miércoles, 16 de junio de 2010

SMALL TALK


DE LA BIOTECNOLOGÍA APLICADA A LA LITERATURA LÍMITE

Orlando Luis Pardo Lazo

Alguna vez creí poder ser algo así como un científico y me gradué, para colmo con Diploma de Oro, en la Facultad de Biología. Era pleno Período Especial y, de estreno como Licenciado en Bioquímica, con la cabeza atiborrada entre el picadillo de soya, los camellos, y mis ilusiones teóricas de ganarme cuanto antes el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, choqué entonces cara a cara contra la ríspida realidad de un año 1994 donde apenas alcanzaba el agua destilada para los laboratorios de la Universidad de La Habana.

Tragué en seco, literalmente en seco. Acaso también literariamente en seco. Me refugié en ese bunker de presupuesto priorizado que es el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), y justo en esa época de más esperas que esperanzas, decidí ser algo así como un escritor.

Una vez trabajando allí, en el corazón elitista del Polo Científico del Oeste, entre micropipetas y genes marcados con radiactividad de importación, entre cromatografías de alta resolución y las mil y una sustancias carcinogénicas con que experimentábamos a diario, entre cámaras de 37 grados y freezers de -70, entre jornadas laborales que duraban más de 24 horas al día y más de 7 días a la semana, con un mini-salario de Reserva Científica y aún sin derecho al llamado “estímulo” en CUC (por favor, nadie me acuse de practicar el materialismo científico), involucrado en proyectos de vacunas confidenciales y de paso descubriendo antes que el resto de Cuba cómo lucía Windows y qué era internet (contrario a lo que hoy pueda pensarse, Windows e internet no son anteriores al ser humano), estimulado por un clima competitivo de Primer Mundo donde la biblioteca recibía revistas incluso del mismo mes (mientras que en la Facultad de Biología llamábamos “documentos actualizados” a las revisiones bibliográficas de cuando la perestroika); rodeado, en fin, como dice Allen Ginsberg en su poema “Aullido”, por las mentes más hermosas de nuestra generación, casi me olvido de mi vocación literaria.

De hecho, dejé de escribir, probablemente lo mejor que hubiera podido sucederle al público lector. Así fue durante bastante tiempo, hasta que llegó la hora de publicar los resultados de mi proyecto vacunal contra el dengue (no se preocupen, que ya no es un secreto del Consejo de Estado). Fue entonces que redescubrí aquel arte olvidado al salir de la universidad.

Pronto me di cuenta que al autor Orlando Luis Pardo Lazo no le importaban tanto la exactitud de los Materiales y Métodos, sino hacer una Introducción y una Discusión dignas de una novela best-seller de ciencia-ficción. Cuando terminaba con mis propios artículos y los publicaba, saltaba salivando sobre las investigaciones de mis colegas, y con el pretexto de ayudarlos con el estilo, hasta procesaba estadísticamente sus datos yo. Me convertí en eso que en el mundillo editorial se llama un “escritor fantasma”: aquel que hace todo el tortuoso trabajo de tecleo y composición, ese que vive atrapado más por el poder de las palabras que por los hechos de la historia real. Más que un síntoma, fue definitivamente una recaída que no se cura hasta el día de hoy.

De manera que empecé a publicar también ensayos de revisión. De manera que, tras un quinquenio con horario de consagración, me vi en la calle, contratado con horario abierto, como editor de la revista cultural Extramuros, del Centro Provincial del Libro y la Literatura de Ciudad de La Habana (del CIGB al CPLLCH, seguimos en el siglo de las siglas). De manera que envié mis primeras obras a concursos de cuento nacionales y para colmo de males gané, lo que ha implicado publicar cinco libros hasta la fecha, así como reseñas críticas de los libros de mis contemporáneos, más algún que otro encontronazo con la censura oficial.

De manera que siempre les recomiendo a mis antiguos colegas de ciencia, y de paso se lo reitero ahora a ustedes antes de que se aburran de mi descarga, que tengan mucho cuidado a la hora de publicar incluso un pequeño poster en una pared. Porque, si notas que cambias compulsivamente la redacción, hasta lograr el rompecabezas perfecto; si sientes que un vocablo brilla entre tus manos tanto por su significado como por su fonía; si sueñas con tener infinitos lectores no sólo en la comunidad científica sino también en los programas de difusión de los medios (entrevistas incluidas, por supuesto); entonces, seas estudiante o graduado o máster o doctor, estás en mi grupo de riesgo para contraer esta infección.

Y, les advierto para terminar, que no hay terapia efectiva contra el retrovirus de la escritura si ya se incuba dentro de ti, esperando su oportunidad de expresarse para salir del núcleo al citoplasma, de los tejidos al torrente de las emociones, y de la memoria directo al músculo estético más que estriado de nuestro corazón. Tal vez la mayoría podrá conciliar ambas carreras con rigor, recombinando la belleza de la ciencia con la del arte. Yo no pude o no supe o no quise hacerlo, y sucumbí a la mutación espontánea de buscar mi verdad por medios no tan racionales, apostando fuerte por la imaginación, por la locura de un oficio que, según Gabriel García Márquez, es el “más solitario del mundo”, y donde lo más saludable muchas veces no es la lógica sino el delirio.

A cada rato mi madre le pasa un paño al Diploma de Oro que por fin logré que descolgara de la sala. Como soy hijo único de la vejez, ella me mira con cierto reproche desde una venerable edad que bien pudiera convertirla en mi abuela. A veces pienso que mi madre piensa que he desperdiciado por gusto el primer Premio Nobel de Fisiología y Medicina cubano. A veces la acaricio sonriendo, confiado en que hay otras categorías disponibles de ese mismo galardón. Con un poco de paciencia, si no te sales del Club de los 120 Años, bromeo ahora con ella, el Nobel de Literatura no me va a dar pena que lo cuelgues en plena sala, para que se entere nuestro barrido barrio de Lawton (aunque sólo sea otra ilusión del cosmonauta, de las tantas a las que ha aspirado y hasta por la que ha expirado mi generación).

Es que sospecho que no sólo de pan vive el hombre. También de párrafos.

6 comentarios:

Pedro F. Báez dijo...

Tenías que ser escritor porque tu genio no podía mantenerse embotellado en probetas o dormitando sobre largas y tediosas letanías de cálculos y funciones logarítmicas. Admiro sinceramente tu talento artístico en todos los órdenes y pienso que no es tan descabellado, ilusorio ni arrogante pensar en aspirar a un Nóbel de Literatura en unos años más. Dile a tu viejita que aguante. Te abrazo y te hago reenvío de los enlaces hoy mismo.

sonora y matancera dijo...

as Gertrude Stein said: "A writer should write with his eyes and a painter paint with his ears".
muy de ella, esa observación tan analítica de lo que hacemos los que tratamos de darle vuelta a la lengua, in more ways than one. dale.

Padrino dijo...

Muy bonito perfil personal de quien es ante todo un brillante profesional, que juega con las letras para formar palabras que se convierten en frases y expresan inteligentes ideas.

Muchos exitos y no desmayes en el intento de escribir y hacerlo bien. Estaremos esperando tus regalos literarios cada vez.

Roberto I. Vazquez-Padron dijo...

Genial!!! y tu que revisaste un par de mis articulos
Saludos

Armienne dijo...

Orlando, se siente y se escribe con el corazón.
¿Sabes? Yo también soy bióloga, además de todo lo demás.

Omar dijo...

Te leo atentamente, y no me queda más que suscribir la línea final.

Abrazo, brother.