sábado, 7 de noviembre de 2009

ISA









ABUSE YOUR DESILLUSION


KNUCK KNUCK KNUCKIN’ ON MY NUCA
Orlando Luis Pardo Lazo

Miro mi nuca.

No ha sido nada.

Un cinturón de petequias por la demasiada fuerza de un efebo oficial y acaso por mi mala coagulación.

Miro mi nuca en un jpg.

Según se interprete, es insultante o interesante de contar.

En el principio no fue el Verbum, sino la Barbariem.

Violencia extra-verbal a pulso.

Caminar en El Vedado será a partir de hoy una experiencia extrema.

La Avenida de los Presidentes remitirá ahora a una prisión post-principesca.

En segundos, Yoani y yo estábamos de brazos torcidos dentro de un auto importado desde nuestra Madrastra Patria: China.

Mi cabeza contra la alfombra del carro y Yoani casi de patas arriba.

No pude verla, la identifiqué porque no se callaba ni maniatada.

En segundos, la oí gritar con la vehemencia del ser más libre del planeta.

Tenía una rodilla de macho cubano clavada en el pecho y todavía los increpaba.

En segundos, de esa energía chupé fuerzas para sostener un poco mi voz.

Me dijeron que le dijera a Yoani que se callara.

Esa frase, pronunciada por tres desconocidos a nombre del Estado Cubano, resume toda la escenografía obsoleta y obscena de este país:

Díganle a Yoani que se calle.

Díganle a Yoani que se calle.

Díganle a Yoani que se calle.

En segundos, nos depositaron despóticamente en una esquina que confundí con el patio interior de un barracón.

Yo estaba mareado.

Sentí asco, tuve ganas de vomitar.

No podía mover el cuello.

Abracé a Yoani (antes nunca lo había hecho).

Empezó a sollozar.

La mujer más grande de Cuba parecía una niñita de cero años.

Porque Yoani es eso: el futuro de Cuba cristalizado sobre un esqueleto frágil e irrefrenable.

La besé en la cabeza. Su pelo tironeado con odio olía a la libertad.

Una.

Dos.

Diez.

Incontables veces besé su cabeza sin edad.

Pero nunca le dije que se callara.

Pero nunca le dije que se callara.

Pero nunca le dije que se callara.

viernes, 6 de noviembre de 2009

NNN.CU


Imagen: Guamá

IZQUIERNET PARA TODOS
Orlando Luis Pardo Lazo

Por sólo seis dólares la hora, incluso siendo cubano, puedes asistir al milagro turístico de la internet.

World Wide Web o National Narrow Net: la diferencia de siglas no importa tanto.

Allí donde no existe el sistema wireless de conexión, encontrarás disponible una enorme máquina del hotel: en apariencia, un turbogenerador Giga RAM; pero en la práctica es apenas una computadora amputada para recordarle al usuario quién manda a quién.

Inventario de atrocidades, además de la cara de la señorita que te reconoce enseguida como compatriota tramposo (y con razón, mírame aquí redactando esta ridiculez):

-Sin sonido. No hay bocinas, lo que es comprensible para evitar una bachata en pleno lobby. Pero cuando introduces un plug de audífonos, te explicarán gentilmente (si preguntas) que el audio ha sido enmudecido por los especialistas de red. Así que nada de disfrutar música ni videos, please.

-La tecla derecha del mouse ha sido desactivada por una misteriosa resolución ministerial. También todo intento de Nueva Ventana de navegación ha sido clausurado. Así, con cada link que sigas te perderás en un laberinto muy distante de la página principal: y el tiempo que pierdes de vuelta al Home no te lo indemniza el webmaster (webmonster).

-No hay manera de cargar un Explorer o al menos un MS-DOS donde ejecutar ficheros de tu memoria flash. De (mala) suerte que nada de softwares portátiles, amigo: las passwords hay que teclearlas sobre el teclado estatal, acaso para su posterior monitoreo y almacenaje en la base de datos central. No hay cómo acceder a un History o algo por el estilo para borrar las huellas del delito digital.

-Tampoco puedes adjuntar nada desde el puerto USB. Los correos se escriben in situ y punto final, que no se trata aquí de un sistema DHL.

-Como casi lo único que funciona es salvar la página (tardan medio siglo o no se descargan bien), lo más prudente es guardarlas como “Sólo Texto”. De todas formas, las imágenes no se pueden copiar solas por la tecla muerta del mouse (supongo que esta sea la verdadera internet html).

-Sería descortés insinuar que vas a sacar el cablecito de esa máquina traga-tarjetas para conectarlo directamente a una laptop personal. El custodio no te deja ni a abrocharte los zapatos a escasos centímetros del chasis de la computadora (computarroba, comput@).

-Y, para rematar: cada tres clicks, uno te devolverá la ventana de advertencia de Sitio No Permitido por el servidor (a menos que estés visitando los órganos de prensa de cada provincia de nuestra nación).

Dicen que esta interfase fue desarrollada triunfalmente en Ciego de Ávila, y que hay hasta un artículo en el Herald que detalla mucho más toda esta parafernalia mitad enfermiza y mitad infantil.

Lo siento. Yo no puedo añadir nada más. Me aburrí. O me ofendí. O al menos me ofusqué.

