viernes, 16 de abril de 2010

LÉENOS LA DAÍNA NUESTRA DE CADA DÍA









de "GATA ENCERRADA"
Daína Chaviano

63
No sé quién soy, ni dónde vivo.
Ni siquiera estoy segura de mi nombre.
¿He visto el futuro desde algún pasado?
¿O recuerdo el pasado desde mi futuro?
¿Vivo en una isla al borde de los hielos o en un país que hierve con el vapor del trópico?
Islas, islas, islas...
Como si mi destino fuera siempre habitar en reclusión.
En Poseidonia viví aislada por aquellos círculos de tierra y agua que los hombres habían construido para segregar su centro espiritual de las regiones más pobladas, como si fuera posible separar al cuerpo de la cabeza sin que ambos sufran por la mutilación...
Mi suerte de ermitaña me persigue.
Siempre hay algo que termina por confinarme a un claustro, sin dejarme mostrar lo que encierra mi corazón.
Debe ser este miedo que se pega a la piel como la lepra; este aquelarre perpetuo del enmascaramiento, del querer decir y no atreverse, del aspirar a ser sin lograrlo.
Y esta humillación nos divide y enajena, nos desgarra la existencia.
Es una vivisección ejecutada de la manera más cruel.
Llegamos a odiar lo que más amamos, y eso nos llena de culpa, nos enloquece.
¿Cómo puedo amar y odiar con tanta saña el aire que me rodea, el sol que me calienta, la tierra que guarda los huesos de mis abuelos y que algún día cubrirá los míos?
Es una rabia que se extiende a nosotros mismos −a nuestros amigos, a nuestra familia, a los que están aquí, a los que se fueron− por permitir que esto sucediera.
A veces siento que ese odio se transforma en una lástima infinita, en un tremor de piedad por mi país y sus habitantes.
Entonces me doy cuenta de que, aunque me pese, esta tierra húmeda y oscura como la piel de su gente se me ha metido hasta el tuétano: es parte de mí.
Amo sus playas y el sonido de las palmeras en el silencio del monte, y el olor a lluvia en el campo, y los ojos ardientes de sus mujeres y sus hombres, y el rostro adormilado de los bebés, y la pulpa de sus frutas en extinción.
Amo este país, y mis sentidos se impregnan de sus viejas casas y de sus avenidas llenas de grietas, de sus iglesias coloniales y de esa brisa gloriosa con olor a sal que lo atraviesa de un extremo a otro: es el olor inigualable de mi isla, ese aroma irrepetible que se mezcla con las yerbas ofrendadas a los santos.
Es algo que quiero olvidar.
Porque todo es un espejismo que se esfumará apenas salga a la calle, apenas sienta la impotencia royéndome el alma, apenas tome un teléfono para comunicarme con el mundo, apenas se me ocurra pensar que algo de lo que el Innombrable dijo no estaba bien...
Tengo que olvidar esta isla, borrarla de mi memoria, regresar a mi reino interior, deambular por esas regiones donde no existe el tiempo, donde cada paisaje es una frontera para escapar a otro mundo.
Sólo quiero que algún día esta obsesión por mi tierra se convierta en un sueño agradable, parecido al espejismo de esa otra saga lejana donde vago por un país heladamente verde.


58
Mi país es el más bello del mundo.
No hay otro sitio donde los hombres miren con mayor misterio y promesa, ni donde las mujeres se muevan con la lujuria de las palmeras azotadas por el viento.
Es un país que amo, pese al miedo que lo desborda.
Cada mañana me levanto con la angustia de no saber si las leyes cambiaron mientras yo dormía, y lo que ayer era legal hoy está penado.
Mi refugio es escribir.
Vuelvo a mi diario con la misma obsesión con que Anaïs regresaba al suyo: para exorcizar fantasmas y poner en orden las sinrazones de esta vida.
Y debo hacerlo, porque cada vez es más débil el vínculo que me une a ella.
Mis visiones se producen con mayor frecuencia y menos control.
Ya no necesito del talismán para escapar de la prisión; me bastan un atardecer o la llama de una vela.
Pero eso también me ha aislado de quienes amo.
Cuando uno ha visto su propia muerte, el sentido de la existencia cambia.
No me interesa lo que otros piensen de mis sueños.
Son reales porque son míos y me sumerjo en ellos para vivir.
Prefiero esas regiones donde imperan arcaicos peligros, pues al menos puedo identificarlos y están inmersos en una salvaje belleza.
Afuera es distinto.
Afuera todo es gris.
Las gentes y los hechos se corroen, y ese carcinoma es contagioso.
Invade las almas de los niños que lanzan proclamas contra un enemigo que no conocen.
Produce mutaciones irreversibles en los hogares.
Destruye la nobleza de la gente y la convierte en una masa ciega, manipulada por hilos sutiles que surgen del hambre controlada, de las aspiraciones controladas, de los deseos controlados.
Ya no sabemos quiénes somos, adónde vamos, ni por qué estamos aquí.
Cada cual busca su propio escape, su propia salvación.
Ya no es posible conspirar, murmurar, mostrar rabia; ni siquiera está permitida la indiferencia.
Es demasiado doloroso y no nos quedan muchas fuerzas.
Somos náufragos aferrados a una última tabla flotante.
Sólo tenemos el espejismo de esa tierra promisoria y espléndida más allá del océano infestado de tiburones.
Algunos querrán arriesgarse, pero la mayoría preferimos aguardar aquí el final.
Ese es mi único consuelo: no estar sola.
Las fuerzas se me terminan, pero una porción de mi espíritu sigue explorando regiones ilícitas.
Quizás esa búsqueda sea el último vestigio de felicidad que me queda.
Y si no fuera real la posibilidad de hallarla, eso no la haría menos apetecible.
Todo lo contrario.
Sería la prueba de que mi alma −a pesar de convivir con el lado más oscuro del hombre− no llegó a ser vencida, porque nunca se entregó a las tinieblas.


