domingo, 11 de abril de 2010

ENA O UNEAC: PENDIENTE LA RÉPLICA DE ERNESTO PÉREZ


Tomado de Martí Noticias
A. de Armas

Ena Lucía Portela, La Habana, 1972. Licenciada en Lenguas y Literaturas Clásicas. Ha publicado las novelas El pájaro: pincel y tinta china (1999), traducida al italiano; La sombra del caminante (2006); Cien botellas en una pared (2002, Premio Jaén de la Caja de Ahorros de Granada, España, y Prix Deux Océans-Grinzane Cavour 2003, Francia), traducida al francés, portugués, holandés, polaco, italiano, griego, turco e inglés; y Djuna y Daniel (La habana, 2007, y Barcelona, 2008).

Ha publicado además los volúmenes de cuentos Una extraña entre las piedras (1999) y Alguna enfermedad muy grave (2006). Su relato El viejo, el asesino y yo fue galardonado con el Premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional en 1999. En mayo de 2007 Ena Lucía resultó seleccionada entre los 39 escritores menores de 39 años más importante de América Latina.

Su obra se estudia ya en la Universidad de Madison en Wisconsin, en la City University of New York, en la Universidad de California, LA, en la Sorbona, en Leyden, en Gotemburgo, en la Universidad Hebrea de Jerusalén y en la Universidad de Kansas, y reseñas sobre sus libros han aparecido, entre otros, en periódicos y revistas como Le Monde, Libération, Le Humanité, Le Figaro, Telerama y La Femelle du Requin.

Joven, triunfadora a una edad en que muchos autores publican, con suerte, sus primeros textos, dotada de una belleza a un tiempo decimonónica y moderna, marcada por un halo, hado trágico, poseedora de un humor fino y cortante, es también una mujer que no tiene miedo, o, mejor, que no tiene nada que perder, según declara, y por lo mismo rebelde, rebelde con causa, o por muchas causas.

Consecuente con esa rebeldía, consecuente con ella misma, ha firmado el documento OZT: Yo Acuso al gobierno cubano, signado hasta el presente por más de 40 mil personas en el mundo, entre ellas personalidades como Fernando Savater, Zoé Valdés, Pedro Almodóvar y Herta Müller, Premio Nobel de Literatura 2009. Convirtiéndose así en el primer miembro de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) que firma la petición de liberación de los presos políticos en Cuba y el respeto a los derechos humanos, desmarcándose de la línea de dicha organización que, el 16 de marzo pasado, en un comunicado publicado en el diario oficialista Granma rechazó la campaña de condena al régimen cubano por la muerte en huelga de hambre del disidente Orlando Zapata Tamayo.

MN. ¿El rock, el mundo del rock, ha influido en tu obra?

ELP. Pues quién sabe. A fines de los años ochenta, cuando yo era una adolescente, pelúa y extraflaca, frecuentaba el Patio de María, tenía mogollón de amigos "frikis", que son los rockeros cubanos, y le descargaba a la cosa metálica bien estridente y feroz. Sex Pistols, por ejemplo, fue para mí un gran descubrimiento. Así que supongo que de alguna manera toda esa bullangaranga haya influido en mi narrativa. Cómo, cuándo y dónde, no podría precisarlo. Siempre he sospechado de los escritores que parecen demasiado conscientes de sus influencias, tanto literarias como vitales en general. Ahora el punk me sirve para defenderme de mis vecinos, quienes suelen poner unos reguetones horrorosos en el máximo de volumen, lo cual me fastidia enormemente. Así que les pongo algún disquito de Porno para Ricardo a todo meter y acabo con ellos, je je. Es muy gracioso cómo la banda de Gorki Águila les provoca un efecto similar al de una orquesta sinfónica interpretando a Arnold Schönberg: aplastamiento total. Poco a poco se baten en retirada, yo dejo de torturarlos, y ya está. Lo malo es cuando viene el apagón y nos fregamos todos, pues ahí sí ya no hay ni reguetones ni Gorki ni un bledo, nada para nadie.