Miré alrededor y toda la turistada sonreía tecleando en la santa paz del ciber-espacio. El único energúmeno protestón era yo: un ID idiota en el aulita disciplinada de la Europa Euroja.

Me fui a los quince minutos, donando la tarjeta de seis dólares para el próximo cliente de la izquierda internacional: compañeros complacidos de cooperar con nuestra economía a cambio de una imitación de internet (“tratándose de una Cuba bloqueada, pues no está nada mal”, supongo sea el slogan).

P.D.: Para no hablar de las cámaras de circuito cerrado, dispuestas sobre tu hombro para plagiar hasta el último píxel de tu pantallón de no sé cuántas por no sé cuántas pulgadas.

jueves, 5 de noviembre de 2009

REVOLUCIONEWTON





LAS LEYES DE LA DEMODINÁMICA
Orlando Luis Pardo Lazo

Como en un minicuento genial de Enrisco, algunos se detienen a sí mismos como gesto de resistencia o al menos auto-afirmación. Se aferran a unas coordenadas geográficas, se inmovilizan, se plantan, y dejan el tiempo correr a través de sus cuerpos estáticos. Mutan en seres sésiles por un segundo o una semana. Sacan sus pancartas de cierto estilo. Y desde ese búnker fijo intentan proyectar mejor la voz propia, en medio de la barahúnda o barbarie diaria de los demasiados discursos.

Como en ese mismo minicuento genial de Enrisco, otros prefieren el movimiento perpetuo como gusto de resistencia. No permanecer más en ningún tiempo ni espacio fijo, desmarcarse del resto con la marcha (incluso con la marcha en círculos), dinamizar y dinamitar cualquier conato de claustrofobia o paranoia patria. Nomadismo sobre un eje urbano imaginario. Por supuesto, también sacan sus pancartas de cierto estilo. Y desde esa poesía cinética intentan proyectar mejor la voz propia, en medio de la barahúnda o barbarie diaria de los demasiados discursos.

La pancarta parece ser el denominador común de ambas estrategias de self-expresión. La pancarta, que es de por sí un lugar común: un icono de que algún slogan nuevo hemos descubierto para imponérselo a la sociedad. La pancarta, que es fea y obliga a leer desde la distancia, en lugar de invitarte a participar con la magia de un destello humano (con la maravilla de un deseo humano). La pancarta, que deshumaniza en simple vocero a quien la porta como un arma incluso del pacifismo (MAKE LOVE, NOT BANNERS).

Por estos días, en La Habana (Cuba, América, La Tierra) proliferan hombres y mujeres y adolescentes que ejercen este derecho en duda desde ambos bandos. Algunos exigen cosas en coro y otros apenas las exhiben en corro. Algunos con acoso policial-popular planificado a priori y otros acaso desde la sonrisa súbita in situ de lo que nos super-sorprendió. Algunos con advertencias y amenazas y represalias, y otros todavía ignorantes de cuál pueda ser la reacción social (zoocial).

¿Pero por qué siempre tendría que existir una reacción? ¿Por qué ciertas sociedades tienden a reaccionar en vez de revolucionar? ¿Cuándo el Primer Mundo penetrará en la percepción de este provinciano país ante quienes prefieren plantarse como una plomada o moverse como un péndulo a perpetuidad?

Y, saltando del plano ético a la pose estética, ¿por qué esa proliferación permanente e impertinente del género “pancarta”? ¿Por qué no una aceleración de abrazos a la autoridad (a ver cómo responden) o echar flores que abran mañana entre los barrotes de hoy (el pétalo como password de la libertad) o dar besos a los mendigos (esos olvidados de todos los bandos) o regalar tarjetas postales de vida más que navidad (la vida pudiera no estar en ninguna otra parte sino en la punta de tu nariz) o energizar un abrazo colectivo que invada e infecte al tráfico patiseco de choferes y peatones (la democratermodinámica como asignatura pendiente) o ralentizar el paso como en una película muda al revés (convertir la ciudad en set) o dilapidar dinero con los periodiqueros y entonces repartirlos nosotros de gratis (un prensaperformance, por ejemplo) o simplemente plantarse pero en movimiento (avanzar en cuclillas y detenerse en círculos, no sé).

En fin, mezclar los códigos del juego para ganar credibilidad, pues la creatividad es ahora más importante que cualquier credo decrépito en la caligrafía de una pancarta paleolítica (un papelazo en blanco).

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Z


REPUDIUM PERPETUUM
Orlando Luis Pardo Lazo

En ajedrez, el jaque perpetuo es una opción de emergencia, una tablita salvadora a la que aferrarnos en el último instante para no sucumbir: una táctica legal para convertir la humillante derrota en un heroico empate (una tabla para lograr Tablas, ½ - ½).

El ajedrez loco de la política local no tendría por qué no funcionar así. La praxis deportiva o gubernamental manda. Se repiten las mismas fórmulas fósiles, legitimadas por el paso (y el peso) del tiempo. Reglas y reglazos como regalo. Pues lo que funciona, funciona (la muerte moderna de Dios aniquila toda ilusión de moralidad), y al que le tocó, le tocó (el reglamento deportivo como antesala maquiavélica del Código Judicial).

