sábado, 17 de octubre de 2009

AUTOGRAFILIA, SA


MANUAL MATERIALISTA DE AUTOGRÁFOS PARA GRAFÓMANOS
Orlando Luis Pardo Lazo

Colecciono mis propios libros editados en Cuba. Los compro al por mayor cuando salen (cuando salían) y después los busco por las librerías de uso.

Esa parte es la mejor.

Allí me los encuentro inevitablemente dedicados por mí. Dedicados a desconocidos y a amigos cercanos y también, por supuesto, a figuras archi-reconocidas.

Toda mi labor como autor auto-promotor de mi obra, se amarilla llena de polvo en esos estantes. Incluso llevo las estadísticas (soy un maniático de estos flujos y reflujos del texto). Conclusión: casi la mitad de los libros autografiados que regalo (que regalaba) van a morir mansamente allí, rematados por un pesito cubano en los anaqueles “de viejo” por liquidación.

Se lo merecen. Son muy muy malos. Pero yo les tengo cariño y los vuelvo a comprar. En ocasiones, se los he devuelto con sorna a sus dueños originales, que invariablemente se justifican con que le habían prestado ese ejemplar a alguien que después nunca se los devolvió.

También atesoro poemarios de Zoé Valdés y plaquettes de María Elena Cruz Varela, novelas de Jesús Díaz y José Soler Puig y Carlos Victoria, cuentos de Onelio Jorge Cardoso y de otros narradores no tan famosos pero sí más efectivos. No les doy ningún valor fetichista a estos ejemplares: simplemente atizan mi curiosidad y cierta capacidad para fabular contactos.

El tiempo pasa enseguida. Te amarras los zapatos y te los desabrochas y ya han pasado 20 años desde finales de los ochenta, cuando Cuba iba a hacer crash-boom-bang y abrirse al mundo en menudos pedazos una década antes del consejo del Papa en plena Plaza de la Revolución.

La mayoría de nuestros autores han muerto aquí o allá, aún sin haberse muerto biológicamente (sus biografías abofadas ya no aguantan ni un globo más). Si bien hicieron bastante para resistir rabiosamente un par de añitos de pugilato, el resultado overall es muy pobre en general. Nos crackeamos.

Hemos envejecido (overold) antes de merecer la madurez. Demasiada aceleración a tope del día a día post-patrio (allá) o el desasido ralentizamiento del tedio a tedio infranacional (aquí). Casi todos cansados y decididos a triunfar en una soledad selvática de sálvese-quien-sepa. Conseguimos un concurso capicúa o un contrato cortés y, ahora, caballerescamente lo tenemos que cumplir a cabalidad.

No los critico. Simplemente se comieron lo que pudo ser su propia literatura límite. No me critico. Simplemente trataré de vomitar la mía antes de empacar o empacharme.

Por el momento, hojeo las mil y una portadillas autografiadas por escritores cubanos, muchas dedicadas autótrofamente a otros escritores cubanos. Bien podría editarse ahora un volumen de “Dedicatorias Completas” por la Editorial Letras Cubanas.

Sospecho que en esa historia íntima de coqueteos cómicos y metáforas espontáneas podría residir una buena parte del perfume perdido de los noventa: esa década decadente de un crash-boom-bang silencioso al punto de lo criminal (donde paradójicamente la escritura cubana pudo hacerse libre para siempre, pero se arrepintió).

Por el momento, acaricio la celulosa en combustión bajo la tinta coagulada del viejo siglo y milenio. ¿Qué le habremos dicho a quién por escrito, y dónde y cuándo? ¿Cómo confiamos en alguien alguna vez para convertirlo en nuestro destinatario? ¿Qué se hizo de esa fe efímera del contacto cara a cara entre dos lectores/escritores cubanos? ¿Estaríamos dispuestos a volver a dedicarnos algo? ¿Con qué carencia de palabras y bajo qué culpas o complicidades o cargos?

Sospecho que en esa historia infernal de galanteos como garfios de interrogación reside, también, una mala parte de la historieta cubana que ningún cubano tendrá el carisma distante o el delirio cercano de autografiar por adelantado.

ONCE UPON ULISES


Imagen: obra del artista cubano Rolando Pulido (New York)

ÉRASE UNA VEZ EN LA HABANA
Orlando Luis Pardo Lazo

Queríamos ser malos. Éramos adolescentes de 12 (yo) y 13 (él) ingenuos años, pero queríamos ser muy malos.

Ladrones de carros. Asaltar un banco. Espiar el desnudo púbico de una vecina descomunal (las escuelas al campo pronto suplirían esta perversa frustración). Y así hasta convertirnos en los héroes malévolos y lúcidos de las películas nocturnas del sábado por el Canal 6.

Él fue Ulises. Yo todavía soy Orlando Luis.

Una noche decidimos llevarlo por fin a la práctica. Nos pusimos de acuerdo a una hora recóndita para nuestras edades: ¡la una de la madrugada! En 1983 la una de la madrugada sonaba tan misteriosa como la eternidad. Hora de brujas encapuchadas y asesinos en serie de clase C que decapitaban.

Salimos sigilosamente de nuestras respectivas casas. Sin hacer ruido. Sin despertar a nuestros padres (todos vivos en esa época). Sin cerrar la puerta de la calle. La arrimaríamos un poco y ya: Ulises y yo, libres de remate en la esquina curva de Fonts y Beales. Los dos dispuestos a convertirnos en profesionales del gran atraco que nos haría millonarios en muy pocos minutos.