MN. ¿Y lo oscuro de la condición humana, cómo ha determinado tu obra lo oscuro de la condición humana?

ELP. Hablo del apagón y enseguida me preguntas por lo oscuro, lo cual me trae a la mente aquel merengue dominicano, o plena portorriqueña, no recuerdo bien, que decía, muy filosóficamente: "En lo oscuro metí las manos…/ en lo oscuro metí los pies…" Lo oscuro me interesa bastante, pero no lo asocio con lo malo o diabólico, sino más bien con lo irracional, lo instintivo, lo atávico, ese lado bestia que tenemos todos los seres humanos y que cada quien controla (o no) como bien puede. Creo que las historias más interesantes, trágicas o cómicas o meramente dramáticas, proceden de la oscuridad en pugna con la razón. Y creo que es preferible, al menos para mí, sublimar mis oscuridades a través de la literatura y no perpetrarlas en la vida real.

MN. Tú que eres hoy por hoy una de las autoras cubanas más conocidas en el exterior, múltiples veces premiada, traducida y estudiada en universidades del mundo, parece por otro lado como si no existieras para la crítica en Cuba. ¿Qué sucede con eso, el clásico no ser profeta en tu tierra, o, peor, no ser amada por los profetas de tu tierra?

ELP. Profeta ciertamente no soy, ni en mi tierra ni en la de nadie. Amada sí, por las personas a quienes amo, en cuya nómina no figura ningún profeta. Años atrás, cuando aún no me había metido de lleno en el "insilio", me quejé un par de veces de la falta de atención en Cuba. Ya no me quejo. ¿Para qué? Si a Leonardo Padura, el más popular de los escritores cubanos residentes en la isla (habida cuenta de que varios libros de Pedro Juan Gutiérrez sólo circulan de manera subterránea), que además ha sido reconocidísimo en el extranjero, tanto por la crítica como por la academia, no le dan acá la bola que merece, ¿qué puedo esperar yo, o cualquier otro escritor de mi generación? Los premios internacionales, salvo que el recipientario de tales galardones sea alguien con indiscutible vocación de agachonería, suelen ser contraproducentes a los efectos de que hablamos. En nuestro koljós literario no hay cultura del debate, y si algún crítico dice en el extranjero que tal o más cual escritor cubano es lo máximo, a los mandarines de acá no se les ocurre pensar que se trata, simplemente, de una opinión. Acostumbrados desde hace más de medio siglo a regirse por dogmas, no conciben que en el resto del mundo las cosas puedan funcionar de otra manera. Confunden, pues, cualquier opinión surgida allende los mares con otro dogma que se les quiere imponer, maléficamente en este caso, por venir "de afuera", del capitalismo salvaje y cruel, cuando no del imperio y de la CIA. Y en vez de comentar el asunto abiertamente, aunque sea para discutirlo, lo silencian. Claro que no se trata de una confusión inocente, ya que por ahí se drena mucho resentimiento y mucha envidia al éxito ajeno, por pequeñito que sea, como ha sido el mío. Que uno pueda existir como escritor al margen de las instituciones culturales nativas, algo impensable antes de la legalización de la tenencia de divisas en 1993, molesta muchísimo a los comisarios culturosos. Quisieran impedirlo, pero no pueden. De ahí todas esas campañitas bobaliconas en contra del mercado, donde se cacaretean las zarandajas más insólitas que te puedas imaginar, en las que hasta mi agente, Carmen Balcells, ha cogido su cocotazo. A ella, desde luego, le importa un chícharo. Igual que a mí.

MN. ¿Idealmente cómo escribes, qué condiciones necesitas, qué manías o rituales manifiestas, o ejecutas para acceder a la escritura, si es que alguno?

ELP. De noche. Hace años que soy noctámbula, lo que no significa que me dedique a deambular por ahí entre tinieblas cual fantasma de Canterville, sino que escribo de noche, cuando hay más tranquilidad y menos calor, cuando no hay tanto peligro de que toquen a la puerta o llamen por teléfono. Y tomo agua fría y café caliente, espeso, con muy poquitica azúcar, como los turcos, y fumo cigarrillos negros. Si me falta algo de eso, me pongo nerviosa y algún personaje paga las consecuencias.

