sábado, 9 de enero de 2010

RUN FORREST RUN


PALABRA SUELTA Y CARRETERA
Orlando Luis Pardo Lazo


Viajar.

Contar unos cuantos pesos cubanos y salir a la carretera a coger botella. Las Ocho Vías son un conato de concreto para paliar nuestra afasia de libertad.

Viajar. Salir de La Habana. Todo desplazamiento en un plano es un gesto de reafirmación personal (lo dijo un Premio Nóbel exiliado de la ex-CCCP).

Te parqueas temprano en el Punto de los Amarillos, y confías en que uno de esos inspectores del Estado pare algo por ti. Un carro, una carreta, un camión. Cualquier cosa con tal de escapar.

Viajar hacia ninguna parte. Viajar por el placer puro de romper la inercia. Y para pretender, al menos durante el viaje, la aventura de una nueva deslocalización.

Viajar para devenir nube cuántica de electrones libres: ecuación nada ecuánime, onda de probabilidades remotas de recuperar las ganas de habitar este otro país (Cuba como otredad, La Habana como redundancia).

Te montas en la cama de una rastra y dejas que el aire te anime.

Los kilómetros pasan. La vegetación permanece. El olor mejora: hierba, humo, heces de animal... El color se hace único en el planeta: un verde amarillo a ratos requemado por el tedio improductivo de la vegetación.

Cruzas líneas geopolíticas imaginarias: fragmentos de provincias que hablan la misma lengua y desconfían del mismo dios. Los carteles son innecesarios: tampoco queda ya nada para nombrar (Cuba como gentilicio incognoscible). Las pancartas políticas prometen por penúltima vez lo óptimo: mientras más difunden la buena nueva del desarrollo, más se difumina su cubangelio.

Viajar para tirarte cerca del paraje que te motive más. Una cordillera de colinas, los restos de una represa, un puente impresionante, una vaquería o un marabuzal, un pantanito en plan de desecación, unas canteras abandonadas a la erupción del manto freático, una Ciudad Nuclear que se quedó desfasada en la Mecánica de Newton (pero sin manzanas), circunvalaciones en su momento consideradas prodigios futuristas de ingeniería (hoy apenas rotondas rotas), gente de biología variopinta e ideología mimética, revendedores de todo en las cunetas, puntos de control permanentes de la policía pan-nacional, y un etcétera étnico que entusiasma enseguida hasta a nuestra inicial depresión.

Viajar para matar el tiempo. Para asustarnos de la distancia impulsiva de nuestra intrepidez. Para frenar en seco en algún recodo. Para ponernos nerviosos en Nowhereland. Para planear de inmediato el regreso. Otra fuga en sentido inverso, en círculos crónicos. Viajar para viajar vuelta atrás.

Con unos cuantos pesos cubanos de menos. Las Ocho Vías como expiación narrativa (o, mejor, nadativa) de nuestro estado absoluto de habananidad: ciudad que nunca del todo nos mata, ni tampoco nunca nos deja del todo de matar.

2 comentarios:

Omar dijo...

Viajar para quedarnos en el mismo sitio, con o sin dinero en los bolsillos; seguir camino adentro y no regresar nunca.

Travel Jakarta Bandung dijo...

Very Nice Post here

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