sábado, 16 de enero de 2010

VOYEUR DE BOYEROS


¿MASACRE EN MAZORRA?
Orlando Luis Pardo Lazo

La primera imagen de Mazorra que nos viene a la cabeza (y la cabeza es la causa eficiente de toda enfermedad mental) son aquellas fotos formidables de inicios de la Revolución. Enero de 1959. El año de la Libertad: una libertad asumida como el fin de la locura colonial-republicana.

Son fotos de las mazmorras de Mazorra. Fotos definitivas. Insultantes. De verdad daban ganas de poner una bomba. Imágenes como bofetones en blanco y negro sobre el papel gaceta barato. Fotos que duran en alto contraste hasta el día de hoy, medio siglo después de aquellos flashes que iluminaron la cara muda del horror cubano capitalista.

El tiempo ha pasado, mordaz. Ha pasado también Ordaz, el comandante doctor mitad santo y mitad orate. Ha pasado cierto sentido sanitario de la ilusión. Hubo o hay hasta una Orquesta Sinfónica que extravió parte de su lucidez ejecutando partituras allí, al borde del abismo, en el camino de Santiago (de las Vegas). Hay o hubo una escuela soviética del cerebro que excluyó toda desviación sicoanalítica que no supurara sentencias de Marx.

Mazorra. Enero de 2010. El año de otro aniversario innombrable. Los inviernos se han hecho cada vez más cortos y virulentos. Cuba entera al parecer emigró. O se esfumó en la estulticia internacional del resto del continente. Somos otros, fantasmitas de ciudadanos a uno y otro lado de la cerca que separa la acera de Rancho Boyeros de la pista deportiva del Hospital Siquiátrico. Es otra la muerte de los más humildes a ras de La Habana.

Decenas de cuerpos. A un ritmo febril de n cadáveres por día. Gente desvalida de sí. Desamparados dejados al margen no tanto por la sociedad, como por la fatigada familia cubana, que no tolera demasiado a sus locos (ni a sus viejos, ni a ningún tipo de disidencia biológica), y por eso los arroja en manos de una siquiatría materialista ya apenas clínica (de hecho, ahora han forzado a los clínicos a hacer guardias obreras allí, pues ningún galeno atendía regularmente ese hospital).

La irresponsabilidad criminal es de todos, no sólo de los indolentes que acaso traficaron un poco de arroz y viandas y tal vez ropa rala de cubrecama. Los trabajadores detenidos virtualmente ahora dentro de Mazorra se preguntarán tanto como nosotros qué fue lo que pasó: qué golpe de dios los ha puesto de cara a la justicia revolucionaria que necesita una expiación al peor estilo de Poncio Pilatos. Algunas de estas personas se volverán literalmente insanos durante sus largas condenas carcelarias, en prisión comerán peor que sus pacientes perecidos, y así el ciclo ilógico de nuestra post-patria se mantendrá cogiendo presión.

He estado en asilos de ancianos. La seguridad social o religiosa hace quizás lo máximo a su alcance, pero igual son nichitos tristísimos donde todo rezuma mortandad. La mirada vidriosa de los que sobreviven humillados me hace recapitular ciertas teorías tanáticas. Hay un límite para la decadencia. En esos lugares incluso la caridad gratuita me ha sabido a insulto entre desconocidos. No imagino ni siquiera a un conocido ingresado en un antro público así. La culpa de esta catástrofe es nuestra en tanto sociedad con ínfulas de moderna (enferma de modorra), en tanto seres que hasta para sobremorir confían en un servicio institucional.

Decenas de cuerpos cubanos. Un pequeño holocausto de puertas adentro (el Haití habanero). Un temblor pronunciado incluso en las gargantas solemnes del noticiero oficial. Seguramente los peritos policiales tantearán la tesis de un sabotaje contra la imagen médica/mediática de Cuba en el exterior, o atizarán la de un atentado contra la seguridad del Estado. Pero los vecinos de barrio que me rodean tienen a priori otra impresión. Ha sido el azar. La cruenta crisis de valores. Ha sido la nada que toca de cuando en cuando las aldabas de nuestra conciencia, sin que nunca se nos destrabe ni despierte el corazón.

Entonces era casi inevitable semejante tragedia. Quién sabe si esto ha ocurrido antes allí o en otro lugar límite. Cuba ya no puede ocuparse 100% de sí. Es el precio de habitar en un país muy personalista, pero absolutamente no personal.

