domingo, 13 de junio de 2010

HABANOTHING


FANTASMABANA
Orlando Luis Pardo Lazo

Un fantasma recorre La Habana. El fantasma de la propia Habana.

Ahora, que el Estado picotea la Habana-Campo alrededor de la capital, la ciudad de noche se difumina, se hace etérea, extraña, un poco artemisa urbana y un poco mayabeque rural.

La gente sin gentilicios sale a respirar al aire preso de esta ciudad con una economía de tres por kilo.

Se sienten al límite. Se sientan al límite. Van al muro, muralla de pacotilla que contiene del otro lado al mar y, de paso, al fantasma tan familiar de los Estados Unidos.

Mientras el Estado mueve los peones presos de la política, los ciudadanitos de gas se desdibujan en el paisaje o paraje oxidado de la noche post-revolucionaria.

Yo también salgo a las calles. Las desconozco de remate. Soy el penúltimo cubano que no se anima ni siquiera a apagar el Morro.

Esta Havana remite a la aldea tomada por los ingleses, fiesta de putas enchumbadas sin whisky y con carabinas cancaneantes en sus entrepiernas coloniales.

Esta Htlmabana 2.0 de futuro fósil, sin guara y sin waka-waka, de tiradores reprimidos que nunca culminan su faena.

Este villorio vilipendiado hasta por su carencia crónica de dios.

Entonces viro abrumado a casa, intercambiando taxis y buses como en un metro de mapa imposible.

Encuentro a duras penas mi casa de tablas de Fonts 125, en Lawton.

Mi madre ronca la pesadilla de los justos. Es bella a sus 74 años. Parece muerta.

Un fantasma corroe La Habana. El fantasma de La Habanada.