17
Estoy harta del mundo, y sobre todo de él.
Por alguna razón nos odia.
Quizás odia a toda la humanidad.
Lo peor es que debo fingir una obediencia de la cual me alejo más cada día.
Por ahora intento disimularlo, pero no sé por cuánto tiempo podré seguir representando este papel.
Desde mi cuarto escucho su voz que surge de algún altoparlante.
Salgo a la calle y veo su imagen, que parece congelada en ese gestico mussolinesco suyo: la insolente barbilla levantada y su dedo que nos amenaza con el infierno.
Su Despótica Majestad es como Dios: se encuentra en todas partes, pero es más omnipresente aún.
Al menos, Dios no se pone a escuchar las conversaciones telefónicas para saber si uno está de acuerdo con él.
Pero yo me siento libre.
No voy a postrarme a los pies de ningún señor feudal.
No voy a aceptar ningún sistema que no reconozca la existencia de mi alma.
No soy sumisa, sino una gran mentirosa.
Puedo engañarlo a él y a su cohorte de censores.
Puedo reírme de sus taras mentales y burlarme del papel que me ha asignado: el de ovejita agradecida por haber sido criada bajo su sombra protectora.
Si piensa que aceptaré esa historia es porque padece de una esclerosis galopante.
En el fondo sé que nos desprecia a todos...
Especialmente, a todas.
Por eso he buscado un arma, la más peligrosa y temida: la insurrección.
Pero no la abierta; esa sería muy simple de detectar.
Soy una gran subversiva.
Adoro el clandestinaje.
Me gusta moverme de noche, como una gata que proyecta su sombra contra el muro de una ciudad desierta.
Me complazco en dejar mis huellas para luego desaparecer en la oscuridad.
Y conozco otros modales de supervivencia.
No sé dónde los aprendí, ni quién me los enseñó.
Tal vez nací con ellos.
Quizás existe un gen femenino que se transmite en secreto; una mutación natural que la evolución creó para proporcionarnos una defensa.
Y ese gen late en mí.
Está vivo, guiando mis instintos.
Puedo ser falsa como un demonio, evasiva como un ofidio, peligrosa como una hechicera.
Es fácil sembrar la sedición.
Es fácil poner en peligro la tranquilidad de Su Ilustrísima Dictadura.
Para empezar, tengo mi cuerpo.
Nadie −ni él− puede mandar en mis deseos.
Me masturbo o hago el amor cuantas veces se me antoja, sin tener que pedirle permiso.
Mi sexo es mío y hago con él mi propio gobierno.
Luego tengo mi espíritu, mis orgías mentales, mis universos clandestinos; y mi propia religión que es la magia: ese espantapájaros del materialismo, ese espectro violador de las normas que quisieron imponernos.
Si el Innombrable supiera todo esto, se habría aterrado de tenerme suelta en medio de su rebaño.
Hubiera dado la voz de alarma a sus agentes, a sus turbas pagadas, a sus policías secretos.
Hubiera emitido la orden de capturarme... preferentemente muerta.
Pero esta estrategia sinuosa no fue creada para que él la concibiera.
No sospecha que alguien pueda actuar de otro modo que no sea con la agresión o la violencia.
Claro que ni lo imagina.
Para él, sólo soy una mujer.

1 comentario:

Anónimo dijo...

BRAVOOOOOOOOO!