa actividad por cuenta propia ha devenido legal, para que los ciudadanos no vivan tan aislados como en el medioevo.

Después de ver el film alemán La Vida de los Otros (¿La Vida de Nosotros?), puedo asumir o no que mi teléfono está intervenido: no hace falta ningún papeleo jurídico para hacerlo, es algo que ni siquiera incumbe a la compañía telefónica ETECSA. Tampoco voy a ponerme histérico, como Juanes y Bosé en el Hotel Nacional, por semejante bagatela. Son gajes de este oficio de ofidio. Lo interesante es cómo modulan el diálogo quienes me llaman asumiendo que su voz quedará registrada en un fichero mp3 para la eternidad policial.

En la noveleta “Memorias del subdesarrollo” hay un pasaje de cruces telefónicos que me parece ya inimitable, pues sólo la Era Analógica le permitía ese recurso dramático a Edmundo Desnoes. El personaje oye rumores terribles que son el estertor secreto y clínico de una época enferma de muerte. No recuerdo bien de qué se trata y no estoy dispuesto a citar de manera académica a mitad de este post informal (su belleza depende de su espontaneidad). En el cruce hablan de hospitales o ataúdes: basta con esa información, porque un rumor captado al azar pesa más que cualquier periódico, sea cual sea el signo hipócrita de su titular.

A Lezama Lima lo llamaban bastante por teléfono para aterrorizarlo (desde la época del capitalismito, que conste: Cuba adopta la forma de su Estado, pero nuestra boba bellaquería es un don ancestral. Una vez le dijeron que Cintio Vitier había muerto en un terrible accidente. Magistral, magister. Era, por supuesto, una llamada a mitad de la madrugada. Y nuestro hombre en La Habanasma casi se asfixia esa noche antes del primero de enero de 1959. Entonces su Paradiso inédito e inconcluso, hubiera sido editado sesuda o censuramente acaso por el propio Vitier (vivo aún en El Vedado) y nuestro Libro ahora sería apenas una opus póstuma puritanamente peor.

Cuando el asalto al Palacio Presidencial en marzo de 1957, hubo una llamada al despacho de Batista ya en fuga (pasadizos de Poe y Sherlock Holmes incluidos). A un revolucionario armado le dio por responder aquellos timbrazos por sus timbales. Otra vez no importan los detalles biográficos, sino el efecto místico en el cubano que llamó. ¡No cabía duda! Radio Reloj acaba de anunciarlo a medias y, desde el buró del dictador, lo ratifica su propio ajusticiador: borrón y Batista nuevo. Sin embargo, la historia demostró que la telefonía no deja de ser una ingeniosa ilusión en cuyo cable no cabe la ingenuidad.

Los celulares abolen hoy toda esta poética decimonónica (dicen que el teléfono se inventó en Cuba) e instauran una práctica perversamente criminal. Tu móvil es tu GPS, al parecer incluso apagado. Y no pocos líderes políticos perseguidos han recibido un misil por la premura de contestar una llamada no identificada.

El Call-ID, por cierto, daría para otra columna en sí mismo. Si te equivocas al marcar y te das cuenta a tiempo, y cuelgas, casi seguro el destinatario te llamará de vuelta ya a medio insultar (así ejercitan su pequeño poder económico sobre la tecnología): “dígame, sí, usted mismo, de ese número me acaban de llamar, ¿a quién quería y para qué?”

También la llamada tripartita esconde insospechables posibilidades políticas. Si cada cubano llamase a otro dentro de la isla, y ese segundo a un tercero manteniendo en línea la llamada anterior, y el tercero a un cuarto, y el cuarto a un quinto, y así y así hasta más de un millón (sin colgar nunca la llamada original), al final sería posible mezclarlo todo y hacer un plebiscito instantáneo sobre cualquier cuestión de urgencia nacional. La última llamada habría que dirigirla al teléfono privado de ya todos sabemos quién, y este estilo de telefemocracia directa bien podría sustituir lo engorroso de las elecciones en una Cuba futura: la T de ETECSA como etimología súbita de la transición.

Tengo fotos en mi teléfono de bakelita desde que soy un bebé. Ahora mi madre tiembla cuando oye que le está entrando una llamada en espera y no está segura de cuál simbolito es el flash. Las teclas la asustan en general, incluidas las que yo martillo día y noche como si el teclado fuera un piano de jazz. A su edad, tampoco puedo pedirle que no se ponga histérica por semejante bagatela. Por su experiencia estoica mi madre sabe que en Cuba nada es un simple gaje de ningún oficio del mundo.

