jueves, 8 de octubre de 2009

CUBALAJARA


¡AY, JALISCO, NO TE ROJAS!
Orlando Luis Pardo Lazo

A finales del 2002 estuve en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Jalisco, México. Fui como invitado oficial, en medio de una súper-delegación que incluía desde Ricardo Alarcón hasta a la Orquesta Sinfónica Nacional, ya que Cuba ese año sería la invitada de honor. (Polo Montañez murió y sus pósteres atiborraban los postes de Guadalajara.)

Es la primera y única vez que he salido y también entrado a mi país. Y, para colmo, lo hice con un pasaporte institucional (luego me lo retiraron en La Habana) y todos los trámites gratis. La vida en verdad es muy extraña.

Ni siquiera lo mencioné en mi trabajo de entonces (promotor cultural y/o editor). Sólo anuncié que tomaría quince días de vacaciones. En el último instante, la directora se molestó conmigo pues se había enterado “por otra vía” de mi tan importante viaje. No sabía si felicitarme o fusilarme por indisciplina.

Yo no sabía si reír o pedir mi baja laboral ipso facto. Acababa de llegar de una reunión multitudinaria con Abel Prieto y Felipe Pérez Roque, donde se nos explicó la poética de combate de nuestra delegación. Y aquella mujer me hablaba de que le dejase un papelito firmado, afirmando nunca entendí bien qué: supongo fuera una especie de affidávit inverso por si yo desertaba en medio de la misión.

Cuando llegué a Guadalajara terminé en un hotel aparte del grueso de nuestro team all-stars, casi cama con cama en el mismo cuarto del narrador Rogelio Riverón: gentil anfitrión más avezado que yo en esas lides internacionales. El muchacho carga-maletas, sin conocernos, enseguida nos soltó un chiste sobre Fidel (a lo mejor nos estaba evaluando a título de la Seguridad). Después, se quedó esperando algo hasta que se largó con un sutil portazo de la habitación. Supongo que no se tratara de dinero: éramos cubanos, ¡éramos cubanos!, ¡¡¡éramos cubanos!!!

Al inicio, estuve muchas horas desconcertado y fingiendo absoluta normalidad. Un zombi a ras de Zapopan. Estaba fuera de Cuba. ¡Estaba fuera de Cuba! ¡¡¡Estaba fuera de Cuba!!!

No fui a todas las actividades que me tocaban por el Programa, y me metí en la única que estaba advertido de no hacerlo. Locura de principiante: me aparecí de improviso en la presentación de un número de la revista Letras Libres dedicado a Cuba y concomitantemente a su Revolución.

Por suerte, compré un ejemplar a escondidas antes de entrar (valía la fortuna de 5 dólares), porque el local se llenó enseguida de mexicanitos con globos y ganas de protagonizar un guateque sin tequila.

Rafael Rojas se puso aún más colorado y comenzó a sonreír con sapiencia (su hermano Fernando Rojas jugaba a ser su alter-texto en nuestra delegación). Vi dos o tres rostros de ideólogos cubanos y ellos también me miraron no sin sorpresa a mí. Allí bien podrían aniquilarse como un par materia/anti-materia desde Antonio José Ponte hasta Fidel Díaz Castro (El Diablo Ilustrado). El escandalito en el corazón de Jalisco no permitía empezar con aquel libérrimo lanzamiento.

Me puse muy nervioso y salí. Me vi mártir involuntario (acaso la próxima Feria de La Habana llevaría mi nombre: el horror empieza siempre por un error). Un enorme uniformado armado me advirtió que si salía no podría volver a entrar al salón. Nunca sentí a Cuba y a México tan hermanados como en la voz despótica de aquel mariachi marcial. Para mí la Feria en tanto Feria terminó justo allí (por cierto, nada más llegar a Cuba, presté la revista sin leerla y la perdí).