Comenzamos a alejarnos. Yo temblaba. De miedo, de excitación. Las luces del alumbrado público relumbraban con un brillo extraño. Estábamos vivos por primera vez en 12 (yo) y 13 (él) años. Salimos a la Avenida de Porvenir.

Entramos por el pasillo planeado. Saltamos a un patio. Subimos por la ventana enrejada de un garaje abandonado y nos vimos de pronto en la azotea del crimen. La luna sobre nuestras cabezas osadas y orates. La sangre a full.

Nos acercamos a la casucha. Tenía un enorme candado, tal como lo intuimos al estudiar en la distancia del día a aquel escenario. Envolvimos el candado en un trapo (de mi cocina) y Ulises sacó un martillete (traído por su padre músico desde Japón).

Contamos. Uno, dos..., aguantando la respiración, ¡tres!, y le rajé un martillazo al candado momificado que Ulises sostenía en su mano.

Fallé. O él tenía puestos los dedos en el peor lugar. Le escaché varios. No gritó, como corresponde a un buen villano cinematográfico, pero se le cayó el candado del trapo, que rodó sobre un zinc súbito dando unos campanazos del carajo. En medio segundo abajo encendieron la luz. Estábamos presos si no nos fugábamos.

Saltamos del techo. Más bulla. Perros ladrando. Corrimos a ciegas por el pasillo. Crucé la acera sin darme cuenta de que era la acera y terminé parado en medio de la Avenida de Porvenir. Con un carro imprevisto a esa hora frenándome en plena cara. No sé de dónde salió entonces la mano sana de Ulises, que me haló lejos de allí antes de que saliera el chofer a comerme vivo.

Corrimos alejándonos aún más de nuestras casas de puertas arrimadas. Es la estrategia de los lobos que quieren distraer al cazador del sitio exacto de su camada. Llegamos hasta Dolores. Doblamos por el semáforo hacia Octava y sólo ahí dejamos de correr. No estábamos ni agitados.

No teníamos ni trapo ni martillo ni nada. Habíamos perdido, además, el botín de varias jaulas de periquitos que pretendíamos robar para criar primero y luego montar un negocio clandestino de venta de pájaros. Éramos dos delirantes. Ulises más disparatado que yo, debo reconocerlo, que apenas me dejaba entusiasmar por su labia.

Regresamos a Fonts y Beales. Ningún ladrón verdadero había penetrado en nuestras respectivas casas. Parece que Cuba era muy segura en 1983. Nos despedimos sin palabras de ánimo ante el fracaso. Pero ese fue sólo el inicio. Después intentaríamos muchas atrocidades más: cada vez más arriesgadas, si bien siempre fallidas en el minuto cero.

Después nos hicimos grandes y Ulises tuvo novias que lo alejaron de mí durante años. Hasta que yo tuve novias que otra vez nos acercaron.

Él tocaba la batería desde la secundaria y se graduó de música para morirse desconsideradamente muy rápido. Enfisema. Un paro. En una fiesta. Un crimen imperdonable que varias veces nos anunció jugando. Por ésta, y por muchas otras cosas que ahora me callo, sé que mi amigo era un actor amado por los dioses (yo siempre más contemplativo y mediocre, condenado a envejecer).

Desde 1998 no lo veo.

Al inicio soñaba mucho con él. Ulises vivo. Ulises resucitado. Y siempre yo le decía lo mismo en cada sueño: “Qué susto, cojones. Estuviste muerto de verdad: ahora sí tienes que cuidarte...”

Y me despertaba con una alegría que se deshacía enseguida, dejándome un sabor salado en la garganta y una mueca de mierda tan pronto recordaba que no. Que desde 1998 hasta el fin de los tiempos nunca lo veríamos más. Ni yo ni nadie.

No nos despedimos.

A cada rato hablábamos con cariño de aquella noche iniciática de bandolerismo amateur protagonizado por niñitos mitad imbéciles y mitad intelectuales. Nos reíamos de las posibles consecuencias. Todavía me río yo solo hoy, pero con el mismo sabor salado de mis sueños con él, ya no en la garganta sino en mis labios (con el tiempo todo flota en la más pura y espuria superficialidad).

Adiós, Virgo (que a veces mal pronunciábamos Bizco para meternos con sus ojos de mil y una operaciones quirúrgicas). Adiós, Ulises XXXI (como en la serie de ciencia-ficción japonesa que vimos juntos, estando ya demasiados creciditos para ver muñes). Adiós, Ulises que nunca llegaste a la nada cubana del XXI.

En la funeraria de Luyanó no te quise volver a ver. Me abracé al cuello de Zoe, tu eterna primera novia, y por primera y eterna vez desde niño pude llorar.

Todavía me pasa.

Cada vez que lloro por algo ya son más espontáneas, pero menos auténticas mis lágrimas. Cada vez que lloro (incluso cuando mi padre), lo único que me viene a la mente entre espasmos entrecortados (típico del enfisema) es que lo sigo haciendo por ti.

Nunca se lo había contado a nadie.

