domingo, 16 de mayo de 2010

PALABRAS DEVALUADAS: NADIE ESCUBACHABA


EL HOMBRE DEL RUIDO
Milan Kundera


Otra estancia en Bohemia: en casa de otro amigo, tomo al azar de la biblioteca un libro de Jaromir John, novelista checo de los años veinte y treinta. Autor culto, refinado, olvidado desde entonces. Leo esa novela, “El monstruo de explosión”, por primera vez en 1992.

Escrita hacia 1932, cuenta una historia que transcurre diez años antes, durante los primeros años de la República checoslovaca nacida en 1918. El señor Engelbert, asesor forestal en el antiguo régimen de los Habsburgo, se retira por aquel entonces a Praga tras su jubilación; pero, al toparse con la moderna agresividad de la joven República, es presa de una decepción tras otra. Una situación nada nueva.


Sin embargo, lo inédito -lo que define ese mundo moderno, lo que pasará a ser la pesadilla de Engelbert- no es el poder del dinero o la insensibilidad de los arribistas (aunque todo esto contribuya también a su decepción), sino el ruido; el nuevo ruido, el de las máquinas y los aparatos encarnados en primer lugar por los automóviles y las motocicletas: los “monstruos de explosión”.

Pobre señor Engelbert: se instala primero en una casa en un barrio residencial; allí, los automóviles le descubren por vez primera la existencia del mal sonoro que convertirá su vida en una huida sin fin. Se muda a una casa elegante situada en otro barrio, encantado de que, en su calle, los automóviles tengan prohibido el acceso. Ignorando que la prohibición era tan sólo temporal, se aterra la noche en que oye zumbar los monstruos de explosión bajo su ventana.

A partir de entonces se lleva a la cama toda suerte de tapones para los oídos y comprende que “dormir es el anhelo humano más fundamental y que la muerte causada por la imposibilidad de conciliar el sueño debe de ser la peor de las muertes”. Busca (inútilmente) el silencio en hoteles rurales, en casa de antiguos condiscípulos de instituto (inútilmente) y acaba pasando las noches en los trenes, que le procuran, con su ruido suave y arcaico, un sueño relativamente apacible.

Con todo, si bien puedo permitirme imaginar a Engelbert como un hombre real que hubiera escrito su autobiografía, apuesto a que su confesión no se hubiera parecido al texto del novelista. ¡Reconocer que el ruido de los automóviles había cambiado su vida más que la independencia de su país, durante tanto tiempo anhelada, sería para el anciano una confesión inconfesable! Porque (como todos nosotros) vivió en un mundo pre-interpretado.

La libertad, la independencia nacional, la democracia, o (visto desde el ángulo opuesto) el capitalismo, la explotación, la desigualdad social, son nociones muy serias, sagradas, capaces de explicar el comportamiento humano. A ello debe remitirse toda biografía seria. El ruido tan sólo puede ocupar un puesto marginal, a pie de página, como una molestia anodina y, en definitiva, más bien graciosa.

Sin embargo, en vez de tomarse en serio la pre-interpretación del mundo, el novelista se concentró en la vida concreta de un hombre concreto y llegó a una comprobación a la vez modesta y enorme: el hombre moderno es el que vive en un mundo desertado por el silencio; o más exactamente: en un mundo donde la antigua relación entre ruido y silencio se ha invertido: lo excepcional ya no es el ruido (música incluida), sino el silencio.

Descubrimiento considerable; porque lo que cambió, marcó y remodeló la vida del señor Engelbert no es el nacimiento de la república independiente (con ser el señor Engelbert un gran patriota), ni los inventos técnicos que facilitan la vida (avión, teléfono, telégrafo), ni el régimen democrático (que debió de contrastar con la monarquía que lo había precedido); lo que cambió de cabo a rabo su vida es la inversión de la relación entre ruido y silencio.

Las múltiples consecuencias de esta inversión podrían llamarse existenciales: otra relación con la naturaleza, con el descanso, con la belleza, con la música, también algo que me parece de una importancia excepcional: otro lugar concedido a la palabra.

La omnipresencia del ruido provoca no sólo una alergia al ruido (lo cual es una evidencia médica), sino también (lo cual es una sorpresa existencial) una necesidad de ruido; de esa evidencia resulta, por ejemplo que, en la radio, la palabra vaya casi regularmente acompañada por un fondo sonoro, ya sea música o sonidos reales (de una fábrica, de una calle, etc.); para quien escucha, la palabra queda doblemente confundida: por el ambiente sonoro de la habitación donde se halla la radio y por el sonido elaborado en el estudio.

Por lo tanto, no sólo se oyen peor las palabras, sino que la palabra, en general, como tal, ya no ocupa como antes el lugar privilegiado que tenía en el mundo sonoro; no incita ya a concentrarse con atención; la palabra ya no es sino un ruido entre otros.

2 comentarios:

Armienne dijo...

El silencio se extraña cuando, después de vivir toda tu vida en el campo, te trasladas del día a la noche a una atestada ciudad.
El valor de la palabra no es oirla sino escucharla.

Anónimo dijo...

Sin silencio la palabra pierde su sentido. Sin silencio no hay diálogo, porque hay que hacer silencio para escuchar. Eso ya lo sabían los monjes cristianos del siglo 4, lo reitera San Benito de Nursia en el siglo 6, y los monjes benedictinos, cartujos y cistercienses hasta el día de hoy.