martes, 6 de abril de 2010

HACE UN AÑO EN CUBAENCUENTRO


TRECE TRISTES TIGRES
Orlando Luis Pardo Lazo

Estos, Fidel, ¡ay dolor!, que ves agora,
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo
Habánica famosa.


La Habana que fue jueves
El 1 de enero de 1959 fue jueves. Esto nadie lo recuerda en La Habana. Entre otras cosas porque, salvo un par de parquímetros rotos y un poema oportuno de sobrevida, tampoco hay mucho que recordar. La Habana era así. Loca y amnésica, invadida de cómics más que de marines. Apáticamente patética. Tan heroica como Santiago de Cuba, pero cínica y septentrional. Imposible contar entonces con ella para protagonizar la barbarie barbada de su epopeya.

El 1 de enero de 2009 será jueves. Esto nadie en La Habana lo recordará. Entre otras cosas porque, salvo un par de millones de cubanos fuera de Cuba y otros tantos poemas oportunistas de sobremesa, tampoco habrá mucho que recordar. La Habana sigue siendo así. Locuaz e hiperestésica, regurgitando resabios ridículos con una inercia infantil. Patrióticamente apátrida. Tan hedonista como Santiago de Cuba, pero cívica y todavía septentrional. Imposible contar hoy con ella para protagonizar la épica broma de su alopecia.

Hiroshimabana, mon amour
La Habana de los años cero es un globo: una burbuja de haches, una cámara de gas contra los mosquitos Aedes. Fumigamos contra la ruleta rusa de la pandemia. Centroamérica es un foco. El flujo de estudiantes es muy intenso. Y cada año hay brotes hemorrágicos que reciben terapia gratis pero nunca diagnóstico: el Dengue es un top-secret de seguridad nacional.

Las bombas borran los barrios mientras las sirenas anuncian que no es otra falsa alarma. Los enfisemas sabotean las estadísticas mórbidas del MINSAP, pero La Habana goza dentro del hongo que la hace invisible e ingrávida en medio del holocastro: limpieza no étnica sino entomológica.
Al rato, la ciudad se recorporiza con puntualidad pioneril: Somos Fénixes Aquí, parodiamos la propaganda. En una atmósfera irrespirable, habanabrasiva, ni los insectos ni las personas se dan el lujito kafkiano de dejarse asfixiar. El humo no nos mata el humor a nosotros, los sobremurientes, que a nadie deberemos la traqueotomía.

Sheherazada antes del alba
Al habanecer, no hay discurso que supere la visión concreta de la ciudad. Le pregunto la hora por señas a un barrendero: “Las 7½”, se planta y alza la vista. No es un hombre, sino la actriz fetiche de nadie. Sus pupilas rabiosas son un plagio en vivo de la tercera Lucía: acaso la más amateur y verosímil de todos los personajes del cine cubano.

Me retiro sin dar las gracias, rumiando las runas en ruinas de mi monólogo exterior (autista más que artista): il n´y a pas Habanors du texte. La Habana no tiene afuera: La Habana es el afuera.

Intempestiva intemperie. Tempera habanacrónica en modo subjuntivo. Aceras perfumadas de orine y calles consteladas de esputos: las patas abiertas de par en par y los párpados cerrados de tan pacata. Descaro del descascaro antes que del desacato. Urbe sustantiva y sobreadjetivada, ubre sana a punto de una mastectomía sumaria: te negaremos tres veces por escrito antes de que calle el gallo, porque no tenía razón Fuenteovejuna, sino el Procurador (quod scripsi is crisis).

La Habaninfa inconstante
Según la novela póstuma de un Infante literalmente difunto, La Habana parece –aparece– indestructible en el recuerdo: eso la hace inmortal.
En el otoño sin patriarca del año 8, en una habanula rasa de huracanes no tan eólicos como ideológicos, con la espuria esperanza de que nuestro XXI no sea un anagrama analfabeto del XIX, debemos reconocer que ya nadie habita esa lengua sacra de lesa habanidad descubierta por G. Caín. No sabemos leer leyendo, ni nos importa tampoco. Nos han emborronado las instrucciones de nuestro cuaderno escolar.

