sábado, 6 de noviembre de 2010

6 DE NOVIEMBRE: CASITA GRIS



CASI TAN GRIS COMO ES EL MAR DE INVIERNO

Orlando Luis Pardo Lazo


De cuando éramos tan tan pobres que hasta nuestro lenguaje nos sabía a miseria.

Confundíamos no sólo las canciones antológicas en inglés (Se me cae la trusa… a título de Michael Jackson, Happy Willy… a cambio del I´ll be waiting por un extranjero, Yo quiero quiero irme… firmado en Cuba por una gran banda norteamericana), sino que también trocábamos esas tristes y tontas canciones de amor que todavía repite en Radio Progreso el archiprograma “Nocturno”, aunque ya todos sus locutores clásicos sean hoy cadáveres (Casita gris… en lugar de Casi tan gris… fue acaso el colmo, pero fue un disparate preciosamente verdad).


Vivíamos en la bobería. En una burbuja. La barbarie no nos tocó.


De vez en cuando alguien que se iba para siempre del aula. De cuando en vez porque su padre era un “refugiado” desde antes que mi amigo o amiga naciera. Y esa palabra, refugiado, retumbaba para mí tan misteriosa a lo largo del sistema socialista educacional, desde la Primaria hasta el Pre, que muchas veces miré con desencanto a mis padres porque ninguno de los dos tenía que refugiarse absolutamente de nada (me pregunto con curiosidad si yo mismo no podría aplicar ahora en aquel mítico “programa de refugiados”; en una entrevista con oficiales anónimos de la Seguridad del Estado se me sugirió tal posibilidad).


Confieso que la música lo hizo todo por mí. He habitado en un pentagrama vanguardia del proletariado. La música me sacó de casa y me hizo adulto entre las piernas de una adolescente tan desconsolada como mi propia virginidad, allá por el paradero de las Ikarus en Lawton. Estoy a punto de teclear su nombre, que soy sería de la Generación Y, pero mejor me lo callo. Fue mío. Y si te pronuncio en voz alta a estas alturas de la post-historia, me pierdo el milagro de tu memoria privada. Parece un verso engolado de Julio Alberto Casanova: ojalá lo llegara a ser (no hay más poesía que la mala poesía).


La música me protegió del ridículo. Le puso si no un sentido, al menos sí una banda sonora a mi biografía de barrio. Fui un iluso entre ilusos. Esa ingenuidad increíblemente nos salvó de la calle o la cárcel o el cementerio. Eran los orgullosos ochenta. Crecíamos con las primeras manzanas llegadas en cajas del CAME, unas siglas de otro siglo que ningún lector del XXI podría traducirle a sus hijos.


En el 89 mataron a Ochoa y enseguida cayó el Muro de Berlín, creo (las fechas se me emborronan). Puede incluso que hayan matado a Ochoa para que no cayera enseguida el Muro de Berlín. La música se me hacía entonces metálica, megamuerte de todos los que retornaron con sus carreras tronchadas de Europa del Este, y también de todos los que desaparecieron en el éxtasis del exilio, o en aquellos extraños accidentes que se pusieron de moda con los cubanos más glasnost-perestroikos en los ex-países del Pacto de Varsovia (hay que cuerpos que nunca se los comió la tierra de Cuba).


Cuando en 1994 me gradué gratis de Bioquímico, en la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana, casi había borrado a Black Sabbath y a otros dinosaurios drogafílicos de sus casetes Crown y TDK de 60, 90 y 120 minutos (estos últimos eran los de cinta más frágil).

Cuando en 1999 me botaron del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (abril es el mes más noble), ya el sonido comenzaba a depauperarse a ras de almendrón. Estribillos repetitivos de violencia verraca en lugar de irreverente. El tam-tam en el ADN recombinante de los tontos. Todos al unísono, que es otra versión de la unanimidad partidista. La masa está abortando un corazón. Boring Home. Barring Home.


Los años cero se hicieron light y súper-alternativos (no sé qué pueda significar esta frase; no sé qué pueda significar este párrafo partido por la mitad).


Cuando los áridos arieles y calibanes caníbales de la Seguridad del Statu Quo nos metieron a la patada a mí y a Yoani Sánchez (en ese orden antigramatical) en un Geely importado de la Plaza de Tianamén, no oí nada. O en todo caso oí los rebotes de las manazas en su cuerpo precario. Y los tironeos del carro que se batuqueaba con nosotros a medio someter allá dentro. Pero no oía nada de nuevo. Era el penúltimo 6 de noviembre y hacía un silencio atronador de ventanillas adentro. Y esos vidrios bajados marcaban, al aire libre como en el Feria del Libro de La Cabaña 2009, el límite rastrero de la solidaridad del campo literario cubano con la Isla de puertas adentro.


Nadie escucha nada todavía. Somos megalomenos. Nunca nos vamos a comprender. Las víctimas se travisten de verdugo y luego al revés. Carrusel de la carroñita.cu. Nuestro destino es decrépito. Estamos más solos que los primeros personajes de Zoé Valdés, que para mí, en los años noventa en Cuba, encarnaban la rabia ripiosa de toda auténtica libertad.


Este post es, por lo demás, autoconscientemente antológico. Do Re Mi, dolor remix. Fa, Sol Sostenido y Fe ya muy muy menor. La Si Do, lástima de indolencia bemol. Casi tan gris como es el mar de invierno. Casita gris como es morir en invierno.


Cubansummatum est…!

3 comentarios:

Ariel Arias dijo...

Me saca las lagrimas ,sin palabras

Puta Armienne dijo...

Da pena.

Rolando Pulido dijo...

Casita gris, asi decia mi amada Betty. Nos conocimos una mañana de un dia de Septiembre de 1965. Ella se sento a mi lado en el pupitre del aula de nuestro primer grado.
Años despues, yo le canté:
"Puedo tener a Gulliver entre mis brazos", en realidad era: "Puedo tener el universo entre mis brazos", una viejisima canción de Raul Gomez que cantaba M.Medina.
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Parece mentira que ya sea el aniversario de aquel siniestro Noviembre 09. Estamos y siempre estaremos contigo hermano OLPL.
...son como el mar, con su color de invierno. Viene del sol, de algun lugar eterno.
Tonta cancion, como tonta es la infancia. Pero que maravillosa es.