Milenio y medio de trebejos y escaques, o medio siglo de revolución en Revolución: en cualquier caso, apenas un par de pestañazos de nuestra efímera Eternidad. Es como si aquí nunca pudiera pasar nada. La memoria se emborrona de nuevo con las nuevas esperanzas (esa enfermedad endémica). El hábito hace al Gran Maestro lo mismo que al Gran Hermano. Y al final nos queda bien claro que hay líneas de futuro que en nuestra rala realidad no se pueden incubar así como así.

Los actos de repudio en Cuba serían, desde esta perspectiva no tan perversa como perspicaz, un zapatazo para romper el Zugzwang entre el Estado total y el ciudadano mínimo. Una catálisis para canalizar la presión entre el establishment y la resistencia. Un ultimátum en Zeitnot a falta de diálogo permanente entre las partes. Son el peor Parte del Tiempo posible: no la violencia climática en sí (aunque por concepto la incluyen), sino su meteórica anunciación meteorológica. Después del diluvio, el delito.

Detrás de la tribuna pioneril, el tribunal penal. Detrás de la sandunga, la sentencia. Detrás del carnaval, el cadalso.

En 1980 yo tenía ocho años. No me afectaron para nada los actos de repudio que bullían alrededor. A coro con el resto de la primaria, grité a voz en cuello en los matutinos de la Nguyen Van Troi. Eran gritos de guerra alegre y vital, articulados por perfectos ignorantes de cualquier tragedia de muerte y dolor. Era un cerrar filas con lo propio concreto, en contra de lo ajeno inasible. Al inicio, aún no existía ningún enemigo a ejecutar ejemplarizantemente (los muros de la escuela eran nuestro escudo), por eso no sentíamos culpa ni arrepentimiento al respecto.

Luego, por suerte, parece que mis padres no me dejaron participar de ninguna de las infamias que ocurrieron en Lawton (nunca les pregunté, y ahora yo soy ya mi propia respuesta: igual se los agradezco con carácter retroactivo). Si bien hasta el otro día estuvieron las marcas de huevo y horror en la fachada frente a la ferretería de la calle E, siempre las he contemplado desde la tranquilidad arqueológica de un testigo extranjero: no fui yo, no fue a mí, son sólo las ruinas cínicas y cíclicas de un efecto secundario de cierta Revolución 24 hours-a-day o 100 years-a-century.

Pero entonces, cuando las semanas de 1980 comenzaron a avanzar, se vaciaron algunos pupitres de mi aula. Recuerdo los nombres de Willy, Julio César, y Sujayla (a quien en secreto amé antes de saber deletrear su nombre). También recuerdo el mediodía mediocre en que Yassel y su hermanito regresaron a casa y ya no vivía en Cuba su mamá (a la vuelta del siglo, eso los salvó de la desidia desesperante gracias a una tardía reclamación familiar). Y recuerdo el eco sin fondo de las tumbadoras de hojalata, sonando como una günter-gracia hasta casi la medianoche, mientras yo fingía dormir colándome en la cama de mis padres.

Después oí o leí de suicidios, arrollados y disparos in situ, además de una discursiva estéril de estilo estigmatizante. Y supe de personas muy nobles que incluso hoy conservan las piedras lanzadas por aquellas turbas torvas, sin que haya en ellos ni una pizca de venganza, sino apenas esa sabiduría suave de los ancestros que portan un talismán como garantía de que, al contrario de lo que machaca el marxismo, la tragedia histórica no se repita ni siquiera como comedia.

Sé de otros que volvieron de visita sólo para aceptar el perdón de los que permanecieron atrapados atrás (la amnesia como milagro).

Casi ya sin padres, me doy cuenta de que sigo estando ahora en una posición muy parecida a la de 1980, con la excepción de que ya no me enamoro en secreto de nadie. Desde los márgenes del mismo barrio, no dejan de desaparecer mis nuevos vecinos en la diáspora o en el presidio, como consecuencia de actos de repudio miméticos, que son sólo la avanzadilla o vanguardia de un daño mayor, y que en sí tampoco son nada porque, media hora o un mes y medio, siguen siendo apenas un par de pestañazos de nuestra eterna Efimeridad.

Supongo que sean maneras de quedar en Tablas con nosotros mismos (½ - ½), semi-nación embarcada en una balsa de salvamento que el mar picado o un Mal pícaro parten periódicamente por la mitad.

Z de zorros y zoquetes.

Z grave bajo una costilla de Costa-Gavras (enésimo festival del viejo cine grecoamericano).

Z sin lugar ni tiempo en pleno Zugzwang y Zeitnot (ajedrez ajado de nuestra post-patria política).

Z siseante de objeto volante sí identificado (OVSI obsceno de las catapultas y catacumbas de Lawton).

Z en ronquidos por el tedio de reeditar este teatro retro de los ochenta en el 2009.

El repudio retórico como un péndulo retrógrado irrefrenable: móvil perpetuo de una era en retrolución.

martes, 3 de noviembre de 2009

COMIN’ UP SOON ON PAPER...


