lunes, 16 de agosto de 2010

ENSAYO DE VOCES 1





Los límites del inmovilismo

Dimas Castellanos

LOS MÚLTIPLES factores que hicieron posible la parálisis de las últimas décadas de nuestra historia, al interactuar en un escenario diferente, han colocado a la orden del día los límites del inmovilismo. Los intentos de convertir al ciudadano en masa, de ignorar la función vital de los derechos y libertades y de determinar desde arriba qué, cuándo y cómo hay que hacer cada cosa, terminó por matar el interés personal, generar el estancamiento y desembocar en una profunda crisis estructural con inconmensurables daños materiales y espirituales. Es un hecho reconocido públicamente por las propias autoridades del país al plantear la necesidad de cambiar todo lo que sea necesario; aunque no hayan manifestado la correspondiente voluntad política para enfrentar dichos cambios.

Como he expresado en otras oportunidades, la coincidencia entre el agotamiento del modelo, el descontento ciudadano, el estancamiento de la nación, el deterioro de la imagen al exterior, las presiones externas y el consenso ciudadano por el cambio, ha conformado un escenario que se resume en que los de abajo no quieren y los de arriba no pueden seguir como hasta entonces. En ese contexto irrumpió una cadena de acontecimientos en el año 2010, entre ellos: la prohibición al eurodiputado socialista Luis Yánez para entrar a territorio cubano, la muerte en una prolongada huelga de hambre del prisionero político Orlando Zapata Tamayo, la huelga de hambre Guillermo Fariñas, la represión contra periodistas independientes, blogueros, Damas de Blanco y otros opositores, en un momento en que, gracias a la tecnología informativa, el poder comenzaba a perder el monopolio de la información.

Inmerso en ese complejo cuadro social, el Gobierno anunció, en los congresos de la Unión de Jóvenes Comunistas (octubre 2009) y de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (mayo 2010), la “actualización del modelo”; un propósito imposible sin antes cambiar la política exterior de confrontación por la aceptación del diálogo crítico, cuya primera y más elemental exigencia es la liberación de los prisioneros políticos; hecho que condicionó un giro en las autoridades cubanas, cuya principal manifestación ha sido convocar a la Iglesia católica para actuar de mediadora ante las Damas de Blanco y la huelga de Fariñas, e iniciar un proceso de liberación gradual de los encarcelados en la primavera de 2003. Algo a lo que se habían negado durante siete largos años. Aunque ese giro no sea sinónimo de voluntad política para la democratización, sí expresa al menos la conciencia de que sin cambios son impensables sus propios propósitos, lo que equivale al fracaso del inmovilismo.

Si en las nuevas condiciones la intención del Gobierno es liberar los prisioneros para cambiar la imagen y acceder a planes de cooperación y fuentes de financiamiento, está en el camino del más rotundo fracaso; pues la liberación de los primeros prisioneros, con independencia de la forma y el ritmo con que está ocurriendo, devendrá, quiérase o no, antesala de otras demandas urgentes de la sociedad cubana. Sin desconocer los graves peligros que representaría un nuevo estancamiento, esa liberación conducirá, más temprano que tarde, a otros cambios. Detenidos en este punto es importante tener en cuenta que desde 1902, año en que se instauró la República, Cuba ha cambiado muchas veces para regresar nuevamente al punto de partida; una realidad que obliga a tener en cuenta las causas de las regresiones ante las evidentes perspectivas de cambio.

Entre esas causas se destaca la debilidad de la sociedad civil, autónoma y reconocida jurídicamente en la primera mitad del siglo XX, y su desaparición entre 1959 y 1968, sin cuya existencia no es posible el avance personal ni social en la modernidad. En ausencia de la sociedad civil y de los derechos cívicos y políticos, el concepto de ciudadano se fue eclipsando hasta ser considerado como un término peyorativo. Ello significa que a la vez que Cuba se aproxima a cambios, lo hace en ausencia de los instrumentos y espacios imprescindibles. Una realidad que constituye el más complejo reto para que las posibles transformaciones no culminen en un nuevo retorno al punto de partida. Todo depende de la capacidad de las fuerzas pro-cambio, de la inteligencia en la forma de actuar, y también de las fuerzas ocultas que se oponen a ese proceso.

En próximas entregas trataré varias figuras de la República surgidas a partir del movimiento revolucionario que se opuso a la prórroga de poderes de Gerardo Machado, las cuales, procedentes del Ejército o del estudiantado, se caracterizaron por el empleo de la violencia física y/o verbal, y por el personalismo en los asuntos públicos; fenómenos estrechamente relacionados con la actual situación, por lo que de su análisis pueden surgir valiosas experiencias para el presente. En esta oportunidad me ocuparé de un hombre que se caracterizó, esencialmente, por la lucha contra la corrupción.