Ya después Guadalajara fue otra cosa, más biográfica y menos literanada. Compré lo que me faltaba de Milan Kundera y Octavio Paz (tenía 100 dólares de dieta en cash, más los ahorros de media familia). Conocí a gente preciosa. Hacía frío en las noches y se anunciaban a todo rojo las Navidades. Con gusto me hubiera quedado una temporada hibernando allí.

Al tercer día, Cuba desapareció. No recordaba nada. Fue como si llevara décadas de exiliado. Bebía tequila y no me mareaba. Lucía más joven y sin barba. Me inventé plots de novelas y planes de colaborar con periódicos. De un teléfono público traté de llamar a mi madre y debí teclear el número con gran trabajo (Alzheimer apátrida).

Pasé mails a montones desde cualquier negocio e imprimí páginas para no leerlas ante la pantalla (todo al contado, por supuesto). Gasté en taxis y en gasolina. Visité casas. Di una desastrosa charla ante un alumnado que se aburrió de mi abuso de la palabra “revolución”: yo quería explicarles un pasado pesado y ellos eran el futuro fútil.

Fui a un multicine. A un bosque (vi ardillas). A iglesias y restaurantes (nunca comí arroz) e, inevitablemente, participé de un taller literario. Manejé de noche. Me enamoré.

Al décimotercer día (en vísperas de mi cumpleaños 32) Rogelio Riverón y yo nos miramos. ¿Qué hora era? ¿Por qué no venía un bus oficial a recogernos? Los dos estábamos literalmente “quedados”. Hacía casi una hora que debíamos estar chequeando en el aeropuerto. Y nosotros todavía allí, a kilómetros de distancia.

Entregamos la habitación de corre-corre. Pagamos no sé cuál sobrecargo (la venganza del carga-maletas) y también la cuenta del teléfono local. Después contamos a dúo las monedas para alquilar un taxi hasta el aeropuerto. Por suerte, el vuelo charter ni siquiera había llegado desde La Habana. No habíamos desertado de manera espontánea.

Cuando aterrizamos en Rancho Boyeros y salí a la Avenida de Independencia rumbo a la Plaza de la Revolución (también Guadalajara tiene esa perversa manera de nombrar), había un soberano apagón. Zonas de luz y de prehistoria, parches del siglo XXI y del medioevo.

A mi casa no le tocaba la electricidad. Me bañé, comí, y me acosté, sin hablar con nadie (a mi madre le dije que “mejor mañana”). No llamé por teléfono ni nadie me llamó a mí. Era tempranísimo, pero hacía un silencio de sentencia mortal. La medianoche del fin del mundo. No desempaqué. No traje regalos de tipo familiar. Ni los perros ladraban. Oí un tren lejos. O un barco. ¿Qué había hecho? Estaba en Cuba. ¿Estaba en Cuba? ¿¿¿Estaba en Cuba???

Hará ya siete años este fin de año. Rafael y Fernando Rojas siguen jugando al buen cubanólogo antípoda (el primero es un ensayista de élite y del segundo se comenta que será el próximo Abel Prieto: al parecer, en el Ministerio de Cultura todo es cuestión de colores).

La nada cubana me emborronó el amor (técnicamente, lo traicioné). Escribí de mentiritas y gané premios nacionales. Entonces me puse a escribir verdadcitas y enseguida me quedé fuera de nuestro pastel literárido. Ninguna de estas peripecias importa ahora. Estoy vivo.

Quisiera volver solo a Guadalajara. Sin deberle dinero ni silencio a nadie. Sin tener dónde quedarme: apostando a un papelito con los teléfonos que conservo de antaño. Presentar un libro ilegible en una editorial muy menor, sin público, casi sin ejemplares. Caminar bajo el frío que hinca la altísima noche transparente de México, sangrando ligeramente por la nariz. Pedir perdón a las personas preciosas. Ser bueno y anónimo. No tener que quedarme ni largarme de allí. Simplemente no tener que ser nada ni nadie allí. Simplemente estar allí.