Permítanme sólo un minutico antes de continuar: tengo que salir volando a avisarle a un nuevo vecino. No se vayan que ya vuelvo, por favor, que al respecto aún nos queda mucho teléfono por donde cortar. Y contar.

EN PELOTAS VIVIR ES VIVIR...


CONTRA CUBA, HASTA EN LA PELOTA
Orlando Luis Pardo Lazo

Siempre me gustó la pelota en la vida real (me aburrían tantas horas frente al televisor).

De niño la jugué con bastante suerte. Me gustaba cubrir los jardines, pero la miopía poco a poco me obligó a comerme la primera base, pues no usé espejuelos hasta mucho después. Para lo flaco que era tenía buen poder al bate. No sabía halar la bola para mi mano (lo siento, soy derecho), pero muchos jonrones de manigua que disparé a ras de la raya del right field.

Una noche mágica de 1986 corrí de punta a punta del Latinoamericano tras la primera victoria de Industriales en lo que llevaba de vida.

En la universidad dejé de seguir el beisbol. Dejé también de jugarlo. Mis amigos primero se hicieron fans de las Grandes Ligas: estudiaban sus estadísticas y las copiaban en inglés por la radio de onda corta en las madrugadas; a veces en videos diurnos de formato Beta o VHS. Después, casi todos se fueron de Cuba y, paradojas de la pelota (que es redonda pero viene en caja cuadrada), por e-mail me cuentan que en el exilio nunca van a los estadios. La familia, el part-time, las vacaciones, el insurance, la crisis y un spanglishísimo etcétera...

En los juegos decisivos de Cuba contra Estados Unidos no hay que decir que la mayoría a mi alrededor apoyaba al team yuma, aunque no fueran profesionales sino apenas un collage de Colleges amateur.

Mas los topes internacionales nunca me interesaron tanto como ver a Industriales ripiarse contra el resto de Cuba sobre las bases. Mi ídolo era el Javier Méndez adolescente de los ochenta (no lo recuerdo en el equipo Cuba hasta años después). Nada más que por oír los mugidos de Héctor Rodríguez y las pataletas patrióticas de Eddy Martin, me divertía que de vez en cuando Cuba perdiera. Cómo olvidar aquel slogan de este dúo antológico de intocables (una vez hubo bateo en el semanario DDT por una caricatura crítica sobre ellos): “contra los Estados Unidos no nos gusta perder ni a la quimbumbia”.

La catarsis política cubana, no sé si avezada o aberrantemente, aún la coge cada año con la pelota. El equipo Cuba en pleno (su actual médico incluido) es criticado como si fuera una especie de embajada gubernamental. Y no sin razón, es cierto. Pues, de hecho, “al partir de la patria” hay altos funcionarios del Consejo de Estado que los abanderan con juramentos y honores de corte cómico-marcial.

Pero no deja de ser curiosa esa vendetta de los fanáticos al beisbol contra su equipo all-stars nacional. Es un síntoma mitad en juego y mitad en serio de desintegración, una especie espontánea de plebiscito: un pelotiscito que refleja el pulso frágil o fraudulento de nuestra noción de nación. A lo largo de los años, la poética que he podido captar al respecto entre mis vecinos sería: “Que pierda Cuba con los yanquis, a ver qué van a decir ellos ahora...”

Un ELLOS que ni tú ni yo ni Yotuel necesitamos gramaticalmente explicitar. Acaso sea una respuesta rápida tardía a aquel iniciático “Contra Fidel ni en la pelota” de Camilo Cienfuegos en el 59 (todavía está escrito así en la cafetería La Pelota de 23 y 12).

Pero en el fondo me duelen las derrotas de los cubanos. Los veo tan atrapados entre la patria y la pared. Tan atosigados por esas llamaditas desde La Habana hasta un recóndito celular en cualquier otro continente. Tan inocentes de Osendi. Tan al límite entre la sanción y la deserción. Tan fabulosos sobre la hierba cubana y tan fallidos sobre el sintético del exterior. Tan complicadamente cubanos como yo, en definitiva, y por eso no puedo dejar de solidarizarme con ellos en el terreno y desearles individualmente a cada uno que todo les salga OK (sean cuales sean sus planes a favor o en contra del colectivo).

“Estados Unidos retuvo el título” dijo el Granma esta vez.