Lo lamento por quienes murieron. Me pongo en sus carnes sin cordura y se me quitan las ganas de seguir siendo Orlando Luis. Lo lamento por el círculo íntimo de esta masacre sin responsables (ni corresponsales). Lamento lo que los humanos nos hacemos a los humanos casi como sin querer, por distracción, por tedio económico, por maldad no menos desamparada, por exceso de exilio (los mejores se marchan) y amnesia de amor (la realidad es tan rancia que resulta reacia al alma: sólo siento que no siento nada).

Por lo demás, en este enero no habrá fotos de Mazorra como aquella vez, a menos que una fuga digital las ponga a dar vueltas por la inane internet cubana.

viernes, 15 de enero de 2010

MITOS DE MATANZAS











ENTREVISTA AL POETA QUE CUIDA PARQUEOS
(tomado de www.cubaencuentro.com)
Orlando Luis Pardo Lazo

Su nombre me sonó eufónicamente a remix de Víctor Hugo con Hölderlin con Santayana. Fue en Matanzas una tardenoche de sábado, entre farolas que iluminan tal vez demasiado el Parque de la Libertad: “Míralo”, me susurraron, “ése es Hugo Hodelín Santana”. Y lo vi, su solitaria silueta cruzando bajo las cadenas rotas de una estatua con los senos al aire.

Un mito, intuí: como todos, desde la pérdida del aura poética que implica nuestra provinciana modernidad, un mito enfermo. En la ciudad de Carilda Oliver Labra, a quien pensaba enamorar a cambio de una entrevista, descubrí la antítesis del Premio Nacional de Literatura. Era, en efecto, el fantasma magro y noble de Hugo Hodelín Santana (Matanzas, 1955). Un poeta menor, minimizado en primer lugar por él mismo. Inédito para el resto del mundo, casi mudo de tanto rumiar los restos de este otro mundo. Y olvidé mis grandilocuentes proyectos y me lancé a recuperar al menos el eco de aquella voz.

“Yo soy muy malo en las entrevistas”, me recibió en una casita en la cima de su ciudad. Y en verdad lo era, lo cual es óptimo para mí como entrevistador. Me pareció un poeta punzante que no quería herir a nadie con el impacto de sus palabras. Un ermitaño de la escritura, sin referencias al cotilleo bohemio y editorial: “soy ingeniero y trabajo en una brigada constructora, pero cuando estoy ante el texto me quedo muy solo”. Si bien rechaza toda noción bucólica de vivir “incomunicado en una urna”: de hecho, los nuevos autores dialogan con sus textos y los antologan como si pertenecieran a la poesía más joven de Matanzas.

Con sólo un par de poemarios publicados, ambos por la editora local (El Anciano 2003 y Confesiones de un poeta mientras cuida un parqueo 2007), el autor considera que su obra ya está partida en dos por “algo que raya en el misterio, pues mi primer libro tenía una tendencia tan lírica como una iglesia barroca o gótica, llena de elementos decorativos; entonces tuve una fase sin escribir, sin proponérmelo (no considero que la poesía sea un oficio diario planificable) y sin poder explicarlo por influencias de lecturas. Hasta me dije: he escrito bastante porquería y a lo mejor ya no escribo más. Lo cierto es que cuando sentí otra vez la necesidad de hacerlo, ya todo salía un poco más descarnado, en el hueso, desde una visión más directa e incluso plana. Al estilo del arquitecto Van der Rohe: menos es más”.

Y es cierto. Pero no es cierto. Sus dos libros brevísimos incluyen cada uno sólo un poema narrativo, subdividido en una decena de partes sin título. Uno tiende a creer que está leyendo versos tan efectivos que han sobrevivido a una traducción desafortunada. Entre el 2003 y el 2007 ocurrió un corte en la lengua y en la edad del autor (en sentido anti-cronológico, por supuesto), pero sigue siendo inmutable la debacle de que él narra: desasosiego de cara a lo eterno, vaciamiento del que contempla ya sin ganas de protagonizar el teatro de la Historia, el sonsonete de la muerte como colofón del carnaval humano, el deseo que pasa no sólo por el intelecto sino por el cuerpo. Y nada de esto asusta a un lector entrenado en desastres. Al contrario: es entrañable este afán de pugilato a favor y en contra de la poesía.

