sábado, 5 de diciembre de 2009

SIN ZENSURA


RENUNCIA AL RENCOR
Orlando Luis Pardo Lazo

Vi a Ernesto Pérez Chang a un par de metros de mí.

Él también me vio, por supuesto.

Casi chocamos.

Yo esquivé sus ojos sin entender bien por qué.

Él bajó la mirada a un libro que ojalá fuera una copia clandestina de mi Boring Home (con gusto ahora le regalaría la humildísima edición de Garamond).

Respiré hondo.

Reviví el 2009 en un buchazo de aire.

La locura funny de la Feria del Libro en febrero (alba ameno de las amenazas aún por venir), la tristeza marcial de marzo en una entrevista con la Seguridad del Estado (en la marcha en 23 y G por la no-violencia, vi filmado hace poco a aquel Agente Ariel que me acorraló con un Acta de Advertencia no firmada por mí), la patética epopeya dentro de un Geely particular con Yoani Sánchez despatarrada a mi lado (que en los blogs oficiales se narra ahora como mentira, como si yo no fuera su testigo), la soledad cubana que ninguna solidaridad web podrá nunca paliar, porque es un (d)efecto que emana de mí y no de ésta ni de ninguna zoociedad.

Y entonces seguí de largo por L hacia la escalinata de la universidad.

Ernesto Pérez Chang quedó a mis espaldas, recostado a la primera parada del P-6, metrobús que cada día lo devuelve a su casa en las afueras de La Habanada (lo imaginé del buró de la revista Unión a su cuarto y de su cuarto al buró de la revista Unión).

Y semejante imagen me sobrecogió.

En la esquina quise virar y decirle que por mi parte todo ya estaba bien, que cualquier disparate que él hubiera desescrito contra mí no tenía la menor importancia (de hecho, él mismo sabe que, en tanto escritura, esos panfletos de ataque no tienen la menor importancia).

Que me parecía un insulto a su inteligencia la pataleta que él publicó en La Jiribilla a propósito de mi intervención al margen de la última Feria.

Pero que desde el principio nunca lo juzgué, ni tampoco lo comprendí (supongo que Cuba sea justo ansí: injusta, ancha y ajena).

Que hay más tiempo que vida y más vida que revolución.

Y que, si no le parecía una pésima parodia de Fresa y Chocolate, ahí mismo, en el parquecito tonto de La Colina, yo estaba dispuesto a propinarnos un abrazo.

Volver al punto inicial donde estrechamos manos en la UNEAC, cuando él premió mi cuento Cuban American Beauty en el concurso La Gaceta de Cuba 2005.

Volver al placer post-cortazariano de una e-patria sin perseguido ni perseguidor: una word wise cuba.

Olvidar sus herejías anti-Heras León (a Pérez Chang esa columna se la acusaron de calumnia en Cubaliteraria, lo que me pareció una pura prepotencia editorial), y también sus ataquitos de celo con Wendy Guerra y, de paso, su inquina institucional contra Ángel Santiesteban.

Olvidar la Cuba despótica digital.

Volver, en fin, a ese sitio en que tan bien se está y que se llama libertad de expresión (incluso bajo presión).

Publicar sin pacaterías bajo ésta y cualquier bandera, que ya sabemos que no son más que iconos enconados a lo largo y estrecho de ésta y cualquier historia infranacional.

Leernos con lucidez lujuriosa y no parapolicial.

Ser más cubanos que Cuba.

Ser más revolucionarios que cualquier conato de revolución.

En la esquina quise virar y decirle a Ernesto Pérez Chang que ojalá que por su parte ya todo estuviera bien.

Pero yo había esquivado sus ojos y él bajó la mirada a un libro que tal vez nunca sea mi Boring Home.

Por eso ahora lo hago: virar a ti sin virulencias, acaso como desahogo tras tanto desasosiego en este 2009 eterno que igual ya se va volando (el último de los años cero, con suerte).