DECÁLOGO DEL AÑO CERO
Orlando Luis Pardo Lazo

1
Orlando se ha dejado crecer la barba, también el pelo. Ipatria le advirtió que estaba flaco y que las ojeras, de tan oscuras, parecían un par de piñazos. Orlando hizo una mueca de angustia. Cruzaban la avenida Línea y él le dijo que estaba en crisis:
—Estoy perfectamente sano, pero día a día La Habana me enferma más.
Ipatria no quiso reprimir una sonrisita. No es que Orlando esté loco: es sólo que a veces resulta demasiado Orlando, incluso para él. Ipatria lo tomó del brazo y lo haló. O empujó. O ambas palabras. Y así escaparon del sol cubano. Se metieron bajo la sombra de la iglesuca, en la esquina de Línea y 16. Era un convento en ruinas, pero nada hacía pensar que no estuviera habitado por Dios. Dios siempre tarda bastante en darse cuenta de la barbarie. Tal vez por eso mismo sea Dios.
—No te rías –Orlando estremeció los hombros empinados de la muchacha: hincaban–. ¿Por qué no me crees?
—Porque eres el peor escritor vivo del milenio y el mundo.
—Te juro que esta vez no soy yo. La culpa es de La Habanada –atrajo el cuerpo de la muchacha hacia él–. Así se llama esta nueva crisis: Habanada –y le dio pequeño beso en los labios–. Gracias, Ipatria, por ayudarme a nombrar.

2
Orlando intenta explicar a Ipatria que el tiempo es un retrovirus. Jamás logra convencerla, por supuesto. Le falta léxico. Carece de un argot de combate para revolver las heces. No domina del todo el hezpañol. Al parecer, todavía quisiera vivir. Se desespera, pero igual no encuentra un vocabulario.
—Me falta un vo-cu-ba-la-rio –se queja sí-la-ba a sí-la-ba como si él fuera un bebé.
Ipatria imagina a Orlando imaginando una Habana sin historia ni histología. Esa Habanada entre amnésica y anestesiada que él en vano trata de describir. Aunque sea inútil, ella quisiera alegrarlo. Siente pena de Orlando y unos deseos enormes de tumbarlo sobre algún banco de iglesia y allí mismo, en la penumbra divina, hacerle de una vez el amor.
Entonces Ipatria le recuerda a él su propia idea de tomarle fotos a la ciudad. De echarle una mirada desde la ingravidez: las azoteas, los techos a dos aguas, las tendederas raquíticas, los tanques mohosos donde se crían aedes, las palomas entre el robo y el sacrificio ritual, los mil y un objetos abandonados a la intemperie, que a ambos les gusta leer como un crucigrama sin clave.
Así que Ipatria le extiende la cámara a Orlando y le dice:
—Sube ahora, ve.
Y lo deja alejarse del banco, con la Canon ya colgada en su cuello, como una piedra de sacrificio o una promesa. Como si Orlando fuera un turista más trastabillando entre los feligreses. Como si todo no fuera tan triste que casi da pena escribir o fotografiar.
Con suerte, piensa ahora Ipatria, el muchacho que ella ama subirá ahora hasta el campanario, y desde allí se inventará su propio observatorio de fotos: mitad privado y mitad nacional, mitad roñoso y mitad adorable, mitad Ipatria y mitad Orlando.
—No te mates, mi amor –pronuncia ella en voz baja, para que Dios no la oiga y se entusiasme con tan hermosa posibilidad.
—Mejor mátate tú –le susurra Ipatria a Dios.

3
Orlando se arrodilló. Enfocó el objetivo, verdadero telescopio de medio metro. Hacía un sol de jauría: pensó que así no podría resistir demasiado, pero al menos no tendría que usar el trípode. La luz era líquida y casi no era necesario ni disparar: los reflejos se impregnarían solos en el negativo, sonrió: luz negativa y dura como fotones de cuarzo irreal.
Orlando vio los automóviles arcaicos a tope de velocidad, paseantes en cámara lenta, una alcantarilla destapada y un manantial albañal. Vio el sanguinolento ojo de un semáforo, rebotando en la canopia de los flamboyanes: árboles mucho más viejos y vivos que él. Vio el malecón y diez millones de esquirlas entre la espuma y la nieve. Vio la línea claustrofóbica del horizonte, nubes pulidas como espejos aunque ninguna lo reflejó, y vio la punta filosa del monolito de la Plaza de la Revolución: su pararrayos cósmico siempre coronado de auras. Todo un alef maléfico que, de tanto contemplarlo en silencio, al final Orlando nunca lo retrató.
Orlando preferiría no hacerlo. Se sintió otra vez Bartleby cansado de tanta ingrávida carga. Fotos, ¿para qué?
Ahora sólo desea bajar. Huir hacia Ipatria. Pero la caída libre lo asusta. Es imposible llegar hasta la muchacha que él ama de un salto. La escalera de caracol lo espanta todavía más. Incluso la palabra libre le da pavor. Pobre Orlando mío, perdido entre estos bosques, sonríe él mismo, y nada puedo hacer para ayudarte.
Como escritor podrá ser un fiasco, piensa Orlando. Pero ese miedo es su única garantía de sobrevivir y no traicionar a Ipatria. Palabras, ¿para qué?