Nunca te lo había contado. El año próximo cumplirías 40 años. Ya es hora de soltarse algunas verdades, ¿vale?

viernes, 16 de octubre de 2009

RIP, RA



DESCANSA EN GUERRA
Orlando Luis Pardo Lazo

En 1979, alguien mecanografió para el Diccionario de la Literatura Cubana: “Pasó su infancia en el campo. A los doce años se trasladó a Holguín, donde cursó la primera enseñanza. En 1962 se graduó de Contador Agrícola y se trasladó a La Habana. Comenzó sus estudios universitarios en 1964, primeramente de Economía y más tarde en la Escuela de Letras y Artes, pero no los concluyó [...]”. Y después listaron fríamente su Bibliografía Pasiva y Activa, como si de una Historia Clínica o un Manual de Educación Sexual se tratara.

Diez años estequiométricamente exactos después, de la entrada de ese autor no quedaba ya nada que pudiera ser pronunciado o tecleado en Cuba.

Para entonces, en 1989, Reinaldo Arenas había sobrevivido a la cárcel del Morro y se había exiliado vía Mariel. Publicó a pulmón una revistica homónima con diseño de los setenta: Mariel. Fue un apestado ante el glamour izquierdista de la academia yanqui. Reescribió toda su obra y la que le faltaba. Templó mucho, por supuesto, aunque tal vez no tanto como en los potreros y portales de la noche cubana. No publicó demasiado. Retó públicamente a Fidel Castro a jugar a los plebiscitos, como recién había hecho Pinochet. Y, como colofón, con las venas pinchadas por sueros placebos, dictó una catarsis apoteósica llamada “El color del verano”, que comienza con una “obra ligera en un acto (de repudio)” que supuestamente se desarrolla en el futuro de diez años después.

Para entonces, en 1999, Reinaldo Arenas ya se había matado algunos diciembres atrás (tres días antes de mi cumpleaños).

Diez años estequiotétricamente exactos después, de esa novela límite no queda en Cuba sino el rumor cómplice de una crítica que aún no tiene el coraje de legitimar la biografía radical (y no sólo la obra) de Reinaldo Arenas ante la institución cultural cubana.

El silencio todavía es su signo, a pesar de los cuentecitos que poco a poco se van filtrando sin copyright en las antologías de narrativa nacional. No nos atrevemos a defenderlo a voz en cuello delante de un cargo oficial con guayabera (ni siquiera lo mencionaremos si el funcionario porta además una walkie-talkie).

Recuerdo que en el 2006 tuve que lidiar con una señora que trabajó con Reinaldo Arenas en la Biblioteca Nacional. Yo debía recoger la novela “El asalto” que una extranjerita (alquilada en esa casa) había dejado para un amigo escritor. La señora, con el libro confiscado entre sus manos, me retuvo media hora averiguando quién era yo (le aseguré la verdad absoluta de que era el editor de una revista oficial: Extramuros). Entonces me forzó a oírla disparatar sobre lo mucho que en Cuba lo habían apoyado hasta que, desafortunadamente, de tanta calistenia sexual y delirio de persecución, ¡el pobre paranoico de Reinaldo Arenas se volvió literalmente loco!

Aquella tarde aprendí muchísimo de qué cosa significa leer para el pueblo de Cuba (me disculpan la generalización).

Como otra curiosidad, en la biografía autorizada de Carilda Oliver Labra, ella o Urbano Martínez Carmenate o ambos, dedican un enorme asterisco a desmentir casi jurídicamente los delirios que Reinaldo Arenas fabula sobre una visita a Matanzas. Así triunfa póstumamente el realismo bárbaro sobre la libertad o al menos su ilusión literaria.

Hoy pregunto a mi alrededor a la gente de la calle y, cuando más, recuerdan haber visto “Before Night Falls” en un banco de videos piratas. Pregunto a los electrones libres de nuestra Generación Año Cero y lo han leído con bastante desinterés: se les ha desleído esta novelística política, pues para ellos Cuba es un tema ya muy obsoleto. Te pregunto ahora a ti: ¿qué te dice Reinaldo Arenas en medio de la nada inercial del año 2009?

1979-1989-1999-2009: poliedro de las blanquísimas efemérides (nuestra corteza cerebral es un jabón Candado donde patina la bibliografía pasiva de nuestra desmemoria activa como país). Reinaldo Arenas seguirá siendo un fantasma libre de nosotros, por suerte para él. Cuando los cubanos de Cuba lo acaten por fin mañana, ya será demasiado tarde para traducirlo con placer de vida, por desgracia para nosotros.

Sus textos serán entonces, en el 2019 o 2029 o 2039 o 2049, la arqueología de una escritura en fuga a la par que en resistencia contra el coágulo totalitario. Pero sólo eso. Un mártir literario. Una asignatura por aprobar en Humanidades. Como pueblo, nos perdimos para siempre su día a día lectivo, la sorpresa del nuevo relato un poco más descarado y triste que el anterior.

Reinaldo Arenas dará jugosos ensayos (ya los está incubando) y bautizará (ya los bautizó), para horror de su alma, más de una fundación nacional literaria o de orgullo gay/lesbian o de derechos civiles minoritarios.

A Reinaldo Arenas costará leerlo como un simple contemporáneo adelantado, ni como aquel guajirito incorrecto y mimado que buscó diablescamente a ciegas nuestro cariño, mientras se hundía en los odios materialistas de una ciénaga revolucionaria que hasta en su nota de suicida lo salpicó.

Así, la obra de Reinaldo Arenas está condenada, por un lado, a la universalidad instantánea: triunfó directamente en el mundo sin trucidar primero a su patria natal. Por el otro, a la inquina de la ignorancia por decreto ministerial: su instinto de conservación lo sustrajo de la isla demasiado temprano para que sus inéditos quedaran por aquí (dice la leyenda que la Seguridad sí los tiene).