Amigo cercano de Luis Marimón (1951-1995), quien murió en el exilio virtualmente inédito, Hugo Hodelín Santana afirma ser “un poeta de los años ochenta”. Aunque “de niño leía como una polilla todo lo que caía en mis manos, ya lo único que hago es releer a mis autores preferidos”, entre los que nombró entrecortadamente a Maiakovski, Baudelaire, Milton, Pound, Bukowski (“todos antes que Eliot, en quien me encuentro menos”), Baquero y el propio Luis Marimón.

“Tampoco soy muy concursador ni dado a publicar, a pesar de que ambos gestos sí me interesan. Tengo amigos, compañeros de trabajo, y vecinos, pero mi personalidad disfruta de la soledad. Sin renunciar a lo cósmico, en mi poesía soy como un boxeador que entra y sale del centro del ring hacia el arrinconamiento de las cuerdas (conozco muchas promesas de campeones que se frustraron en el torneo de la vida). Por lo que, más que de una ciudad, soy un habitante de los libros y la poesía, donde viajo más y mejor”. Como Lezama Lima y su noción (¿nación?) de “peregrino inmóvil”, pienso yo. Y, como Lezama Lima, a sus cincuenta y tantos años nuestro hombre en Matanzas aún convive candorosamente con su anciana madre, quien ignoro si ignora versos como “toda esperanza constituye un hecho intrascendente” (2003) o “doblar las piernas frente a las perillas / y las buenas putas / putas y putas / persiguiéndome por todas partes / inconsolables” (2007).

Se defiende ante mi acoso Hugo Hodelín Santana: “Tengo un verso que dice El arte no obedece a la razón. Así que no me preocupa la originalidad, aunque sí temo repetirme. Todo poeta tiene que ser autovisionario, pero no creo que mi poética sea exaltada (entre la agonía y la calma, algo quiere ser expresado con urgencia en mí, pero no de manera aplastante) ni programo o salgo a buscar la mal llamada “mala palabra”, tan común hoy en Cuba. Por mi educación y convivencia, nunca fui un marginal: ni siquiera me he sentido apartado, por más que digan que soy un poeta maldito. Incluso al hablar me cuesta mucho emplear las palabras fuertes”.

Pero sí es un marginal, por supuesto (acaso el poeta siempre lo es). Un hombre de renglones cortos, pero de largo aliento en su resistencia contra el día a día tedioso de la ínsula y de la isla. Tal vez no sea un poeta maldito (una circunstancia que en Cuba siempre pasa por la política), pero sí es un maratonista mental que, desde la cima de Matanzas, relee y acumula sus apuntes como quien hace jogging en una pista en blanco: de hecho, muchos de sus textos son almacenes de imágenes sin simbolismo que, al superponerse, generan nuevos significados como si fueran un alef.

Del poeta Hugo Hodelín Santana emana la grandeza de todo ser cuyo presente es ya muy precario (fue mi impresión al despedirnos, bajo una reproducción de Modigliani tan antigua como el original) y cuyo futuro es sólo el pasado que él destila domésticamente en sus poemas, mientras “adusto / sentado / ve pasar la patrulla policial / y agita banderitas / como un escolar / en los actos solemnes”.

Casi en la calle, me regaló un consejo como propina extensiva a mi generación: “tener mancomunidad y ser lo menos egoísta posible a través de las palabras, no extraviar al poeta o niño espontáneo en nuestras inevitables mutaciones de adulto; que no se detengan y que se escuchen y se hagan caso a sí mismos, según dijo alguien más sabio: si nadie me oye, que me oigan las estrellas”.

Y allí dejé entonces a Hugo Hodelín Santana, sin saber si volvería a verlo pronto o nunca, su mirada transparente traspasándolo todo desde aquella suerte de observatorio al borde de la medianoche cubana.

jueves, 14 de enero de 2010

VW



VILENA WRITING
Orlando Luis Pardo Lazo

Túmbate frente al espejo con una cámara o un celular en la mano. Empina los glúteos al techo (vestidos de novia o de miliciano, con underwear o sin nada: da igual). Apunta con el lente de juguete y dispara: falso fusilamiento del ¡flash, flash, flash...!

Eso es todo.

El resto será colgarlo en una página web. Y rápido, por favor. Nuestra patria puede ser la primera potencia en importar al continente este fenómeno jpg. Es una moda rusa, por cierto, por lo que imitar en esto al imperio amigo nos deja libre de toda sospecha demócrata-occidental.