4
Orlando se pone de pie. Tira una piedra. En realidad, la patea. A sus espaldas repicaron cinco o seis campanadas. Se acaba la tarde y empieza el tedio. El eco de los metales lo acompañó durante su descenso por los retorcidos peldaños. Náusea y vértigo girando a la izquierda: el muchacho llegó abajo mareado, con las pupilas alteradas por la adrenalina y el exceso de radiación solar. Casi a ciegas. Como quien busca refugio de un holocausto atómico.
—¿Terminaste el rollo? –Ipatria le dio un abrazo–. ¡Te demoraste!
Orlando le contestó que ya podían partir. Es decir, no le contestó. La amaba demasiado para narrarle ciertas escenas que día a día ocurrían dentro de su cabeza de 36. Al fin y al cabo ella sólo tenía 23. Igual Ipatria se imaginaba allí dentro un teatro muchas veces peor.
Orlando simplemente cargó la mochila y devolvió la Canon al cuello estirado de la muchacha: una modigliani fuera de moda.
—¿Adónde vamos? –preguntó Ipatria.
—A los montes verdes –y Orlando supo que la frase abría entre ambos el abismo de toda una generación pasada por la TV.

5
Caminaron. Para él, la ciudad había agotado sus baterías. Ahí estaba todo, pero varado. Vaciado. Viciado por la rutina de la heroicidad.
¿Hasta cuándo les duraría la magia a Ipatria y a él? ¿Hasta cuándo la resistencia contra las sustancias retóricas de la irrealidad? ¿Hasta cuándo sus propios ciclos de locura sin cuerda y paralizante cordura? ¿Alguna vez volvería a fotografiar la barbarie desnuda de un planeta llamado Habana? ¿Y a escribir en su diario sobre aquel caparazón de concreto: primer exoesqueleto libre de América, artrópodo kafkiano que ellos amaban y odiaban hasta el insulto y las lágrimas? Habanada, mon amour: ciudad con hache, letra muda. Y a Ipatria, ¿alguna vez volvería a fotografiar la bárbara desnudez de su cuerpo, quejándose, abierto de par en par bajo el suyo? Ipatrianada, mon amour: país sin hache, letra mordaz.
Caminaron un poco más, 26 arriba. Llegaron a la cima de una colina. El sol de la tardenoche le arrancaba al asfalto un tufillo letal. Un vaho. El Vedado reverberaba como homenaje póstumo al año cero o dos mil. La isla era una larga y lúcida cámara de gas.
Orlando contempla a Ipatria: un rostro delgado y pálido que, a cambio de nada, en un acto útil e innecesario, ha decidido amarlo sí-la-ba a sí-la-ba a él. La muchacha se estira, parece cansada pero no se sienta, y su sombra se convierte de pronto en una chimenea infinita: una saeta negra deslizándose sobre el asfalto 26 abajo, desde la colina hasta el mar.
Orlando imagina entonces que esa silueta es la manecilla caída de ningún reloj: sombras cubanescas que se quedaron sin tiempo. Es la hora cero. Más o menos así podría empezar la novela que Orlando prefería nunca escribir. Todo con tal de no traicionar a su entrañable y vago Bartleby. Al menos él no va a escribir nada mientras no quede atrás el bombardeo de consignas y comerciales que por décadas han cacareado un año cero o dos mil. La muchacha, por supuesto, no ignora ese efecto humillante provocado dentro de Orlando por la demasiada reiteración.
—Tengo sed –la voz de Ipatria es un eco hueco, como salida de un sueño que no están soñando ni ella ni él.
Y es verdad que hacía ya mucha sed. La suficiente para despertar. Aunque ningún sueño a dúo podría nunca saciarlos allí.

6
Es la hora cero. Orlando se ha dejado crecer la barba, también el pelo. Está flaco y las ojeras, de tan oscuras, parecen un par de piñazos. Quizá se mate o se haga matar, no es una cuestión de crisis, sino de enfermedad al nombrar. Orlando hace una mueca de angustia. No está loco, está concentrado, y va arrancando las fotos de un álbum según las recorta con una tijera. Lo hace meticulosamente, sí-la-ba a sí-la-ba, con estilo de autista. Son fotos de Ipatria, desnuda. Mientras Ipatria, todavía desnuda, desde la otra esquina del cuarto, lo deja crear. Creer. Ella es una muchacha ingrávida, ida, libre, hermosa, con una década menos en la memoria y por eso mismo casi real: Ipatria es un estado de coma. Orlando sabe que, después de recortar la silueta de quien tanto lo ama, a él le será imposible pronunciar sus tres sílabas otra vez. "Su nombre empieza donde su imagen se acaba": más o menos así podría empezar la novela de Ipatria que Orlando prefería dejar de escribir.

