domingo, 5 de diciembre de 2010

buy book ESQUIRLAS in web.....!!!!

Esquirlas para iniciar el siglo XXI
Orlando Luis Pardo Lazo

Reconozco su rostro terso y me abalanzo sobre la figura del más
reciente ganador del Premio Pinos Nuevos de Narrativa: el joven
escritor Ahmel Echevarría Peré (Ciudad de La Habana, 1974). Su libro
«Esquirlas» acaba de ser publicado por la Editorial Letras Cubanas
(2005) y el lanzamiento oficial ocurrió a la una de la tarde de un
suavemente soleado lunes 6 de febrero, junto a los demás Premios Pinos
Nuevos de la pasada edición, en la céntrica sala José Lezama Lima de
la Fortaleza de la Cabaña; todo en el marco de la XV Feria
Internacional del Libro de La Habana.
He podido leer «Esquirlas» antes de la presentación. Un amigo lector
de otro lector amigo me lo recomendó y hasta me facilitó de trasmano
un ya manoseado ejemplar, incluso antes de su distribución comercial.
Para mi grato desconcierto, se trata aquí de un libro que simula ser
un diario de apuntes que se disfraza como galería de fotos: una rareza
dentro del campo literario cubano actual. Me impresionó la sequedad de
la prosa desde su sentencia inicial. Me atrapó la imagenería visual de
las siete fotos en blanco y negro que van dialogando con sus doce
"esquirlas" de texto. Y, en ambos casos, reaccioné primero con el
cuerpo (como quien se clava una esquirla de vidrio o madera o metal),
y sólo después recuperé el aliento y el habla, y al cabo tomé la
decisión de escuchar en primera persona a esta voz autorial capaz de
acometer (y, por supuesto, también de cometer) un tipo tan radical de
ficción.
Ahmel Echevarría Peré firmaba sus libros. Largos textos agregaba con
cada autógrafo, como si no le bastasen las 108 páginas del original.
Me llamó la atención la juventud del público que rodeaba al autor.
Todos parecían haber estado largo tiempo al acecho de un objeto-libro
así, todos parecían ya familiarizados con lo que les depararían estas
«Esquirlas»: desnudos fragmentarios (algunos con un gramaje artificial
que remite a la caducidad de toda piel y de toda memoria, otros
sobreexpuestos hasta la ceguera, y aún otros resueltos desde un
altísimo contraste que no se limita a la técnica fotográfica sino a su
lectura); la violencia sobre un muñeco de plástico que también se
respira en la atmósfera de domesticidad indómita donde transcurren
estos relatos; la geometría angulosa de los encuadres nada típicos que
van generando una paisajística apenas nacional de tan privada, lo que
se refuerza con determinados usos personales del lenguaje para
condensar así toda una serie de anécdotas mínimas, en cuyos cruces de
camino Ahmel Echevarría Peré se juega el carácter fractal y punzante
de su cuaderno.
Mi única pregunta fue: «Esquirlas», ¿es un libro confesional o un
libro exorcismo o un libro libre o acaso un exabrupto generacional? El
resto es una verdadera miniconferencia concedida en exclusivo por
Ahmel Echevarría Peré, más locuaz de lo que pude calcular por sus
escuetas palabras de agradecimiento durante la presentación:
Todo eso y aún más y nada de eso en absoluto. Como narrador de
«Esquirlas», he sido muchos narradores de esquirlas (tal vez demasiado
pocos para mi pulsión de mutar, que no matar). Si queda algo estable
que hilvane estas puntadas al vacío, acaso sea el hecho de que siempre
me sentí una suerte de «estudiante del infierno», un tipo condenado a
tragar en seco y emigrar hacia mí. A hacer las maletas y cerrar todas
las puertas salvo la de mi propia escritura, última patria de la
cordura: devenir autista antes que artista. No creo haberle dejado a
nadie ningún mensaje más allá de mi cuerpo, que incluye, por supuesto,
al tatuaje de eso que llamamos escritura, que incluye, a su vez, no
sólo a la letra sino también a ciertos tropos impronunciables. De ahí
la mezcla de retazos con que se ensamblan estas «Esquirlas», donde
tomo al azar fotos y notas de mis colegas escritores de la Generación
Año Cero, y así me lanzo junto con ellos hacia una límiteratura que
ojalá sepa crear al público suficiente para crecer no tanto en la
vertical (como los árboles) sino en la horizontal (como los rizomas).
Creo en la emoción directa y honesta, como reclamaba Henry Miller, no
en la confesión en sí, ni en la lírica con que ésta ha sido abordada
por nuestra tradición. Tampoco me vale hacer catarsis como recurso
100% eficaz para manipular los resortes del lector (¿qué es un lector,
por lo demás?). Y mucho menos suspiro por esos espejismos
generacionales, siempre tan transitorios y en perenne pugilato y
relectura por quienes nos sucederán (porque nos sucederán, eso te lo
aseguro, Orlando L: de manera que ésta y no otra ha de ser nuestra
hora de provocar un suceso). Además, el campo literario no es un
colchón de flores, como bien nos lo hizo comprender en la práctica
Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD), el escritor y asesor literario del
Taller de Narrativa «Salvador Redonet», donde a lo largo del año cero
(2000) decidí que valía la pena tener algo que decir y decirlo,
siempre que no impostáramos un discurso que primero no fuéramos
capaces de sentir como radicalmente propio.
Se trata de inventarnos nuestra tradición. De desmarcarnos para
significar más y mejor, pues con el caos puro no hay manera de
maniobrar: siempre caeremos en una otra forma preexistente, las que
habrá que conservar a la par que dinamitar. Puede ser una noción
paraplejizante de tan paradójica. Es como laborar y labrar desde
cierto dolor histórico, amasando la memoria que ya dábamos por
perdida, sin nostalgias obsoletas pero sí con sentido de la pérdida y
de su recuperación. Con olfato para lo bello, algo que pasa siempre
por una economía más o menos consciente de nuestros recursos
estilísticos y de nuestro mundo interior a desdoblar y desacralizar.
Y, por supuesto, de empuñar el estilete de la ironía con energía y con
óptima fe: no para lastimar ni dar lástima, sino para evitar
patetismos pasados de moda. Distanciarnos de los provincianismos y
actualizarnos al state-of-the-art mundial. Al respecto, te recuerdo
que no porque estemos en el primer invierno del año 2006, ya hemos
arribado al siglo XXI literario cubano. Eso sería un fenómeno que
ahora nos toca a nosotros inaugurar. Al menos, es eso lo que deseamos
cada vez que nos decidimos a eliminar una página en blanco y
exponernos en un texto de ficción: nuestra «satisficción» parte de
querer crear una porción del corpus texti de toda una nueva nación
literaria.
En este punto se hizo un silencio cómplice entre el entrevistado y el
entrevistador. Se me ocurrió pensar que ambos estábamos mucho más
cerca de lo que cada cual pensaba antes de abrirnos al diálogo (yo,
con la lectura a priori de su libro; él, con su monólogo con que
invito yo ahora a polemizar). Fuimos como uno sólo mientras duró su
palabra dentro de una fortaleza colonial, compartiendo la tarde
moderadamente invernal de febrero a ras de una Habana en Feria
Internacional del Libro. No sé. A fin de cuentas, él y yo somos casi
de la misma generación. Le di la mano y un abrazo a Ahmel Echevarría
Peré, el joven autor de «Esquirlas», y le deseé mucha suerte en sus
propósitos fundacionales. Este año, Ediciones Unión con suerte
publicará su otra propuesta inmediata: «Inventario», volumen que
ganara el Premio David de Cuento del 2004 y que todavía sigue sin ver
la luz. Sea el 2006, pues, el año inaugural para este escritor que
recién descubre o se empeña en inventar su propio siglo XXI, en tanto
literatura.

