viernes, 9 de abril de 2010

MI TIO WICHO


UN MUNDO PARA MARIO
Orlando Luis Pardo Lazo

Mario es el menor de mis siete tíos maternos (dos varones ya han muerto).

Mario es largo y flaco como una vara tumbar gatos (la frase común es perfecta para su estólida sencillez).

Mario no es bruto, pero el entorno pesa.

Mario antes bebía y era mujeriego (¿qué más hacer en una finca del Alquízar rojísimo de los años setenta?).

Mario era pitcher y casi llega al equipo Habana de la Serie Nacional de Béisbol (pero se hizo Adventista del Séptimo Día y dejó de beber y se casó y tuvo hijos y los sábados tenía prohibido ni siquiera entrenar).

Mario es asmático malo.

Mario tiene una “mata de mamey” que todavía pare, aunque es un árbol anterior a la Reforma Agraria y seguro será posterior a la Revolución.

Los hijos de Mario crecieron y lo dejaron atrás (como corresponde a todo país civilizado, aunque en Cuba esto sea una excepción).

Mario envejeció, dejó de ir a los estadios y templos, pero nunca dejó de protestar.

Mario está solo y viene a cada rato a mi casa de Lawton, a ver a su hermana María (mi madre de 74), tras un periplo imposible de cambios de camiones y camionetas que cruzan San Antonio de los Baños y Santiago de las Vegas.

Mario se sienta. Habla. Pregunta por el país, como si él no viviera en el país (y no le falta razón).

Ha oído algunas barbaries por la radio del enemigo. Intuye que la cosa se está poniendo peor. Tantea. Pregunta por un tal “Farías” en huelga de hambre y si yo he visto a las Damas de Blanco (no le digo que las he retratado entre el pánico y la compasión). Argumenta con su mejor lucidez de sobremuriente, pero sin el brillo fanático de años atrás.

Mario luce triste. A veces cabecea de cansancio en medio de una conversación. Dan ganas de darle un abrazo y decirle: “Tío, no regreses más”.

Yo le narro la Cuba política. Le renuevo las ganas. Le invento un mundo de mentiras realísimas (las noticias de última hora para Mario son literalmente ciencia-ficción).

Después siempre hablamos un poco del universo. Protestante al fin y al cabo, Mario tiene su veta apocalíptica más o menos apocada. Sabe del átomo y de terremotos (banalidades de difusión cultural). De vez en cuando mi tío justifica a Jesús. De vez en cuando olvida a conveniencia citarlo. De vez en cuando se sienta a almorzar y María le regala mis zapatos de uso (parece una parábola patria de José Martí).

Mario duerme la siesta (desde niño, yo odio esa modorra mongólica cubana).

Mario se despierta apurado porque tiene que viajar hasta Alquízar y no quiere que lo coja la noche por ahí.

Garrapatea una décima de agradecimiento con faltas de ortografía que, cuando se lee en su letra, no parecen faltas de ortografía sino su estilo campestre natural. Entonces Mario se despide y se va, con mis zapatos de uso y la promesa de que pronto lo vamos a visitar (hace veinte años que puntualmente incumplo con mi palabra).

El sol cuando se levanta
en el horizonte tierno
es un Dios rojo y eterno
que al dar calor se ajiganta.
Le da luz a cada planta
despues del primer suspiro
pero cuando ya en su giro
penetra vajo el alero
es abanico el sombrero
en las manos del guajiro.

Lo recuerdo desde mi infancia. Hoy me maravilla Mario aún en el mundo del 2010. Hay algo inhumano en tanta memoria de mentiritas. Hay algo inhumado en tanto olvido de la verdad.

1 comentario:

Marianeli dijo...

hay tantos marios en cuba, con sed de conocer, con sed de sonhar!