MN. ¿A tu entender cómo se relacionan erotismo y libertad?

ELP. Hace algunos años, en una entrevista publicada en la revista digital La Habana Elegante, hablé sobre la estremecedora sensación de libertad que había experimentado en la primavera de 1997, a los veinticuatro años, cuando puse mis delicados piececitos por primera vez en Nueva York. Eso, como podrás imaginarte, no fue recibido en Cuba con beneplácito. Cierta compañerita, dizque periodista cultural, me contactó, con ese aire inflado y bravucón de quienes se sienten respaldados por el poder, para entrevistarme también ella. Me envió un cuestionario larguísimo, sumamente hostil, donde ella aparecía como una especie de Torquemada y yo cual mísera bruja atrapada por el Santo Oficio. La mandé a freír tusas, desde luego. No tenía sentido responder aquel interrogatorio, ya que mis respuestas jamás hubieran atravesado la censura de los medios cubanos. Pero ahora recuerdo una de las preguntas: mi concepto de libertad. Y quiero responderla. Definiendo términos, yo diría que libertad es, en primer lugar, lo que dice aquel viejo anuncio de las plumas Parker: escribir como se piensa. Cero inhibición, resquemores o autocensura. Y luego añadiría que libertad es, también, escribir como se siente, como se desea, como se sueña. Y por ahí debe andar la cosa en relación con el erotismo, pues.

MN. ¿Y el erotismo y el heroísmo?

ELP. La palabra "heroísmo" evoca para mí a María Curie, a los que perecieron tratando de aislar el cloro, a Alí La Pointe, protagonista de aquella extraordinaria película de Pontecorvo, La batalla de Argel, a los bomberos, que corren hacia el lugar del que los demás huimos, a los cascos azules de la ONU que trataron de interponerse entre los hutus y los tutsis en Ruanda en 1994, a Osip Mandelstam, que escribía como pensaba, en circunstancias mucho más terribles que las mías, y a tantos y tantos otros. Pienso en lo estupendo que sería un mundo donde los actos heroicos no fueran necesarios, donde nadie tuviera que declararse en huelga de hambre, e incluso morir, para ser escuchado. El heroísmo es admirable, sin duda. Pero también muy triste, muy descorazonador. No me resulta erótico, ni alegre, ni divertido.

MN. ¿Puede la geografía del cuerpo ser convertida en patria, en la patria posible?

ELP. Para mí la noción de "patria" no remite a la nacionalidad en sentido estricto, tal como figura en los pasaportes, sino al idioma. Eso también lo descubrí, casualmente, en los Estados Unidos. Allí fue donde por primera vez me sentí parte de algo mucho mayor que me trascendía. Fui (y sigo siendo) mucho más "hispana" que cubana. Y por supuesto que el idioma tiene que ver muchísimo con la geografía del cuerpo. En mi cama se habla español. No es que discrimine a los hablantes de otras lenguas, pero la intimidad con subtítulos me desconcierta un poco, me saca de concentración, me hace reír en el momento más inapropiado. Y la gente se acompleja, figúrate…

MN. ¿Y la libertad y la literatura, cómo se relacionan?

ELP. Eso ya te lo dije, chico, ¿o es que no me estás atendiendo?

MN. ¿A tu entender de qué carece, o ha carecido la literatura cubana?

ELP. De sentido del humor. Yo no sé de dónde salió esa paparrucha de que los cubanos somos graciosos, ligeros y simpáticos por naturaleza. En nuestra literatura hay mucho plomo, mucho envaramiento, mucho mamotreto rimbombante y pretencioso, de esos que tal parece como si el autor, antes de escribirlos, se hubiera tragado una escoba cruda y sin masticar. Algo muy lamentable, sin duda.

MN. ¿Hay literatura cubana o literatura en lengua española?