Personalmente, en algunas noches del inviernito de Lawton he escuchado su voz (al menos la voz de sus grabaciones audiovisuales). En diciembre, tarde en las madrugadas de cielo ausente, que son tan típicas de un frente frío bajo el Trópico de Cáncer. En la primera semana del mes, casi siempre. Alrededor del día 7. La música redondeada y sin demasiadas consonantes de la voz de Reinaldo Arenas vuelve entonces a mi casa de tablas.

Me habla.

Me cuenta terrores de adolescente y trata de toquetearme. Tiene fiebre, tose, no se le entiende mucho de lo que habla (en los peores momentos parece una caricatura de Javier Bardem). Reinaldo Arenas me pregunta por la salud de su madre y, por supuesto, por la de Fidel (los muertos políticos se preocupan edípicamente por la salud ajena).

Yo le respondo que bien y bien. Que su madre y Fidel están muy bien. Que se cuentan terrores de viejos y tratan de toquetearse entre sí. Que por teléfono me preguntan por él, pero la llamada siempre se cae antes de yo poder contestar. Y que los dos se duermen como dos angelitos en el mismo cuarto de tablas, bajo el mismo mosquitero súper-remendado como toda historia local: allá, lejos, tan cerca, en la ciudad homoprovinciana de Holguín.

Entonces le voy a pedir un abrazo supongo que bastante cinematográfico y noto que la voz de Reinaldo Arenas ya no está en off. Sigo solo. No me tapo. Hace frialdad. Tengo fiebre, toso, y no se me entiende mucho ni lo que callo. Y otra vez sé que debo esperar al diciembre siguiente, unos tres días antes de mi cumpleaños.

Lo digo con tiempo ahora para los incrédulos.

Otra vez ya te espero, bebé maldito y magnífico hijo de puta: querido cadáver exquisito de Reinaldo Arenas.

jueves, 15 de octubre de 2009

CA$HMIR


MONEY.COM
Orlando Luis Pardo Lazo

Me escribe Tony Savimbi, “el hijo del antiguo líder rebelde angolano Jonas Savimbi”, que ahora “vive en Costa de Marfil” y “posee 18.5 millones de USD que desea invertir rentablemente en mi país”. Me pide ayuda y a cambio me deja un correo y su teléfono celular. (¿Debo avisar al MININT o al MINFAR o a la PNR o ser cómplice de esta transacción tránsfuga?)

Así mismo me han escrito en más de un idioma princesas musulmanas de países impronunciables. Me han escrito herederos de reyes defenestrados con tesoros retenidos en un testamento. Me han escrito huérfanas pidiendo matrimonio por amistad. Todo el mundo se dirige a mí con la promesa de mucho dinero al acecho, necesitados apenas de mi firma post-proletaria para vencer cierta gestión burocrática que libere esos dineros de un banco.

También, por supuesto, en un año mi cuenta de gmail se ha ganado en “loterías”, sin exagerar, unos 20 millones entre euros y libras esterlinas. Técnicamente, soy rico de por vida, pero mi escepticismo cubano me recomienda nunca enrolarme para hacer efectivo esos camiones de cash. La pobreza irradiante de mis orígenes es también mi mayor garantía de autenticidad como creador.

Así que trago en seco, y adjunto unas foticos amateur y una carta sin franqueo para BORING HOME UTOPICS, o tecleo otro post de gratis para este blog. Supongo que no soy lo suficientemente emprendedor. Tal vez por eso este pueblo no avanza triunfalmente hacia el mañana. Nos falta garra para el capital. Nuestra incredulidad económica nos mata. Pero, en lugar de morirnos de una paupérrima vez, sobrevivimos servilmente en un museo de salarios sólo con valor numismático.

Y ya cansa un poco ese jueguito con tarjetas de Monopolio en lugar de barajar los verdaderos billetes internacionales.

No sé. Quizás el próximo correo si me anime a contestarlo...

Dime, spam mágico: ¿habrá alguien en Cuba que sea más multimillonario que yo?

martes, 13 de octubre de 2009

GAGUERÍAS


CUBA DE CABO A GABO
Orlando Luis Pardo Lazo

Muchos años atrás, en diciembre de 2002, abordé en plena Plaza de Armas de La Habana Vieja a Gabriel García Márquez.

Era muy temprano y el sol le daba horizontal en el rostro. Luz de profeta enfermo, si bien lucía rejuvenecido a esa buena hora, excepto por el detalle de que iba del brazo del Historiador de la Ciudad: el siempre fidelísimo Eusebio Leal.

Lo llamé “Maestro”. Le entregué un poco a la fuerza el libro de cuentos Adiós a las almas (Letras Cubanas 2002) autografiado a título de “la libertad”, y le dije que se trataba de un “escritor cubano”: Jorge Alberto Aguiar Díaz, JAAD.

Eusebio Leal me miró sabichoso, como sospechando esta quintacolumna muchos años después. Estreché la mano de novelar del Premio Nobel, di media vuelta, y me fui. Con el sol ya repicando en mi nuca (en Cuba es así: después de las nueve de la mañana, se hace un mediodía de muerte en minutos).

A Gabriel García Márquez lo leí antes de saber leer, desde mediados de los ochenta.