“Hum”, farfulló en solitario un sobreviviente Héctor Rodríguez.

No sé si alguien más reflexionará.
Del ampaya escuchad el chiflido...

lunes, 28 de septiembre de 2009

GUITURBE


QUERIDO ITURBE
Orlando Luis Pardo Lazo

Una hora a la semana, cuatro viernes al mes, por diez pesos cubanos (en aquella época todo un “sacrificio familiar”): ése fue mi régimen particular de recibir clases de guitarra acústica y populachera.

Ernesto Iturbe se llamaba mi profesor. Un señor elegante que, incomprensiblemente para mí, vivía sólo con su hermano también soltero, y no tenían ni refrigerador (guardaba el pollo y la carne en mi casa, y muchas veces nos regalaban una parte de sus magras cuotas).

Mis padres me compraron una guitarra española que era más grande que yo (otro sacrificio blablablá), que por entonces apenas empezaba en la escuela primaria.

Eran los finales de los setenta. Para el niño que yo fui, Cuba era una fiesta en Sol Sostenido Mayor (ya no sé si este acorde es un barbarismo o un barabaritmo). Los primeros temas que me aprendí fueron, en este orden aproximado (hasta hace poco conservé la libreta), “Gotica de lluvia”, “Globos Rojos”, “Moliendo café”, “Tú, sólo tú”, “La barca de oro”, “Adiós, muchachos”, “La vida sigue igual”, “Pequeña serenata diurna”, “Hipocresía”, “Chamamé a Cuba” y “En el XX Aniversario”: una de las primeras loas revolucionarias de Osvaldo Rodríguez después de la desintegración de los 5 U 4 (mi padre estaba enamorado en secreto de la muchacha ciega del grupo, de quien nunca he sabido más).

Yo me aburría en sus clases de guitarra, pero mi inercia me mantuvo recibiéndolas por unos ¡10 años! (toda la primaria y la secundaria y un atisbo del preuniversitario). La guitarra española se me hizo chiquita entre las manos. Ernesto Iturbe envejeció, como su repertorio de siempre y el papel de los cancioneros que regalaba. Se encorvó. Perdió la elegancia de sus trajes. Perdió alumnos, incluido yo. Perdió dientes y siseaba. Perdió a su hermano en un accidente horrible en el barrio. Hasta que él mismo literalmente se perdió.

Fue así. Un día no apareció más en el pasillo interior de su casa, en la calle Beales. Los vecinos temieron lo peor, como siempre, y la policía vino y forzó aparatosamente la puerta con tapabocas. Pero nada, por suerte (¿por suerte?).

Ni siquiera lo asesinaron. Ernesto Iturbe se fue para no volver, como en uno de esos temas cuyos acordes de fuerza él me enseñaba sin saña. Se evaporó anónimamente acaso en una morgue colectivizada, para deleite del noviciado médico amateur que tal vez no sabría nada de guitarra.

Yo también era muy torpe con las seis cuerdas (tengo el oído cuadrado). Pero lo admiraba sin efusividades y me gustaba escuchar su voz de tanguista republicano venido a menos, resistiendo dentro de la raída dignidad de sus trajes, hablando mal del transporte y del resto de la economía cubana. Sólo que no quería ejecutar yo mismo nada de nada en los trastes. Tampoco me interesaba la teoría, si bien gracias a aquellas sesiones aún hoy puedo leer música más o menos analfabetamente.

En la universidad conocí a una muchacha preciosa que también había dado clases con él, en el barrio de Luyanó. Hay evidencias de que su radio de acción se extendía a Juanelo y La Víbora y Santos Suárez e incluso mucho más allá. Llegó a tener decenas de alumnos y no sería de extrañar que alguno de ellos fueras ahora tú, aunque ya lo hayas olvidado.

Le debo a Ernesto Iturbe una confesión de peor pupilo. Yo adelantaba el reloj para que las clases duraran menos de la hora reglamentaria. Lo siento, profe, yo era muchacho muy zorro y no podía evitar hacer trastadas que nadie en el mundo sospecharía nunca de mí.

Lo cierto es que a lo sumo siempre dábamos cuarenta minutos de clase. Por eso muchas veces no le alcanzaba el tiempo que usted tenía planificado: tocar, solfear, transcribir, etc. Me daba pena, pero cada viernes yo repetía esa farsa, ese ejercicio de hipocresía y libertad. Mi consuelo es que no le estaba robando dinero, sino al contrario. Pero igual me daba pena despedirlo de mi sofá un cuarto de hora antes del tiempo pactado. Todavía me la da.

