sábado, 31 de octubre de 2009

CASA DE LA HIDROPESÍA



PAM PIN FUERA:
¡VIVA LA CENSURADERA!

Orlando Luis Pardo Lazo

Raúl Flores es un muchacho bueno. La frase es muy naïve, pero su literatura en parte también lo es (si bien en su decena de libros de cuentos publicados en Cuba, yo siempre detecto síntomas de una soledad no por infantilizada menos infernal: instinto más que intelecto).

Raúl Flores, a su vez, prefiere los best-sellers y la música de los sesenta (mentira, mentira: su máster en melomanía lo obliga a leer y oír todo de todas las épocas).

Lizi también me gusta, por supuesto, en este caso por demasiados motivos indespejables. No ha publicado ningún libro en Cuba y, al paso que va, por suerte, estará años sin publicar ninguno.

Cuando yo sacaba fricción con ella, la atacaba diciéndole Su Majestad El Concepto. Y lo es. Una conceptualidad del mismo rigor (mortis) de un cacharro: todo lo pondera, todo lo pone donde mejor encaja o más daño hace (cuando menos uno se lo espera de ella), taxidermista en serie, en serio, cerebrito súper-star del código da wwwince.html (la competencia clandestina y sin hits de Generación Y).

Supongo que eso se llame ser una autora autista y artera. Para mí, es sólo otro indicio de su genialidad, siempre un poco apocada por la gastronomía des/ganada y la canícula criminal de su Luyanó en los tiempos del post. Porque Lizi no come. Su piel es blanca como una página en blanco. Sus venas le brillan con un azul bluetooth de alta conectividad. Tal vez por eso el blog de su hermana Lia se llama Habanemia (Lizi ha tenido creo casi una decena de blogs: más otros tantos que asesora y protege de trolls).

El jueves 29 de octubre último, Raúl Flores y Lizabel Mónica iban a presentar en público, por no sé cuantísima vez, sus revistas digitales individuales. Revistas, sí. Digitales, definitivamente. Individuales inevitablemente, porque la insolidaridad del campo literario cubano es de espanto (de la espada que pende sobre tu cabeza al pantano que se perfora bajo tus pies).

El lanzamiento virtual sería en el patio de La Casa de la Poesía, en la calle Muralla (o en la muralla Calle), institución que muchas veces los ha acogido para sus lecturas y performances. En el programa oficial de este mes deben estar todavía sus dos nombres, a menos que el pánico haya desdibujado la decencia de los agentes culturales que laboran allí.

Bastó una llamada telefónica de alto nivel (en realidad, de nivel medio, que es el máximo aspirable hoy en Cuba, cuando el poder ya tiene forma de pirámide trunca). Un tal Pampín despampanante y don pomposamente le puso coto a la cosa. Y, no bastándole su eficaz gestión de co-acción inter-institucional, habló por teléfono entonces con Raúl Flores.

Un funcionario, confeso de no ser lector de las revistas 33 y 1/3 (de Raúl Flores) y DesLiz (de Lizi), y orgulloso de proclamar su indolencia acerca de qué publicaban ambas, interroga y arrincona a un escritor multipremiado a nivel nacional (mentira, mentira: el escritor multipremiado a nivel nacional es un muchacho tan noble que se deja interrogar y arrinconar por el funcionario).

El evangelio de la política cultural cubana según Pampín no admite otra exégesis que la de él mismo (en la unión está la fuerza y el forro): mover textos al margen del Estado es pronóstico de contra-revolución, e-ditar un documento en este país viola al menos 3 artículos de nuestra vigente Constitución. Y, para colmo, los tenía ahí a mano para leérselos como advertencia a Raúl Flores (porque eso sí lee muy bien Pampín: la Constitución como Código Penal Pre-delictivo).

