
¿MASACRE EN MAZORRA?
Orlando Luis Pardo Lazo
La primera imagen de Mazorra que nos viene a la cabeza (y la cabeza es la causa eficiente de toda enfermedad mental) son aquellas fotos formidables de inicios de la Revolución. Enero de 1959. El año de la Libertad: una libertad asumida como el fin de la locura colonial-republicana.
Son fotos de las mazmorras de Mazorra. Fotos definitivas. Insultantes. De verdad daban ganas de poner una bomba. Imágenes como bofetones en blanco y negro sobre el papel gaceta barato. Fotos que duran en alto contraste hasta el día de hoy, medio siglo después de aquellos flashes que iluminaron la cara muda del horror cubano capitalista.
El tiempo ha pasado, mordaz. Ha pasado también Ordaz, el comandante doctor mitad santo y mitad orate. Ha pasado cierto sentido sanitario de la ilusión. Hubo o hay hasta una Orquesta Sinfónica que extravió parte de su lucidez ejecutando partituras allí, al borde del abismo, en el camino de Santiago (de las Vegas). Hay o hubo una escuela soviética del cerebro que excluyó toda desviación sicoanalítica que no supurara sentencias de Marx.
Mazorra. Enero de 2010. El año de otro aniversario innombrable. Los inviernos se han hecho cada vez más cortos y virulentos. Cuba entera al parecer emigró. O se esfumó en la estulticia internacional del resto del continente. Somos otros, fantasmitas de ciudadanos a uno y otro lado de la cerca que separa la acera de Rancho Boyeros de la pista deportiva del Hospital Siquiátrico. Es otra la muerte de los más humildes a ras de La Habana.
Decenas de cuerpos. A un ritmo febril de n cadáveres por día. Gente desvalida de sí. Desamparados dejados al margen no tanto por la sociedad, como por la fatigada familia cubana, que no tolera demasiado a sus locos (ni a sus viejos, ni a ningún tipo de disidencia biológica), y por eso los arroja en manos de una siquiatría materialista ya apenas clínica (de hecho, ahora han forzado a los clínicos a hacer guardias obreras allí, pues ningún galeno atendía regularmente ese hospital).
La irresponsabilidad criminal es de todos, no sólo de los indolentes que acaso traficaron un poco de arroz y viandas y tal vez ropa rala de cubrecama. Los trabajadores detenidos virtualmente ahora dentro de Mazorra se preguntarán tanto como nosotros qué fue lo que pasó: qué golpe de dios los ha puesto de cara a la justicia revolucionaria que necesita una expiación al peor estilo de Poncio Pilatos. Algunas de estas personas se volverán literalmente insanos durante sus largas condenas carcelarias, en prisión comerán peor que sus pacientes perecidos, y así el ciclo ilógico de nuestra post-patria se mantendrá cogiendo presión.
He estado en asilos de ancianos. La seguridad social o religiosa hace quizás lo máximo a su alcance, pero igual son nichitos tristísimos donde todo rezuma mortandad. La mirada vidriosa de los que sobreviven humillados me hace recapitular ciertas teorías tanáticas. Hay un límite para la decadencia. En esos lugares incluso la caridad gratuita me ha sabido a insulto entre desconocidos. No imagino ni siquiera a un conocido ingresado en un antro público así. La culpa de esta catástrofe es nuestra en tanto sociedad con ínfulas de moderna (enferma de modorra), en tanto seres que hasta para sobremorir confían en un servicio institucional.
Decenas de cuerpos cubanos. Un pequeño holocausto de puertas adentro (el Haití habanero). Un temblor pronunciado incluso en las gargantas solemnes del noticiero oficial. Seguramente los peritos policiales tantearán la tesis de un sabotaje contra la imagen médica/mediática de Cuba en el exterior, o atizarán la de un atentado contra la seguridad del Estado. Pero los vecinos de barrio que me rodean tienen a priori otra impresión. Ha sido el azar. La cruenta crisis de valores. Ha sido la nada que toca de cuando en cuando las aldabas de nuestra conciencia, sin que nunca se nos destrabe ni despierte el corazón.
Entonces era casi inevitable semejante tragedia. Quién sabe si esto ha ocurrido antes allí o en otro lugar límite. Cuba ya no puede ocuparse 100% de sí. Es el precio de habitar en un país muy personalista, pero absolutamente no personal.
Lo lamento por quienes murieron. Me pongo en sus carnes sin cordura y se me quitan las ganas de seguir siendo Orlando Luis. Lo lamento por el círculo íntimo de esta masacre sin responsables (ni corresponsales). Lamento lo que los humanos nos hacemos a los humanos casi como sin querer, por distracción, por tedio económico, por maldad no menos desamparada, por exceso de exilio (los mejores se marchan) y amnesia de amor (la realidad es tan rancia que resulta reacia al alma: sólo siento que no siento nada).
