martes, 12 de enero de 2010

WORLD WIDE WENDY









DEAR WENDY
(tomado de la revista
Encuentro de la Cultura Cubana
51/52, pp. 250-251, 2009)
Orlando Luis Pardo Lazo

La literatura cubana padeció un siglo XX fundamentalmente fundamentalista. Una Era no tan represiva como reiterativa, donde el verbo de orden era fundar. Fundar catedrales en el futuro, barrotes barrocos de los grandilocuentes sistemas poéticos y políticos. Fundar pinos nuevos que jamás den su tronco a torcer: la fidelidad como justificación ética de la intolerancia. Fundar un destinorigen para la República de las Letras Cubanas, y desde allí parapetarse en una muralla moral contra la decadencia y la desintegración (el límite marcado por el alambre de púas de una-y-sólo-una tradición nacional). Fundar un feudo, aún a riesgo de terminar fosilizados dentro de sus coordenadas: un precio asumido como un mal menor. Nada de jueguitos, experimentos esperpénticos, y mucho menos fugas de la patria raigal (radical). Nada de superficialidades más allá del corcho constituyente de nuestra plataforma insular.

Por suerte, la literatura es algo demasiado serio para dejarla en manos de los literatos. Hay que negar y, de no ser mucha molestia, re/negar de Lo Cubano en tanto mayúsculo cliché. Remar en contra de la cordura consensuada es ya un primer síntoma crítico de salud. Y justo en uno de esos oasis paraliterarios me refresca la narrativa de Wendy Guerra (La Habana, 1970), actriz jpg y poeta traviesa que, a contrapelo de su generación, coquetea con poses de enfant terrible del verso leve a la novela ingrávida (helio versus heroicidad), en una apuesta pop por desmarcarse de esa tentación tórrida llamada la Gran Novela Histórica de la Revolución (desde Alejo Carpentier hasta Jesús Díaz, todos nuestros novelistas “serios” sucumbieron al mismo bluff estético).

Tras su primera ficción o diario (Todos se van, Bruguera 2006), Wendy Guerra sigue aferrada a su prosa como un surfista a la tabla de flotación. A golpes de desenfado intuitivo, en Nunca fui primera dama (Bruguera 2008) ella pulsa ciertos acordes disonantes que deconstruyen cualquier ilusión de epopeya perpetua. Para mí, lector perverso, son desmarques simbólicos suficientes para oxigenar una atmósfera tan provinciana que aún duda si publicar o no estos libros en Cuba.

El tono a ratos ñoño de Wendy Guerra es lo de menos (supongo que esto forme parte de su candor glam, como la tinta rosa de la portada). La tendencia a lo sentimental en sus argumentos y cartas tampoco debe importar demasiado (acaso sea un guiño de marketing para explicitar que la narradora es mujer). Y los tópicos típicos al final le quedan bien dosificados en un espacio narrativo banal que por momentos deviene bizarro. Así, en esta sinuosa alternancia entre pasto común y visión individualísima, Nunca fui primera dama se deja poseer con la tentación tímida de una virgen naif.

Y es que la novela está en otra parte. A los efectos de la memoria emotiva, lo significativo son esos momentos impredecibles que se articulan como trampas de intensidad. Mamar leche imaginaria de la tetilla de un hombre, como paliativo contra la jornada laboral materna o quizá el exilio. Deshabitar en una familia de solitarios a trío, entre libros forrados con las máscaras mudas del miedo en la dictadura del proletariado. Posar inocentemente desnuda ante el Ché en la intemperie de los años sesenta. Hacer catarsis radial en una emisión sin censura a lo largo y estrecho de la madrugada cubana. Fornicar en Francia con su uniforme de pionerita, en una orgía gimnástica para consumo exclusivo de dos (y también para todos nosotros, los voyeurvivientes), lo que a la postre resulta en un episodio de Edipo-Rev. Hacer zoom-in con una cámara oculta a la alcoba vacía del Máximo Líder: ¿primeros flashes para una biografía de la cópula en la cúpula verde oliva? Dialogar a través de un televisor amnésico con el Poltergeist del propio Premier. Un suicidio ante nuestras narices que se nos impone desdramatizado y distante, brecha brechtiana que excluye casi hasta al narrador(a). La primera muerte de Fidel en el verano octogenario de 2006: una asignatura pendiente a relatar sin metáforas ni alegorías por nuestra impericia intelectual (el peligro nos paraplejizó). Miami como un espejismo de la espera sin esperanzas en La Habana. Y algunos más. Son sólo ejemplos de la materia prima con que Wendy Guerra despliega la baraja fragmentaria y antinovelesca de Nunca fui primera dama.

Ella, que nunca fue primera nada. Y a quien, por desidia o envidia, el impúdico público ya le ha dicho de todo: nieta díscola de la Revolución, retratista del desencanto, chica chic, practicante coqueta y frívola del glamour (cabeza rapada, sombreros de bolas, medias a rayas por las rodillas, agua de flores y velas de vainilla al despertar, poemas con sándalo y un escandaloso paraguas así en una tumba parisina como en una boutique habanera). Ella, puteada en los web-comentarios pacatos de quienes día a día emputecen hasta el lenguaje: machitos locales o deslocalizados que le hacen la guerra a Wendy en lugar de hacerle el amor (leen sin libertad ni libido). Ella, de la entrevista light a las luces de la pasarela, lejana como Cuba (aquí te tengo), que nunca será primera en nada y que, justo por eso mismo, escribe de espaldas a todo funambulismo fundamentalista literárido.

Sospecho que es un privilegio contar con una escritura post-cubana así. Esta no/vela no se arrodilla a beber del manantial patrio de nuestros textos canónicos (a pesar de estar partida en dos por el eje fálico de la nostalgia cubanesca), sino que acaso se salpica con la saga fresca de una Françoise Sagan: ¿Buenas Noches, Tristeza? Cada capítulo se entiende mejor como el post de un blog bloqueado que es su propio nombre de guerra en tiempos de paz (wendy.war.world). Son textos esquivos y equívocos, exilados en Gris Menor pero con pasaporte rouge nacional. Prometen de todo para cumplir con muy poco (es la base de la seducción). Narcisismo al punto del morbo, sin el tedio moroso de ese corsé de fuerza que los teóricos llaman una “alta factura”.

Por el contrario, Nunca fui primera dama es pura ropa interior: un hilo lingual. Graffiti con creyón de labios sobre un espejo manchado por el excesivo azogue y azote de Lo Histórico (esa mala mayéutica que a tantos creadores castró). Piel próxima y precaria, la política a ras de lo privado, la palabra íntima gimoteada como performance en plena plaza. Partitura silente, rapto raro, parto sin pujos, pacto pacífico de la página o una bandera en blanco. Acto museable en el mausoleo de una epoquita sin épica. Relato que escapa, en fin, entre las alambradas tiránicas de una-y-sólo-una tradición ahora ya en fase terminal.

Lo siento. No tiene sentido ocultarlo: me encanta este libro en rosa de Wendy Guerra. No hay que ser escritores de culto para ser libres.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Oh, tu Dios del esnobismo, qué deparas al vulgar terrenal. Qué pretendes. ¿Eres sólo un vacio mental o el intento de construirse una leyenda propia?

Anónimo dijo...

Nada, mijo:
1: Wendy es su socita, y OLPL siempre habla bien de sus socios y mal de los demás.
2: Está haciendo una ruficaballerada, o sea, yéndose con la podría respecto a Wendy, sólo para hacer olas.

Omar dijo...

Hay que leer a Wendy. Y es cierto, la literatura es demasiado seria como para dejársela a los literatos.