7
Una patrulla levantó una nube de polvo con el frenazo. Se abrió la portezuela del chofer. Tras un par de gafas uniformadas, el hombre dio las buenas tardes y les pidió el carnet.
—Me entregan la cámara, por favor.
El auto no demoró en partir. Con Ipatria y Orlando dentro, rígidos como dos desconocidos en el asiento de atrás. Él quiso bajar el cristal de la ventanilla, pero ella le hizo notar que faltaban las maniguetas. El auto parecía una pecera con oxígeno limitante. Tan pronto desembarcaron en la estación de Zapata, la muchacha fue la primera en hablar.
—¿Por favor, alguien podría explicarnos qué pasa?
—¿Ustedes son ciegos o no saben leer? –fue la respuesta de un hombre uniformado de civil–. Toda esa zona de la colina es un objetivo económico-militar. Más grande no podía ser la valla que lo anunciaba: NO PICTURES / PROHIBIDO FOTOGRAFIAR.
—Pero nadie hizo ninguna foto –fue el último parlamento de Ipatria que Orlando entendió de principio a fin.
Las averiguaciones duraron hasta pasada la medianoche. Al final recuperaron la Canon y los teleobjetivos, pero no el rollo Konica aún virgen que estaba dentro. Fue un largo proceso hasta que los peritos verificaron la inocuidad de aquella cinta comercial. Ninguna luz había impregnado allí. La sospecha de espionaje económico, militar o turístico por el momento no se aplicaba con ellos dos.
Una oficinista con ojos de luz fría les aseguró en tono confidencial que la multa impuesta sería la "cuota mínima prevista en la vigente legislación": unos pocos pesos en moneda nacional.
Ipatria y Orlando agradecieron su gesto y a cambio ella los acompañó hasta la escalinata por donde se salía y entraba de la estación: el local probablemente había sido una lujosa residencia privada. Cuando desembocaron sobre la acera, los dos se voltearon y vieron que, desde el último peldaño de mármol, la mujer de ojos gélidos aún les decía adiós. Con la mano, en orgulloso silencio: estaría sobre los cincuenta, pero en contraluz a ellos les parecía un ser inmortal. Orlando estuvo tentado de pedirle que se dejara hacer una foto. Pero no.
Se alejaron. Afuera, el universo era un escándalo de estrellas, cada una titilando a la manera de un flash de repetición. Paisaje cóncavo sin nubes y sin luna: una noche sin noche que, rebasado todo aquel horror o error, seguramente no valdría la pena ni describir.

8
En la curva de Zapata y 12 cogieron una P-2 con asombrosa facilidad. Era un ómnibus importado como donación del País Vasco o de Cataluña: a estas alturas de la historia, ¿para qué distinguir? Lo importante no era el sentido de los carteles que colgaban del techo, sino el aire acondicionado que aún funcionaba: algo así como el primer milagro del mundo, una mueca al subdesarrollo que acaso nunca llegó.
A esa hora la P-2 viajaba casi vacía, desplazándose al máximo de velocidad. Ellos permanecían de pie, abrazados, la mochila entre ambos como si fuera un bebé: la cámara y los teleobjetivos a medio desarmar allá dentro, objetos pesados que con gusto habrían abandonado bajo un asiento vacío. Por alguna extraña razón, ninguno atinó a sentarse hasta muchos kilómetros después, justo cuando llegaban a la parada del barrio y ya se tenían que bajar.
Orlando sintió que no reconocía al paisaje ni a su acompañante. Ipatria no sintió nada irreconocible en ninguno: en todo caso, le daba mucha pena que su amor otra vez tuviera ganas de matar o hacerse matar.

9
—Tengo la sensación de que esta noche me enfermo de verdad –fue la primera frase de Orlando después de horas.
Ipatria no quiso reprimir una sonrisita. Estaban en la sala, de cara al televisor encendido con llovizna y scratch. La muchacha tomó a Orlando del brazo y atravesaron de punta a punta la casa, hasta desplomarse en la habitación de él: tendidos sobre la cama destendida desde muchas horas o siglos atrás.
—Definitivamente –ella estremeció los hombros caídos del muchacho: hincaban–: el peor escritor vivo del milenio y el mundo.
Orlando acarició aquella frente delgada y pálida de una Modigliani insomne en la madrugada cubana. Ipatria lo atrajo hacia sí y le dio un pequeño beso en los labios.
Orlando cerró los ojos. La luz fría que colgaba del techo desapareció. También la vaga idea de cómo no escribir una novela a contrarreloj. Y desapareció el alef infotografiable de aquella ciudad que él hubiera querido recortar con tijeras y desarmar un álbum. Y desapareció también su barba crecida. Y sus ojeras, como un par de piñazos. Y todo el resto de su argot de combate, agotado sin rollo Kodak ni cámara Canon. Y también, por supuesto, allá lejos y tan cerca, sobre la cuerda floja del horizonte, desaparecía al final la punta podada del monolito de la Plaza de la Revolución, de noche siempre desierta o tal vez desertada hasta por las auras.
Todo desapareció al otro lado de sus párpados cerrados de par en par. Todo, excepto el abrazo gélido de Ipatria, maga muda en cuya sombra Orlando se durmió o fingió dormirse.

10
Orlando se levanta y va al baño. La luna le da en el rostro y su imagen es hielo muerto en el espejo del botiquín. Busca allí, por fin encuentra: es una navaja de las mecánicas, sin baterías. Huele el metal. Brilla tanto en sus ojos que una idea salta demencial y perfectamente higiénica en su cabeza. Orlando no quiere reprimir una sonrisita. Algo se acaba y nada comienza para él. Pero no hay peligro, es sólo un gesto: llevarse al cuello la afilada hoja y pensar en Ipatria, tendida sobre la cama destendida hasta muchas horas o siglos después. Orlando aprieta la cuchilla, se ayuda con la otra mano. Meticulosamente, sí-la-ba a sí-la-ba, con estilo de autista, se va convirtiendo en un muchacho ingrávido, ido, libre, hermoso, con una década más en la desmemoria y por eso mismo casi irreal: Orlando es otro estado de coma. Sabe que, después de recortarse radicalmente la barba, la muchacha que lo ama de gratis ya nunca lo perdonará. "Su imagen empieza donde su nombre se acaba": más o menos así podría terminar la novela de Ipatria que Orlando preferiría nunca escribir. Los pelos caen en el lavamanos y un chorrito de agua los borra con un remolino en contra de las manecillas del reloj: náusea y vértigo girando a la izquierda. Orlando se afeita mareado, con las pupilas alteradas por la adrenalina y el exceso de radiación lunar. Casi a ciegas. Por el tragante se escurre también el rompecabezas de su imagen invertida dentro del espejo, y Orlando asume esa pérdida como una buena señal: "ser menos yo", sonríe él. Como siempre le ocurre con las fotos y las palabras, aunque aún no ha pasado nada, para Orlando es la hora cero otra vez.

