viernes, 17 de septiembre de 2010

Jesús in memoriam


CHUCHO Y EL FIN DE LA CLASE OBRERA

Orlando Luis Pardo Lazo

No lo despidió de su puesto de trabajo Fidel ni Raúl. Lo despidió la vida de la vida y por cuenta propia.

Chucho murió hoy.

Hacía meses que orinaba demasiado. Tenía anemia. Poco apetito. Enflaqueció.

Los doctores palparon una bola compacta en su próstata. Lo pincharon, pero la muestra no sirvió en el laboratorio. Lo pincharon más. Sangró. Bestias estudiantiles que ahorran anestesia sabe Dios para qué. Chucho dijo que ni una prueba salvaje más.

Siguió sangrando en las heces. Vomitó. Moretones en su cuerpo. Se descompensó. La lengua enredada en menos de media hora. La vista en el fin del mundo. Muerto en el Calixto García sin dar tiempo a nada (tampoco le hubiera hecho nada la claque juvenil bolivariana). Velado esta noche de jueves-viernes en la Funeraria de Infanta, La Nacional.

Mi madre allí toda la noche. Yo me fui. No resisto la poca luz y la mediocridad institucional que nos lastra hasta después de cadáveres.

Chucho fue un luchador. Tenía setenta y largos. Sin hijos. Sin mujer. Acaso sólo mi madre.

Se conocieron en la Fábrica de Muñecas Lilí, justo cuando mi madre se enamoraba de mi padre, el límpido oficinista del Departamento de Personal que le llevaba casi 20 años a ella.

Nací yo, en 1971. Mi madre se hizo ama de casa. Chucho esperó, como uno de esos personajes garcíamarquianos que él nunca leyó.

Pasó un siglo y un milenio.

A la vejez de todos, Chucho comenzó a frecuentar nuestra casa de Lawton. Llegaba antes del amanecer. Ayudaba en lo que podía. Viejito bisnero con más energía y lealtad que el 99% de la juventud, incluido por supuesto yo.

Mi padre era entonces como el padre de mi madre. Chucho y él jugaban ajedrez en un portal de los años noventa. Mi padre todavía tenía fuerzas para derrotarlo. Le aplicaba la ventaja histórica de quien ha tenido las manos libres para dedicarse a labores de corte intelectual.

Chucho, lo tuyo fue el trabajo manual. La lucha. De apuntador de Lotería en los años cincuenta a Secretario de su Núcleo en un Partido Comunista de Cuba ya cansado hasta del comunismo cubano.

Son las tres de la madrugada en Cuba. Escribo desnudo en mi cuarto, mientras él está tendido en La Nacional de Infanta, sala A (tercer piso), no muy lejos de su casita en un laberinto de la calle Manglar. La noche nos une en la desolación al viejo Chucho y al adolescente tardío Landy.

Alguna vez, ya muerto mi padre, él quiso dictarme sus memorias, pero con delicadeza lo eludí. No me arrepiento. Su vida tampoco merecía la falacia de ningún relato. Su vida era una cosa más que concreta. Un cambolo. Como la palabra “chucho”, por ejemplo, aunque entre sus amigos casi nadie conozca su nombre y menos aún su apellido (si es que los tuvo en definitiva).

Chucho, cará.

Chucho, que pudiste ser mi padre en la vorágine proletaria de los trabajos voluntarios de los años sesenta.

Chucho, que ya no creías pero aún confiabas en la Revolución.

Con tu letrona de caballo, que yo pasaba en limpio en la máquina de escribir Underwood ex-propiedad privada de mi padre. Actas de reuniones y citaciones a reuniones. Eso me daba Chucho para teclear.

Tac tac.

Tic tac.

El tiempo de nuestra clase social se acabó.

Contigo muere el espíritu de los de abajo. Pobre, pero honrado. Resolviendo sin joder a los demás. Con tus carcajadas de personajillo urbano de Lino Novás Calvo. Gritaba por el teléfono como un guajirón cerrero. Eso era. Un guerrillero trastabillando en ese palacete abandonado que sus dueños originales llamaron La Habana.