De madrugada me atiborraban sus personajes y capítulos/párrafos. Nunca entendí ni el 1% de sus sagas familiares: no me pregunten quién era abuelo de quién. Pero no podía soltar el libro hasta poco antes del amanecer. Se llama “seducción” y funciona, incluso en la Cuba socialipsista del Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas.

Sin embargo, de día decidí no volver a intentarlo con su prosa prolífica, pues me entristecía tanto exceso de memoria y acontecimientos, tanta dramaturgia simbólica y frases lapidarias de diálogo, tanto mundo sobrenarrado en mi contexto tan mudo.

Aquel barroco diurno se me antojaba entonces como mera nostalgia, pérdidas de una infancia falsa, reconstrucción de ruinas que nunca tuvieron esplendor, energía que pasa de lo entrañable a lo energúmeno, imperio doméstico despótico a nivel de hogar y nación, elogio del poder, cansancio de cultura y, en última instancia, poesía muerta del diccionario.

Todo válido como sistema escritural, por supuesto, pero sin valor de uso para la vida fáctica en futuro que el adolescente sin presente Orlando Luis Pardo Lazo quería leer: los ochenta soñados en mi laberinto.

Así que a García Márquez lo consumí más bien vampirescamente: de noche, y sin ningún reflejo en lo que pronto sería mi propia literanada.

Ahora, Enrique Krauze en su Letras Libres de octubre 2009, también hace cortocircuito con ese icono que es el diccionario: “Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”, dice Krauze que dice Gabo que le dijo su abuelo Coronel.

Diccionario (sust., masc., sing): 1: Un mamotreto de clausura donde mutilar a todas las palabras en su impropia definición. 2: Un bodrio, pero a la vez un báculo de poder que acaso pasó de las manos del Coronel a las del Comandante en su 70 cumpleaños: “fascinante”, dice Krauze que dijo Fidel del regalo gramático del Gabo a mediados de los noventa.

Gabriel García Márquez tal vez murió al mascar un chicle de Mercurio en McOndo, pero fue un Crack sólo en términos estéticos, nunca económicos. Más allá de todas las post-neovanguardias experimentales o existenciales, más allá de antologías degeneracionales para denigrarlo, su fantasma fofo recorre y corroe a los lectores inerciales del continente, que son nuestra anti-democrática y populachera mayoría.

Su literatura es ahora Fundación y eso, en el “capitalismo mágico” o el “socialismo del siglo XXI”, igual es una ola expansiva que ya no recala en las playas de la razón, sino del corazón (órgano tan epidérmico como epidémico): más ediciones, más traducciones, más ensayos académicos Made In USA, más filmes mediocres, más inéditos infames o inverosímiles, más derechos de autor de izquierda.

No hay nada que hacer al respecto: no habrá revolución, es el fin incluso de la distopía.

Así que, cuando la paroditeratura ladino-americana de nuevo siglo y milenio termine de incinerarlo, cuando nuestros textos radicalísimamente caníbales parezcan mañana ridículos juguetes para las encías de un bebé, cuando América brille o bostece por la demasiada justicia del Alba político que hoy ya se anuncia con o sin anuencia, ahí estará El Gabo resucitado a la tercera mañana, paseando en paz patria del brazo de algún Historiador en Jefe por un bastión ex-colonial, ex-republicano y next-revolucionario.

Y tampoco hay nada que hacer al respecto: la revolución será el fin incluso de la utopía.

Gabo (sust., masc., sing.): 1: Un tsunami que hizo boom en Suecia (Síndrome de Estocolmo incluido) y volvió a la Plaza de la Revolución para contarlo. 2: Un hombre humilde que se hizo magister millonario atizando la Novela del Dictador desde la diestra del mismo.

Su obra es y será como un Libro de los (vocablos) Muertos de la guerrilla Made In Latinoamérica. Como ese objeto museable burgués, sin fecha de caducidad, que nadie nunca consulta en la cultura del proletariado (una adolescente cubana, a quien traté de impresionar hace poco con la edición príncipe de “La Hojarasca”, sólo se emocionó al confundir el nombre de su autor en portada con el de Gael García). En fin, como un kitsch y un clásico: como el género Diccionario que sólo sirve de bisagra bárbara entre el poder y el poder.

Read in Peace.

lunes, 12 de octubre de 2009

CCCPost


BACK IN THE US(SR)
Orlando Luis Pardo Lazo

En los años ochenta, entre los estudiantes de nivel medio y pre-universitario, era habitual repetir de memoria los nombres de las repúblicas soviéticas, aún sin conocer nada de sus respectivas culturas. Así me aprendí las palabras “rusas”: Estonia, Letonia, Lituania, Georgia, Armenia, Ucrania, Kazajastán, Uzbekistán, entre otras etceteristán.

La revista Sputnik, entre muchas importaciones masivas de la URSS, eran nuestra única fuente foránea fidedigna de la verdad. En tanto lectores, no teníamos otra opción: un “mercado cautivo”, se diría hoy en el argot comercial.

Entonces llegó el año 1989 y aquellos adolescentes nos hicimos adultos en apenas un verano editorial.

Mijaíl Gorbachov visitó nuestra “Isla de la Libertad”, tal como se le llamaba entonces lo mismo en política que en poesía rusa. Pero trajo leyes y versos nada pegajosos de cara a nuestra prosaica sensibilidad gubernamental.