ELP. Hay lo que tú prefieras: cubana, caribeña, latinoamericana, hispana, occidental, terrícola, galáctica y universal. También hay literatura femenina, masculina y neutra; blanca, negra, amarilla, color cartucho, mulatica, mora, jabá y otros mestizajes. Y por supuesto, literatura gay, lesbiana, heterosexual, bisexual, transexual y asexual. Todo depende de las modas académicas.

MN. ¿Qué novelistas del pasado son tus contemporáneos?

ELP. Si te refieres a aquellos con quienes dialogo a menudo y en cuya compañía me siento a gusto, te diré que la lista es bastante larga. Ahí te van tres nombres. O bueno, sólo dos, ya que uno de ellos se escondió tras un seudónimo que ni recuerdo para publicar: El Lazarillo de Tormes, mi clásico hispano favorito. Los otros son Mijaíl Bulgákov y Émile Ajar.

MN. ¿Qué te motivó a correr el riesgo de firmar recientemente una carta exigiendo la libertad de los prisioneros de conciencia en Cuba y el respeto a los derechos humanos en todo el mundo?

ELP. El riesgo de expresarme libremente en medios extranjeros, con todo lo que eso implica cuando se vive bajo un régimen totalitario, lo asumí desde hace muchísimo tiempo. Para quienes me conozcan un poquito, para quienes hayan leído lo que he publicado en Babelia, en Encuentro, en Index on Censorship, etc., y lo que he respondido en entrevistas para la prensa escrita, la radio y la tele de unos cuantos países, esta adhesión mía a la campaña OZT: Yo acuso al gobierno cubano, no será un rayo en cielo sereno. Cuando ingresé en la UNEAC, en 1998, nadie me preguntó si yo era comunista. No lo era, nunca lo he sido. Hubo una época, que ahora me parece muy lejana, en que traté de ser "apolítica", de estar al margen, lo cual es una gran ingenuidad en el totalitarismo, donde la política invade hasta el último rincón de la vida de cada persona. Esto finiquitó en 2003, con una entrevista que di para Radio Francia Internacional, donde más que del prix littéraire Deux Océans-Grinzane Cavour que había ganado la versión francesa de mi novela Cien botellas en una pared hablé del asco y del horror que me ocasionaban los hechos de la Primavera Negra. Ya sabes, las ejecuciones sumarias de tres civiles y el encarcelamiento masivo de opositores pacíficos. La RFI se escucha en Cuba y yo hablé en español, alto y claro, por lo que algunas personas llamaron por teléfono a mi casa en La Habana para preguntarle a mi madre si yo me había exiliado en París, pues no se supone que uno llame a las cosas por su nombre en el extranjero y luego regrese a Cuba tan campante. Pero no. Regresé. Tenía que hacerlo. Mi madre y yo vivimos solas, sin otra familia en la isla, y si me quedaba en Europa en aquel momento me iba a resultar dificilísimo sacarla a ella de Cuba, hubiera sido como dejar un rehén. Es la razón por la que siempre he regresado. Esta es la primera vez que pongo mi firma en un manifiesto colectivo, ya que en general prefiero escribir (o decir) yo misma lo que pienso, con mis propias palabras, de las cuales me hago responsable. Lo que sucede con el texto del Yo acuso es que estoy de acuerdo, tanto emocional como intelectualmente, con cada oración, cada palabra, cada punto de lo que ahí dice. Y por eso firmé, simplemente.

MN. ¿Has sufrido represalias? ¿Temes represalias?