Después de la discordia a ras de la disidencia, llega la manzanahoria de vuena boluntad: el implicado R. F. (el expediente clínico de L. M. es de salud mucho más delicada) podría ponerse bajo la sombra de una institución como la Asociación Hermanos Saíz, y a través de ella canalizar el papeleo para registrar su revista. Es lo más normal en el mundo civilizado: así que Cuba no tendría por qué ser la excepción en estos trámites. Poética poliética de Pampín: ser un dios Pan malo al inicio y un Pin manso al final.

Pero para un pedazo de pan impúber como Raúl Flores (a sus 32 años ya es obvio que él nunca va a madurar), imponerle la parafernalia palabrera de Pampín ha sido un acto vil de violencia verbal que todavía lo tiene físicamente de un lado para otro, con la sensación de haber metido la pata o tener el fango hasta el cuello. Mea Cuba.

Si alguna instancia insiste en que Raúl Flores, Lizi, y la discreta decena de revisteros individuales de Cuba han violado alguna ley, lo más natural debiera ser dirimir esa disputa de cara al mundo legal. Sin terror a los tribunales. Como una polémica de política literaria más, que postule de paso un protocolo sobre el uso de Microsoft Word (33 y 1/3) y de Power Point (DesLiz) en el socialismo local (y locuaz: para ser un parte de guerra, la llamada o llamarada de Pampín no fue nada corta, y chamuscó la voluntad sin poder de réplica de mi amigo).

Si lo más creativo de nuestra revistería e-mergente tiene las puertas cerradas en el Ministerio de Cultura, que Pampín martille su moralina de Anti-Lutero en el mural, para que esa nueva Lista de WRITTENberg rija las viejas reglas del juego. Pero que no acose en secreto a personas indefensas, excepto para pensar otro tipo de literatura hasta hace no tanto imposible dentro de nuestras fronteras fronterizas.

Con un poco de práctica y acaso un par de copistas (con todo respeto propongo a los ghost-busters cubanos Ernesto Pérez Chang y Jorge Ángel Hernández Pérez), Pampín podría aprovechar este sábado 31 de octubre para su acting, justo cuando se cumple otro aniversario de aquellos 95 puntos retóricos de la Reforma.

En cuanto a mí: sé que el silencio del insilio insidioso no será tan duro como lo pintan los promotores sesudos de la censura. Hubo, hay y habrá letras cubanas después de Letras Cubanas.

En cuando a Raúl Flores y Lizabel Mónica: desmiéntanme sin líos si la presión arterial arrecia, que igual yo a los dos los amo mucho y de ustedes nunca me voy a defender (ni ofender).

En cuanto a mi compatriota Pampín (cito este apellido sin verificar su ortografía auditiva): desmentidme, no importa, la Wikipedia me absolverá.

jueves, 29 de octubre de 2009

FUCKSALÓN


UPSALÓN: PORNO PARA FILÓLOGOS
Orlando Luis Pardo Lazo

Según el ángulo desde donde mire el voyeur, la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana se yergue o se invagina bajo la penumbra urbana más exhibicionanista de Cuba.

En efecto, en la boca o bacanal de la calle G (hoy Venida de los Ex-Presidentes), se concentra el mayor número de masturbadores amateurs de nuestro pequeño y pingocéntrico país.

Metidos en hoyos de roca caliza (túneles anti-bombardeos) y encaramados en los ramajes y raíces aéreas, estos homúnculos nuevos del proletariado se pasan las 24 horas pajeándose (sobando las páginas de sus genitales), silbando para ser vistos por la hembra fuera de la manada (y de la mamada), derramando su savia no vegetal sobre las aceras tatuadas de boliches caídos de los árboles (frutos podridos de nuestra patria priápica).

Ahora Upsalón (dirigida por Jamila Medina y Arlén Llanio), el órgano oficial cuasi-alternativo de esa facultad filológica (cuyo título es una pedrada leezamiana en los tiempos de la post-littleratura), dedica su más reciente número a la formidable etimología de lo fornicaticio y a la estética porno sin más ni más.