lunes, 2 de noviembre de 2009

ALCA & CIA





TODO x 1
Orlando Luis Pardo Lazo

Siempre pago 1 peso en las guaguas (valen sólo 40 centavos). Gasto al mes más de 50 pesos por concepto de esa propina estatal, acaso por mi pereza de no cambiar el menudo.

A veces coloco la moneda no en la alcancía, sino directa y discretamente en la mano del chofer, extendida a su vez con recato: como un mendigo reciente que aún no se resigna a su status. Lo ayudo sobre todo si me ha recogido fuera de parada (en movimiento bajo un semáforo ya en amarilla, por ejemplo).

Es normal, se trata de regalías privadas. No hay defalco. La plusvalía que le dejo a la Empresa Metrobús en mis otros viajes compensa este contrato extrasalarial.

No me quejo ni alabo. Viajo y colaboro con los dos tipos de propiedad, estudiando estoicamente la música kitsch de los altoparlantes y, de noche, bostezando bajo la mortecina iluminación de neón. Eso es todo.

Aunque el pueblo cubano es un poquitín más creativo al respecto, según Granma dixit en su edición sabatina del 31/10/2009 (plana doble central).

Las alcancías son totems sagrados que desaparecieron durante los años del Período Especial. Las alcancías recuerdan demasiado el aspecto democratizante de una urna electoral. Es dentro de esa caja negra (o transparente) donde se expresa la masa muda en los ómnibus importados de las actuales post-China y ex-URSS.

La gente, en vez de billetes, usa como boletas cualquier otro objeto todavía más devaluado (no son nada fáciles de encontrar): moneditas sin patria, arandelas y lumínicos de bicitaxi, ruedas dentadas de un reloj republicano que se suicidó a falta de cuerda, pilas y chips digitales descontinuados, pastillas de PPG oxidadas, chapitas de refresco-malta-cerveza, encendedores de fosforeras, cabezas de estetoscopios, y hasta el envoltorio glamoroso de condones y óvulos, entre otras etcéteras camuflajeables que imiten el clic o al menos el brillo del innoble metal. Todo x 1.

Más serio sería el atentado anti-numismático de quien pica en dos y en tres los billetes de a peso, para después depositarlos por partes en cada bus: se recolectan miles de picadillos cada semana. Otros falsean una T de tipografía Times New Revolution 59 sobre un carnetcito de cualquier cosa, y así se cuelan gratis por la puerta de atrás del acordeón. Los menos suben hoy por las ventanillas: aquella práctica tan habitual durante las moloteras de los orondos ochenta.

No deja de maravillarme esa colecta espontánea de chatarrería que la ciudadanía le impone a su Estado. Puede ser otra manera de asumir los imposibles impuestos por cuenta propia. Pueden ser postales post-revolucionarias de despedida a una era de idilio ideológico. Pero es, también, un síntoma del desparpajo que se destaparía entre nosotros mañana, toda vez definida una de esas demacradas democracias al estilo cut + paste de pésimo corte latinoamericano.

Alcancías, ¿para qué?

domingo, 1 de noviembre de 2009

CUBA A SOTTO VOCE


BRETON ES UN BOBÓN
Orlando Luis Pardo Lazo

“Los Cubanos” o “Breton es un bebé” se deja leer como un road-movie retrovolucionario en clave documental. Su director, Arturo Sotto, desde el inicio fue un rara avis para nuestra cinematografía free-lance u oficial. Ahora, intentando una jugarreta de surrealismo intelectual, nos devuelve una obra maestra del horror en clave docubamental.

Una hora fílmica a solas, de punta a punta de nuestro multitudinario país (con tres cubanos juntos ya suena a legión). Collage que parte de lo carismático y carnavalesco, para convocar las fallas geológicas de una nación nunca narrada: esa Cuba confidencial susurrada a gritos desde la honda superficialidad de un patio interior. Cisterna sísmica. Pozo cegato (archipiélago de gato o gulag encerrado: muchas mechas incendiarias no se prenden por falta de oxígeno). Son otras Cubas y, por supuesto, es ninguna: ninguneadas. Deconstruccuba, incluso si esta obra fue concebida sólo como un poema avi de amor (ávido de una tradición del atraso).

Fue Onelio Jorge Cardoso el que narró una fábula cándida sobre la violencia del niño contra los animales. Como todo pueblo históricamente infantilizado, aquí también nuestros compatriotas se entienden mejor con los animales que con ellos mismos (así sea para sacrificarlos cruelmente a cambio de nada): nos entendemos mejor como los animales.

Puñaladas en el cuello, lamedera de sangre in situ, azuzamiento histérico y depresiva domesticación, sarna tediosa del mediodía post-nacional: la fauna insular sale cojeando de este proyecto del ICAIC que podría concluir con la nota paródica de “todos los animales que aparecen en este film perecen”.