Eduardo René Chibás y Rivas (1907-1951), periodista y político, de carácter exaltado, locuaz, osado y excéntrico, formó parte del Directorio Estudiantil contra la Prórroga de Poderes en 1927; se destacó en el Directorio Estudiantil de 1930; fue detenido, guardó prisión y estuvo exiliado en varias oportunidades: en 1925 por su participación en la marcha que exigía la liberación de Julio Antonio Mella; en 1929 acusado de querer asesinar a Machado; en 1931 recluido en el Castillo del Príncipe y en la prisión de Isla de Pinos; en marzo de 1935, seis meses de nuevo en el Castillo del Príncipe; en 1950 seis meses de cárcel dictados por el Tribunal de Urgencia.

Miembro del Partido Revolucionario Cubano, fundado en febrero de 1934, en 1939 fue elegido delegado a la Asamblea Constituyente, representante a la Cámara en 1940 y Senador en 1944. En 1947, resultado de una división interna en el Partido Auténtico, fundó junto a otros líderes el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), por el que se postuló para la presidencia de la República. Desde marzo de 1928, en que publicó su primera declaración en El Mundo, hizo un uso reiterado e intenso de la libertad de prensa. Ya en 1934, en la edición de Bodas de Plata de la revista Bohemia, aparecía entre sus colaboradores. Además de El Crisol y otros órganos de prensa plana, utilizó la emisora radial CMW La Voz de las Antillas, la CMQ y desde 1946 la COCO. Sus denuncias y polémicas conformaron un estilo nuevo en la política cubana, basada en la utilización de los medios informativos para mantenerse en los primeros planos del interés público. Se autodefinía, por esa labor, como líder de la Revolución Moral.

Esencialmente polémico y contradictorio, pasaba constantemente de la defensa a la agresión. Veamos algunos ejemplos: en septiembre de 1933, cuando se acordó disolver el gobierno conocido como la Pentarquía, propuso a Grau San Martín para Presidente; luego, en enero de 1946, elogió la obra del presidente Grau con las siguientes palabras: En el orden educacional, hemos hecho efectivo, por primera vez en la historia de Cuba, lo que fue sueño de Martí y anhelo de Estrada Palma: que la república cuente con más maestros que soldados. Sin embargo, en junio de 1948 calificó a Grau de émulo de los Borgia, el mayor simulador que ha dado el mundo desde los tiempos de Calígula, a cuyo lado he sacrificado veinte años de mi vida, sin pedirle ni aceptarle nada.

Anticomunista consumado, presentó en la Convención Constituyente una moción de solidaridad con Finlandia al ser invadida por el Ejército Soviético y entre otras cosas dijo: Stalin ha traicionado las enseñanzas de Lenin para trocarse en un déspota imperialista al estilo de Iván el Terrible. Y en julio de 1940, en el acto de firma de la Constitución, denunció que ya se estaba violando su espíritu en provecho de algunos que la suscriben.

La acusación por diversos motivos, principalmente por corrupción, la empleó de forma sistemática. En mayo de 1939 acusó a Blas Roca de traidor; en 1942 al jefe de la Policía de extralimitarse en sus funciones; en 1943 presentó dos mociones en la Cámara contra Batista y contra el Congreso; en julio de 1945 a Carlos Miguel de Céspedes por la venta de un pedazo de la calle Paseo; en enero de 1947, en carta leída por la radio, impugnó a Grau por supuestos intentos reeleccionistas; en 1950 acusó al presidente Prío por el asalto a un juzgado correccional, del cual sustrajeron los documentos de una causa por malversación de cientos de miles de pesos; en 1951 acusó a Rolando Mansferrer de una bomba que habían colocado en la casa de Roberto Agramonte; y así sucesivamente.

Su conducta le granjeó amigos y enemigos. Calificado de loco, respondía: prefiero ser un loco con vergüenza que un ladrón desvergonzado. Cuando Carlos Prío ganó las elecciones de 1948, dijo: Chibás ha sido toda su vida un farsante. No es precisamente loco, sino un anormal. Chibás no sabe dónde tiene el corazón ni conoce la existencia de la verdad. Con otros, Chibás efectuó duelos de sables, pistolas y puñetazos. La defensa de lo que consideraba útil en cada momento lo llevó a realizar valoraciones criticables.

En febrero de 1946, estableció una diferenciación entre atentado revolucionario y simple terrorismo. Dijo: El uso de la bomba puede tener su explicación cuando ella se emplea como grieta de rebeldía contra un régimen de terror…, pero jamás cuando se emplea contra un Gobierno que es producto de la voluntad nacional.

La muerte estaba en su quehacer y en su discurso. En noviembre de 1939, en vísperas de las elecciones de delegados a la Asamblea Constituyente, resultó herido de bala y cuando le preguntaron quiénes habían sido los agresores, dijo: No se preocupen por averiguar; muero por la revolución, voten por Grau San Martín; pero la popularidad alcanzada por el disparo le dio el segundo lugar en la votación.