Upsalón, como toda revista invisible y menor, tiene el don dudoso de la libertad editorial y, en consecuencia, aunque ya el Instituto Cubano del Libro amenaza jacobinamente con supervisarla a cambio de tinta y papel, por el momento sigue siendo uno de los mejores mamotretos que se imprimen en la Cuba decúbito actual. Mejor incluso que La Gaceta de Cuba, que brilla por su puntualidad de impresión y su ecumenismo autorial. Y mucho mejor que Unión, por supuesto, que es pasto políticamente perfecto para las polillas de un mañana que nunca vendrá (en la unión está la fuerza, pero no el futuro).

No importa el índice de esta testicuterina Upsalón de más de un centenar de páginas. El documento ni siquiera está colgado en la web, así que para qué desgastarse ahora con una lista que pretende pasarse de lista ante la cantaleta de los centinelas de la censura. Basta mencionar que, entre los cubanos, Severo Sarduy, Calvert Casey y Guillermo Cabrera Infante (a pesar de los propios Severo Sarduy, Calvert Casey y Guillermo Cabrera Infante) están incluidos en este dossier del deseo, donde imagen y escritura logran un clímax de placer semiótico al borde de lo seminal, para orgullo de estudiantes y exhibicionistas de este recodo lúcido-lúdico-lúbrico de la universidad.

Hasta donde yo recuerdo Upsalón se reparte gratis. Ignoro si paga o no derecho de autor. Su distribución sí es un bluff. Pero igual ya existe como fenómeno efímero en la memoria amnésica de esta epoquita pacata de años ceros que nada añaden a la historiografía de nuestra noción de nación literárida.

Tampoco sé si Upsalón estará registrada (como el Estado manda) en todas las instancias parapoliciales que debe sortear un papelito cubano para no cometer el delito de “clandestinaje de impreso”. Lo cierto es que sus textos de élite circulan de mano en mano (¿en ano?) con avidez pornofílica, dinamizando o acaso dinamitando los barrotes más barruecos que barrocos de esa misma ciudad cínica que, justo hoy jueves 29 de octubre (a última hora, después de haberlas incluido en su programa mensual), vetó a dos revistas blogueras independientes de ser presentadas en público en La Casa de la Poesía (Muralla # 65) de La Habana Vieja (obsoleta): DesLiz y 33 y 1/3; ¡todo porque ninguna dispone de un mecanismo ciudadano para su registro legal!

(Muchos años atrás, frente al paredón de escarmiento, los editores de Diáspora(s) fueron hasta el Ministerio de Justicia y luego los acusaron de todo, pero nunca les acusaron recibo a su solicitud de inscripción).

No importa.

Diáspora(s) no se merecía menos que ese destino de diasporización.

No importa. Sin pataletas ni patetismos edípicos.

Un desatino que se merecen ahora DesLiz y 33 y 1/3, al tantear tantálicamente los límites de la expresión nacional (Upsalón más temprano que tarde también se lo merecerá).

No importa. Mejor así.

El respeto a la izquierda ajena es la paz póstuma. Y las instituciones culturales cubanas están en su sacrosantísimo derecho de suicidarse así.

Améen.

miércoles, 28 de octubre de 2009

IN THE FLESH


TETRALOGÍA CÁRNICA DE LAWTONABANA
Orlando Luis Pardo Lazo


Un tren. Una ristra de vacas entre barrotes. Hacinadas hasta la muerte. De pie. Con olor a mierda y meados. Números. Estadísticas de la carne roja del Matadero de Lawton. Los primeros años ochenta. Balidos desvalidos. Masacre gastronómica racionada sobre los rieles. Electricidad, cuchillos, ríos albañales de sangre. Desde muy lejos ya se olían las vísceras. Una institución avocada al holocausto. De pequeño, me daba terror llegar a casa y no poder olvidarlo. No poder dejar atrás la idea de que mañana a primera hora estaría listo el próximo tren. Un tren de vacas sobresaturado de muerte. Los condenados de pie desde una vaquería vanguardia. Innumerables. Y, después, hacerlas picadillo en los estómagos clandestinos y a sobreprecio del barrio. Lawton, Auschwitz, Lawschwiton.