Por eso ahora lo hago, por vocación de verbo y no de barbarie en la vida (pero en el texto, no: el texto tiende a ser el territorio de lo terrible, y tú lo sabes tan trepidantemente como yo).

LATINOMATUM


EL NO SÉ CUÁNTO FESTIVAL DE CINE
Orlando Luis Pardo Lazo

A la calle. A buscar líos. A leer subtítulos mal deletreados. A hacer colas ya no tan largas de tanda en tanda (Cuba se deforesta). A madrugar desde las 10 AM hasta las 11 PM (Cuba como estado de vacaciones involuntarias). A ver películas. Ave, películas. Llegó por no sé cuantísima vez el Festival de Cine de La Habana (ciudad cinéfila de cancaneante cinética civil).

Como lector perverso, casi nunca veo películas latinoamericanas. Me voy a los márgenes bizarros. Al cine de pronunciación nunca oída. Finlandés. Noruego. Iraní. Sudcoreano. Por ahí va la cosa. No importa la calidad. Importa el desmarque. El borrón de nuestro cansado lenguaje cubano. La fotografía foránea bajo otro sol de atrezo. La edición imprevisible al punto de lo inverosímil. Los rostros nuevos. Las actuaciones frías. Los argumentos sin pacatería subnacional. En definitiva, todo un refrescamiento político en plena pantalla pública.

Debo estar muy mal (por eso estoy súper-bien). Entro en el Acapulco y salgo sniffeando drogas duras con un brillo en la mirada de filosofía zen. Me muevo por las calles invernales de La Habana con un tumbao de cámara en mano. Y la bulla de Cuba me suena a banda sonora naturalista.

Durante el Festival, vivo el cine mundial como un descubrimiento de esta misma mañana (excepto por las paleo-palabras con que Alfredo Guevara los re-inaugura una y otra vez). Durante el Festival soy un mesías iluminado en 35 milímetros (el resto del año casi todo se proyecta desde los píxeles de un video-beam). Durante el Festival el futuro es hoy. Cuba se me acomoda entre las lunetas y el celuloide, y entonces me siento un ciudadano con pasaporte planetario (incluso me siento como tal, entre la flora efímera que fluctúa desde los adolescentes impúberes hasta los exhibicionistas impúdicos).

A la calle. A buscar el tema de cualquier columna comemierdamente contestataria. A escribir sandeces bien deletreadas. A comer pizzas pésimas y perros fríos post-proletarios (Cuba se desgastronomiza). A roncar en medio de la mejor película de culto (Cuba como estado de vigilia vencida por el ajetreo). A ver películas partidas por la mitad. A olvidar enseguida nombres y título. A trocar nacionalidades y fechas (Cuba como caos cómico más que cósmico). Y, sobre todo, a votar. A votar aunque sea en ese plebiscito de utilería que se llama Premio de la Popularidad.

A ver este collage macarrónico del séptimo o septuagésimo arte. Ave, pastiche. Llegó, como si fuera por primera vez, el Festival de Cine de La Habanada: coliseo cinestésico del subdesarrollo socialista del siglo XXI (¡todos somos Sergio!).

P.D.: Por cierto, más de una vez tuve credenciales para colarme. Casi siempre fueron falsas. Fotocopias hi-tech. Y casi siempre me las quitaron por mi cara de peligrosidad pre-delincuencial.

viernes, 4 de diciembre de 2009

ORWELLANDY


FAHRENHEIT 19/59
Orlando Luis Pardo Lazo

...To read or not to read, that’s the cubestion: creo que dijo Shakespeare a nombre de su protagónico peor.

Candela al libro hasta que suelte el forro. Que Ray Bradbury sea ahora nuestro apóstol posnacional: quemar seguirá siendo siempre un placer...

Y las bibliotecas cubanas no podían ser la excepción.

He estado en ellas, sobre todo en provincia. Y son lugares verdaderamente de paz. Pax mortem.

Muchas son un remake dentro de algún salón de baile de las viejas construcciones del gobierno republicano: naves luminosas y aireadas, con olor a crayola y desinfectante de shopping revolucionaria.