Acéfalo, pero lúcido. Apático, pero deseoso.

Acubanólogo de remate.

LUCES CHINESCAS



MADE IN BEIJINABANA
Orlando Luis Pardo Lazo

Después de una inspección de alto nivel foráneo, los profesores cubanos que dan clases a jóvenes chinos en Tarará tendrán que aprender a tararear el Himno Nacional de China.

Incluso en las Playas del Este, a no pocos kilómetros de Beijing, se considera una descortesía quedarse mudo en medio de la canción patriótica de la República Popular.

En la Encarta 2008, el himno chino dura 35 segundos (el audio es un instrumental ligero no peor que los de Radio Enciclopedia): un poco menos que las dos estrofas al galope del himno cubano. Desde niño, mi timidez me impedía cantar el nuestro: era el único del aula que pronunciaba “oprobio” en lugar de “opropio” y me sentía ridículo.

Así que, a estas alturas de la historieta, supongo que tampoco sea un problema para nuestros profesores universitarios doblar los caligramas como si estuvieran cantando en un programa de televisión.

Porque justo de eso se trata. De una actuación. De un desfile. De una disciplina trócula y teatral. Algo que el Imperio Milenario del Sol Muriente ignora que es imposible intentar con los cubanos.

En la poesía cubana, China sí ha hecho bastante estrago. Los autores del proyecto Diáspora(s), por ejemplo, enloquecieron entre paranoias patrias y gorriones cadáveres. En específico, recuerdo una lectura magistral de Carlos Alberto Aguilera donde, podría jurarlo hasta por la memoria de Mao, ese flaco centrohabanero graznó sus versos conceptuosos en cantonés.

A una amiga que labora en Tarará le he recomendado no seguir su impulso de pelarse al coco para el nuevo curso escolar. A este ritmo, se me ocurrió que podrían sancionarla por imitar a un Dalai Lama criollo. Y, a no dudarlo, la masa estudiantil chinarrogante serían los primeros en denunciar el agravio lo mismo en una paladar del Barrio Chino que ante la Excelentísima y Plenipotenciaria Embajada.

El brillo que mi memoria guarda de los juguetes chinos de la infancia ya no puede precisar si era Made In China o Made in Hong Kong. Supongo que pronto dará lo mismo.

Ahí están las guaguas Yutong para zanjar cualquier malentendido al respecto. En ellas viajamos cara pero confortablemente de una punta otra de nuestro pequeño país. Tan pequeño que al parecer sería un desperdicio implantar aquí aquel slogan revolucultural de “dejar florecer cien flores, dejar luchar a cien escuelas de pensamiento”.

Yo también tuve mi período chino en literatura, por supuesto: para mayor confusión, muchos comentaristas afirman que aún transito por él. Por ahí debe andar colgado todavía en la revista Esquife algo monstruoso que titulé TAO-HOANG-SHE-KIANG-TÉ sin saber qué podría esta carretilla decir (se agradece cualquier ayuda en su traducción):

Los palitos chinos o hoang-she-kiang parecen un caos, pero no: son como una gran familia o una pequeña nación. Para los peritos (sean naturales de China o de un barrio chino en el exterior), en cada pieza reencarna un nombre, una jerarquía, un estilo de uso, un tono, y hasta ciertos simbólicos secretos del universo como voluntad y representación. Es tan fácil como asistir a un teatro de operaciones noh.

Así, los palitos chinos o hoang-she-kiang constituyen una ubicua escritura pan-nacional. Lo mismo pueden ser usados como cubiertos (por la ex-monarquía neo-aburguesada), que como objeto galante pre-sexual (entre las juventudes de maovanguardia), que como arma alevosa y artera (la preferida entre los afeminados y revisionistas en general), que como insignia partidista o burocrática o militar (de moda desde 1989), que como juego didáctico preescolar (entre los 3 y 5 años, según el Ministerio de Preeducación Popular), que como sistema portátil de adivinación (xiao) o incluso como autoayuda (tung).