A veces se escapaba una bestia.
Días de fiesta imbécil en el vecindario.
Catarsis colectiva.
Colectivizada.
Aparecían hombres con sogas sobre caballos y militares con armas largas.
Un rodeo para ajusticiar al bandido.
Prejuicio sumarísimo.
Disparos.
Humo.
Olor a pólvora.
Hedor a heces.
La vaca cagada de pánico.
Bufando.
Sin ningún punto de fuga por donde recobrar su limitada libertad de finca ganadera.
La mirada vidriosa.
Un animal caído en solitario sobre los baches.
Tocado por la balita mágica de la justicia veterinaria supongo que del Ejército Occidental.
Una bestia bocabajo sobre el asfalto fatuo de la ciudad periférica.
Entre risas de niños y cafeterías y chimeneas y un cine y anécdotas muy similares de ancianos.
El espectáculo del día, la semana, el mes, el año.
Acaso del quinquenio y la década también.
La muerte siempre constituye una notoria novedad.
El resto de las noticias sólo funciona por referencia a ella.



Las patrullas rodeaban el Matadero. El negocio del músculo prosperaba a espaldas de un Partido con ínfulas de ecologista o vegetariano. Hay que priorizar los hospitales, círculos infantiles y hogares de viejos que no pueden morirse anémicos. Pero el proletariado se robaba puntualmente la carne colgando dentro de sus pantalones. Tesitura de testículos. También la catapultaban por encima de la alambrada de púas. Hasta que una de esas bolas proteicas cayó estruendosamente sobre una perseguidora parqueada del otro lado, desbaratándole sus luces giratorias y la bocina de la sirena. Ira. Ironía. Pero casi nunca aparecía un autor. Mea Cuba cárnica. ¿Quién robó al Comedor? ¡Fuenteovacuna, señor!



Pilotes.
Con el cambio de fecha el Matadero de Lawton devino una ruina precolombina.
Cubículos huecos.
Ganchos, azulejos, tuberías, puertas de refrigeración.
El decorado ya no tan peligroso de la muerte en pretérito perverso.
El establecimiento se repara una y otra vez para su próxima misión social.
Parqueo, almacén, posada, prisión, polvorín, museo o mausoleo.
Sin trenes.
Vacunas almas vaciadas en los primeros años ochenta.
Hoy, apenas un personal para nada perito en aplicar la violencia pagada de los verdugos.
Mediocridad sin actina ni miosina descuartizadas.
Perímetro de muro inclinado y rejas con óxido rojo.
Decadente década de los no-venta.
Y aún después la catacumba sin catástrofe de los años cero.
Noches insomnes sin los balidos desvalidos de aquellas locomotoras locuaces.
Silencio sepulcral.
Sin reses reos propiedad masticable del Estado.
Sin cuerpos cadáveres instantáneos.
Mudez regurgitable de la madrugada cubana.

martes, 27 de octubre de 2009

S.O.S. 60´s


Imágen: Obra del artista cubano Rolando Pulido (NY)

MCMLXII, ODISEA DEL CARIBE
Orlando Luis Pardo Lazo

Jesús Díaz, en “Las iniciales de la tierra”, la narró como la imposibilidad de templar en paz durante una luna de miel en hotel, y después como un torpe accidente arriba de un jeep casi fatal.

Edmundo Desnoes se enfoca, entre otras reflexiones más o menos osadas para la época y el lugar, en una mano medio demoniaca que lo saluda desde las rastras encapuchadas que cruzan las avenidas de “Memorias del subdesarrollo” (¿cargan cohetes o combustible nuclear?).