No sé si como causa o consecuencia del PCUS-tour, Cuba desmanteló entonces su totipotente Ministerio del Interior, encarcelando a muchos oficiales y fusilando a cuatro de sus jerarcas por alta traición a la patria. Ese fue el inicio y el fin de la pesadilla de la perestroika en el Mar Caribe. Si no los días del Sistema Socialista Mundial, al menos sí su idilio ya agonizaba entre los cubanos (desde la top-Nomenklatura hasta los de Comunales).

Había que irse de inmediato o resistir hasta la eternidad. Por ahí más o menos emerge el sentido secreto de la consigna “Socialismo o Muerte”, que no constituye en absoluto una reiteración.

Nuestro siglo XX murió ese año. Desde 1989 hemos sobrevivido en un “Período Especial de Guerra en Tiempos de Paz”, aunque hoy nadie insista demasiado en semejante denominación oficial para referirse a nuestra crisis crasa: desde la política hasta lo moral, desde un Ministro iracundo en la ONU hasta la sonrisa televisada del Cardenal.

La prensa cubana nunca ha dejado de ser un panfleto partidista triunfal (no es una crítica, sino sólo su descripción técnica para una posible Wikipedia criolla). Esa misma prensa nos privó de entender en tiempo real lo sucedido en los países comunistas de Europa del Este y la cosmonáutica evaporación de la URSS.

La caída del Muro de Berlín, por ejemplo, la entendimos mucho mejor en una canción de Joaquín Sabina (aunque ese tema en específico luego él no se atrevió a cantarlo en el teatro Karl Marx de La Habana). Muchas declaraciones de independencia de las repúblicas ex-soviéticas, por ejemplo, serían narradas como otro triunfo de las fuerzas reaccionarias afines al imperialismo yanqui y, por supuesto, al agente-CIA Mijaíl Gorbachov.

Así, la era de la democracia poscomunista, con sus luces demenciales y sombras demacradas, para mi generación no significó absolutamente nada. Un tono de discar que dará ocupado a la hora de redactar nuestras memorias: hemos habitado en una ucronía tan feliz como falaz. No sé ni de qué ni por qué yo sigo ahora tecleando aquí.

Desde entonces han pasado 20 años. El Estado Socialista en Cuba resistió, a pesar de la abolición de los subsidios de la URSS y el CAME y demás siglas del siglo. Por suerte, Cuba no se Coreadelnortizó pues, paradójicamente, se emplearon resortes económicos del capitalismo para oxigenar nuestra economía, incluida la dolarización en paralelo de la devaluadísima moneda nacional: un ALCA local de avanzada que ningún cubanólogo notó (nos falta imaginación para narrar).

Por otra parte, la válvula de escape para la presión social espontánea ha sido, como siempre, la masiva migración del pueblo cubano: nuestra nación tiene casi un quinto de su población en el extranjero.

Así tuve que rehacer a mis amigos una y otra vez, pues una y otra vez abandonaron con visas irreversibles la Isla. Así tuve que reinventarme el amor de temporada en temporada, pues un pasaporte profesional no compite en la liga amateur del corazón. Y así fue que siendo Licenciado en Bioquímica me convertí finalmente en este engendro ingenioso de escritor.

Yo quería ser mi propia fuente fidedigna de la verdad, para no depender de la mentira consensuada que sostiene a esta y a todas las sociedades, sean obsoletas o modernas. Yo quería ser un individuo libre en medio de nuestra miopía colectivizada de gratis. Yo quería ser más “yo” y menos “nosotros”, y serlo en voz alta en la vía pública, no en un susurro de alcoba o escalerilla de avión.

Puedo asegurar ahora que el precio ha sido perfectamente pagable. Después de ganar varios premios nacionales de literatura y publicar cuatro libros de cuentos en mi país, mi actividad como columnista en varios blogs locos y portales serios dictó mi condena a no publicar ni presentar más nada dentro de Cuba. Devine excritor maldito y me alegro, pues, a pesar del miedo y la sensación de injusticia, he recuperado o inventado mi propia voz.

La mía, como tantas otras, fue una condena oral: un expediente pre-delictivo que mañana no existirá para nuestra memoria histórica. Una sanción informal del Instituto Cubano del Libro o acaso del Ministerio de Cultura (más el silencio ha tenido que ser de la UNEAC): en cualquier caso, este es el alimento que nutre a esa paranoia patria que paraliza a otros autores que piensan parecido a mí, pero prefieren escapar hacia temas ajenos de nuestro contexto.

En realidad, todo asunto me suena bastante tonto. Por eso prefiero usar el estilo como un estilete: una micro-revolución que horade nuevos significados y espacios inauditos en nuestro imaginario, donde se mezclen al azar desde lo onírico hasta lo obsceno, desde lo patrio hasta lo porno, desde la utopía tupida hasta una Brave New Cuba que nadie se atreve a teatralizar.

La ética de mi escritura se basa en desinflar el globo de una literatura demasiado atrapada en el “buen decir” y en el canon de “una y solo una” tradición nacional. Es una estética que, supongo, me convertiría en un escritor maldito lo mismo en La Habana que en cualquier capital de las ex-repúblicas soviéticas incluso hoy. Por suerte.

En tanto escritor, no clamo inocencia. Desconfío lo mismo de los aplausos que del rechazo de un público anquilosado por leer periódicos y ver televisión (los medios masivos nos mediocrizan impunemente).