Así, más que una escritura al azar, los palitos chinos o hoang-she-kiang son una suerte de mensaje al ciudadano (sea perito o no) de parte del mismísimo Emperador (Kai-Fú). O, en su carencia contemporánea, de parte del mismísimo Estado (Fú-Kai). El sistema funciona como un juego de ladrillos para armar una muralla que nadie verá nunca desde el cosmos, pero igual es monumental. Se trata de un efecto lingüístico donde cada varilla es a la vez carácter y cárcel. En gramática, a esta paradoja se le llama semiositarismo o tian-am. En política, sería sencillamente gobernabilidad o kong.

Así, los palitos chinos o hoang-she-kiang son la génesis de un vocabulario híper-nacional de incorruptible sentido en el seno de las masas y de su liderato inmanente en cada contexto histórico. Nada de caos, como en un principio el extranjero o el ignorante podrían pensar. Al contrario, cada vez que un ciudadano de la actual república (sea natural o de algún barrio chino en el extranjero) use los palitos para formar un fonema o ping, ya estará convocando, de hecho, siglos y siglos de esta exquisita y exhaustiva tradición pautada. Lo mismo ocurre durante la lectura (hoang-she-kiang-té): quien vibra entre nuestras cuerdas vocales no será tanto la propia voz, como cierto aire de pequeña familia o de gran nación. A través de cada garganta resuenan entonces las notas corales de una traqueotomía chinesca, cuya afinación será siempre la idónea para que cualquier miembro del pueblo la consiga entonar. Es lo que los antropólogos de Occidente han llamado un estado de chinanidad.

Por ejemplo, incluso esta historia portátil o tao-hoang-she-kiang-té, no podría ser contada por nadie sin guiarse a priori por la misma coreografía de palitos chinos, definida matemáticamente en los dos dibujos de arriba (cortesía de estudiantes chinos de visita a nuestro país).

miércoles, 7 de octubre de 2009

MAZORRERÍAS


CARPE NOCTIS, INSANIA INSULAR
Orlando Luis Pardo Lazo

Perder la tabla. Perder la chaveta. Fundirse. Quimbarse. Patinar. Quemarse el coco. Eufemismos cubanos que no significan pero se conectan con “volverse loco”. Candy. Telarañas en el tejado. Toys in the attic. Orate de remate.

Un amigo de infancia toma alcohol y se vuelve un loco político. Saca un carnet ripiado que asegura es del Partido. Se faja con la familia para delicias de todo el vecindario (vive con su madre, como yo, como todos). Grita, con la misma voz coagulada y psico-rígida de Eliecer Ávila, que el país está podrido porque los dirigentes son unos corruptos que no le dicen la verdad a Fidel (Raúl aún no entra en su imaginario etílico). Habla de que hay que meter mano dura para mejorar las cosas (me recuerda mis lecturas del Ché). Llora casi siempre al final.

Me da una pena innombrable (tiene cuatro o cinco años menos que yo). La misma pena que me da exponerlo en parte ahora aquí.

En 1990 yo también iba a ser un loco político. Todo el tiempo polemizaba en público (estupidez de quien no tiene ni pizca de astucia). Tiraba puyas e ironías. No cabía en ningún ambiente. Una vez casi me entro a golpes con el chofer de una ruta 10.

Ese día me senté en el contén percudido de Concha y Luyanó. Me miré las manos. Temblaban. Con esas manos de amar hubiera podido estrangular a mi oponente. Por nada. Por una resolución inoperante del Ministerio de Transporte (firmada seguramente por uno de esos ministros sin voz ni voto). El odio había triunfado en mí. Mi vida en aquel infierno de década sería breve y violenta.