Raúl Martínez en “Yo, Publio” fue más pragmático que apocalíptico, y salió a engatusar guajiritos con uniformes que lo apuntaban desde una anti-aérea tan fidelísima como fálica.

El Papa se arrodilló toda la noche a rezar (¡y funcionó!).

El Ché se fugó hacia nuestro futuro inmediato en Octubre de 1962, que eran las cuevas jurásicas de Pinar del Río: si se desataba una guerra atómica, desde allí él organizaría una post-guerrilla con los sobrevivientes (y mutantes) de la debacle.

Mis padres no se conocían.

Muchos poetas cubanos escribieron pésimos poemas pesimistas para la ocasión.

Más de un Kennedy firmó su sentencia de muerte.

Fidel aparece eufórico en las imágenes documentales de la época.

Cuba por fin llamaba en serio la atención del planeta (y en parte era ninguneada por sus dos súper-potencias en pugna): Habaniroshima, mon amour.
La Habana ya nunca luego fue igual. La advertencia de aquel War Games la traumatizó (la tanatizó). La ciudad descubrió el cielo cósmico de las noches del trópico, y en esa profundidad estelar descubrió de paso la eutanasia histórica de su hedonismo.

La Habana sería de ahora en adelante pasto exclusivo del heroísmo. Hacía rato que Cuba quería una revancha así contra su capital demasiado cosmopolita para ser además cubana.

La Habana se ruralizó, en campamentizó, se inurbanizó hasta expiar sus últimas consecuencias y culpas patrias. Se lo merecía. Por puta, por pendeja, por póstuma, y encima por creerse eterna en una postal Printed in Paramount.

Cárceles minadas, el parte de guerra como el único género periodístico de valor (todavía es preponderante), milicianos en lobbys, marines a la vista desde el malecón, materia prima para los fotógrafos épicos, discursos como despedidas de duelo y titulares del tamaño de la primera plana. Boom mediático antes del boom de la masa crítica nuclear. Misiles misioneros del diálogo entre las dos K (si Castro se deletreara con K, tal vez Cuba no hubiera sido trampeada en aquella lotería horrorgráfica).

Como habitante tonto de este insulso siglo XXI, no puedo negar que me quedé con ganas de hojear en fotos la resolución bélica de aquel tic-tac-toe. Mostrarle a mis hijos el dolor genético de una urbe arrasada por el viento atómico (ojalá que el patriotismo de mis padres no les impidiera protegerse a tiempo en un búnker). Y aún después decirle a mis nietos: “Mira lo que el mundo le hizo a la Cuba querida de tus bisabuelos. Nuestra nación cada medio siglo parece condenada a resucitar”.

Pero no.

Todo fue un poco menos dramático (Hollywood sin bomba de Hidrógeno), y las bravuconadas de cada parte en conflicto no suplen la verdad majestuosa y terrible de una sola acción terminal.

Desde entonces se suceden esos bostezos abominables de La Habana (están hasta en una película de Fernando Pérez) que los turistas confunden con aburrimiento. Desde entonces la ciudad se ha empeñado en maquillarse con un escenario de hecatombe radiactiva bajo el sol a plomo. Tal vez ésa sea su revancha de megápolis mutilada en Octubre de 1962 por el resto o los restos de nuestro país.

lunes, 26 de octubre de 2009

CAMARÓN QUE SE CUELGA...








ABUELITO, QUÉ OJOS MÁS GRANDES TÚ TIENES
Orlando Luis Pardo Lazo

Nunca el Estado cubano nos vio menos y mejor. Menos, porque las coordenadas de consenso siguen siendo desenfocadamente las mismas de demasiadas décadas atrás. Mejor, porque esa miopía de ministerios se compensa en la calle con una camada de cámaras para uso de nuestros camaradas policías.