En última instancia, no me asusta la perspectiva de ser un autor autista. Escribir para estar en una “guerra en tiempos de paz” conmigo mismo. Escribir para llenar un vacío de opinión a contracorriente. Escribir para quedarme solo en la cúspide y entonces volver a escribir para destarrarme en un foso. Aunque bien sé que ahora me leen muchísimos más cubanos desde impensables puntos del post-planisferio.

Por eso simbólicamente renuncio a mi ciudadanía para obtener un Pasaporte Blogger que no necesita visa de ningún Estado. Hoy, con la tímida llegada de internet al país (aún no podemos contratar una cuenta privada), ningún creador está aislado dentro de esta misma “Isla de la Libertad” que aún no quiere saber nada de aquellas vacaciones cubanas de Mijaíl Gorbachov.

En la Cuba de 1989, todo esto me hubiera sonado a ciencia-ficción futurista. En muchos sentidos, mi generación ha quedado atrapada en un relato de onda retro. Día a día, tenemos el póstumo privilegio de protagonizar un museo MOMA donde acaso se conserve hasta la momia de la URSS bajo la línea socialipsista del trópico.

“Ven y mira”, si vives en algunas de aquellas repúblicas si no memorables al menos sí memorizables por mí.

Ven y mira nuestra Gran Paz Patria local: no creas ni media palabra de los captions post-soviéticos de esta columna heterodoxa.

Ven y mira las exequias exquisitas del pasado de Estonia, Letonia, Lituania, Georgia, Armenia, Ucrania, Kazajastán, Uzbekistán, entre otras etceteristán en argot cubano.

Ven y mira que es probable que pronto no quede ya mucho que mirar.

¡VAYA, TU NÓBEL AQUÍ!


SAN OBAMA DE LA PAZ
Orlando Luis Pardo Lazo

Alguna vez todos hemos soñado con ganar el Premio Nóbel de Algo, aún sin conocer dónde y por qué se da y quiénes ya se nos han adelantado.

Muchos hombres de guerra se han ganado un Nóbel de La Paz a la hora de intentar terminar alguno de esos conflictos que diezman maltusanistamente a la humanidad.

Lo han ganado desde la Madre Teresa y el Dalai Lama, hasta Henry Kissinger y Yaser Arafat.

Ahora le tocó a la promesa pre-presidencial de Obama y, excepto los editorialistas norteamericanos (acaso cansados de capitalismo), nadie parece demasiado molesto por este lauro que de pronto no es sólo legitimación, sino también esperanza de otro legado.

En cualquier caso, a estas alturas el Nóbel no debería ser tanta novedad. Es un proceso humano, político y polisémico, sujeto a retrocesos y también a anticipación.

Recuerdo que a finales de los ochenta, a finales de nuestras guerras africanas (y a finales de tantas cosas que ni imaginábamos), un amigo del Preuniversitario, cuyo padre se suponía fuera un personaje dentro del MINREX, me sopló que Fidel Castro podía fácilmente obtener un Nóbel por evitar la conquista de Angola por los sudafricanos y, de paso, por poner en jaque al descubierto al Apartheid.

Debo confesar que, aún sin interesarme mucho en los detalles novelísticos de esta versión, la asumí no del todo descabellada. De hecho, fueron Mandela y De Klerk los afortunados en este affaire policromático de paz.

Si nos ponemos un poquitín cubacéntricos (¿será tan importante como dicen el resto del planeta allá afuera?), Obama ha movido sus piezas negras con energía y elegancia. La prensa oficial cubana ha hecho de tripas corazón para ningunearlo ante la, digamos, “ingobernable monstruosidad blanca del establisment norteamericano” (la comillas paródicas son mías).

Pero nuestro hombre en La Casa Mulata de Washington ya sabe que la prensa oficial da pena de oficio. Así que, a lo largo de su primer año como premier no para de emitir mensajes que llegan a la isla sobredimensionados por la ilusión popular y la desgana del funcionariado.

El eje político de influencias en Cuba diríase que oscila ahora entre Chávez y Obama. En mi opinión, no hay una tercera opción carismática cubana (un administrador sin discurso propio nunca será un líder). El híper-nacionalismo, como de costumbre, genera muchos patriotas pero muy poca patria.

Lo más cerca que estuvo Cuba de un Nóbel (dicen) fue a costa de Carpentier, que bastante alejado cultural e incluso lingüísticamente se hallaba de los cubanos. Pero nuestra Enciclopedia Francocriolla murió por desgracia poco antes de la esperada llamada telefónica internacional, y ese año se salvó literariamente un lituano de origen polaco con nacionalidad norteamericana.

Respeto a Rigorberta Menchú a pesar de Rigoberta Menchú. Respeto a la disidencia pacífica ex-socialista o post-birmana. Respeto a las mil y una organizaciones médicas o militares que se han ganado también su Nóbel de la Paz. Estadísticamente, no puedo menos que respetar a Barack Obama por esta sorpresa que él mismo se ha dado.

El mito del impacto de la noticia entre la población cubana, digan lo que digan los reporteros profesionales acreditados, es casi nulo (o, por lo menos, un túnel subterráneo). La moda Obama local se agota si no se agita.

Entre los debates y la debacle, entre la televisión y el transporte, entre misiones y mártires, entre procesiones y prisiones, entre un octubre con clima de agosto y un fin de año que se pinta no tan triste como intrascendente, no tenemos nada que añadir al respecto.