El órgano oficial del Partido Comunista de Cuba no se enterará, por supuesto, de “esta sensible pérdida de un compañero de ruta”, pero con Chucho cayó la cabeza de un tiempo que ningún cubano ahora habitará. En muchos aspectos mentales, para mí es como si se hubiera muerto Fidel (en muchos aspectos físicos se parecían especularmente al final).

Chucho, no voy a seguir tratándote en segunda persona del singular, ese vicio vacío de los despedidores de duelo.

La madrugada avanza y pronto amanecerá en La Habana de la Post-Revolución. Mi madre ha quedado más sola. Tu amor por ella está un poco más cerca de cumplirse en algún lugar que tal vez nunca sea.

Chucho, lo siento. Adiós.

11 comentarios:

JAAD dijo...

Bellísimo texto. Me ha emocionado hasta llorar --ya superé ese complejo de Magdalena que lo repirme en público; ya lloro hasta en el ciberespacio--.

Conocí a Chucho. Tuve esa suerte, aunque apenas hablé con él. Sentir su presencia y energía, y escuchar a tu madre cómo hablaba de él, fue suficiente para sentir lo que describes y narras. Y para sentir el dolor que siento por su muerte, tu madre más sola, y tú trastabillando con la realidad --"no dejes tu copa de oro abandonada a la luz de la luna", te dijo el I Ching, y que yo siempre quise traducir como "no dejes tu talento enorme de escritor por los enrededos de la política y el riesgo de ir preso. Sufre la patria con amor, no con odio".

¿Qué pesado soy, verdad? Soy un perro idiota, amigo, es todo. Y saber de la muerte de Chucho, y tus bellas palabras sin sentimentalismo --como un excelente, frio, y contenido testigo y no como la iracunda o triste, o histérica víctima.

Esta línea la guardaré en mi cabeza, porque creo que captaste algo que aún muchísima gente piensa-siente, dentro y fuera de Cuba, y no sólo algunos viejos como Chucho, y que es digna de reflexión:

"Chucho, que ya no creías pero aún confiabas en la Revolución".

Un abrazo Orlando.

Pedro F. Báez dijo...

No conocí a Chucho. No hace falta. Lo describes con tal fidelidad y tan entrañable cariño que es como si lo conociera de toda la vida. Chucho buenagente. Chuchosímbolo. Chucho ido y un poco de todos nosotros, ido con él. Te salió redondo el escrito. Como artista y como persona. Hoy te quiero más que antes, y ya te quería un montón. Abrazos.

Anónimo dijo...

Cono, que bueno esta nota.

yo dijo...

bello, como cada escrito tuyo, como tu...
quisiera infinito conocerte de frente, mirar esos ojos poetas, escuchar tu voz, la verdadera, no esa que me invento en la cabeza cuando te leo...
y si voy a cuba????...quisiera tanto verte...como eres realmente?...

Gordiano Lupi dijo...

No conocì a Chucho, pero conocì el abuleo de mi mujer que tambien confiò en la Revolucion hasta la muerte. Gran obra de poesia, gran poema Orlando. Traducido al italiano, espero bien, pero no tam bien como tu lo escribiste.

Gordiano Lupi
www.infol.it/lupi

Anónimo dijo...

lo siento mucho, un abrazo y mucha luz

Mickey dijo...

Brutal post!

L. S. Márquez S. dijo...

Estoy de acuerdo con JAAD en casi todo, es un bello texto, eres un gran escritor. Es increíble corroborar cosas tan lúcidas, pobre Chucho, los mil y un Chuchos que habitan La Haban, Caracas, Lima, México DC, Bogotá, Ocumare del Tuy (mi pueblo/ciudad),Baíres, Montevideo y todas las demás mujeres arcaicas de este tiempo.

Gracias por tu hondura...

Saludos

Leidisu dijo...

Cuánta belleza en tus palabras y cuánta tristeza en la vida de él. Mi abrazo de siempre para ti

Leidisu dijo...

Cuánta belleza en tus palabras y cuánta tristeza en la vida de él. Mi abrazo de siempre para ti

Omar dijo...

Mi mejor comentario sería estar allí y guardar silencio; un silencio denso y cómplice. Pero entonces no sabrías que te he leído, bróther.

Le dejo un abrazo, también.