Decidí que no. Que era preferible abandonar a tiempo el país. Ser otro. Hacerlo otro. Recuperar la paz y el amor y, sobre todo, el deseo de ser bueno y vivir. El placer y la libertad. Y así lo hice. Salí de Cuba. Todavía no me animo del todo a regresar. Temo por mi cordura en términos de biografía y escritura.

El loco político en Cuba es todo un género que pasa por el periodismo pero no se agota sobre el papel. Caricaturas, chistes, comedias de personajes populares tenidos por carismáticos (para mí son siempre patéticos y expresan un dolor trágico diferido).

A mi alrededor, las personas más bellas y lúcidas que conozco están todas en riesgo mortal de cruzar la frágil línea de la insania. Casi ninguno quiere reconocerlo, pero, como en el “Aullido” de Allen Ginsberg, zozobrando entre la depresión, la nada cubana y la euforia, somos un barco borracho que en cualquier momento no flota más.

Tanta vida varada. Vaciada. En los peores casos, viciada.

Un holocausto silente. Porque nadie se atreve a narrar ese páramo de panorama. No nos narramos a nosotros mismos en tanto generación histórica. Creemos (con razón, ¡y con ejemplos concretos!) en la inutilidad de la virtud. Chocamos brownianamente hasta que el mareo nos inmuniza contra una desesperación injustificada, ya casi innata, constitucional.

Y así dejamos correr este tiempo de descuento como si en silencio tuviera que ser, con la enferma esperanza de un día despertar y ser aquel otro “nosotros”, tan vital y sano que ya nadie recuerda dónde ni cuándo mutó o se mutiló, pero que igual fue muy radiante y real.

Nuestra desmemoria en esto no miente.

Abro la ventana del patio.

Esta noche mi amigo de infancia ha vuelto a gritar antes de caer rendido de tanta bronca y alcohol. Llovió un poco por la tarde y la noche es fresca y fulminante, el cielo muy hondo. Dan ganas de amar y reír y llorar. Pero las palabras me traen ese tamtam rotundo del odio.

Basta medio instante de miedo para no estar nada seguro de haberme ido del todo del país. Los estertores de la rabia y la locura repican de nuevo en mis oídos. Una orgía de ira incesante. La paz y la libertad eran sólo una pesadilla con pasaje de vuelta a casa: la última tentación de Orlando Luis.

Cierro la ventana del patio.

Y tú, ¿estás ahí afuera también?

¿Tienes una remota idea de lo que tecleo aquí adentro por ti o por mí o por ambos o por todos o por ninguno?

Noche insana insular, insulada: jardines invencibles de la locura.

Por favor, no me dejen gritar ahora con la misma mueca de muerte que en 1990. Por lo menos tengan la misericordia de mirar hacia cualquier otra parte y no escuchar mis aullidos.

lunes, 5 de octubre de 2009

EL ÚLTIMO DISCURSO



DONDE DIJE DIE60 DIGO 6 DÉCADAS
Orlando Luis Pardo Lazo

En la calzada más bien descalza de Diez de Octubre, donde la desasida luz forma otros emparedados con el polvo, cansa mi peor costumbre de pronunciar un nombre.

Los lunes al sol. Entre la tropelía de metrobuses Yutong. Entre tenderetes y mercanchifles. Iglesias protestantes que dan culto a toda hora (y a toda voz). Negocitos en CUC venidos a nada, aún con cierto hálito (más que hábito) del aire acondicionado.

A la sombra cenital del insoportable sopor de los soportales, cuyas columnas cariadas dejaron de existir hace medio siglo, pero el arquitrabe todavía flota en el aire por puro instinto inercial de conservación. Al sol de lunes.

Artera arteria de piedras, esófago incivil sin infancia republicana. Reino en ruinas retóricas. Rumor reumático retrovolucionario. Rostros sin rastros de urbanidad. State of Unknowledge. Síndrome de la Ucronía Distópica. Abismo abierto en una cuña con forma de letra A. Hachazo de leñador incivil que no dejó árboles a ras de la acera, apenas postes muertos de alambres maquiavélicos por donde fluyen desde los apagones hasta internet.