Así, pasamos páginas prodigiosas y nos quedamos en blanco, como si leyéramos en latín: latineratura para una Habana infartada. Excribir, hezcribir: suena apocalíptico, pero es más bien sicalíptico. La Habana no cría lágrimas, aunque se le sequen los ojos. La Habana es una puta piñeriana devenida lolita lela con la vejez. La Habana es, en efecto, una carnada literárida. La Habana es, en defecto, un carnaval. Pero en carne viva.

La ilusión del habanauta
Un frenazo sobre el asfalto y el chofer me acusa de coprofagia peatonal. Me disculpo ante este obrero ofuscado no conmigo, sino con la visita a Cuba de tres ciclones o Reyes Malos: Gustav, Ike y Paloma.

De La Habana parten brigadas intelectuales para desfacer el desastre. Van en son de comunismo de campaña, según nuestra prensa plana, en un gesto voluntarista también muy útil como chantaje. Quien [no] se levanta hoy con Cuba, [no] se levanta para todos los tiempos: la cita pasa de la pluma plúmbea de José Martí a un videoclip light del grupo Moncada.

Me arrodillo en La Virgen del Camino y no pido nada. Cruzo los puentes y escalinatas de Lawton. La Loma del Burro depilada de pinos da pena como paisaje. Asciendo en línea recta por la Avenida de Porvenir. Todo movimiento en un plano, cubanizo al cadáver de un exiliado ex-soviético con Premio Nóbel, es una forma espacial de autoconfirmación.

Ahora que el presidente Medvedev redescubre al elemento Cu para la Tabla Política de Mendeleiev, San Petersburgo y Habanagrado me remiten arqueológicamente a aquel archipiélago de siglas tan sigilosas: GULAG, UMAP. Por algo subimos juntos al cosmos para bendecir polvo patrio del sanctasanctórum mambí. Por algo compartimos cañonazos de Aurora y quinquenios de 50 años y safaris subafricanos y micrófonos espías y 9550 genes en rusañol y el realismo socialipsista de Sovexportfilm y hasta un reactor nuclear devenido catedral ortodoxa. Por algo flotamos en la escarcha del Yate Potemkin o en un Acorazado de corcho llamado Granma, que aún hiberna el insomnio de los justos a la espera de un tiempo humano, demasiado humano, que nunca llegó.

L is for 50
Aullamos en la Plaza de la Revolución: Li-ber-tad, Li-ber-tad. Un Papa polaco y la prensa apostada entre Cristo Rey y el Ché Guevara eran nuestro salvoconducto de impunidad.

Durante 100 horas de compañía, Gabriel García Márquez fungió como Canciller. El Cardenal dilapidaba sus 15 minutos de fama en la TVC y su sonrisa beatífica era un nudo gordiano en nuestras gargantas. Fidel apenas desfruncía su traje de magister ludi en medio del reality show.

Aquella fiesta vigilada hoy sabe a fiasco innombrable: profilaxis de la cruz en un corralito de coros. La libertad se nos quedó muy corta incluso como peorformance, aunque por suerte que los heraldos negros de nuestro provinciano posmodernismo aún siguen aullando (con 50 aniversarios de retraso): Vamos a ser todos libres el año próximo, como nunca lo hemos sido antes.

Un augurio que, en pleno Edipo Rev de nuestra Pax Raulmana inisecular, salta sin transición de lo subliminal a lo subversivo: Rev In Peace, 1959-2009.

Yo, que no sé decirlo: Revolución
Empieza el invierno (palabra sin etimología en el clímax cubano) y continúa parado en stop-motion el Muro del Malecón. La Habana es una jugada a balón parado que nadie desea patear: ¿ver los toros desde la barrera o arar con estos bueyes hasta el silbatazo final?

Doblo por la calle Dolores hacia la calzada más bien deforme de 10 de Octubre: hito republicámbrico devenido hato revoilusionario. La luz es demasiado frágil, pero el polvo forma desde temprano esas columnas más barruecas que barrocas que son los barrotes de esta ciudad.

La esquina de La Víbora funciona como un alef maléfico: cubazos de papel sanitario desde los balcones, guaraperas con gusarapos y un agrio agromercado, animales descuartizados bajo el semáforo y borrachitos habanémicos sobre el contén, más un campus de concentración escolástica en cuyas aulas austeras traicionamos a nuestro querido primer amor. Ahora pasan de nuevo los adolescentes con sus uniformes, pero a mi edad ya me siento el cuerpo muy anciano tras tres tristes décadas de decadencia disciplinaria.

