domingo, 8 de agosto de 2010

TOMADO DE VOCES NUMBER 1



Yo no sé qué tienen los perros

Eduardo Laporte

NO SÉ qué tienen, pero algo ocultan. Una extraña sabiduría que no pueden comunicarnos, y que se resignan a llevar a cuestas, como un regalo no solicitado, el don de una inusual inteligencia que no escapa de sus cerebros del tamaño de un puño.

Hay algo insano en comerse a esos fieles animales, como vi un día en televisión que hacen en Camboya, sin escrúpulo ninguno: el perro es un bicho más, al horno y a vivir que son dos días. Me desagrada la idea.

Escribió mi amiga Álex Estupinian unos versos caninos que dicen así:

Yo no sé,

pero a veces creo que los perros

saben de la sustancialidad del mundo.

Algo de eso descubrí en el lenguaje secreto de los perros. Uno de esos perros que canta Silvio, en esas canciones suyas que por suerte siempre quedan en un lugar en que la política no alcanza, o alcanza menos: la música, el arte. Qué le digo a esos perros que se iban conmigo en noches perdidas sin amigos.

A mí me pareció que en La Habana había muchos perros. No es tanta la pobreza, pensé, porque el perro al final puede resultar un buen recurso para la olla, a falta de otras viandas más cotidianas. Vi muchos perros sueltos, perros sin amo, perros callejeros, perros de nadie, perros de todos, en la plaza del Parque Central. Junto a los endomingados clientes del Inglaterra o del NH Parque Central se hospedaban perros, vagos, apagados, durmientes, en las faldas de esos parterres que nos advertían de no pisar un césped que no existía.

Aquellos perros estaban rendidos, derrotados, habían dejado de ser perros. Conservaban su sabiduría —aunque haya quien diga que los chuchos son tontos—, pero habían renunciado a comunicarla algún día. 50 años eran muchos, pesaban, y el descreimiento era ya grande. La desazón.

Aprecié como una herencia de derrotismo en esos canes, en esos animales de las canarias del Trópico que no se preocupan de apartarse del sol derrengante. Los veía despanzurrados, tristes, al borde un llanto eterno, sobre las calzadas de las calles principales, pero también de los rincones más oscuros de la noche habanera.

En mis internadas por Centro Habana los veía, a veces, pe-ro no me daban miedo porque había desaparecido en ellos toda capacidad de lucha. Eran los perros más domesticados que había visto nunca, tanto, que habían perdido su esencia dentro del reino animal. Habían perdido su dignidad de perro, y eran un triste reflejo de lo que fueron. Dicen que los perros se parecen a sus amos, y todos esos cánidos, ya digo, eran de todos y de nadie, pero más de todos que de nadie.

En la mañana del 1ro de Mayo de 2009, cincuenta años después de la gloriosa y demás epítetos Revolución del Comandante Fidel, caí en el burgués acto de dejarme llevar por un bici-taxi. Hacía calor, llegaba tarde, no quería ir solo. Lo tomé, qué queréis. El calor, ya digo, era de plomo y el pobre conductor de aquel cacharro infernal ni se quejaba, aunque sus piernas temblaban como viejas cuerdas de as-censor cuando le daba a los pedales. ¿Igualdad? Siempre habrá un tipo que le lleve a otro, y ese otro jamás le llevará al primero. Siempre habrá un perro oscuro al que apartemos de un manotazo para que no nos moleste.

Yo en Cuba pondría de presidente a un jodido chucho, seguro que la cosa iría mejor. Esa mañana, con el sol líquido, extraña luz líquida que decía no sé quién (bueno, creo que Roland Barthes de la del sudoeste francés), por calles blancas como una Andalucía irreal, arreal, se nos apareció un perro. Un perro negro, un perro cubano, no un perro andaluz. Un perro real, no surreal, no daliniano.

Me miró a los ojos como pidiéndome ayuda, como diciendo “eh, no te vayas, escúchame, estoy aquí, ayúdanos”. Lo dejamos allá atrás, solo, en esa mañana de fiesta obligada y de consignas programadas, de sonrisas oficiales y orgullo patrio tan bien interpretado que muchos se lo acaban por creer, hasta que vuelven a su casa y todo sigue igual.

Yo no sé qué tendrán los perros, ese perro negro y mudo, pero cuando veo, aquí, en Madrid, a los perros saltarines, empalagosos, a veces agresivos, otras atléticos, otras todo eso a la vez, me acuerdo de los perros habaneros, quizá los animales más tristes que he visto nunca. Tan sólo el de Julia Núñez, cuando la visité en su casa de Belascoaín, me hizo pensar que aún había perros con rabia, pero rabia de la buena.

Era un gracioso salchicha, pero ladraba como un doberman. No me gusta que los perros me ladren, ni se me encaren, pero aquella vez me gustó ver esa entereza sobre cuatro patas. Era distinto al resto el perro de Julia Núñez. Era distinto a todos aquellos perros tirados por las calles, al sol, sin ganas ni para buscar la sombra.

Tristes, pienso ahora, como el hipopótamo, el cocodrilo o el oso polar que también he visto en Madrid, pero en el parque zoológico.

1 comentario:

MatheusII dijo...

Adoro los animales pero en especial los perros. No se porque les tengo lastima. Eso que escribes sobre los "caninos" lo he experimentado tambien. Gracias por tan sentido blog.