A la vuelta de cinco párrafos, todavía queda esperanza. Una chispa, un fulgor, una fuga. Párpados como péndulos, brillo demencial de las retinas, un olor a piel de persona que no pertenece aquí. Hay que estar atentos, desentenderse de los lugares comunes, y aguzar los cinco mil quinientos cincuenticinco sentidos de lo extraordinario.

Detrás de cualquier tarima te lo topas, asomado a cualquier taquilla de cine convertido en comedor proletario, barriendo la cuneta encharcada de esta calle larga y estrecha como una isla insolada.

Es el tigre de William Saroyan.

La sonora palabra, la espuma eufórica de su furia eufónica.

Tigre, que para William Saroyan se traduce sin eufemismos como el amor.

Hay que estar atentos, desentontarse de tantas toneladas de estupidez estadística. Y gritar. Howllido de lobo estepario. Música octotonal de octubre. Hay que pegar un alarido que alarme a nuestro sinsentido para lo extraordinario. Y saltar, soltarse. Run, Tiger, run. Cortar amarres con una tijera. Run, Forrest, run. Correr al margen de este bosque de fachadas abofadas. Desatino sin destino.

Y todo por gusto, por supuesto. Todo por el gusto no tanto de la esperanza, sino de la ilusión de otra ilusión. Círculos no concéntricos, ciclos de muerte y resurrección en la calzada más bien deforme de Jesús del Páramo.

1949-2009

domingo, 4 de octubre de 2009

MIDNIGHT COWNTRY


LA 23 DE LAS 12
Orlando Luis Pardo Lazo

Un fantasma recorre La Habana. El fantasma de la 23 de las 12.

Es decir, la ruta 23 del paradero de Lawton que, desde hace más de 60 años (está citada incluso por Cabrera Infante en “La Habana para un Infante difunto”), atraviesa la medianoche cubana de mi ciudad.

Desde las escalinatas y curvas mortales de Lawton (B y 16, 12, 11, Aguilera, Porvenir), pasando por Luyanó (Reforma, Fábrica, Vía Blanca), La Motorizada, Los Elevados, Cuatro Caminos, Monte, Parque de La Fraternidad, antes Águila y ahora Prado, San Lázaro de punta a punta, cruzando la frontera de una Infanta difunta, hasta recurvar en la calle 25 de El Vedado, a la sombra trasera del hotel Habana Libre: pues más allá le da pena asomarse a la 23, por ser una ruta marginal no tan provinciana como municipal.

La 23 nunca tuvo carros articulados con acordeón. Se mete por atajos tan estrechos que, incluso para un bus sencillo, es casi imposible salir de esos laberintos sin un abollarse la carrocería. Nadie chapistea después esas cicatrices de lata. Esos topetazos mínimos son la marca de su interacción con la arquitectura infartada de esta ciudad. Son su trademark y su copyright. Si no está abollada, no te subas: ésa no es una 23 de verdad.

(Las Leylands.) Vino la Revolución. Vino la Alfabetización. Vino Peter Pan. Vino Girón. Vino el Escambray. Vino la Crisis de los Misiles. Vino Caimanera. Vino la Microfacción. Vino la Ofensiva Revolucionaria. Vino la Zafra de los x Millones. Vino el Quinquenio Gris. (Las Pegasos.) Vino el Mariel. Vino el dengue hemorrágico. Vino el primer cubano en el cosmos. Vino Cuco (el cocodrilo mascota de los Centroamericanos ´82). Vino el Proceso de Rectificación de Errores. (Las Ikarus.) Vino la Perestroika. Vino Ochoa. Vino el Período Especial de Guerra en Tiempos de Paz. Vino Tocopán (el tocororo mascota de los Panamericanos ´91). Vino el dólar y su garrotero sucedáneo: el CUC. Vino la Crisis de los Balseros. Vino el Rey de España. Vino el 2000. (Las Yutong y otras marcas impronunciables.) Vino Elián. Vino Carter. Vino Chávez. Vino Raúl. Vino Juanes. Y, en medio de esta borrachera de nombres, la 23 sigue imperturbable su insomnio trans-histórico, aún cuando la mayoría de las rutas de La Habana, Cuba y el mundo, ya han cambiado de trayectoria y denominación. Eso sí se llama identidad.