ELP. No, ni lo uno ni lo otro. Yo no tengo nada que puedan quitarme. Ser miembro de la UNEAC durante todos estos años sólo me ha servido para que su departamento de Relaciones Internacionales me gestione en las oficinas de Inmigración, a veces de mala gana, ese ridículo artefacto llamado "permiso de salida", para viajes pagados por editoriales extranjeras que han publicado mis libros o por entidades que me han invitado a eventos de literatura. Fuera de eso, no he tenido (ni lo he ambicionado, que conste) ningún otro privilegio, nada que haga mi vida muy distinta a la de cualquier cubano de a pie. Jamás he viajado al extranjero como parte de alguna delegación oficial cubana, jamás me han "dado" una vivienda, un carro, un estipendio en divisas, o cualquiera de esas migajas de las que se vale nuestra oficialidad cultural para comprar conciencias. ¿Qué podrían hacerme, pues? Mi teléfono ha sido pinchado en varias ocasiones, por lo que es de suponer que los muchachos del aparato estén al tanto de que no tengo una doble vida ni esqueletos en el armario, de que soy la misma Ena Lucía en privado que en público, de que, salvo decir lo que pienso abiertamente, no cometo ningún delito. Ocurre, además, que llevo diecisiete años viviendo como quien dice "de prestado", esto es, con una enfermedad progresiva e invalidante: el mal de Parkinson, y que probablemente no llegue a tener una larga vida. Eso es algo que te da una perspectiva distinta de las cosas, con gran énfasis en la importancia del aquí y ahora, donde muchos temores salen sobrando. Yo necesito de toda mi energía para mi trabajo, así que no puedo despilfarrarla metiéndome miedo yo misma y poniendo la carreta delante de los bueyes, pensando que me van a hacer esto o aquello. Nanay. Que hagan lo que quieran, o lo que puedan, que luego ya se verá.

MN. Un fragmento de esa carta asegura: Cuba debe cambiar. Cuba va a cambiar. Y lo va a hacer con la contribución de sus intelectuales, escritores y artistas, miembros o no de la UNEAC y de la Brigada Hermanos Saíz. Pregunto: ¿Hay conciencia de ello entre los autores y artistas miembros de dichos organismos?

ELP. Oye, lo que citas no forma parte del texto del Yo acuso, que fue lo que yo firmé, sino de un mensaje que los organizadores de la campaña OZT hicieron circular vía e-mail entre los escritores y artistas residentes en la isla. Un mensaje, dicho sea de paso, muy ponderado, muy inteligente y muy honesto, que no buscaba machacar a los "uneacos" con amenazas y/o injurias, que se hacía cargo de las verdaderas condiciones de la vida de muchas de estas personas en Cuba, a cuyo cansancio (un cansancio muy real, aunque siempre habrá quien lo niegue, que si algo no escasea por acá son los especialistas en la negación de realidades) apelaba en busca de nuevas adhesiones para el Yo acuso, cuyo texto, breve y perfecto, incluía. Como carezco de acceso total a Internet, fue gracias a ese mensaje que pude leer finalmente lo que ya miles y miles de personas habían firmado en el mundo entero, y gracias a uno de los organizadores, el escritor Enrique del Risco, pude añadir mi firma. Ahora bien, con respecto a lo que preguntas, la verdad es que no estoy segura de que exista dicha conciencia. No frecuento los ambientes culturosos de acá desde hace años, pero a juzgar por las expresiones públicas de muchos colegas, pienso que lo que predomina es el temor al cambio radical. Posturas reformistas, onda perestroika, sí que las hay. De hecho, es lo que más abunda en este momento, lo cual es un paso de avance en relación con otras épocas. Pero de ahí a manifestarse a favor de los valores de la democracia liberal, de respeto a eso que los comunistas llaman "libertades burguesas" y que son en definitiva las únicas libertades que existen, va un trecho.

MN. ¿En qué trabaja ahora Ena Lucía? ¿Puedes adelantarnos algo al respecto para nuestros lectores?

ELP. Trabajo en una nueva novela, que llevará por título "La última pasajera". Es una novela negra, negrísima, que se me ocurrió a partir de un cuento con el mismo título que publiqué en los Estados Unidos en 2007, en la antología de cuentos negros Havana Noir. Este proyecto ha demorado un poco, pues también he estado ocupada en revisar traducciones y ediciones críticas de otros libros míos. Pero espero, con la ayuda de todos los orishas, terminarlo antes de que acabe este año.

2 comentarios:

papelbit dijo...

Gran chica¡¡
Un saludo O¡

Omar dijo...

Estoy buscando libros suyos para leerla.

Saludo, brother.