miércoles, 6 de octubre de 2010

CASANUEVA IN MEMORIAM


LA CASA VIEJA DEL LIBRO CUBANO

Orlando Luis Pardo Lazo

Yo sabía que esto me iba a pasar. Se llamaba Roberto Casanueva y era un real cascarrabias. Lo conocí en los últimos años de nuestras vidas (ya no hay futuro para nadie en la industria editorial cubana). Fue en el nichito con polillas o pulgas de Ediciones Extramuros (y lo digo casi con cariño: los que sufrimos ese antro sobrepoblado y sin ventanas sabemos que aún es literalmente así). Era agosto del 2000, todo un símbolo gastado por la demagogia del siglo XX de lo que se suponía llegaríamos a ser en tanto país.

Casanueva ya murió, hace algunos años. Digamos que solo. Con su pan único por la libreta y su apartamentico de Centro Habana y sus memorias octogenarias. Cayó como vivió. Un lobo, estatal más que estepario. Quisiquilloso y parlanchín. Riendo republicanamente, pillín. Riguroso en su faena (diseñador), pero ya fuera de toda época: su know-how era de los años cincuenta, aunque nunca lo reconoció. Como creador, se resistía a toda ruptura. Era fiel a la tradición. Además de ser un tipo canoso y muy muy muy tiposo. Cortejaba a quien tuviera decentemente la oportunidad, fuese de la edad que fuera (su machismo no creo que en el lecho lo dejara ser un gran lover-boy). Casanueva se conservó vital. Y yo sabía que le debía esta columna desde entonces. Yo sabía que este reencuentro tarde o temprano me iba a pasar.

El objeto mágico ha sido un libro, su libro, uno de esos libros hechos por él: EL LIBRO: SU DISEÑO, de la Editorial Oriente en 1990, al inicio del Período Especial, justo cuando se suponía que el libro en Cuba iba a desaparecer (al final, semejante debacle nunca del todo ocurrió).

A dos pesos cubanos me lo topé, de uso, tirado en el piso de una parada de guagua, en Infanta, no muy lejos del edificio donde Casanueva habitó. El libro es, como toda obra en Cuba, un refrito de muchas otras, pero instructivo por sus resúmenes de información (Ambrosio Fornet después lo intentó algo mejor). Son casi 300 páginas de formato pequeño, como de foto postal, ilustrado en blanco y negro tanto como se pudo para la época (1990 suena al pasado de este planeta), con un Glosario que me impactó (e ilustró). Pero eso no es importante. Lo importante es el flashback de memorias al que ese encuentro cercano con Casanueva me conminó.

Lo recuerdo fumando. La ropa con visos raídos en los matutinos matungos de la Calle Zanja (¿la antigua P. Fernández y Hnos?). Más tarde con el uniforme casi de custodio que el Centro Provincial del Libro repartió a partes iguales entre su plantilla (los editores de la revista ExtramuroS nos plantamos y no acatamos usar ninguno). Llegaba de primero, puntual, con una energía remanente de su época como publicista a mitad del siglo pasado, las más de las veces afeitado (costumbre yanquifílica), cuando hizo dinero rápido y se compró un carro americano (todos los carros lo eran) y tuvo casa y se casó, creo que por primera vez. Había pasado bastante trabajo antes y el joven Casanueva sabía apreciar la diferencia de hacerse económicamente fuerte por uno mismo. No se quejaba. Era un emprendedor.

Lo recuerdo haciendo confesiones de mujeres. De las que amó, con recato al punto de las lágrimas. Y de las que compró su cuerpo por unas horas. Lo recuerdo contando anécdotas de los dueños hijos de puta de los negocios en que trabajó, tramposos y regateadores por unos quilos de mierda: la verdadera clase mezquina que justificó, en el deseo inicial de muchos, que fuesen barridos de la historia cuando llegó la Revolución (mi padre tenía cuentos parecidos de magnates que se gastaron miles entre sobornos y abogados con tal de no indemnizar con cien pesos a un pobretón).

Lo recuerdo poniendo en su lugar a los viejos comunistas de los cuarenta, que ya desde entonces exigían trabajar horas de voluntario para la causa (el Ché fue un plagiador), incluido uno muy famoso luego, que aceptó hasta una medalla de las manos de Fulgencio Batista, porque entonces existía una alianza del Partido con el futuro dictador.