Otras son pequeñas casas de placa, nichos más calurosos y claustrofóbicos, la mayoría abandonadas por sus dueños de clase media, rara vez construidas a propósito por algún ministerio bibliómano.

Por coincidencia o complot, todas las bibliotecas han sido pobladas por mujeronas atávicas. Una raza eterna, de atracción o tracción animal. Mujeronas que paren y se hacen tembas en apenas un par de años. Mujeronas que llevan su almuercito al trabajo, incluidos los cubiertos de hojalata. Mujeronas que se sientan con un porte digno de un museo de la sensualidad, y que para colmo son devotas de Hemingway y Carpentier, en una suerte de Club de Paleolectoras del XXI. Y con esos muslos a ras de saya, pendulando debajo de la madera preciosa de las mesas, es imposible como usuario atento (pero no tonto) leer.

Las bibliotecas de instituciones de nivel nacional son las más sensacionales en términos de fondos desfondados. Enciclopedias enteras he visto recoger de la basura, para después rematarlas a cinco pesos cubanos el tomo. No hace falta abundar en ejemplos. Ni siquiera critico esta indolencia libresca. Supongo sea otra manera de hacer circular los textos entre la población más pobre cubana.

Allá en la República retórica de Ciego de Ávila, el buenazo de Félix Sánchez (parece que este apellido es cíber-problemático), hombre humilde de honor y escritor esforzado durante eones, sigue pinchando en los pespuntes podridos de nuestra realidad irreal. Lo conocí en el 2007 como un intelectual de capa y espada, cuya memoria se resistía a ceder ante los crótalos de la nada local. Me pareció un tipo con más información y biografía que muchos que disponen de free internet tras un docto buró bibliotecal. Era un sobreviviente de la barbarie bajo el sol ávido de segarnos (y cegarnos) el cráneo. Un Ave Félix, cuyas cejas en hondo arco interpreté como un tatuaje noble de la tristeza rural.

A falta de futuro fáctico, este Sánchez fabula con los fósiles del pasado (calculo que tendrá una veintena de libros cubanos). Pero esa materia prima poco a poco también es borrada, casi sin querer, por las resoluciones ríspidas de nuestra política cultural. A falta de espacio, pulpa. A exceso de polillas y hongos (y escasez de combustible y aclimatación), un vertedero de barrio donde el pueblo en democracia discreta distribuirá los libros desechados.

Tampoco es un cuadro dantesco. Es más bien armonioso. Es puro acto sincero, sin intenciones orwellianas de emborronar la historia inconfesable de la Revolución. Nada de eso. A estas alturas ni siquiera queda nada ya que borrar. Deshabitamos el día a día y punto. El mes pasado es la Prehistoria: nunca estuvimos del todo allí. El mundo allá afuera es un inicuo imposible (realidad virtual por cable clandestino o en una cuenta pirateada): nunca estaremos del todo allí. Por eso no hay crimen al cremar hoy los libros, sino sólo flatulenta felicidad al evaporar colecciones completas que igual serían intraducibles a nuestro argot infranacional.

A falta de blog, cubarte. Así que, para colmo de bondades, Félix Sánchez circula por correo electrónico monitoreado sus alarmas sobre lo que él intuye que sería una manipulación mnemésica Made In Cuba: la pérdida del colchón bibliotecal. Entonces el sumo sacerdote Eduardo Torres Cuevas salta como un tigre talibán contra nuestro samurai ciego de Ávila. Y lo hace trizas estadísticamente. No sin razón rabiosa, por cierto. Porque otra vez no ha habido mala intención. Hay apenas disciplina de mujeronas que almuerzan y pasan cursos gratis de superación. Hay funcionalidad a ultranza. Hay un presente impertinente y pertinaz. Pretérito, ¿para qué?

