jueves, 29 de abril de 2010

DISIDENTES SA


LA LUCHA POR EL ALMA DEL ISLAM (1993)
Salman Rushdie

Las siguientes noticias proceden todas del primer semestre de 1993.

En el Pakistán, se dice que un poeta anciano, Akhtar Hameed Khan, de 78 años, ha dicho que, aunque admira a Mahoma, su auténtica inspiración es Buda. Él niega haberlo dicho, pero no obstante es acusado por los ulemas de blasfemia. En 1992 fue detenido por insultar a los descendientes del Profeta escribiendo un poema sobre animales que los fundamentalistas dijeron tenía significados ocultos y alegóricos. Consiguió rechazar la acusación, pero ahora, una vez más, su vida está en peligro.

En Sharjah, uno de los Emiratos Árabes Unidos, un grupo teatral indio, que en 1992 interpretó una obra llamada “Hormigas comedoras de cadáveres”, considerada blasfema, y fue condenado a 6 años de cárcel por blasfemia, apeló contra la sentencia. Algunos miembros del grupo fueron absueltos, pero la condena de uno de ellos aumentó a 10 años, y el tribunal de apelación confirmó la pena de 6 años de otro.

En Estambul, uno de los periodistas laicistas más respetados del país, Ugur Mumçu, fue muerto a tiros en la calle. Fundamentalistas turcos reivindican el ataque, y el gobierno de Turquía dice que tiene pruebas que relacionan a los asesinos con el Iraq. El ministro del Interior, Ismet Sezgin, dice que por lo menos tres de los asesinatos han sido realizados por un grupo llamado Movimiento Islámico, cuyos miembros han sido adiestrados en técnicas de asesinato “en un centro oficial iraní, situado entre Teherán y Qom”.

En Egipto, los asesinos que en 1992 asesinaron al distinguido pensador laico Farag Fuda están siendo juzgados actualmente; sin embargo, las bombas y los asesinatos de los extremistas continúan.

En Argelia, el escritor Tahar Djaout es uno de los seis laicistas asesinados en una juerga asesina por lo que las fuerzas de seguridad llaman “terroristas musulmanes”.

En Arabia Saudita, cierto número de distinguidos intelectuales forma el primer grupo de Derechos Humanos del país. En un plazo de días, muchos de ellos son expulsados de sus puestos, incluidas cátedras universitarias; muchos son detenidos y encarcelados. Está pendiente su juicio.

En Egipto, el profesor Nasr Abu-Zeid, que enseña Literatura en la Universidad del El Cairo, es acusado de apostasía por sus críticas de los islamistas. Los fundamentalistas piden a los tribunales que disuelvan el matrimonio del profesor, ya que es ilegal que una musulmana esté casada con un apóstata. La alternativa sería que su mujer fuera lapidada por adúltera.

En Turquía, 36 escritores, bailarines, músicos y artistas laicistas, congregados para una conferencia en la ciudad de Sivas, mueren en su hotel, quemados por una turba de fundamentalistas islámicos que los acusa de ser ateos y por consiguiente, desde el punto de vista de los fanáticos, merecen ser quemados vivos.

Estados Unidos se ha familiarizado recientemente de manera harto dolorosa con la naturaleza de los santos (o, mejor, nada santos) terroristas del islam. El cráter que hay bajo el World Trade Center y el descubrimiento de un complot para hacer estallar más bombas gigantes y asesinar a destacadas figuras políticas, han mostrado a los estadounidenses lo brutales que pueden ser esos terroristas.

Ese, y otros casos de terrorismo islámico internacional, han conmocionado a la comunidad mundial; mientras que los casos de terrorismo interno anteriormente enumerados han merecido una “parte de la mente” del mundo demasiado escasa. Me gustaría sugerir que ese desequilibrio de nuestra atención representa una especie de victoria del fanatismo.

Si la veta peor, más reaccionaria y más medieval del mundo musulmán es tratada como auténtica cultura, de forma que los terroristas y los ulemas consiguen todos los titulares, mientras que las voces progresistas y modernizadoras son tratadas como de poca importancia, marginales y “occidentoxicadas” (noticias breves), se está permitiendo que sea el fundamentalismo el que fije el programa.