Lo recuerdo denigrando la mediocridad que crecía como la yerba mala a su alrededor. Economistas que no sabían contar en el aire, con su prole dando perretas por la oficina. Libreros que no habían leído ni medio libro. Vendedores sin carisma. Intrigadores que se decían investigadores. En fin, una fauna posproletaria que no quería ya ni ganarse la vida en el trapicheo: simplemente subsistían al amparo de un salario de miseria (perfectamente menos de diez dólares al mes; yo me gastaba el doble en taxis para ir y venir de la editorial). Tal vez él también fuera mediocre a los efectos prácticos de su vejez, pero estaba más despierto y con más deseos de no hacer el ridículo que los jóvenes que empezábamos allí, incluido por supuestísimo yo (la indolencia es el síntoma de los años cero en Cuba).

Del 2000 al 2005 Roberto Casanueva me explicó, sin yo saberlo, los rudimentos de EL LIBRO: SU DISEÑO. Y más. Cómo mezclar los colores a mano, como fotocomponer, cómo exigir un derecho a los descarados (le pagaban por contrata, pero casi siempre con mucho retraso), entre otras etcéteras ya desaparecidas con la llegada de la computación: por cierto, él no se acercaba demasiado al teclado ni al monitor.

Lo recuerdo contándome la historia de su perro. Un perro cubano de los años treinta, que lo mataron y fue enterrado en el medio de un patio de lo que es hoy el Parque del Curita, en Reina y Galiano. “Ahí deben estar sus huesos todavía”, dijo, y yo supe que me hablaba de él. De Roberto Casanueva. En efecto, ante mí ahí estaban sus huesos todavía, como una lección de resistencia contra la adversidad. “A veces pienso que he vivido infinitos años”, este slogan me lo repetía aparentemente sin reparar en que yo ya lo sabía: “A veces pienso que nací ayer” (con treinta y tantos años yo padecía del mismo espejismo: ahora pienso a ratos que ya no viviré nunca; a ratos sólo pienso que todavía estoy por nacer).

Era un poquitín déspota en sus criterios, por supuesto, como toda esa generación (desde un leproso de fonda hasta el mismísimo Premier). En la época del fanatismo, hizo pósteres pingueros para estigmatizar al imperialismo (impresos pésimamente en el socialismo de los setenta). Una vez nos criticó, con ínfulas de censor ideológico, la carátula de ExtramuroS donde René de la Nuez le puso “ojos de demonio” a José Martí. Eso me cayó muy mal y nos distanciamos un poco. Los ojos de demonio estaban allí, por supuesto (Martí como maldición), pero nunca entendí qué ganaba él con intentar acorralarnos cuando aquellos criterios se colaran en la Dirección (él que había conocido la represión laboral en carne propia y en la de autores como el ingenioso hidalgo Moreno Fraginals). Su frustración tal vez estuviera a punto de convertirlo en cómplice (otro síntoma estadístico de este pueblo tan estatalizado).

Dejé de editar ExtramuroS y me fui a cavar mi propia tumba a costa de premios y patadas en el campo literario cubano. Lo logré. Heme aquí. El escritor más libre de América. Leí de su muerte en el periódico Granma. No quise ir al velorio. Me apenó no haber mantenido nuestro ritmo de conversaciones (sé que conmigo él “sí podía hablar”). Mirando ahora la carátula del libro encontrado en una acera mugrienta de Infanta, pienso que tal vez este ejemplar salió de su biblioteca personal, que acaso un familiar (tenía muy pocos) o un vecino decidió rematarlo a cambio de espacio (o para librarse de sus polillas o pulgas).

De hecho, el mago canoso de la portada se parece impresionantemente a él. Me quedo, pues, con este retrato de Roberto Casanueva en mi casa (a él nunca lo fotografié). Queda pendiente aquella biografía suya que, como Cucho, como mi tío político, como mi padre, como un desconocido en la calle, como un blogger alternativo que yo asumo es un informante del poder, como toda Cuba al final, alguna vez él me pidió que yo se la ayudara a redactar (Roberto Casanueva en sus mil y un libros diseñados nunca se dio cuenta que los escritores de verdad estamos imposibilitados de redactar).

Aunque intuyo que nunca fue fácil de sobrellevar en familia, EL LIBRO: SU DISEÑO está dedicado con un epitafio anticipado “A Teresa, a mis hijos, lo mejor que se puede brindar, el resultado del trabajo: este libro”. Y aquí yo también puedo, si me lo permiten, terminar por el momento en paz.

1 comentario:

Puta Armienne dijo...

Mejor un libro en blanco que uno comunista hablando basura.
Un abrazo, Orlando, de tu primita puta.