En lo personal, a los escritores cubanos les recomiendo no asistir nunca más a ninguna biblioteca del mundo. El dolor o el dolo histórico en ninguna parte nos dejará leer desde el placer y la libertad. La ficción no necesita documentarse para ser verosímil. Para narrar basta con la corteza cerebral, esa delgada capa de mentiras impresionistas bajo presión política al límite. De lo que se trata es de narrar en el mar: borrón y cuento nuevo. Un escritor tiene el deber estético de no investigar (Padura, perdón; Daína, discúlpame, Zoé, lo siento; Heras, soy un hereje): saber demasiado en narrativa implica traicionar a nuestra más instintiva imaginación.

Por eso leo la columna del cuentista y novelista Félix Sánchez con el relajamiento de quien consume un relato genial. Por eso leo la columna del estadista Eduardo Torres Cuevas con la resignación de quien consuma una sentencia judicial. Sospecho que a ambos, en tanto creadores cubanos, les falta humor negro y les sobra rigor mortis.

...And the rest is dissidence: creo que dijo Hamlet a nombre de su autor o acaso de la autoridad.

jueves, 3 de diciembre de 2009

A DÍAS DEL DIEZ


DICTADO DE DICIEMBRE
Orlando Luis Pardo Lazo

Diciembre se anuncia solo.

En el patio de tierra, allá atrás donde ya casi nunca voy, ahorcadas en un palo podrido de naranja agria y santanillas, las orquídeas violetas florecen violentamente tan pronto como empieza este mes.

Permítanme repetirlo.

Es un inicio hermoso como el clima de Cuba ahora.

Diciembre se anuncia solo.

Mi madre comienza con sus crisis de enfisema y su sobremedicamentación. Siempre cree que este invierno se va a morir. Supongo que ya nunca tendrá razón. Tiene 73 años y es lo único que mantiene en pie las tablas de esta casona con comején.

Yo rompo a estornudar puntualmente al rayar el alba. Casi no duermo de madrugada. Me pongo insomne, híperexcitable, acaso muy hermoso también, como una oración nueva.

Recorro de punta a punta mi caverna querida de Fonts 125, donde culmina la curva de Beales y se desbarranca la escalinata de Córdoba. En mis ojos, el oro de un destello delirante del tigre que pude ser. Murmuro cosas incomprensibles. Maúllo dolores mínimos. Me rasco la cabeza. Tengo el pelo largo y enmarañado, con las puntas achicharradas por el sol suicida de la post-patria. Me huelo los dedos y me acompaño un poco así. Me toco el resto del cuerpo. Estoy vivo, soy yo casi sin ropas. No reconozco ni a mis propias palabras y, tal vez por eso, vigilo a los míos mansamente dormir. Con cautela de criminal.

Estoy abandonado a mi suerte en Lawton. Todos se han ido y se olvidaron del hermanito menor, del idealista idiota que cada noche muta en un cíclope de siete leguas que se aferra a su lengua para sobremorir. Quiero decir y no sé para qué. Quiero conectarme y no sé con quién. Intento oír la respiración de la noche cubana, pero ni el menor sonido me da un indicio de que a esta hora exista allá afuera un barrio, una ciudad, un país, una historia y un conato de irrealidad. Vaho de vacío. Habanada, paisaje lunar no tan desierto como desertado. Belleza a pulso, por impulso. Un lujo luctuoso.

Camino del televisor a la laptop y luego al revés. Tecleo. Las retinas me arden de tanta retórica rota. La barba se me inflama de canas y también de un rojo medio escandinavo. Mientras pienso en nada me voy arrancando pelos de la barbilla. Son también largos y enmarañados. Pelos impúdicos, imprecisamente púbicos, procazmente preciosos. Es una costumbre de universitario, un tic nervioso o un don de depilación. Sin pensarlas, sin presionarlas, sin prisa, las ideas vienen inverosímiles al punto de lo intolerable para esta Cubita fofa y pacata del año 2010.

Permítanme repetirlo.

Es una fecha devastadora.

El año 2010.