Ya tiene nombre y todo esta onda tan cool: se llama Estilo Vilena (no confundir con Villena) y está muy bien esta denominación. Estilo, de estéril: en última instancia, de escritura. Una Escritura-Vilena virtual. Imaginen los titulares de la revista Mujeres: “Cuba: primer territorio Vilena de América”.

Recuerdo cuando Wendy Guerra apareció ñoñamente desnuda en un periódico europeo: manzana en mano, en lugar de la cámara o el celular. Se hizo un silencio soez en Cuba (para mal), pero en el exilio explotó un cacareo para peor. En muchos foros cubanos de internet se impuso la moda machista de agredir a nuestra Vilena avant la lettre.

Entonces se le dijo de todo: una furia frustrada de todo lo que, como pueblo promiscuamente pacato, tenemos reservado para escupirnos a la cara tan pronto se nos da un filón de diálogo. Siempre con ese fascilenguaje carcelario que tanto nos caracteriza en el plano sexual. Identidad idiota de quienes, aquí o allá, llevamos medio siglo o medio milenio de choteo bajo el chador de un completo uniforme.

Recuerdo cuentos de editores de la televisión cubana, divertidos de todos los desnudos que deben picotearle incluso a las películas más insulsas del sábado por la madrugada. Tampoco es extraño que a los directores dramáticos de la TVC se les recomiende compactar a un pestañazo cualquier carne encuera que hayan puesto en escena, acaso por una “cuestionable necesidad expresiva del guión”.

El cine cubano oficial se salva bastante de este borrón y cuerpo nuevo, pero no por mucho más de una cabeza: los penes, de hecho, aún cuesta demasiado proyectarlos sin apuro en pantalla grande. De ahí tal vez esa furibunda falofilia de nuestro cine independiente hecho por jóvenes realizadores. Y también esa tropofalia de no pocos cortometrajes rodados recientemente en las dos escuelas cubanas de cine y televisión (el contacto clímax de esta revolución seminal podría encarnar en el actor, profesor y realizador Jorge Molina).

Habría que ir pensando al respecto en un Vilena-Cinema nacional. Un subgénero menor donde no haga falta causa alguna para mostrar el trasero o los genitales del ser humano (el director de teatro Carlos Díaz ha dado soberanas lecciones magistrales en este sentido, aunque su público aún lo lee babosamente desde lo fornicaticio: a falta de sex-shops, teatro).

Habría que ir desempercudiendo el imaginario de una literatura que pasó de la musa lírica a la masa épica a la orgía porno, pero siempre tachando esa libertad primigenia de lo corporal, que es la antítesis de lo corporativo.

Habría incluso que repartir camaritas o celulares por la Libreta de Racionamiento, cupón VW: una Vilena-Writing subvencionada donde por una vez el deber no demerite al placer.

La Madrecita Rusia, como la China profunda, también tiene sus arcanos nada ortodoxos: elementos efímeros que no encajan en la Tabla Periódica de Dmitri Mendeléiev (o Medvédev), y mucho menos dentro del cinturón de castidad de una Mesa Redonda del Canal Cubavisión.

De esa fútil capacidad de fuga (to bit or no to bit: that´s the question.cu), de ese absurdo de mimetismos digitales mientras el planeta parece que ya perece (Kafka en el Kremlin), de esa languidez hedonista (remix post-soviético del MAKE LOVE NOT WAR), de esa resistencia horizontal mitad cómica y mitad cívica, de esa deleitosa desidia y también, por supuesto, de ese tedio terminal de un tiempo perdido llamado Modernidad, Cuba debería tomar nota ahora, entre jornada y jornada de trabajo voluntario y de guardia obrera (Proust en la Plaza).

Eso era todo.

miércoles, 13 de enero de 2010

CUÉNTAME DE CUBA


CON “LA LLAMA EN LA BOCA”
(tomado de www.cubaencuentro.com)
Orlando Luis Pardo Lazo

La editorial Voland acaba de lanzar en italiano un antología de 150 páginas que se anuncia en portada como de “jóvenes narradores cubanos”. Se trata del volumen “La llama en la boca”, un compendio de 11 autores residentes en la Isla, antologado por el escritor y académico italiano Danilo Manera. El libro incluye, además, un simpático y sintomático “Decálogo más o menos serio para comprender la cuentística cubana” (de José Miguel Sánchez, YOSS) y el epílogo “Huérfanos y fantasmas”, donde Manera rinde cuentas de su peculiar manera de leer el contexto local más allá de lo literario. De hecho, estos dos textos resultan tan creativamente polémicos, que bien podrían leerse como las dos ficciones más experimentales de esta antología de Voland 2009.