Recapturar la inocencia
Por Jorge Sariol

Esquirlas es un libro amargo. Está compuesto por doce relatos que
debieron ser una novela; o quizás —lo sigo pensando por más vueltas
que le doy— es una novela que finalmente se fragmentó cuando el autor
descubrió que no podía impedirlo. Con su alter ego en medio de una
implosión, estaban ambos —autor y protagonista—, aturdidos por la
alucinación de que en el desastre las esquirlas, en vez de
dispersarse, se concentraban. Y cuando se regresa de ninguna parte o
de donde nunca se ha ido, el resultado es demasiado lacerante, aunque
sea una vuelta retórica. Y Esquirlas es muy amargo.

Ahmel Echeverría Peré (La Habana 1974) es un escritor joven y su
irrupción con Esquirlas en el ámbito literario cubano con una obra de
tales tintes, ha sido sin embargo, venturosa. Nada de lo real, lo
autobiográfico o lo fabulado que pueda tener, se enemista desde el
punto de vista literario con lo trascendente o lo anecdótico, pero sí
con lo circunstancial: es un riesgo, pues es también el modo de muchos
para entrar, en momentos en que sólo así parece entrarse con buenas
resonancias en la literatura nacional.

Al parecer la década cubana de los 90s del pasado siglo ha sido
devastadora para todo, menos para el arte.

