jueves, 23 de diciembre de 2010

EL VIEJO Y EL VIAJE


CAGADO
Orlando Luis Pardo Lazo

En una ruta P-10, de La Víbora rumbo al paradero de Playa. Con la noche cayendo en Cuba, rota bajo ese peso indeciso de violetas y depresiones que nos recuerda que existe un cielo sobre La Habana. Que el mundo también es aquí y ahora. Para colmo, con un frío que calaba los huesos, desacostumbrado lugar común en la literatura cubana. En la parada de calle Perla, casi al borde del cordón de campo suburbano que amenaza con comerse cuadra a cuadra a nuestra capital.

Se subió. Sin pagar. Viejo. Muy viejo. Un anciano en edad venerable, que a esta hora debería estar cenando en familia frente a las noticias inocuas de la televisión. Con un traje con pinta de haber sido estrenado mucho antes de la Revolución. Cagado. El viejo y el traje. Literalmente, cagados.

El olor lo delató antes que las miradas. Yo escribía sobre "Lezama Lima explicado a los niños" en la sección de Notas de mi teléfono celular. Un Nokia sencillito que funciona mejor que una ametralladora (Twitter, Twitpics, Chirps, Youtube, Vimeo: la internet entera casi se anuncia desde mi tarjeta SIM). Si no deliraba demasiado, con suerte podría publicar el texto en el portal Diario de Cuba, ahora que todos opinamos sobre el Gordo de Trocadero tan atosigado al final de su vida por envidiosos, cobardes, y, por supuesto, hasta por los peritos de la Seguridad (la argumentación de cara al futuro es más que válida: "sólo hacíamos nuestro trabajo").

La peste me apuñaló. Pinga, pensé. Pisé mierda. O unos niños tiraron mierda por la ventana para paliar un poco su aburrimiento de barrio: no es la primera vez que me pasa, aunque por suerte nunca me han impactado con sus mojones no sé si de perros, vacas, o acaso humanos. Si soy yo, pensé, estoy muerto en minutos, sin tiempo ni para avisar (¿a quién timbraría entonces?, ¿a mi madre: último familiar?, ¿a un amor: penúltima imposibilidad?). Si soy yo el que huele y aún no me he dado cuenta es que tengo una hemorragia en los intestinos. Pensé en Fidel. No me dio risa. La vida es un don tan frágil. Tuve como un ataque de pánico. Pero entonces la risa me relajó. La risa ramplán del pueblo cubano. Ramplona.

"Bájate, cochino". "Sopla, la peste". "Chofe, abre atrás para tirar al puro aquí mismo". Y el público del P-10 comenzó a dejar un círculo libre cerca de la segunda puerta. Retrocedían hacia mí. Dejé de teclear sobre Lezama Lima (en su obra, para colmo, hay escenas exquisitas dentro de guaguas cubanas, con frases tan formidables como "Estoy como lo soñó Martí, la poesía sabrosa...") y me fui a acercar, por curiosidad solidaria con los caídos en desgracia, sea ante el Estado o ante nuestro propio esfínter. Imposible. Entre el flujo de gente y el tufo, tuve que retirarme hasta el acordeón de aquel ómnibus articulado. La mierda armaba por simple ósmosis una muralla material en medio de aquel aire compacto.

El anciano comenzó a defenderse con palabras apenas articuladas y a lanzar manotazos de bravucón. Probablemente había sido un guerrero toda su vida. Y ahora ya no podía ni aguantar sus heces de manera voluntaria un par de paradas. Ah, pero el que se acercara a hacerse el gracioso iba a salir embarrado, seguro. Aunque fuera lo último que hiciera en vida, después de tan pantagruélica e incivil cagada.

La gente nunca lo dejó en paz. Sobre todo los estudiantes varones, que escandalizaban y le hacían chistes de cabaret barato para destacar delante de las muchachas, que reían dentro de sus uniformes sin eros con una falta de inteligencia pavorosa.

El viejo resistió cuanto pudo y a la tercera o cuarta parada se tiró, todavía en calle Perla, ya asomándose al hospital infantil William Soler. No creo que esa fuera aún su destino (no creo que ninguno fuera esa tardenoche su destino). Pero se bajó y comenzó como a cojear. Creo que la mierda le chorreaba.

La peste siguió dentro del P-10 durante el resto de las paradas hasta La Ceguera, cuando me bajé ahora sí oliendo yo mismo a su mierda ancestral. Más que mierda, eran moléculas post-mortem de la descomposición biológica (en la Facultad de Biología he presenciado fermentaciones así). Cadaverinas, gases fosforescentes y otras exquisiteces por el estilo. Odio la reproducibilidad científica de la muerte (necroquímica más que bioquímica). Odio que todo suceda delante de mi Nokia y yo.

El viejo se perdió en la noche envejecida de Cuba, envilecida. Nosotros continuamos viaje entre los foquitos mortecinos de un ómnibus de importación o las luminarias forenses de una Habana apestada, apenada.

Respiré en libertad. Me olí la piel. Me metí la mano en los sobacos y los pantalones. Me olí varias veces. Sudores acumulados de invierno insular. Un olor deliciosamente joven y humano. Apetecible. A mí mismo me daban ganas de salir a cazar. Yo estaba vivo. Tenía ganas de twittearlo en la cara de mundo desde mi celular. Pinga, qué alegría, qué ganas de llorar. Estar vivo temblando sobre la línea amarilla ignorada por estudiantes y guaguas, ¿se enteran? ¡Vivo!

3 comentarios:

H en NY dijo...

Que cosa mas triste..

Puta Armienne dijo...

Pobre viejo. No debían de haberlo tratado así.

ZorphDark dijo...

Esos son de los ancianos que llegan al otro lado con ganas de purificarse, más que de espíritu, físicamente.
Como nosotros, quizás. Si tenemos la no-suerte de sufrir p-dependencia a esa edad de esa clase burda de transporte.