Los jóvenes antologados ya no son, por supuesto, tan jóvenes: el promedio de edades es de 33 años. Pero eso en el campo literario de la Cuba contemporánea significa que sus carreras como escritores están todavía en la eterna fase de despegue (abrir las alas de una voz propia y cortar con el tren de aterrizaje de nuestra tradición). Es decir, se trata de autores que ya ganaron algún premio de importancia numismática, que publicaron algún volumen en una editorial nacional o en una antología foránea como “La llama en la boca”, y, por supuesto, que egresaron del Taller de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso” (ese atelier ecuménico de narrativa, dirigido con rigor y perfil ancho por el escritor Eduardo Heras León, hangar donde cada año aterrizan decenas de precisamente “jóvenes narradores” de todo el país).

Los once antologados, en orden escénico de aparición en esta nueva cena de la narrativa cubana fuera de Cuba, son: Yunier Riquenes (Granma, 1982), Michel Encinosa Fú (La Habana, 1974), Osdany Morales (La Habana, 1981), Mariela Varona (Holguín, 1964), Ahmel Echevarría Peré (La Habana, 1974), Delis Gamboa (Granma, 1976), Agnieska Hernández (Pinar del Río, 1977), Yordanka Almaguer (La Habana, 1975), Raúl Flores Iriarte (La Habana, 1977), Gleyvis Coro Montanet (Pinar del Río, 1974) y Jorge Enrique Lage (La Habana, 1979).

Desde el inicio de su proyecto, según declaró en una entrevista exclusiva, el antologador Danilo Manera decidió incluir sólo a narradores residentes en Cuba: “Como un observador desde afuera, que sabe que una parte imprescindible de la literatura cubana hoy se escribe fuera de Cuba (tal como ha pasado en muchos países y épocas), elegí la perspectiva de quienes viven y escriben desde Cuba, con todos los que elementos inconscientes de autocensura y demás que esto pueda implicar, aún cuando algunos de estos autores se declaren en un estado de exilio interior, concentrados en la página como un espacio de libertad”.

José Miguel Sánchez (YOSS) en su texto teórico parece apuntar en parte esta idea, cuando afirma que “salvo aquellas raras excepciones referenciales en sentido positivo o negativo [...], cuyas obras más famosas llegan y pasan de mano en mano, se supone que los narradores cubanos que han abandonado la isla de uno u otro modo no influyen mucho sobre el corpus cuentístico nacional. Lo mismo pasa con los escritores marielitos y Cuban-Americans, por exitosos que sean [...]”. “Es casi regla que cuando un autor se va, desaparece. Prácticamente se le deja de publicar en Cuba, y hasta de hablar de él”, mientras que “otros autores vivos y residentes en Cuba, pueden ser muy conocidos afuera mientras que adentro su fama es apenas un lejano eco”.

De cara a un lector extranjero, “La llama en la boca” supongo sea una novedad editorial en todos los sentidos. De cara a los pocos escritores cubanos de Cuba que accedan al libro (incluidos los propios antologados), muchos de estos relatos ya son demasiado conocidos por haber circulado aquí durante los últimos años. De un modo diaspórico y no monolítico, estos autores (entre otros nombres que brillan por su ausencia) constituyen la generación de los Dos Mil o Años Cero, cuyas obras, siempre que no crucen el límite de lo oficialmente ilegible, han ido venciendo la resistencia innata de las editoriales nacionales.

Según abunda Danilo Manera, estos “son textos que no tienen un cariz muy crítico y nunca son directos. La estética de esta generación me parece ecléctica e inclusivista. Tienen una gran bulimia, deseos de abastecerse glotona e irónicamente de muchos referentes: de los clásicos al pop, de la ciencia-ficción al splatter, de las súper-estrellas del cine a las de la canción; más zonas intergenéricas de cross-over, de fusión, de parodia, con gran habilidad en el montaje de todos estos materiales. Esta literatura pesca en un imaginario virtual y global, y un espacio típico de sus creadores es la dimensión de los e-zines (como Cacharro(s) primero y ahora los blogs), pero como autores ellos se expresan muy a menudo en primera persona, tal vez para darle una fuerte connotación de experiencia al texto como desahogo ante la desolación: sea un canto o un grito...”