La crueldad folclórica da ira a 35 arqueadas por segundo. A nombre de dioses que ya ni recuerdan cómo invocar, el cubano se venga con las bestias como anuncio de quién sería quién si ocurriese una situación de barbarie.

Animismo unánime, totalitarismo micro, fanatismo anti-ecológico. Sectas donde todos visten de blanco sin complejo ninguno por sus pecados. Búsqueda de intensidades colectivizadas que el Homo Cubensis por sí solo no tiene imaginación para protagonizar. Necia nación del N+1 (delirios donde se queda corto Deleuze).

Es la vuelta a la horda. El clan-clan de los aplausos: chan-chan epidérmico. La pandemia del performance perpetuo. Luzbel de Yara. Todo lo sólido se desvanece en Baire. Desolación bajo el demasiado pero desasido sol: ¿y qué hago yo aquí donde todo es tan grotesco de hacer...?

Y aún después, para colmo de coprofilia, a momificar al chivo Perico (momia de museo municipal, en cuyo cuero las protestas populares colgaban pasquines políticos, hasta que la policía de Machado lo convirtió en un mártir de la imbecilidad sindical), y tal vez también a la vaca récord Ubre Blanca (leche paleoproletaria), y por qué no al burro que montaba Camilo en Oriente, y hasta a un perro experto del Ministerio del Interior (aunque no todas estas “carnes en conserva” se mencionen dentro del audiovisual, pero sí una que convivió un cuarto de siglo en el cuarto de su erudito: eros inaudito en La Tenia de Cuba).

Tras el toque o teque de censura en la pinareña comunidad de Los Acuáticos, el agua y el ron igual campean por sus respetos a falta de un remedio mejor para la sanación del cuerpo y el alma. Agua bendita en pepinos plásticos de refresco gaseado. Cola hasta para consultarnos. Alcohol vencido versus enfermedades mortales (el espíritu de la patria). Mortero médico para cansar al cáncer. Exorcismos y catatonias a ras de la tierra colorada, sin ningún tipo de efectos especiales porque la vida misma ha devenido un defecto especial.

Baños rituales de huevo y humo. Malas palabras de miel como choteo del esqueleto que aún no quiere morir. Miedo en una miríada de miradas (también esa sonrisa mansa de la nobleza o la insania): arte de locos que en verdad es la llave de nuestros campos, como en aquel ensayo de Breton de 1953 (el año en que al Apóstol lo resucitaron en el Moncada). Hasta Friedrich hubiera sido un buen bebé aquí: un feto fósil cubanietzsche.

Pueblos póstumos, apuntalados. Fiestas fantasmas, falsas. Gente fofa, fea. Y el cameo del director paladeando a sotto voce del boom que, de toda imagen cubana, emergerá espontáneamente la belleza y la bondad (acaso no la bonanza).

Paleopresente de lo que antes fuera un pasado apuntando al futuro fútil que de pronto ya es hoy. Con entierro de Pachencho y todo, en el Santiago de La Habana, donde sacerdotes y viudas de atrezo interpretan cada año el mismo episodio de bayú necro: un viejo de rumba en su ataúd. Y con Ciudad Nuclear y todo, devenida reactor humano de memorias radiopasivas (Fidel puso a llorar a su mano de obra en paro permanente desde 1992). Jura what...?

Ruinas de Stonehengels tras la Larga Marxcha del siglo XX. Mitos criminales pre-Cecilia Valdés. La pasión como mentira de todas las cosas y medida de todas las carroñas. Zonas de silencio electromagnético rellenadas con el empeño empírico de un genio de a pie, concentrado en su cometido de convertir el vacío en victoria.

Y Fidel fajado en una campaña por la campana de La Demajagua, que un gobierno republicano robó y después ascendió a los grados de Mayor General: a la campana, no a Fidel (así como en 1980 un cubano subiera al cosmos tierra sancta de esa misma finca redentora de su raza).

Y, como colofón, el mito mefítico de los orígenes, del reencuentro con los primeros cubanos. Ay, Cubay. Taínos degenerados por el pastiche de sémenes y sangres (y sífilis). Omnisciente mural de la prehistoria. Encías sin molares. La maldita circunstancia de un océano de ancianos por todas partes, incluidos los menores de treinta años (joven no ha de ser ni quien lo quiera ser...). Todo un alef o areíto arqueológico exhumado en pleno 2008 por Arturo Sotto.

Leo tanto desperdicio de actividad espiritual humana como un sinsentido contranatura. Por eso me resisto a comulgar con semejante identidad de tristezas unitarias y solitarios de remate. Me irreconozco en sus risas de camaradas. Fugo de la camada sin despedirme del vecino que me vio nacer (me voy porque me vio nacer). Leo las facciones de la locura y la pobreza machacando cualquier conato de autenticidad. Teatro de marionetas. Títeres que sobrevivieron a todo, excepto a sobrevivir sin su titiritero.

No sé. Será que practico una suerte de escepticismo de cordón (umbilical). Socialipsismo cinéfobo. Pero, a pesar de todas mis taras leeporinas, “Los Cubanos” o “Breton es un bebé” me pareció un documento excepcional: los apuntes de una ficción non-fiction que me es ajena, pero que sin duda será superior a todas las décadas de documentalismo Made in ICAIC.