martes, 20 de julio de 2010

El amor en los tiempos del cohete


EL PASADO DEL CINE

Orlando Luis Pardo Lazo

Un amigo, que soy yo mismo, me dice que no resiste oír a los actores cubanos actuar. Que existe un tono que es anterior a cualquier escuela escénica. Como el eco hueco del patrón de prueba de la televisión. Un debris de discurso: una cadencia, un aire de familia, cierta inopia inercial. Y yo, que soy mi propio amigo, no puedo evitar coincidir con él.

No es culpa de los actores, por supuesto, aunque sí es culpa de ellos. La tara genética es de los directores, que dejaron de pensar el arte cubano hace por lo menos dos decadentes décadas. En especial, los directores de cine como clase cómplice social.

Tampoco es culpa de los directores, por supuesto, aunque sí es culpa de ellos. La trabazón tétrica es de la institución cinematográfica, con su enyesamiento estético de los guiones por motivos extra-cinematográficos. Mientras más holgura económica, peor. Al cine cubano le conviene la crisis, la libertad carroñera del presupuesto no oficial.

Y ahora, una vez más, una fábula en clave de los ochenta. Una de esas comedias importadas directamente desde el primer Titón, con cierto patakín posmodernista como plusvalía.

Ahí están todos los estereotipos (dicen que las buenas comedias dependen de ese lugar común). Diálogos que explican tanto o más que la inverosímil o insoportable narración en off. Personajes que dicen mucho y muestran muy poco (pornografía pacata), caricaturizando la trama del filme a una suerte de ilustración del storyboard. El tipo de película que pudiera ser rodada con éxito por un aprendiz del director (su presencia en el set es una cuestión más laboral que autorial).

Y, como marca de agua, el patetismo patrio goteando a gritos a pesar de la intención desacralizadora de un momento histórico que se supone solemne: octubre de 1962, un hito histérico que ya pronto, en agosto de 2010, según las Reflexiones atómicas de Fidel Castro, lo volveremos a vivir desde el muro de Jerusalén hasta la sinagoga de La Habana (acaso la causa de que un contratista yanqui siga preso en Cuba, sin cargos, por repartir antenitas y laptops entre nuestros rabinos).

Este remake tardío de “Alicia en el pueblo de Maravillas” no debiera ser criticado como obra de arte, sino como síntoma sistémico de la paleoindustria cubana del cine. Pudo haber gastado millones en su making. Puede funcionar para la gran audiencia (aunque no noté carcajadas en el Acapulco). Podría ganar reseñas elogiosas locales y algún premio de la buena voluntad a título de la izquierda europea o latinoamericanalba. Pero toda esa parafernalia, incluido este comentario, serán mejor relato que lo que por fin ha parido el guión, donde para colmo hay narradores literarios implicados en su copyright.

Lo mejor, como en medio cine cubano, sea oficial o independiente, es ese efecto especial llamado Jorge Molina, que lo mismo come col que lombrices que fichas de dominó que caza a una Caperucita Roja en el gulag canábico de San Antonio de los Baños. Lo peor, que en la próxima temporada tendremos más y más de lo mismo en las butacas de estreno, como si Cuba continuase congelada en una era capaz de parir a un corazón. Como si el siglo XXI temáticamente nos diera pánico como creadores.

Y no estoy haciendo chatarra del cohete caído. Ni siquiera me estoy lamentando. En todo caso, me voy lamiendo todo con ese amigo mío que yo mismo soy.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Tengo mucha curiosidad por saber como explica la película que los misiles se empezasen a montar ... y que después se retirasen debido a un bloqueo naval, de los de verdad.

Los barcos soviéticos salieron de Cuba con los misiles de vuelta. Se acercaban helicópteros de Estados Unidos, y los soviéticos tenían que pasar por la humillación de levantar los toldos de lona para mostrar que efectivamente se llevaban los misiles de vuelta.

Gabriel

Armienne dijo...

¿Es cierto?
¿Se hizo la película?