Juro por mi cordura sin cuerda que hace dos décadas decadentes yo ya estaba aquí. Tú, no sé. Juro que jugaba entre estos mismos muebles mullidos. Con un miedo sin nombre a los años noventa. Temblando ante la posibilidad de enfermarme y morir (de hecho, en el verano de 1992 me enfermé y casi morí). Con un pánico político atroz. Infiel. Enamorado de todo y sin una pizca de amor. Testigo de excepción en este escenario excelente para el genio y la autodestrucción.

Juro que te estuve esperando eones. Por ti soporté la vulgaridad venática de la Revolución. Yo quería encontrarte aquí. En estos páramos urbanos donde todo es residuo imposible de reciclar. Yo quería que fueras tú. No nadie más. Tú entonces, aquí. Pero nunca llegaste o simplemente me cansé demasiado pronto para darme cuenta de que aún podías ser tú. Y alguien más.

¿Qué nos queda?

¿Quién nos timó de manera tétrica y total?

¿En qué latón de sancocho se pudre la memoria del relato que debimos protagonizar?

¿Existe algún significado secreto o es sólo la barbarie a secas?

Entra frialdad desde el jardín: rosas raquíticas y una plumeria sin plumas y una fila india de brujitas en flor (incluso nuestra geografía de herbario es estática). El techo gotea de tanta humedad. Huele a invierno de infancia. Igual avanzo descalzo. De ahí luego la coriza contumaz. De ahí después la tos seca del abuelo que nunca tuvo nietos porque no tendrá hijos tampoco. 1971 o la esterilidad en los tiempos del Estado. Se me crispa de frío la piel. 2010 o el escepticismo en los tiempos del coolera. Soy eso, seré el abuelo cadáver que por suerte no conocí.

El día 10 es mi cumpleaños.

Ningún ritual compensa la nada. Todo es místico y mortecino. Hace falta un buen chorrazo realista de luz. Cuba es opaca. Los objetos hoy me pesan toneladas en la mirada. Cuba compacta. Estoy excitado, como de costumbre. Sé que es un efecto efímero y fenomenal. Fuera del tiempo. Teclear en diciembre es afrodisíaco. Falodisíaco. Si estuviéramos vivos me encantaría invitarte, involucrarte, intimidarte, intimar. Sé que es un defecto de fábrica. Sé que sobreviví sin querer. Perdóname, por favor. Sé que mi desnudez tiene menos de deseo que de desvalimiento. Toda mansión funciona mejor como una morgue natal. Sé que no estuve aquí. Y lo tecleo.

Permítanme repetirlo.

Es una cifra redonda de remate.

El 10.

¿Cómo se nos emputeció el placer?

¿A dónde huyeron todas las bocas y manos?

¿Cuándo dejamos de leer los cuerpos crípticos de los cubanos?

Una verdad repetida mil veces se nos convierte en mentira. Esa llamarada ética nos cauterizó. ¿De qué hablo? ¿Estás todavía ahí?

La claustrofobia explota por su eslabón más tierno. La maldad se alivia por su entrepierna menos perversa. ¿De qué quieres que yo te hable? ¿Crees que estoy todavía aquí?

Es la hora sin hora de la medianoche. Es el amanecer. Anochece. Todos los abusos horarios se empinan y se clavan muy hondo en mí. Soy Cristo en la Crisis. Estallo. Calvario decúbito. Aura de lucidez. Lubricidez. A falta de sentido, que sea al menos la fiesta de los sentidos. Sema asignificante del XXI. Semen de simulación del XX. Ecos huecos del origen del universo. Fiasco, asco. No tanto Big Bang como Big Bodrio. Vértigonanismo de letras ilegibles en grumos blancos. Fonía libre de los fluidos. Pantalla en blanco, cerebro en off, fotos fósiles del instante intenso que se destruye siendo. Un quejido de cuerda vocal quebrada. Desafinada, desafecta. Y otra vez el spray de ese olor salvo, intecleable, goloso y galáctico. Y así mismo lo sobretecleo: salvo, intecleable, goloso y galáctico, a la par que mis dedos van tatuando de rocío oleoso los caracteres de la laptop. Lactop.

