lunes, 12 de abril de 2010

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CRECIDA EN EJERCICIOS DE MUERTE
Wendy Guerra
(Tomado de su blog HABÁNAME)

Tengo la muerte blanca y la verdad
lejana... -No me des tus rosas frescas;
soy grave para rosas. Dame el mar...
Dulce María Loynaz

Solícita la muerte, vigilante,
anduvo tras de mi hasta mi caída.
Me acompañó –solícita y amante–
Rafaela Chacón Nardi

"Voz pavorosa en funeral lamento,
desde los mares de mi patria vuela
a las playas de Iberia; tristemente
en son confuso la dilata el viento;
el dulce canto en mi garganta hiela,
y sombras de dolor viste a mi mente.
¡Ay!, que esa voz doliente,
con que su pena América denota
y en estas playas lanza el océano,
«Murió –pronuncia- el férvido patriota…»
«Murió –repite- el trovador cubano»;
y un eco triste en lontananza gime,
«¡murió el cantor del Niágara sublime!»"
Gertrudis Gómez de Avellaneda


Llevo muy mal el tema de la muerte. Me inclino ante la muerte con demasiado dolor. Al asomarme a un colgadizo puedo descender abrumada por el miedo.

Esta semana despierto con el recuerdo de mis muertes. Mis padres, mis amigos, mis poetas, mis santos personales.

El alma, el cuerpo, el vacío, el abandono o la estela que dejan nuestros muertos más entrañables, combaten en mí con heridas intensas.

En esta semana los periódicos del mundo hablan sobre la muerte, el encierro, las huelgas de hambre en mi país. Mi cabeza y mi cuerpo son atrapados en la jaula de pájaro que es el acto de morir.

Para muchas culturas es un ciclo que se cierra para abrir otros ciclos claros y luminosos. De esta forma debería verlo yo, a quien la muerte le parece el final de todo. Pero la muerte me pesa y me arroja a una oscuridad poderosa.

Siempre me pareció normal que alguien decidiera morir ante la perspectiva de vivir y padecer indefinidamente por una enfermedad irremediable. Siempre, hasta que me tocó de cerca la disyuntiva de la eutanasia. Miré el cuerpo aún vivo de mi madre, miré su cara y me cerré a cualquier otra posibilidad que no fuera la de encontrar el milagro o desenterrar una esperanza. Me convencí de que en el cuidado del cuerpo que aún aletea ante nosotros, vive la esperanza.

Se abre la jaula de la vida.

Manejo mal la muerte, pero hay que enfrentarla. Seis marzos atrás, el día de la muerte de mi madre me rendía yo ante ella.

Entre coronas de flores, rituales del lamento, pésames o visitas a enfermos terminales yo me desarmo.

No apoyo la pena de muerte. Lamento cada día de una huelga de hambre.
En mi adolescencia soñaba con un mismo fusilamiento. No podía ver las caras, escuchaba el disparo y veía los muros grises llenos de agujeros de bala. La pesadilla se me repitió por años.

Soy muy conciente, tanto la hemos llamado que no debemos asombrarnos de que aparezca. Cada día, desde muy pequeños, repetimos aquella frase en la que debíamos elegir entre la patria o la muerte; juramos ser como un hombre ya muerto y en esa muerte pusimos toda la energía de nuestro crecimiento. "Pioneros por el comunismo, seremos como El Ché".

Los bustos, los himnos, los patriotas, los nombres de héroes idos y mártires que llevaban nuestras escuelas. Cada octubre las flores en el mar para Camilo.

Hicimos filas y filas para ver cajas de muertos venidas de guerras lejanas a la isla.

Somos una cultura que no se ha preparado para la muerte, pero que la nombra con facilidad. No celebramos el día de los muertos como podría hacerlo un mexicano, pero la mencionamos a diario como un mantra, mirándola a la cara, como una posibilidad permanente.

En los ochenta, cuando los sucesos de Granada, escuchamos la narración oficial de una falsa inmolación. Sus protagonistas, perdidos en un lugar lejano de la patria, morían combatiendo envueltos en una enorme bandera cubana. Una imagen tan fuerte que todavía nos sobrecoge. Aunque la vida y la patria sean para mí, una presencia real, luminosa, fértil, continua y sobre todo perdurable, se nos impone, constantemente, en contraposición a la muerte.

Muchas consignas tienen un contexto, pero nuestro énfasis en la asfixia, en la "no salida" nos ha soldado a una inmovilidad que deriva en LA MUERTE.

