miércoles, 29 de septiembre de 2010

UN VENEZOLANO EN VOCES 2



Impresiones habaneras de un yuma a la deriva

Leo Felipe Campos

A JJ y al bueno de Adín

LA MÚSICA es intermitente y también la intemperie cuando el sol se pone, que es casi siempre en los nueve días que llevo caminando por algunas zonas de La Habana.

Su malecón entero, sus 17, 21 y 23; su G y su J; su O y sus calles de títulos nobles y personas recostadas de las barandas de sus balcones. San Lázaro, Infanta, bicicletas y taxis por puesto.

Su centro y ese lado viejo, más arrugado y turístico. Su Marianao en dos guaguas dobles, autobuses con panza de acordeón y mucha gente, conversando. Su Parque Central de costado típico con José Martí otra vez al centro; el esplendor extraviado en sueños que se diluyeron con el hambre, las injusticias y el tiempo.

La Habana tiene el brillo del óxido y la sonrisa salada. Se puede fumar en todos lados y cada uno busca sombra.

Cuando pasa una pareja de extranjeros, que se multiplican como moscas, los ojos de los cubanos parecen navegar de un lado al otro, constantemente, y entonces pienso que todos han sido marineros, o que lo serán algún día.

Es la ciudad que mira perdida el horizonte con la cabeza puesta en sus recuerdos, se mueve y se mueve bien, con tantas vidas, y baila despacio hasta que llega el silencio y se instala.

No es así La Habana, como una pregunta, sino como un desespero, un arrebato, una travesura que moja sus costumbres en la transparencia del ron blanco, mientras vive su olvido con el rumor de las olas al fondo.

Si La Habana no tiene dinero porque se lo han quitado a pulso, la dignidad de sus próceres y la resistencia de sus piedras y sus brazos enormes, ancianos y fibrosos, abrazan la posibilidad de una contradicción que impresiona: La alegría triste.

Por ejemplo, la ciudad se rinde a la milanesa de cerdo entre dos panes viudos, y al pescado que envuelve una lonja de jamón y otra de queso, pero hace rato que olvidó el bistec de res, quién sabe si es por temor a perder la leche, porque en Cuba, según me dicen, uno de los logros es que todos los niños tienen asegurada un porción de leche hasta los siete años.

La Habana habla de lo que fue o de lo que puede ser, pero pocas veces de lo que es, su risa es de un escapismo elocuente, su calma es notoria. Se entrega con resignación y estoicismo al lugar común que los turistas le reservan, la reivindicación de lo auténtico como un arma en forma de postal: Un fresco-noche de paladares rubio-Europa con flashes fotográficos en la casa del negro empulserado, hombre amable, a punto de devorar en una sentada lo que la mayoría de sus ciudadanos sueña desde hace unas décadas que, más que en años, se miden en fe. Hay que agregar que en este lugar los dueños de casa comen de pie.

En la pelea estelar de boxeo del imaginario mundial, que no termina, La Habana asume el espacio del cerebro retador, la posición del David sin piedras, la palma de la mano abierta y desguantada para decirle al extranjero: aquí hace falta solo un poco de lo que a usted le sobra, pero nosotros, que nadie lo dude, vamos a ganar.

He visto a miles de personas acá, aunque he conocido a pocas. Todas con las que hablé por más de dos o tres horas continuas, o cuatro o cinco días espaciados, tienen la virtud tatuada, son respetuosos y encantadores, muy inteligentes. La calle está ganada para la gente y ellos no parecen notarlo, andan por ahí, resolviendo sus días como pueden.

La Habana, más segura que las otras capitales que he conocido en el resto del continente, es un calidoscopio de sustantivos enfrentados, una ráfaga necesaria de respuestas imposibles. Es el calor pasmoso, el pasado que nunca pasa, la soledad que regala la fama, y la ruina, o los escombros. Es un lamento cantado con sabor. Un vestido hermoso traspasado por la luz al que le sobran las costuras.

No he tenido tiempo todavía de verla con el pecho descubierto, dejando caer su ropa al piso, y tampoco lo he buscado, pero la he estado mirando con atención, lo más cerca que he podido, y ahora que lo pienso estoy seguro de algo: hubiese preferido encontrármela desnuda.