Esquirlas, a lo largo de sus 104 páginas (Pinos Nuevos, Letras
Cubanas, 2005), está escrito sin regalías en el plano lingüístico, ni
en el compositivo ni en su estructura. La lluvia, un gato gris y
flaco, un pájaro condenado a ser devorado por las circunstancias, una
mariposa moribunda, el vaho a petróleo de la bahía, un pasaporte en
varios idiomas, son algunos de los flash-back de una narración que
tiende —como en toda buena novela corta— a concentrar la tensión
horizontal de los acontecimientos a partir de imágenes, las literarias
y las fotográficas.

La síntesis está entre sus mejores virtudes, tanto a nivel del
lenguaje, de los hechos, como en el conceptual. Sólo por eso no podría
haber sido una novela. Pero hay demasiadas zonas oscuras, y eso es
difícilmente perdonable en un relato, o en varios, sobre todo si están
conectados entre sí, y de tal modo que dudo mucho que digan lo mismo
“porque dicen, sin dudas” leídos de modo aislado.

Con todo, los relatos “2” y “8”, a mi juicio, tienen todas las
trazas de ser los mejores y más legítimos campanazos del conjunto,
que hacen de por sí audible la entrada, muy por encima de “los ecos de
tantos grillos que cantan a la luna” y escandalizan en la literatura
cubana actual, hágase donde se haga.

Los personajes siguen viviendo y andan por estas calles de La Habana,
incluso los que partieron simbólica o literalmente —New Jersey, el
cementerio, Barcelona o el fondo del Estrecho de la Florida—, incluso
Henry Miller —¿El de París; el de la Gran Depresión, patriarca de la
generación beat?—. Son todos en cierto modo, más que motivos, leit
motif jugando entre símbolos: Yani, Orlando, los ángeles
providenciales vestidos de blanco y venidos del más acá, cuando otros
ángeles igualmente tutelares, decidieron lo contrario.

«Nos bastaba tenernos, nada más» dice el alter ego del autor,
admitiendo en el fondo que no era suficiente ante la evidencia de la
diáspora.

Entender un pistoletazo en la sien como ancla o como lastre es parte
tanto del derecho del escritor como del lector —o del crítico ¡válgame
Dios!—; sin embargo hay otros conceptos expresados demasiados
tangencialmente a través del símbolo de una vieja moneda gastada y
sucia donde, o se puede leer a pesar de todo la divisa Patria o
Muerte, o donde la divisa, explícita, se muestra tan vieja, sucia y
gastada como la moneda misma que se hunde en la bahía.

Las imágenes que participan en el ideotema del libro, construidas por
un ojo-lente sabedor de ser parte de la historia, van desde un
positivista e ingenuo toque postguevariano hasta la cruda —y casi
grotesca— energía buñueliana. La validez de tales mazazos conceptuales
es tan discutible, que sólo lo puede juzgar el tiempo.

Esquirlas necesitará tal vez de un poco de tiempo para ser asimilada.
No es una obra fácil; está construida, según su propio autor, como un
“desesperado malabar de libertad (...) escrito de cara al vacío,
siempre a riesgo de caer contra el suelo a la par que juntaba
fragmentos de cuerpos, recuerdos, fotos; o suerte de libro armado a
ras de la ciudad, la piel, el dolor”.

Otras narraciones escritas por Ahmel Echeverría y que inicialmente
estarían en Esquirlas —en esencia deberían estarlo— han sido
publicadas (el cuento Tierra, La Letra del Escriba # 33 Sep/Oct 2004),
como parte del libro Inventario, premio David de ese año.

«Pensé escribir un inventario de esquirlas» dice Ahmel-personaje, en
el relato que encabeza Esquirlas. En la historia que cierra el mismo
volumen, Camila, un personaje inasible —llegado de un planeta llamado
Argentina—, pregunta: «¿Has estado en Hiroshima?». Ambos están a punto
de empezar de cero, pero perdida cierta ingenuidad, adivinan ciertos
riesgos.

“Un hombre escribe para expulsar el veneno que ha acumulado debido a
su estilo de vida falso”, había sentenciado Henry Miller en los
tiempos en que no conocía a Ahmel, a Orlando ni al oso de peluche.
“Está intentando recapturar su inocencia, pero todo lo que logra hacer
(escribiendo) es inocular el mundo con un virus de su desilusión.
Ningún hombre pondría una sola palabra en un papel si tuviera el
coraje de vivir aquello en lo que creía.”

El exorcismo es alto riesgo. Lo sabía Miller. ¿Lo sabrá Ahmel Echeverría?