No habrá una Carta Abierta de Cuba para Obama.

En todo caso, alguna que otra carta bajo la manga.

domingo, 11 de octubre de 2009

CRY FOR ME, CUBARGENTINA





NASTY NATY AL ATAQUE
Orlando Luis Pardo Lazo

Una Naty revuelta en su propio flujo mitad discursivo y mitad menstrual. Natilla de hormonas. Mentalidad de tránsfuga venida a nada (por nada, por ganas).

Natividad de género polisex o remix. Jesucrista trans. Ave Fénix, pendenciero pájaro de pacotilla resucitado en un cenicero. Ave Gozar, los que se van a infectar te la chupan.

Cenit cero y nadir infinito. Belleza albañal, silicona maricona amateur. Deseos puros paralizados por el coágulo pacato latinoamericano.

Ganas de volar por dinero (de volar en menudos pedazos). Billetes y vómitos. Gargantas y gaznatones. Burla a la diferencia (por indiferencia). Sangre casi nunca menstrual. Semen sin sentido, significativo.

Naty narradora nata: la veintena sin medida de relatos de “Continuadísimo” (Ed. Eterna Cadencia, Argentina, 2008) de palabra en párrafo en página se empeñan en penetrarnos su ponzoña como un punzón.

Straight to your heart; Gay to your hurt. 150½ páginas de microficción traída (arrastrada) por los pelos. Textos con los pelos (y penes) de punta, escalofriantes y escualocandentes. Cataclismo sin catarsis, alpinismo de masturbador@ profesional. Cuba carece de terremotos escriturales así: nuestra abofada literatura se aburre sacándose los mocos y las lagañas en un contexto demasiado realista para ser real.

Naty Menstrual nos da las cajas casi sin palabras. Su librito es acto descarado al 150½%, reino en ruinas de la libidia. Don´t cry & fuck for me, Argentina!

Casta de calle (de cama descascarada). Demacrada democracia de nuestra noche continental. Ovarios podridos de evita. Perros de pelea de pedigrí perón. Operación masacre de cóndores candorosos que al final pierden hasta su carroña sui generis. Montones de matones y montoneros y morochas con amo pero sin amor. Ché comandanta, amiga: ¡hasta la viciosa siempre! Maldad color malva con pespuntes malvinas. Goles de culos caníbales. Anestesia analfonsín y amnesia post-meneo de menem. Kitsch kafkiano de los kirchner. Pismodernidad. Zona Roja en rejas de Buenos Aires: ritos de rata y pedorrea de 26½ centímetros rectos dentro de tu recto. 23½ relatos sin tacto. Pus político. Cuba carece de terrorismos excriturales así.

Mefistofélica modernidad híper-urbana, donde no cabe la sombra de una institución disciplinaria de orientación (y mucho menos de prevención) sexual: modernidad sin macfaldas ni marielas ni spots higiénicos de televisión; fornicación incansable e incastrable. Invernadero de HIV, botulismo de bótox, santuario AIDS (las siglas del siglo), liturgia sin látex (bareback sin condones, embarre a cool cojones por una mierda de baros en moneda nacional). Prolevirus de todos los países, ¡hundíos!

“Continuadísimo” es un continuum de cólera en los tiempos de la contrarrevolución (vocablo dextro maldito, levedad levo de larva que se mata pero nunca muta en mariposa). Un orgasmo sin órganos para eyacular reculando dentro de una cabina top-model sobre los titulares claustrofóbicos del diario Clarín (Vade Retro, Granma).

Analdoctario sin moraleja. Narrar como un fluffer que felatia entre escena y escena para mantener la erección de sus personajes y la atención en tensión del lector. Narrar como un enema entrañable, un edema del que no emana más que nuestra insaciable desesperación sin Estado y sin Dios. Narrar en el mar (en el mal). A ras de la inevitable orgía vital de la muerte.

Pasa de todo en todo tipo de escenarios (la nada es esa carroza o carrusel de escarnios). Imagen e imposibilidad. Ocultamiento y mascarada de una identidad a dentelladas, trova de travestismo trash, debris de diablos dementes y delicados como niñas sin biografía (minas activadas a punto de hacer implosión), plushofilia de peluches sintético o mejor sintácticos (jugar a ser mamá, jugos mamados por nuestro bebé de macho), vacío inllevable e inllenable, desaforados espejismos efímeros de estrella porno ya sin promoción, ancianidad de Blancanieves Súperstar, vidriofobia: dime, espejo mágico, ¿quién es más vieja entre las viejas?

No quiero releer este libro de posts notorios de una Naty tan Menstrual como Mental, litrashbasura de reciclaje de una noche tras otra noche y un coche tras otro escache, artefactos descontinuadísimos que en La Habana no logramos literariamente (y mucho menos literalmente) paladear: en tanto lector-macho, somos trogloditas sin hielo ni ilación, hierro patrio on the rocks, obeliscos demasiado fálicos en avenidas con nombres revolucionáridos.

Quiero desleír esta libido en el recuerdo de nuestras librerías tan trascendentalistas y atragantadas de autores célibes. Quiero desbeber el oro ureico de este imaginario promiscuo y árido que se propaga a ciegas (a gachas, a rastras) como una pandemia del Coño Sur. Quiero re-redactarlo del pí al pá yo: apócopes genitales de la literatura cubana sin autocensura que vendrá o se vengará o acaso nunca del todo sobrevivirá a su censor.