En términos de YOSS en su irónico decálogo, se trata en parte de un fenómeno reactivo y “academicista” contra el “realismo sucio periodístico” ya agotado temáticamente tras tantos estereotipos de “jineteras, rockeros, gays, seropositivos, policías venales, funcionarios sobornados, faltantes (eufemismo cubano para los insumos robados) en casi todas las empresas, robo institucionalizado en las aduanas, y demás”. En ese “bandazo al lado contrario”, surgen entonces lo que él llama “cuentos extraños”: “sofisticados, juegos intelectuales de salón, lo más académicamente lejanos posible de esa vulgar y demasiado descrita realidad. Arabescos de lenguaje. Pura atmósfera, rara vez historias. Preciosistas masturbaciones mentales que arrasan los premios nacionales de cuento y vienen publicados sin ninguna objeción oficial… ni mayor respuesta de público, por desgracia”. Al punto de que “a menudo ni se sabe si son textos de ficción o ensayos”: “¿post-literatura” o “simple miedo a la realidad que cada vez se pone más complicada?”

Menos beligerante al respecto, acaso con la lucidez libre de censuras del profeta fuera de su tierra, también a Danilo Manera (lo mismo que al crítico cubano Jorge Fornet) le “llama la atención” esta suerte de “compromiso paradójico de ser lo menos cubanos posibles. Es decir: limar, filtrar, renunciar a cada señal toponímica o topográfica. En estas obras, la retórica oficialista o el discurso ideológico se perciben como el ruido lejano de un televisor en otra habitación, casi como un defecto de fábrica en el ambiente. Ni siquiera es un fastidio, sino una desconexión, rechazar voluntariamente todo compromiso testimonial: la sorpresa del actual contexto no tiene nada que ver con las sensaciones reales de la vida y sus formas de expresión en estos autores. Ya la Cuba del Período Especial, y mucho más la precedente, han sido enunciadas. De manera que, aún cuando puedan reconocerse rasgos de la realidad histórica, ahora se elaboran atmósferas de sensaciones alucinadas, y ya la anécdota no interesa tanto como una perspectiva muy particular, íntima y a la vez cósmica, donde importa más el estado de ánimo de un personaje en situación límite que sus coordenadas reales”.

Catalogado por él mismo como un “pequeño pirata intelectual, donde mi botín son las historias, emociones, sueños y capacidad de expresión”, Danilo Manera durante más de una década ha lanzado en Italia varias antologías de literatura cubana, en las que asegura nunca haber buscado “un sabor local en términos folclóricos”. Su esperanza es que estos libros funcionen como una “tarjeta de visita, un primer momento de encuentro” para los autores de este “grupo abigarrado, lo que da idea de vitalidad”. Aunque reconoce que “la literatura tiene espacios limitados”, él confía en que también tenga “un poder que a veces desconocemos, pues le habla a las mentes y los corazones”, lo que en el caso de Cuba podría ayudar “a tener una idea más rica y completa de este país” en Italia y en el resto de Europa, donde Cuba siempre “despierta tantos estereotipos y polarizaciones”.

Sin importar ahora el gusto o disgusto por sus autores y textos (los residuos no incluidos son también otra manera de narrar), “La llama en la boca” (Voland 2009) me parece ciertamente pensada más allá de nuestra tan común vocación de antologar como mero archivo temático o museíto generacional.

martes, 12 de enero de 2010

WORLD WIDE WENDY









DEAR WENDY
(tomado de la revista
Encuentro de la Cultura Cubana
51/52, pp. 250-251, 2009)
Orlando Luis Pardo Lazo

La literatura cubana padeció un siglo XX fundamentalmente fundamentalista. Una Era no tan represiva como reiterativa, donde el verbo de orden era fundar. Fundar catedrales en el futuro, barrotes barrocos de los grandilocuentes sistemas poéticos y políticos. Fundar pinos nuevos que jamás den su tronco a torcer: la fidelidad como justificación ética de la intolerancia. Fundar un destinorigen para la República de las Letras Cubanas, y desde allí parapetarse en una muralla moral contra la decadencia y la desintegración (el límite marcado por el alambre de púas de una-y-sólo-una tradición nacional). Fundar un feudo, aún a riesgo de terminar fosilizados dentro de sus coordenadas: un precio asumido como un mal menor. Nada de jueguitos, experimentos esperpénticos, y mucho menos fugas de la patria raigal (radical). Nada de superficialidades más allá del corcho constituyente de nuestra plataforma insular.