No lejos se empinan los spotlights hipermétropes de Villa Marista, escuela privada devenida cuartel panóptico de la Seguridad del Estado. La casona aún conserva su mayéutica majestuosidad. Algunos amigos pasaron su Servicio Militar de custodios allí. Como ellos no van a narrar ese nicho necro de la nación, yo los interrogo al punto de la tortura.
Desde sus postas, ninguno vio un solo acto de violencia o auto de fe. En todo caso, gestos de somnolencia: ráfagas escapadas a medianoche, broncas callejeras afuera, piropos de guardia a las paseantes y un rosario sub-rosa de ingenuidades increíbles dentro del MININT.

Sweet Habana
Mi escaleta 24-hours-habana es un storyboard no tan aristotélico como aristocrático. Una generación posproletaria no repara en su ciudad de a pie, ni en la voz de los sin voz, ni en las sagas de guerrillerismo mágico, ni en la denuncia zoocial, ni en toda esa bisutería del boom que persiste como un perro webero en la cuba.cult.cu: el pasado del texto.

Más rentable y riesgoso sería narrar la Brave New Habana que desde 1868 o 1895 o 1902 o 1933 o 1959 o 2009 nadie se atreve a entrever: ¿El glamour en los tiempos del coolera?

Semejante ucronía de una Alter-Habana fashion, debris y contracultural, caníbal antes que caliban, próspera y sin perspectivas, fútil más que futurista, habanywoodense; semejante ciudad narrada por entregas desde algún blog bobo o bloqueado (delirio al borde del delito) será una cura de caballos contra los troyanos tediosos de la reiteratura cubana: un corpus texti que nunca supo nombrar a La Habanada ni a su vocubalario atragantado con una sola vocal (a abstracta).

Lo cubano en la periodística
Cientos de acordeones acordonan la capital: son buses articulados de marca Yutong (Made in China). Comfort aparte, enseguida huelen a rancio y carecen de luminarias, y les sobran grafitis y goteras, y ruedan ralentizados como estufas o estafas de 40 centavos. Esa maraña de rutas sustituye al subway planificado en los ochenta por el MITRANS, cuando el telón de acero de estilo Stalin (Back in the USSR) se desmerengó.

En los estanquillos estatales retoñan tabloides de parca solemnidad. El color de la tinta apenas diferencia texturas: Orbe negro, Granma rojo, Trabajadores naranja, Juventud Rebelde azul, y el experimento no tan democrático como democromático de La Calle del Medio. Los ancianos madrugan con tal de acapararlos para su reventa al 500%, aunque la ganancia neta no llegue ni a un peso cubano por ejemplar.

Comprar papel impreso para leer no es muy elegante en La Habana. Pero, como Hemingway con los programas del hipódromo, entre titulares siempre me topo con el iceberg derretido de la verdad: Una ciudad para ciegos, Atraso pudiera beneficiar, Remeros con buenos planes, En Cuba la mayor manada de leones en cautiverio del mundo, Vuelo terrestre nacional, El récord de lo absurdo está vencido.

Muerte perversa, Estado de coma
Un amigo muerto de dos paros: el coqueteo de una enfermera lo resucitó la primera vez, cuando ya nos anunciaban que no había nada que hacer. Mi padre muerto sin caso clínico hasta después de la autopsia: metástasis misericorde que nunca dolió. Otra madre muerta en una cirugía casi ambulatoria. Siempre la muerte y su pose breve, sin índice ni indemnización.

Habana, ábrete y trágame: nos atrapa una tradición pródiga en suicidas sin causa. Pero un verso de nuestro Virgilio no basta para convertirnos a la necrofilia, aunque la muerte nos rodee por todas partes como una circunstancia maldita: ubícuba y habanisciente.

O Death! Where isn´t thy sting? En las Reflexiones del Premier, releídas luego por los medios de difusión o acaso miedos de defunción. En los cortejos fúnebres, que tienen prohibido cortar por la Plaza de la Revolución en su trayecto hacia el cementerio. En un rumor noir que rebota del exilio al inxilio: el embargo, la invasión, una aplanadora de punta a punta del país, la Ley de Ajuste (¿de Cuentas?) Cubano, ciertas cláusulas secretas del Código Da Bush, y una licencia de 3 o 3000 días para matar. En una Mesa Redonda del Canal Cubavisión que inhuma juntos a vagos, antisociales, mercenarios y demás ceros extravagantes. En un panel penoso del Canal 41, donde la fobia vende más que los spots comerciales. En la pena capital y en el estado de emergencia que, desde un siniestro tomo de Derecho, penden sobre nuestros cuerpos sin órganos pero organizados en masa. En el Homer Nuevo que nuestra utopía tupida a la postre parió: Pioneros por el comicinismo, ¡seremos como Simpson!