Durante los últimos años quedó sólo una guagua disponible para la 23. Su chofer era un anciano atávico de apellido Peralta. Peralta vivía sobre la 23. La llevaba dando tumbos desde Lawton hasta El Vedado y volvía sobre sus propios frenazos, se tomaba un café (o alguien se lo regalaba desde alguna casa durante el viaje), y volvía de inmediato a la carga.

Por puro placer. Tal vez sin salario (tampoco hay evidencias de que le cobrara a nadie: comunismo rodante). Circulando sin licencia y sin combustible fósil, por inercia (o tal vez los propios pasajeros le añadían cada cual una tacita de petróleo al tanque reseco de la guagua). Peralta no dormía ni hacía nada que no fuera mantenerse manejando esa última 23 eterna, inmortal. Hasta que el sindicato se reunió y, en un acto anti-poético de democracia obrera, lo obligaron a retirarse con el insulto de que ya era un peligro para la vía pública.

Nunca más se supo de él (héroes parónimos de la patria), pero si la 23 cambiara alguna vez su cifra por unas siglas, sería para llamarse PERALTA.

Todavía hoy circulan esos carros cochinos (aún cuando sean nuevos por una donación catalana, por ejemplo). Sin churre la 23 no sería la misma. El tubo de escape escupe hacia adentro su humo. La gente vomita sus esputos sobre el piso. Ya no hay grafitis, porque ya no hay nada que decirle a nadie en ninguna esquina de esta nación. Igual enseguida se roban las luces de neón. Destornillan tubos y cortan manillas. Remueven espejos y ventanillas y las bandas de goma que amortiguan el cierre guillotínico de las dos puertas.

La 23 queda así en el hueso, como garantía de autenticidad inurbana. Y justo esa es la guagua que los vecinos conocemos de toda la vida, y a la que no estamos dispuestos a renunciar ni en estos tiempos con cólicos de post-revolución.

El capitalismo cubano del futuro (sea estatal o privado) debería tener esto muy presente, si no quiere que lo tumbe ipso facto una segunda revolución triunfal. O, peor, una guerrita incivil tras la escisión política de una parte de Ciudad de La Habana como República Autóbusma de la 23: “Peralta for President!”, por supuesto.

Por el momento, cada medianoche de Cuba yo la espero con emoción de conjurado. Normalmente a esa hora ya no tengo nada que hacer en la calle. Pero igual me monto y doy la vuelta entera de gratis sin jamás marearme. Al contrario, mis sentidos se aguzan más.

Músicos con sus bártulos, travestis de maquillaje corrido, putas menores de edad, locos que hieden antes de subir, policías serios o medio cachondos por la muchacha que coquetea con ellos y con el chofer de turno, matrimonios de joyas falsas y tedio, un actor dinosaurio de la radio y la televisión cubanas, el señor de las dos cámaras al cuello (un fotógrafo de restaurantes), un productor de ballet (que sí viaja al extranjero, pero insiste en este medio de transportación), entre otros fantasmas que siguen más allá de la parada del paradero: hacia la noche profunda del alma en la orilla albañal del Río Pastrana.

En resumen, nadie con luz (ni siquiera yo) bajo los fotones fúnebres de la 23 que clausura e inaugura las medianoches diabólicas de nuestros días.

Por el momento, la certeza de que algo se mueve para siempre en las entrañas de la patria me hace sentir menos parapléjico. Sé que, después que salgan todos los males, quedará aún la esperanza en el fondo de esa Caja de Peralta.