lunes, 9 de agosto de 2010

TAKEN FROM VOCES 1



Ése ya no volverá

Yoani Sánchez

AÚN puedo recordar los suspiros de mi madre frente al televisor, en aquellos aburridos años 80, mientras Fidel Castro hacía uno de sus maratónicos discursos. Él era el soñado galán de muchas cubanas que —de tanto verlo— podían anticipar lo que diría, conocían cada gesto suyo y las nuevas arrugas que aparecían en su rostro.

La atracción que generaba aquel peculiar coterráneo de más de 6 pies, perfil griego y sorprendente oratoria, llevaba a mi madre y sus amigas a un prolongado paroxismo. Así fue hasta que en 1989 se televisó el juicio al general Arnaldo Ochoa, acusado de estar implicado en el narcotráfico. Mi mamá volvió a suspirar, pero esta vez frente al rostro del que pocos días después sería fusilado.

Algo se rompió dentro del “club de fans del querido e invencible Comandante en Jefe”, pues en mi casa nadie volvió a escuchar, alelado, sus discursos.

La era marcada por los arranques personales de Fidel Castro parecía haber concluido. Su ausencia de los medios hizo que empezáramos a olvidarlo. Como todo hechicero, necesitaba hacer ante nosotros los pases mágicos que nos dejaban boquiabiertos y conformes. Tenía que sacarse la paloma del sombrero, el pañuelo de la manga para mantenernos atentos.

Sin su demiúrgica imagen muchos terminamos por levantarnos de las sillas y mirar en derredor. Cuán poco quedaba de “Él” en esos 4 años durante los cuales no escuchamos sus discursos, mientras no teníamos sus puñetazos en la mesa ni nos explicaba el plan económico que nos traería la “solución” a todos los problemas. Del hombre que se impuso a fuerza de mostrarse, de adormilarnos con sus largas diatribas, apenas si permanecieron algunas inconexas reflexiones, publicadas en las primeras planas de los periódicos.

De pronto, la tonada de Pedro Luis Ferrer advirtiendo de que “Si abuelo no está de acuerdo, nadie pinta el edificio” comenzó a pasar de moda, a perder parte de su sentido.

Para empezar, hubo decenas de brotes de gripe recorriendo La Habana y a nadie se le ocurrió llamarlos con su nombre. Durante su larga convalecencia, prácticamente ningún nuevo mote se sumó a la lista de los que Él ya ostentaba. Y Pepito, el eterno niño pícaro de nuestros cuentos, dejó de mencionarlo en sus simpáticas historias. Poco a poco, habíamos empezado a olvidar a Fidel Castro, aún en vida.

Las amas de casa estaban tranquilas porque la telenovela brasileña mantenía su horario estelar de la noche, sin los atrasos que le ocasionaba el Gran Orador. Los entrenadores deportivos se sentían más ligeros desde que no debían escuchar y seguir sus consejos; mientras los meteorólogos se sobresaltaban, en medio de un huracán, al recordar las precisiones e irrefutables pronósticos del Experto en Jefe.

Los ministros, por su parte, ya empezaban a preguntarse si tendrían que decidir por sí solos, o si Raúl Castro heredaría todas las carteras ministeriales que ostentaba su hermano. Todos ellos, en mayor o menor grado, habían dejado de sentir el enorme peso verde olivo sobre sus hombros.

Esa sensación de ligereza surgía porque, desde julio de 2006 el Comandante no había salido en vivo ante ellos. Todo ese tiempo no pronunció un discurso ni asistió a un acto público. Tampoco refrendó una nueva ley ni abanderó a las delegaciones deportivas que viajaban a competencias internacionales ni impuso las formales condecoraciones a los presidentes que visitaron el país. Brilló por su ausencia en los numerosos congresos celebrados y en las inauguraciones de nuevos centros de salud. Prácticamente no emitió ninguna opinión pública sobre cómo habría de hacerse algo en el país. En fin, no ejerció como Fidel Castro.

Y entonces regresó, como un anciano balbuceante de manos temblorosas que nada tiene que ver con aquel fornido militar de perfil griego que desde una plaza, donde un millón de voces coreaba su nombre, proclamaba leyes que no habían sido consultadas con nadie, perdonaba vidas, anunciaba fusilamientos o pregonaba el derecho de los revolucionarios a hacer la revolución. Poco queda del hombre que durante horas ocupaba la programación televisiva y mantenía en vilo del lado de acá de la pantalla a todo un pueblo.

El gran improvisador de otros tiempos se reúne ahora en una pequeña sala de teatro con un auditorio de jóvenes a leerles un resumen de sus últimas reflexiones —ya publicadas en la prensa— y en lugar de inducir aquel pavor que hacía temblar a los más bravos, provoca, en el mejor de los casos, una tierna compasión. Una joven periodista le hace una pregunta complaciente y le pide públicamente un deseo: “Déjeme darle un beso”. ¿Qué fue de aquel abismo que ninguna audacia se atrevía a saltar?

Habíamos empezado a recordarlo como algo del pasado, que era hasta una forma noble de olvidarlo. Muchos estaban disponiéndose a perdonarle sus errores y fracasos para colocarlo en algún ceniciento pedestal de la historia del siglo XX, donde su rostro —retratado en su último mejor momento— ya aparecía junto a los muertos ilustres. De pronto ha salido a exhibir impúdicamente sus achaques y a anunciar el fin del mundo, como si quisiera convencernos de que la vida después de él carecerá de sentido.

Durante las últimas semanas, aquel que fuera llamado el Uno, el Máximo Líder, el Caballo, o con el simple pronombre personal ÉL, se nos ha presentado despojado de su otrora carisma, para confirmarnos que aquel Fidel Castro —afortunadamente— ya no volverá, aunque por esta vez sea nuevamente noticia.

2 comentarios:

Armienne dijo...

Muy buena idea, Orlano, que coloques los artículos aqui.
Un abrazo.

Josep dijo...

Un sólo comentario, soledad...