Por suerte, la literatura es algo demasiado serio para dejarla en manos de los literatos. Hay que negar y, de no ser mucha molestia, re/negar de Lo Cubano en tanto mayúsculo cliché. Remar en contra de la cordura consensuada es ya un primer síntoma crítico de salud. Y justo en uno de esos oasis paraliterarios me refresca la narrativa de Wendy Guerra (La Habana, 1970), actriz jpg y poeta traviesa que, a contrapelo de su generación, coquetea con poses de enfant terrible del verso leve a la novela ingrávida (helio versus heroicidad), en una apuesta pop por desmarcarse de esa tentación tórrida llamada la Gran Novela Histórica de la Revolución (desde Alejo Carpentier hasta Jesús Díaz, todos nuestros novelistas “serios” sucumbieron al mismo bluff estético).

Tras su primera ficción o diario (Todos se van, Bruguera 2006), Wendy Guerra sigue aferrada a su prosa como un surfista a la tabla de flotación. A golpes de desenfado intuitivo, en Nunca fui primera dama (Bruguera 2008) ella pulsa ciertos acordes disonantes que deconstruyen cualquier ilusión de epopeya perpetua. Para mí, lector perverso, son desmarques simbólicos suficientes para oxigenar una atmósfera tan provinciana que aún duda si publicar o no estos libros en Cuba.

El tono a ratos ñoño de Wendy Guerra es lo de menos (supongo que esto forme parte de su candor glam, como la tinta rosa de la portada). La tendencia a lo sentimental en sus argumentos y cartas tampoco debe importar demasiado (acaso sea un guiño de marketing para explicitar que la narradora es mujer). Y los tópicos típicos al final le quedan bien dosificados en un espacio narrativo banal que por momentos deviene bizarro. Así, en esta sinuosa alternancia entre pasto común y visión individualísima, Nunca fui primera dama se deja poseer con la tentación tímida de una virgen naif.

Y es que la novela está en otra parte. A los efectos de la memoria emotiva, lo significativo son esos momentos impredecibles que se articulan como trampas de intensidad. Mamar leche imaginaria de la tetilla de un hombre, como paliativo contra la jornada laboral materna o quizá el exilio. Deshabitar en una familia de solitarios a trío, entre libros forrados con las máscaras mudas del miedo en la dictadura del proletariado. Posar inocentemente desnuda ante el Ché en la intemperie de los años sesenta. Hacer catarsis radial en una emisión sin censura a lo largo y estrecho de la madrugada cubana. Fornicar en Francia con su uniforme de pionerita, en una orgía gimnástica para consumo exclusivo de dos (y también para todos nosotros, los voyeurvivientes), lo que a la postre resulta en un episodio de Edipo-Rev. Hacer zoom-in con una cámara oculta a la alcoba vacía del Máximo Líder: ¿primeros flashes para una biografía de la cópula en la cúpula verde oliva? Dialogar a través de un televisor amnésico con el Poltergeist del propio Premier. Un suicidio ante nuestras narices que se nos impone desdramatizado y distante, brecha brechtiana que excluye casi hasta al narrador(a). La primera muerte de Fidel en el verano octogenario de 2006: una asignatura pendiente a relatar sin metáforas ni alegorías por nuestra impericia intelectual (el peligro nos paraplejizó). Miami como un espejismo de la espera sin esperanzas en La Habana. Y algunos más. Son sólo ejemplos de la materia prima con que Wendy Guerra despliega la baraja fragmentaria y antinovelesca de Nunca fui primera dama.