Ser filmado todo el tiempo y en todas partes de la ciudad, contrario a lo que reportan los cables contestatarios en internet, no es un síntoma de represión subdesarrollada sino de modernidad primer-mundista. Y ahí está Europa para atestiguarlo: ciudadano que no sea filmado las 24 horas, ni siquiera merece el estatus de fantasma inmigrante. Concomitantemente, cubano que no pase a diario por el centro controlador de videos, será porque algo tiene que esconder y, en consecuencia, en verdad es un sospechoso para nuestra Seguridad.

Sería más rentable invertir esa lógica del ratón civil y el gato institucional. Las cámaras serán un ojo espía panóptico, es cierto, pero también son un canal de comunicación (sin esclusas ni excusas) entre los océanos del pueblo y el poder. Basta ahora con pararse debajo de una de esas lentes y lanzar un grito de protesta contra el gobierno, por ejemplo, o incluso una micro-ovación unánime de conformidad.

Abucheos y aplausos. Pulgares hacia el cielo o hacia el cieno de esta ciudad cinematografiada (árida arena de un coliseo para el cubaneo de esquina). Con sonido estéreo o sólo con mímica. Con matices de colores o en alto contraste de black & white. Se llama “Democracia por Control Remoto” (DCR) y, amén de sustituir a la funérea fórmula de los CDR, en el futuro inmediato bien podría convertirse en una suerte de “Majority Report” editada al margen del ICRT, el ICAIC y la EICTV (entre otras siglas analógicas o digitales).

De hecho, para los paranoicos empedernidos, este camarerío ostensible pero no obsceno, debiera constituir un alivio clínico: contrario a los ciudadanos, ninguna cámara cínicamente se oculta. Así, al igual que en el cortometraje “Monte Rouge” de Eduardo del Llano, el espionaje profiláctico supone una cura para cualquier culpa o Edipo Rev. Diagnóstico diáfano: allí donde todos son monitoreados políticamente, positivistamente nadie debiera sentirse molestado. Si no se llama “reconciliación nacional”, al menos sí podría entenderse como el primer paso de transición hacia tal meta o mito transnacional.

Como ignoro el país desde donde se importaron, asumiré osadamente que son cámaras Made In China: la YuTong como colosal competencia del YouTube. Esto constituye una garantía extra de calidad. Pues el imperio capaz de controlar a millones de seres de innumerables nacionalidades ninguneadas, es de esperar que exporte suficientes aparatos para parametrar a los escasos cubanos residuales, más algunos pocos turistas de llega y pon.

Al respecto, el exilio debiera ser un poco más solidario con nuestra ex-patria, y no dejarse excluir de esta experiencia piloto de post-revolución. Donde quiera que crezca una comunidad de cubanos, sería inteligente instalar este mismo tipo de cámaras y que las grabaciones fueran remitidas ipso facto al cuartel general de La Habana.

Esos descomunales archivos multiplicarían los pobres píxeles de nuestra rala realidad hasta replicarla completamente, hasta su dinamitar su monótono monólogo. Como una hélice de ADN, Cuba por fin se abriría de par en par para dialogar con cada uno de sus Ciudadanos Kane o Kafka (Orson Welles en simbiosis con George Orwell) y, sin discriminación, con todos y para el clip de todos, quedaríamos congelados ante la historia en un ajiaco avi audiovisual.

Tras ese plebiscito espontáneo (voto de voyeurs, nación narcisista), tal vez sí podríamos alardear en tanto país de actuar como “una sola familia telecubana”, con créditos equitativos lo mismo para el Premier que para su último presidiario. Se trata de una visión paradisíaca antes que parapolicial: absoluto control a priori como reto remoto de una libertad sine qua non.