La muerte pisa fuerte por todas partes, excepto en la bendita circunstancia de una intelectualidad locuaz que presume de su independencia, pero ante el poder se maquilla con rimel retórico de marca Naif (Hecho en Casa).

Madagascuba
Al circunvalar la Ciudad Deportiva, el cobrador de una ruta P-3 explica porqué Beijing dio más oros paralímpicos que olímpicos. Algunos protestan por ese revés inconvertible en victoria. Otros, con cautela, culpan a ciertos conceptos y cargos dentro del INDER. Y los indecisos no entienden para qué tanto alboroto por no cantar el himno cubano en cantonés.

Rebasamos el Zoológico de 26, con sus fieras que sobrevivieron a la famine finisecular y ahora moribundean de aburrimiento. El cine Acapulco anuncia de por vida a Kangamba. Y sus onanistas de luneta son excitados por los héroes sin eros de esta coproducción ICAIC-MINFAR: un guión entre bélico y bucólico donde un doble encarna a Fidel (sólo vemos su charretera y unos grados de atrezo con la máxima graduación).

El P-3 va a morir en la boca del Almendares, junto al Puente de Hierro que le sirve de prótesis a este río. En la desembocadura hay botes varados a falta de petróleo o un permiso de Guardafronteras. Hay pescadores en tierra, con sus redes roídas por una plataforma insular no tan desierta como desertada. Hay chorreras de brujerías y biajacas boqueando por su cuota racionalizada de maná del cieno albañal. ¡Améen!

A la salida del túnel de Las Américas, donde se filmó aquella fuga en bicicletas del Período Especial de Guerra en Tiempos de Paz, un ranger con camuflaje y perro sin bozal me pregunta la hora por señas: “Las 7½”, me planto y bajo la vista, antes de retirarme sin recibir las gracias de este remake aldeano de Rambo: je est un Habanautre, paladeo el palimpsesto pedante de mi desesperación.

Pero La Habana ¡ay! siguió viviendo
El habanero altanero no desea el caos para su ciudad, pero tampoco desea hacer caso: a la vuelta de medio milenio de 50 años, La Habana se deletrea con L no sólo de libidia sino de libertad.

En consecuencia, los restos del territórrido nacional toman venganza contra ese espíritu libertario. Es un ensañamiento con ínfulas de enseñanza: una revolección humillante en contra de nuestra paupérrima pero nunca humilde capital.

Esta Habana ruralizada por Cuba tampoco es el sitio en que peor se está. Como nuestra fascinación por el fracaso es mayor que todas las frustraciones, nos cruzamos de brazos en un espejismo endémico de paciencia, al margen de toda política y de toda poética que le han impuesto mecánicamente a esta ciudad, y a las que ella musicalmente siempre se ha sobrepuesto: ¡Hasta la victrola siempre!

Rehab
La Habana padece –perece– del Síndrome de Habanalzheimer. Inhábil desde una historia ya sin histología, en vano hoy se intenta rehabilitarla con tal de hacerla habitable.

Pero si una promesa podrida le produjo sordera, si el desamor le descarnó los labios, si la demencia le arrancó los cabellos, si la tristeza le fue secando el sexo, si la fealdad la asesinó del todo a las 7½ de esta misma mañana, por ejemplo, el don de perdón ciudadano que ella nunca tuvo para sus hijos, nosotros, sus bastardos, sí lo tendremos con nuestra Habana reumática, aunque sea sólo un réquiem reaccionario de epifanía o tal vez epitafio:

Ah, vana nuestra que estás hecha tierra, nacionalizado será siempre tu nombre. Dinos hoy el discurso nuestro de cada día. Paredón para nuestros pecados. No nos dejes caer en la tentación de librarnos de ti por mar. Habana, si no existieras, habría que reinventarte para reventarte medio silencio o medio siglo después. Cubansummatum est!

1 comentario:

Omar dijo...

Habana y lucidez: dolorosa combinación.

Saludos tuyeros, brother.