Ella, que nunca fue primera nada. Y a quien, por desidia o envidia, el impúdico público ya le ha dicho de todo: nieta díscola de la Revolución, retratista del desencanto, chica chic, practicante coqueta y frívola del glamour (cabeza rapada, sombreros de bolas, medias a rayas por las rodillas, agua de flores y velas de vainilla al despertar, poemas con sándalo y un escandaloso paraguas así en una tumba parisina como en una boutique habanera). Ella, puteada en los web-comentarios pacatos de quienes día a día emputecen hasta el lenguaje: machitos locales o deslocalizados que le hacen la guerra a Wendy en lugar de hacerle el amor (leen sin libertad ni libido). Ella, de la entrevista light a las luces de la pasarela, lejana como Cuba (aquí te tengo), que nunca será primera en nada y que, justo por eso mismo, escribe de espaldas a todo funambulismo fundamentalista literárido.

Sospecho que es un privilegio contar con una escritura post-cubana así. Esta no/vela no se arrodilla a beber del manantial patrio de nuestros textos canónicos (a pesar de estar partida en dos por el eje fálico de la nostalgia cubanesca), sino que acaso se salpica con la saga fresca de una Françoise Sagan: ¿Buenas Noches, Tristeza? Cada capítulo se entiende mejor como el post de un blog bloqueado que es su propio nombre de guerra en tiempos de paz (wendy.war.world). Son textos esquivos y equívocos, exilados en Gris Menor pero con pasaporte rouge nacional. Prometen de todo para cumplir con muy poco (es la base de la seducción). Narcisismo al punto del morbo, sin el tedio moroso de ese corsé de fuerza que los teóricos llaman una “alta factura”.

Por el contrario, Nunca fui primera dama es pura ropa interior: un hilo lingual. Graffiti con creyón de labios sobre un espejo manchado por el excesivo azogue y azote de Lo Histórico (esa mala mayéutica que a tantos creadores castró). Piel próxima y precaria, la política a ras de lo privado, la palabra íntima gimoteada como performance en plena plaza. Partitura silente, rapto raro, parto sin pujos, pacto pacífico de la página o una bandera en blanco. Acto museable en el mausoleo de una epoquita sin épica. Relato que escapa, en fin, entre las alambradas tiránicas de una-y-sólo-una tradición ahora ya en fase terminal.

Lo siento. No tiene sentido ocultarlo: me encanta este libro en rosa de Wendy Guerra. No hay que ser escritores de culto para ser libres.

lunes, 11 de enero de 2010

COUNTDOWN SNOW


REPORTE DEL TIEMPO
Orlando Luis Pardo Lazo

Hoy en La Florida, mañana en La Habana: ¿cuántos kilómetros o copos de nieve cabrán entre los cubanos de una y otra orilla del anchísimo Estrecho?

¿Qué tal si en uno de estos inviernos pre-glaciación se congelara el Golfo de México? ¿Quién se creerá entonces el diferendo Cuba-Estados Unidos, cuando un gran iceberg tropical sea nuestra pista política de patinaje, y los cubanos puedan mezclarse usando ya no sus pasaportes sino sólo sus pies?

Saltar el muro del Malecón y caminar con cansancio hacia el norte, sin el entusiasmo ingenuo de todo emigrante. Dejar atrás una Habana tiritante tras la inaudita nevada. Una ciudad blanca en canas, de pronto abierta a cal y canto por debajo de cero grados centígrados. Una urbe adicta a la nieve desde sus primeros versos románticos (tan radicales como ridículos): aldeíta nievemaniaca. Una Habana de vuelta de todo y todos y que, acaso por eso mismo, ya no se conmueve con nada (ni con nadie).

Sería el fin de los balseros. El fin también de más de un negocio sucio pero humanitario. El fin de décadas de determinado estilo de representar la política pedestre aquí y allá. El fin del relato revolucionario independentista y, sin embargo, el fin del embargo a la par: una súbita suerte de anexión climática entre David y Goliat (sin aclarar geográficamente quién actuó cómo quién). Y es que sin mar (o con el mar cubierto por un puente helado), Cuba y Miami quedarían separadas apenas por 90 pasos.

Hoy en La Habana, mañana en Miami: así de fácil y sin transición (esa trampa para teóricos tétricos o aterrorizados).

El conteo regresivo no será biológico, sino meteorológico. Al final de todos los demasiados discursos, lo único entendible por todos los cubanos de aquí o de allá, será el próximo Parte del Tiempo en esta o aquella televisión.

Finalmente, el destino prometido y jamás cumplido de los orígenes: la congelación de nuestra peor poesía en la nata superficial de la historia patria. Tal vez algún cubano friolento (frío-rápido) ya esté redactando ahora la parodia de “Esa nieve del mundo moral”.