En cualquier esquina o cuneta cubana donde hayas caído fulminado, en cualquier sala de hospital o necrocomio donde Cuba no pudo identificar la coda de tu cadáver, en la memoria bemol de los que durante decadentes décadas endulzamos tu soledad salarial de solterón, por las trampas mías que absorban y absuelvan al resto de tu alumnado: descanse tu alma buena y tan afinada en paz, querido profesor perdido Ernesto Iturbe.

domingo, 27 de septiembre de 2009

abanderADA


ADA CON HACHE
Orlando Luis Pardo Lazo

A mi gata Ada, como a casi todos mis animales, la recogí de un latón de basura siendo una bebé.

En La Habana ya es un arte de moda eso de botar a los cachorros recién nacidos. En el campo son más compasivos, dicen, y les cortan la cabeza con un machete al nacer. Es el tipo de poesía que no cabe en ningún octosílabo bobalicón de esos que se riman por montones en nuestras cuartetas, décimas y seguidillas (si no es que todo es lo mismo).

Ada tiene cinco años ahora, que por su carácter deben ser el equivalente de unos treintitantos si fuera humana (no hay evidencia científica de que no lo sea).

Ada sueña. Mueve las patas, las cejas, la cola y los bigotes. Pero nunca abre los ojos. Sueña desde la perspectiva de un gato, supongo. De noche; de día cuando se duerme, no. Ada se siente sola en medio de la humanidad, por más que en mi casa no le falte cariño ni tampoco lo mínimo (o minino) material. Sospecho que Ada se parece mucho al pueblo cubano: al menos al pueblo cubano que yo mismo soy.

Cuando se despierta de esas pesadillas felinamente infelices, Ada maúlla de una forma escalofriante. Como si sintiera dolor. Dolor físico y no espiritual. Como si no estuviera rodeada de su familia (mi madre y yo). Como si supiera que no hay consuelo contra las imágenes memorizadas de lo real. Como si fuera a morirse en un mundo malo y desconocido.

He visto esa misma expresión en los ojazos de los viejos del barrio que iban a morirse en muy pocas horas, incluido mi padre (tenía 81 el domingo 13 de agosto del 2000). Una espanto sin mirada. Las órbitas desorbitadas. Vidrio vacío. Sílabas seniles que bien pudieran ser otra manera de maullar.

Recuerdo sobre todo a Tita, al fondo de mi casa, que ya no dejaba ni que la tocaran de puro pánico. Un terror plenamente justificado. Tita ya no podía confiar en nadie, ni siquiera en ella, pues nadie podía hacer nada por prorrogarle la vida a su cuerpo seco como una momia mal conservada.

Ada por el momento, sí deja que yo la toque. En esos instantes de locura pasajera es cuando único me permite acercarme y acariciarla (está ligada después que parió). El resto del tiempo es una gata muy arisca, de alta alcurnia burguesa en un hogar de clase mierda demasiado humilde para su talante. Una aristógata de ralea.

Así, he estado horas y hasta días cada vez que se me ocurre sacarle una buena foto de cara a la gaternidad. Y ese carácter esquivo me hechiza en los gatos y en las muchachas.

Yo le hablo. Le digo: “ya pasó, ya pasó, era sólo un sueño, estoy ahora contigo aquí...” Y Ada entonces reposa su barbilla en mi mano y cierra los ojos otra vez, buscando sosiego transitorio para su mente.

Sé que con esas palabras me estoy hablando también a mí. Mientras estoy junto a Ada aprovecho para pensar en mis propios terrores, sobre todo en el terror de ya no sentir terror. Como si todo no fuera más que una burbuja que ni aún pinchándola se va a reventar.

Al rato le retiro mi mano. No tengo sueño, pues a esa hora tecleo mis propias visiones no tan distantes de las de Ada. Me conmueve un poco haberla calmado tan pronto, que se tranquilice tan fácil con mi presencia preocupada en medio de la indolente madrugada de Lawton. A esa hora en Cuba esa criaturita es un ángel, una bebé de hada con hache que sólo el diablo pudo tirar a morir de hambre y enfermedad en un latón de basura de Comunales.

Como despedida, la toco entre sus orejas de cinco o treintitantos años con la punta de mi nariz. Y me retiro en silencio de vuelta al teclado.

Mi madre duerme, mi padre ha muerto.

Eso es todo.

Hasta la próxima pesadilla.