Ah, y después del clásico The End, acaso en caracteres chinescos de Tiananmen, entonces: ¿quién le pone el guión (o el aguijón) a nuestra próxima temporada?

domingo, 25 de octubre de 2009

O LORD, BUY ME A MERCEDES SPAINZ


ESPAÑA, APURA EN MÍ ESTE CÁLIZ
Orlando Luis Pardo Lazo

Siempre simpaticé con el General Resoplez, o cualquiera fueran sus grados de militar mediocre y comediante carismático. Elpidio Valdés, sin embargo, era un bodrio de biografía, excepto por su sensual María Silvia, a quien durante años de infancia célibe en vano esperé ver desnuda en algún capítulo de este comics cubano.

En los mundiales de fútbol mi corazón queda enterrado en la cancha de los perdedores. Por eso soy un fans formidable de España.

Mis abuelos paternos eran de Andalucía. Mis eritrocitos habanémicos no me permitirían mentir en una cuestión tan seria. Estoy dispuesto a una prueba de ADN con observadores de rango internacional, e incluso a someterme a un interrogatorio del Doctor House.

Sólo le estoy exigiendo al Estado lo que es mío por carambola de la genética molecular.

Compañeros y compañeras, en el marco de esta columna pido un minuto de silencio para mi pasaporte ausente español.

A llegar a la Madrastra Patria, me declararía ipso facto en Paro y mi vida durante esos primeros meses de becario de la lejanía se reduciría sólo a leer. Fotosíntesis y celulosa. Tedio y tinta. Un poco de internet wireless en algún paseo, tal vez. No necesito ningún otro lujo para conquistar la Europa profunda de mis ancestros.

Ganaría varios concursos de novela y sería el columnista estelar del país (no de El País, por favor, que eso en Cuba es pecado criminal).

Toda una panacea que depende apenas de un turno y una cola en la embajada de España en La Habana. Todo un paraíso lectivo de vacaciones que pende ahora de mi propia imposibilidad inercial.

No me muevo. No saco ni sonsaco papeles. No me conecto con la catapulta ibérica para proyectarme fuera de la catacumba cubana. Al final, soy una especie de Maceo masoquista y manso.

También me daban lástima las felonías del “traidor” Mediacara, tan embrutecido por esta Isla, tal vez porque Juan Padrón no le diseñó un familiar radicado en la Península que lo reclamase al carajo de aquella guerrita de cartoon con octosílabos bobos y machetines mártires. Y de Palmiche lo más perturbante es el póster donde el caballo penetra pornopararicardiacamente a su jinete Elpidio Valdés.

Por otra parte, amé el boom local de Almodóvar avant Rufo Caballero: un Satán Pedro prístino que leí como una pedrada política de primera, aunque hoy ya esté un tanto envejecido porque, como generación, aprendimos a portarnos muchos más perversos que sus personajes (si bien no tan entrañables).

Para colmo, tarareo el himno de España de la Encarta, que ignoro si es una versión tecno o la inagotable partitura original. Y hasta podría leerme los Tomos Completos de Benito Pérez Galdós (“Marianela” fue el primer filme que vi a los 5 o 6 años), sin descartar que yo bien podría ser un pariente perdido de Doña Emilia Pardo Bazán (no aspiro a ningún share de la herencia de sus copyrights).

En fin, como pudiera haber rematado Miguel Bosé tras al aullido cándido del colombiano Juanes: “¡Una sola familia españocubana y olé...!

A ratos me animo a buscar el escudo genealógico de mis apellidos en mi internet paleolítica. A ratos toreo un poco con mi gato usando dos tenedores. A ratos le doy Play a un capítulo de “Aquí no hay quien viva” o rehojeo mis caricaturas de la revista Pionero para oponerme pacíficamente al coronel Elpidio Valdés, o cualquiera fueran sus grados de militar carismático y comediante mediocre.

Tanto va el cántaro hasta la Embajada, hasta que se le otorga la Schengen. Así que España, cáspitas y rediez, visa blanca de mi desesperanza de cara al sol solo poscolonial, por favor, tú no apartes de mí este cáliz en medio de nuestro escalofriante calor.