La verdad es que se está librando una gran lucha por el alma del mundo musulmán y, a medida que los fundamentalistas crecen en poder y falta de piedad, esos hombres y mujeres valerosos que están dispuestos a enfrentarse con ellos en una batalla de ideas y valores morales, se están convirtiendo rápidamente para nosotros en tan importantes de conocer, comprender y apoyar, como en otro tiempo solían ser las voces disidentes de la antigua Unión Soviética.

También el Estado terrorista soviético denigraba a sus adversarios como totalmente occidentalizados y enemigos del pueblo; también arrebataba a las mujeres de sus hombres en plena noche, como quitaron a Nadezhda al poeta Osip Mandelstam. No culpamos a Mandelstam de su propia destrucción; no lo culpamos por atacar a Stalin, sino, con razón, culpamos a Stalin de su estalinidad. Con ese mismo espíritu, no caigamos en la trampa de culpar a los teatreros de Sharjah por sus hormigas que parecen un tanto macabras, ni a los laicistas turcos de “provocar” a la multitud que los asesinó.

En lugar de ello, deberíamos comprender que el laicismo es ahora el Enemigo Número 1 de los fanáticos, y su más importante objetivo. ¿Por qué? Porque el laicismo exige una separación total entre Iglesia y Estado: filósofos como el egipcio Fuad Zakariya aducen que sólo puede haber sociedades musulmanas libres si se observa ese principio. Y porque el laicismo rechaza la idea de que alguna sociedad del difunto siglo XX pueda considerarse “pura”, y aduce que el intento de purificar el moderno mundo musulmán de sus inevitables hibrideces conduciría a una tiranía igualmente inevitable. Y porque el laicismo trata de historizar nuestra comprensión de las verdades musulmanas; considera al islam como un acontecimiento dentro de la Historia, no fuera de ella. Y porque el laicismo trata de poner fin a la represión de las mujeres que se instaura cada vez que los islamitas radicales llegan al poder. Y, más que nada, porque los laicistas saben que un Estado-nación moderno no puede construirse sobre ideas que surgieron en el desierto de Arabia hace más de 300 años.

Las armas utilizadas contra los disidentes del mundo musulmán son en todas partes las mismas. Las acusaciones son siempre de “blasfemia”, “apostasía”, “herejía”, “actividades anti-islámicas”. Se considera que esos “crímenes” “insultan las santidades islámicas”. La “ira del pueblo” así suscitada se hace “imposible de resistir”. Los acusados se convierten en personas “cuya sangre es impura” y, por consiguiente, merece ser derramada.

La escritora británica Marina Warner me señaló una vez que los objetos asociados con la brujería (un sombrero puntiagudo, una escoba, un caldero, un gato) se habrían encontrado en posesión de la mayoría de las mujeres durante las grandes cazas de brujas. Si esas eran las pruebas de brujería, todas las mujeres eran potencialmente culpables; sólo hacía falta que dedos acusadores señalaran a una y gritaran: “¡Bruja!”.

Los estadounidenses, al recordar el ejemplo de la caza maccartista de brujas, comprenderán fácilmente lo potente y destructivo que puede ser aún este proceso. Y lo que está ocurriendo hoy en el mundo musulmán debe considerarse como una caza de brujas de proporciones excepcionales, una caza de brujas desarrollada en muchos países y a menudo con resultados asesinos.

De modo que la próxima vez que se tropiecen con una historia como las que he repetido aquí, quizá una historia escondida en la parte inferior de una página interior de un periódico, recuerden que la persecución que describe no es un hecho aislado, sino parte de un programa deliberado y letal, cuya finalidad es criminalizar, denigrar e incluso asesinar a las voces mejores y más honorables del mundo musulmán: sus voces disidentes.

Y recuérdese que esos disidentes necesitan de nuestro apoyo. Más que nada, necesitan de nuestra atención.

1 comentario:

Roberto dijo...

Lastina que este comentario no aparezca en páginas de primer órden a nivel internacional
Realmente estamos asistiendo a una guerra religiosa de baja escala
Europa siempre tan confundida en sus complejos de culta y culpable de lo que le pasa al mundo de sus colonias no logra tomar conciencia de la gravedad de la situación
Debemos solidarizarnos con quienes, bajo el Islam, lucha por una sociedad libre y democrática