En enero de 1948, en una asamblea del Partido, saltó sobre la mesa presidencial y se puso a gritar: ¡Tiren al corazón! ¡La Ortodoxia necesita un mártir! En mayo de ese mismo año, durante un recorrido electoral por Oriente, apuntó: El día que Chibás crea advertir una extinción o una merma en el amor ciudadano, se parte de un balazo el corazón, no por cobardía ante el fracaso, sí para que su inmolación conduzca a la victoria de sus discípulos. En 1951, al no poder probar la acusación contra Aureliano Sánchez Arango, se hizo un disparo el 5 de agosto a causa del cual falleció el 16 del propio mes.

En El Crisol del 7 de agosto de 1944, al exponer las razones del autenticismo, expresó que el mismo solo hacía falta para romper el cerco que asfixiaba a la República y nos condenaba a la condición de parias en nuestra propia tierra, un grupo de cubanos de vergüenza en la gobernación del Estado. Luego, al crear el partido Ortodoxo, lo consideraba como la única fuerza política que brinda al pueblo de Cuba una nueva perspectiva, la única que abre nuevos cauces al país. Resultado de su quehacer y de su estilo, en un survey realizado en junio de 1950, Chibás resultó el candidato de mayor fuerza para la presidencia, lo que se confirmó con otro realizado el 20 de mayo de 1951, en el que aparecía con el 29,70% de los votos frente a 19,03% de Fulgencio Batista.

La idea de la honradez administrativa constituyó la esencia del movimiento político que inició desde el Partido Auténtico y continúo al frente del Partido Ortodoxo: Los malos políticos –decía– le roban al pueblo para enriquecerse; todas las luchas políticas nacionales tienen su origen en la falta de honradez; es indispensable por lo tanto, poner las riendas de la República en manos limpias. Chibás redujo la moral –un componente cultural encargado de regular la conducta humana en las relaciones sociales– a la honradez administrativa. La simplificación del concepto le permitió utilizarlo como arma contra sus enemigos en las contiendas electorales, pero lo inutilizó como instrumento de cambios profundos en la clase política y en el pueblo. Sí tuvo un efecto: llamar la atención sobre la corrupción administrativa, en un momento en que este mal se convertía en una amenaza pública. La consigna ¡Vergüenza contra Dinero!, servía perfectamente para alcanzar el poder como objetivo inmediato, pero no para forjar la Nación honrada con justicia social que él mismo profesaba.

El programa de su Partido tenía tres direcciones esenciales: independencia económica, libertad política y justicia social, pero en aquellos momentos, como en los actuales, Cuba requería de un cambio capaz de romper tanto el monopolio elitista de la economía como de la política para acceder a la justicia social. Para eso era necesario el fortalecimiento de la sociedad civil existente. Chibás concibió un paraíso perfecto para imponerlo a una realidad compleja, construido mentalmente desde su imaginación: expulsar a los ladrones del poder y situar en su lugar a un hombre honrado, servidor de la nación. Ese hombre tenía que ser su propia persona, que no apetecía ni necesitaba del patrimonio nacional, por tanto los cambios que propugnaba tenían que realizarse desde el dañino esquema del personalismo y el caudillismo, dos de los fenómenos culturales más negativos y arraigados en nuestra historia política.

La concepción de la inmediatez, característica de los cambios revolucionarios, no le permitió elaborar un proyecto político que respondiera a las condiciones existentes y a la psicología social del cubano. En una oportunidad expresó: Nuestro pueblo se informa del latrocinio de los gobernantes con la misma calma que lee las páginas de los muñequitos de colores o escucha los programas de radio. Por eso llamaba desesperadamente a la conciencia ciudadana indiferente: Pueblo de Cuba, despierta; sin comprender que los cambios al interior de las personas no responden a las urgencias revolucionarias. Por eso, con mucha razón, alguien expresó a su muerte: Chibás era un hombre imbuido de ideas mesiánicas sobre la historia, la moral y la política. A pensar en ese nuevo orden no le dedicó tiempo, pues en definitiva, el nuevo orden era él mismo, una enfermedad crónica de la que aún padecemos.

Chibás es un ejemplo paradigmático de la imposibilidad de realizar cambios sociales si los mismos no se acompañan de la correspondiente cultura cívica y desde una sociedad civil fuerte, como condición de la participación ciudadana. Esa es una de las principales enseñanzas que nos legó aquel mártir del adecentamiento público. Una experiencia que nos indica en estos momentos que la liberación de los presos políticos no puede ser más que el punto de partida para otros derechos y libertades, sin los cuales los cubanos continuarán marginados de las decisiones de la nación. Entre ellos están: el derecho a salir y entrar libremente al país, cuya inexistencia explica el éxodo masivo y permanente por cualquier vía; el acceso libre a Internet, sin el cual la alta calificación técnica y profesional se está descapitalizando en la era del conocimiento; y la libertad de expresión, fundamento del resto de las libertades.

1 comentario:

Armienne dijo...

Chibás hizo sonar una campana que todos oyeron pero muy pocos escucharon.