viernes, 30 de julio de 2010

ALL ABOUT DAD


TODO SOBRE MI PADRE

Orlando Luis Pardo Lazo

Leyendo milagros en el blog de Mirta Suquet

Mi padre no pidió limosna, aunque dependió de un hermano y otro hijo en USA. Mi padre no tuvo que salir a la calle a vender un paquetico de nada, aunque dio clases de inglés a domicilio como un caballo. Mi padre vivió en casa hasta los 81, cuando prácticamente ya era sólo el padre de mi madre (se llevaban 17 años). Mi padre, el abuelo que nunca tuve de grande.

Cada día regreso de la calle con mi padre en la cámara Canon y la cabeza calcinada por tanto sol y tanta soledad. Casi no hice fotos de mi padre en vida. Y ahora pago el precio de ese descuido de adolescente (fui su hijo de la vejez).

Por eso me lo encuentro por las aceras y soportales cubanos. Boqueando, mal afeitado. Con ropa humildísima que olía siempre a cigarros Populares de 1.60 pesos (un aroma que extraño: todos los fumadores apestan, excepto él). Un tipo tan tierno, cuando yo me atrevía a decirle al menos media palabra. Tan torpe para las cosas prácticas, tan iluso para las letras inútiles. De mirada inmortal cuando mi psico-rigidez me permitía decirle de vez en cuando (de voz en cuando): papá

Murió en agosto, como todo muere en este mes mefítico de los Trópicos. De cáncer, como corresponde en un país sin diagnósticos de última generación. Ni terapia. De un tirón, por suerte. Sin dolor. Mi padre murió de una metástasis misericorde, amateur, entre un raro vómito llamado “borra de café” y las cantinelas de Radio Martí en un radio Selena de antes del Período Especial.

Desde entonces lo he visto muchas veces y todas lo he retratado. No le hablo jamás en la calle. Pero en la casa, sí. Siempre. ¡Papá, coño, si estás igualito…! Papá, ¿verdad que nunca te vas a volver a morir…?

Mi madre ignora todo este tráfico de emociones. Le pone agua y sus florecitas de cada día. Las decapita con puntualidad de verdugo. Mi madre es el terror manos-tijeras de nuestro jardín. Y de paso le reza a mi padre, con la timidez de quien se puso vieja y aún no sabe si tiene derecho a rezar (sirviente solícita en el capitalismo, obrera muda en el comunismo: mi madre sí supo lo que es resistir).

No hay consuelo para no ver a mi padre, supongo. Pero yo me invento uno cuando la tristeza socializada de Cuba no pare más. Entonces rebusco en mis fotos de caballeros callejeros caídos en las trincheras inciviles de La Habana, tanteando en la pantalla líquida o el papel cromado los ojos maravillosamente miopes de mi papá. Hasta que ¡wao! ahí están de nuevo, como nuevos, fotografiados como si no se hubieran muerto hace exactamente diez años. Los días sí volverán.

Y me alegro, como un escolar estúpido, de que mi padre nunca pidió nada a extraños ni en la crisis ni en el esplendor; aplaudo que sus negocitos fueran una calamidad sin ganancias porque no le hacían ninguna falta; me regocijo y envidio que a sus 81 casi no conociera a un médico, excepto al ingenuo o ignorante indígena que descubrió su cáncer sólo durante la autopsia (igual desde niño yo sabía que después del año cero o dos mil me quedaría huérfano hasta de Cuba).

Fue un domingo. Trece. En agosto. Con pioneritos en el televisor adelantando las primeras flores por el cumpleaños del hoy compañero Fidel (Elián González era todavía una pesadilla patria patética). Esa noche, la funeraria de Luyanó (localito mortecino con una tarja republicana del Partido Socialista Popular) estuvo más repleta que nunca de viejos dejados solos contra la rala realidad del siglo XXI insular (noche insulsa, jardines inverosímiles). Y ahí mismo comencé a sentir cierto orgullo necro de que mi padre no estuviera allí. No así.

Buenas noches de nuevo, falso papá con enfisema en estos píxeles de hoy. Que resucites en la próxima foto o respires pronto tu próxima flor (parece un título terrible de Manuel Cofiño, pero la vida de mi padre, de alguna manera antípoda, estilísticamente lo fue). Hasta mañana entonces, desmemoria de mi papá (es un privilegio escribir por fin sin complejos estas frasecitas flojas de escuela primaria). Sospecho que aquella gramática mía no volverá. Rev In Peace!

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Maravilla de escrito, es temprano y ya estoy frente al ordenador vivo a mucha distancia de mi querido país, pero cada día accedo a las noticias q me acercan a él, hoy es un día hermoso he leído esto acerca de un padre q bien pudiera ser el mío, coinciden en tantas cosas, y al igual q yo lo hecho mucho de menos.

Anónimo dijo...

Hola Orlando, no he leido mucho tus cosas, en general no me gustan mucho, me aburro, hay muchos juegos de palabras, pero pocos realmente ingeniosos que me hagan continuar.
Este post, sencillo y personal, si que me parece bueno. Nada.. una opinion perdida, por si te es util. Exitos

Anónimo dijo...

Hermoso post.. me encanto, y me recordo tanto a mi padre con la jabita buscando los mandados en la bodega.. pobre destino el de los viejitos en Cuba.

Armienne dijo...

Me has hecho recordar al padre que no no conocí porque murió antes de quedar impreso en mi memoria.

Omar dijo...

Hace dos días, en el dispensario donde trabajo llegó un señor de 94 años. Lo trajeron dos vecinas suyas. Tenía una crisis hipotensiva y, aparte, estaba hinchado por retención de líquido. Al parecer, no había comido en días. Murió allí, en una camilla vieja y sucia, en medio de extraños porque sus hijos hacía mucho que se habían desentendido de él. "Yo lo que quiero es irme a mi casa y comer por fin", fue lo último que dijo; luego cerró los ojos y pasó de éste sueño al otro, sin otro dolor que el de una vejez abandonada.

Qué vaina tan seria con éstos gobiernos... sobre todo aquéllos que presumen de "populares".

Saludos desde el Tuy venezolano.