"Patria o muerte, venceremos".

"Quien intente apoderarse de Cuba, recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre sino perece en la lucha".

"Nuestros muertos alzando los brazos, la sabrán defender todavía".

"Hasta después de muertos somos útiles".

"Todos gritarán, será mejor hundirnos en el mar, que antes traicionar la gloria que se ha vivido".

A los nueve años imaginaba "hundirnos en el mar" como la acción de halar una palanca que desencadenaría un enorme remolino que nos arrastraría hasta el mismísimo fondo del mar. Mi madre me explicaba que se trataba de una metáfora, pero yo volvía a verme en el fondo, con todo y patria.

En el malecón, entre la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba y nuestra cotidianidad ondea un mar de banderas negras.

Varios de nuestros amigos perdieron a sus padres en las guerras de África.

Las despedidas familiares en la orilla, esas despedidas que garantizaban la posibilidad de una travesía marcaron los años noventa cuando el éxodo de los balseros.

Titulares de mi infancia: Atentados, sabotajes, amenazas, epidemias. Nuestros padres abonando eternamente un día de haber para las Milicias de Tropas Territoriales que nos defenderán.

Los túneles populares, los campos de tiro. Reservas de guerra. Período especial en tiempos de paz. Plan de evacuación. Trincheras. Sirenas de Alarma aérea. "Cada cubano debe aprender a tirar y tirar bien". La preparación militar como una asignatura y el concentrado militar al final de nuestras carreras universitarias, imprescindible para poder recoger tu título. En fin, la diaria posibilidad de una guerra, de la muerte. Los discursos develaban su inminencia, entonces la sentíamos muy cerca, estaba a nuestro lado. La muerte ha sido una leve lámina que nos une o nos separa.

Un guaguancó incendia el aire y cuenta que la muerte nos llama. Ciertos boleros desgarrados prefieren la muerte en su desenlace. Cuántas canciones maravillosas, clásicos que no vamos a olvidar ni después de muertos, hablan de la muerte.

Me pregunto por qué diablos no me acabo de acostumbrar a su presencia.

En las noticias y análisis de estos días se habla de la muerte como una posible solución. ¿Es sobre la muerte que debemos construir la vida plena? El hambre se convierte en muerte y la muerte es parte de un hambre que nos provoca vacío, debilidad, luto.

Quiero aprender a transformar la vida desde la vida misma.

No me acabo de acomodar a la muerte. En los cementerios, donde puedo ir a visitar a la mayoría de mis seres queridos, busco y comulgo con la vida que se abre paso bajo los ángeles y las grietas de mármol. Debería saludar a la muerte con normalidad. Pero no puedo quedarme quieta ante ella. Amo el modo en que Tomás Gutiérrez Alea la recreaba, relacionándola con nuestra cotidianeidad, traveseando con su presencia.

Hoy pienso en mi madre Oya tan unida a Ikú, divinidad de la muerte. Miro hacia la calle, sigo pensando en que Oya propicia los temporales, los vientos fuertes y huracanados, los rayos y centellas. Ella simboliza el carácter violento e impetuoso y vive en la puerta de los cementerios. Representa la intensidad de los sentimientos lúgubres, el mundo de los muertos. Toda ella es la reencarnación de los antepasados, la falta de memoria y el sentimiento de pesar en la mujer. La bandera, las sayas y los paños de Oya llevan una combinación de todos los colores… excepto el negro.

Pido a Oya que me ayude a entender la muerte, porque acecha, y ya corre a nuestro paso. Mucho la hemos invocado, nombrado, mucho la hemos aludido y ahora que viene ante nosotros y se presenta. ¿Qué hacer? Quienes le hemos llamado debemos recibirla.

Ahora, ¿qué cara le vamos a poner a la muerte?

1 comentario:

Anónimo dijo...

Que cara le pones ahora a la muerte Comandante en Jefe, ahora que te llega la hora a ti y a todos los centenarios que tines en el buro politico y en el comite central y en el consejo de ministros, tu que nos hiciste creer que los americanos nos atacarian y fuimos ninos que crecimos en el panico de escuchar aviones en la madrugada o los medio dias tranquilos de los 60 y nos moriamos de miedo en nuestras camas y nuestras escuelas y nuestros juegos pensando que eran los americanos que venian a matarnos por ser buenos y tener medicina y educacion gratis y no descriminar a los negros
Comandante te llego tu hora y quiera Dios que te vayas primero que yo para ver con mis propios ojos que cara tu y los tuyos le ponen a la muerte