Diciembre se angustia solo.

Permítanme no repetirlo.

lunes, 30 de noviembre de 2009

LA NOVELA DE LA ANTENA


DEL AMAURY Y OTROS DEMONIOS
Orlando Luis Pardo Lazo

Al mejor estilo de un novelón mágicoamericano de García Márquez adaptado a la radio de Miami por Félix B. Caignet, el cantautor cubano Amaury Pérez Vidal confiesa sus secretos de alcoba mejor guardados de la mirada mutilante de la Revolución.

Fue una entrevista linda. Un ejemplo egregio de diplocracia. El periodismo post-cubano por el que acaso hay periodistas locales aún en prisión. Preguntas incómodas y no de mera farándula, tal como las prefiere Amaury y también el resto de los cubanos: si bien dentro de nuestras fronteras geográficas esta práctica esté prohibida por pre-peligrosidad.

Amaury es un ser sancto y lo digo sin ironías, supongo. Firma por teléfono una carta de corte criminal para evitarnos el holocausto Made In Bush. Se desayuna y a la misma vez sospecha de Yoani Sánchez (tal vez como agente CIA o del G-2 o de ambas agencias de intolerante inteligencia). Juega al wordzap en vivo con nuestro voCUBAlario especial de guerra en tiempos de paz: de la revolución al gobierno al régimen a la dictadura.

Amaury es un ángel desde la Era de la Comunidad. Ha viajado entre La Habana y Miami privadamente mil y una vez, con esa facilidad feliz de quien está más allá del Permiso de Salida del MININT y de las Visas USA vomitadas en Washington. Amaury es una rara amauris migratoria: amiguitos, vamos todos a viajar, porque tenemos el corazón falaz, falaz... Amaury es un memorándum fósil del futuro. Con patente de corso para denunciar al enemigo que en Cuba hay falta de libertad y encima sobrevivir en el peorformance.

Así, nuestro hombre en los medios narra un momento nuevo internacional, incluso a despecho de la línea vieja del periódico partidista Granma Internacional. Así, nuestro hombre en Juanes habita una suerte de Jauja en medio de la jauría que insiste imbécilmente con los actos de repudio a cada orilla del Estrecho de La Floridabana. Así, nuestro comediante Delante de la Fachada hereda aquel slogan saponífero que Iris Dávila redactara como consuelo comercial de los cincuenta: hay que tener fe que todo llega.

Amaury es una metáfora del Miami de hoy (¿ciudad preciosa?) en tanto asignatura pendiente que el MINED no se atreve a impartir como una prolongación de Cuba y un pedazo de nuestra historia. Amaury en el País de las Maravillas deviene mesías de la reconciliación transnacional y también es la amenaza de una ola invertida de balseros hacia la Isla. Su Proyecto Vidal no necesita recoger ni diez firmas para mutar el canon de la Constitución cubana. Su sinceridad de niño cogido en falta es de un bitonguismo conmovedor: hasta reconoce tener ilegal una antena por la que otros cómplices sufren multas y cárcel en La Habana de hoy (¿ciudad prisión?).

La verdad amáurica como un escudo áureo debería servir de escusa para que otros intelectuales en Cuba verbalizaran sus respectivas versiones de la verdad. Más allá de las medidas enérgicas eternas del último medio siglo, Pérez podría ser la cabecilla de playa de algo así como la Revolución de las Entrevistas. Change: yes, we can Vidal!

El próximo capítulo de este radionovelón de Caignet Márquez ya se rumora que será grabado en pleno corazón de La Rampa, cuando Manolín El Médico de la Salsa reaparezca en una Mesa Redonda del canal Cubavisión, haciendo su Mea Cuba entrevistado por Enrique Ubieta, actual director del tabloide no tan democrático como democromático La Calle del Miedo.

Hasta entonces, no hay mucho más que añadir a esta saga mitad sagaz y mitad soez. Aún sin tener fe, parece que igual todo tiende a llegar.

¡Retóricolucionarios del periodismo mágico, uníos!