martes, 28 de septiembre de 2010

REINALDO ESCOBAR INÉDITO EN VOCES 2



La imagen del bosque, la identidad del árbol
Reinaldo Escobar

POCO se ha divulgado la vida del controvertido Juan Bautista Spotorno, un jefe de milicias españolas que se hizo insurrecto y llegó a ser presidente interino de la República en Armas. Promulgó el célebre decreto con su nombre, donde se determinaba que cualquier persona portadora de proposiciones de paz sin independencia debía ser fusilado. Tres años más tarde integró el comité que gestionó la paz con los españoles y que fuera propiciador del Pacto de Zanjón. Terminó siendo autonomista.

Puedo imaginar que en las huestes del Ejército Libertador debió haber numerosas personas como Spotorno, de quienes resulta difícil asegurar que se equivocaban cuando ellos creían estar acertados, o que estaban en lo cierto las veces que creyeron estar equivocados. Hombres llenos de contradicciones, bajas pasiones, virtudes, defectos personales y de cuanto ingrediente lleva un ser humano normal y mortal. Sin embargo, el velo de la gloria cubre a todos los mambises con la misma dignidad, porque los héroes, los mártires, son la sustancia viva de la historia en la memoria de los pueblos. Ellos tiñen con su sangre los imperecederos colores de las banderas y con sus gritos de guerra y alaridos de dolor llenan de acordes altisonantes los himnos patrios.

Cada época posee sus paladines. La lucha contra Machado tuvo a Julio Antonio Mella, luego expulsado por indisciplina del partido que él mismo había fundado, pero finalmente abrigado en su frase final: “Muero por la Revolución”. La lucha contra Batista tuvo un José Antonio Echevarría, católico ferviente que nunca hubiera aceptado la imposición del ateísmo comunista, pero que no pudo ser sacado del panteón revolucionario porque murió acribillado a balazos con una pistola en la mano.

Una vez le oí decir a un condecorado de Playa Girón haber sido testigo de que no todos los fallecidos habían caído combatiendo de frente y lo mismo escuché de un veterano de Angola, donde hubo casi más bajas por accidentes, asesinatos y fusilamientos, que en acciones bélicas. Pero la gloria, aunque no logre ser eterna, es generosa y basta haber muerto en el lugar y en el momento preciso para ser bendecido por ella. Los vivos son los que luego tienen problemas.

La mayoría de los altos oficiales del Ejército Libertador que sobrevivieron a la guerra terminaron, salvo honrosas excepciones, desilusionados o corrompidos en la República. El escenario se repite una y otra vez. Muchas veces me pregunto ¿qué estaríamos diciendo ahora de Camilo Cienfuegos si hubiera seguido repitiendo durante 50 años aquello de “Vas bien, Fidel”. Los turistas no comprarían hoy las camisetas con fotos de Che Guevara si todavía lo tuviéramos al frente de algún ministerio, que sospecho tampoco funcionaría. El epíteto que engloba a una pléyade de héroes casi siempre le queda inmenso a cada uno, pero la culpa no es de ellos sino de los propagandistas de una u otra índole, que se esmeran en inventar calificativos de angélicas vibraciones, ajenos casi siempre a las miserias humanas, a los apetitos, a los vicios y resabios que nos hacen inmerecedores de toda aureola.

Ahora mismo, la tardía cordura gubernamental está a punto de desmantelar el episodio de los 75 encarcelados de la Primavera Negra de 2003. Dentro de poco tiempo dejarán de ser “los defensores de los derechos ciudadanos, víctimas de la cruel represión de la dictadura” para ser, para volver a ser, ellos mismos.

Se aproxima el momento en que descubramos que entre ellos puede haber uno que no sepa en cuál letra lleva acento la palabra política y otros que no quieran volver a oír nunca más el nombre de Cuba, y no dudo que haya alguno que quiera ahora divorciarse de su Dama de Blanco, la misma que domingo por domingo, durante siete largos años, fue a la iglesia de Santa Rita a orar y a gritar por su libertad. Los habrá que digan una tontería en su primera entrevista o que firmen lo primero que le pongan por delante.

Habrá de todo, porque de todo hay. Pero quiero que se sepa una cosa: para mí, que tampoco soy perfecto, seguirán siendo “los 75”, ese grupo que nunca estuvo junto en ninguna parte y donde probablemente no haya tres que se puedan poner de acuerdo en dos puntos. Pase lo que pase con los árboles, ese bosque estará en mi corazón.