Por lo demás, en este enero no habrá fotos de Mazorra como aquella vez, a menos que una fuga digital las ponga a dar vueltas por la inane internet cubana.
Orlando Luis Pardo Lazo
La primera imagen de Mazorra que nos viene a la cabeza (y la cabeza es la causa eficiente de toda enfermedad mental) son aquellas fotos formidables de inicios de la Revolución. Enero de 1959. El año de la Libertad: una libertad asumida como el fin de la locura colonial-republicana.
Son fotos de las mazmorras de Mazorra. Fotos definitivas. Insultantes. De verdad daban ganas de poner una bomba. Imágenes como bofetones en blanco y negro sobre el papel gaceta barato. Fotos que duran en alto contraste hasta el día de hoy, medio siglo después de aquellos flashes que iluminaron la cara muda del horror cubano capitalista.
El tiempo ha pasado, mordaz. Ha pasado también Ordaz, el comandante doctor mitad santo y mitad orate. Ha pasado cierto sentido sanitario de la ilusión. Hubo o hay hasta una Orquesta Sinfónica que extravió parte de su lucidez ejecutando partituras allí, al borde del abismo, en el camino de Santiago (de las Vegas). Hay o hubo una escuela soviética del cerebro que excluyó toda desviación sicoanalítica que no supurara sentencias de Marx.
Mazorra. Enero de 2010. El año de otro aniversario innombrable. Los inviernos se han hecho cada vez más cortos y virulentos. Cuba entera al parecer emigró. O se esfumó en la estulticia internacional del resto del continente. Somos otros, fantasmitas de ciudadanos a uno y otro lado de la cerca que separa la acera de Rancho Boyeros de la pista deportiva del Hospital Siquiátrico. Es otra la muerte de los más humildes a ras de La Habana.
Decenas de cuerpos. A un ritmo febril de n cadáveres por día. Gente desvalida de sí. Desamparados dejados al margen no tanto por la sociedad, como por la fatigada familia cubana, que no tolera demasiado a sus locos (ni a sus viejos, ni a ningún tipo de disidencia biológica), y por eso los arroja en manos de una siquiatría materialista ya apenas clínica (de hecho, ahora han forzado a los clínicos a hacer guardias obreras allí, pues ningún galeno atendía regularmente ese hospital).
La irresponsabilidad criminal es de todos, no sólo de los indolentes que acaso traficaron un poco de arroz y viandas y tal vez ropa rala de cubrecama. Los trabajadores detenidos virtualmente ahora dentro de Mazorra se preguntarán tanto como nosotros qué fue lo que pasó: qué golpe de dios los ha puesto de cara a la justicia revolucionaria que necesita una expiación al peor estilo de Poncio Pilatos. Algunas de estas personas se volverán literalmente insanos durante sus largas condenas carcelarias, en prisión comerán peor que sus pacientes perecidos, y así el ciclo ilógico de nuestra post-patria se mantendrá cogiendo presión.
He estado en asilos de ancianos. La seguridad social o religiosa hace quizás lo máximo a su alcance, pero igual son nichitos tristísimos donde todo rezuma mortandad. La mirada vidriosa de los que sobreviven humillados me hace recapitular ciertas teorías tanáticas. Hay un límite para la decadencia. En esos lugares incluso la caridad gratuita me ha sabido a insulto entre desconocidos. No imagino ni siquiera a un conocido ingresado en un antro público así. La culpa de esta catástrofe es nuestra en tanto sociedad con ínfulas de moderna (enferma de modorra), en tanto seres que hasta para sobremorir confían en un servicio institucional.
Decenas de cuerpos cubanos. Un pequeño holocausto de puertas adentro (el Haití habanero). Un temblor pronunciado incluso en las gargantas solemnes del noticiero oficial. Seguramente los peritos policiales tantearán la tesis de un sabotaje contra la imagen médica/mediática de Cuba en el exterior, o atizarán la de un atentado contra la seguridad del Estado. Pero los vecinos de barrio que me rodean tienen a priori otra impresión. Ha sido el azar. La cruenta crisis de valores. Ha sido la nada que toca de cuando en cuando las aldabas de nuestra conciencia, sin que nunca se nos destrabe ni despierte el corazón.
Entonces era casi inevitable semejante tragedia. Quién sabe si esto ha ocurrido antes allí o en otro lugar límite. Cuba ya no puede ocuparse 100% de sí. Es el precio de habitar en un país muy personalista, pero absolutamente no personal.
Lo lamento por quienes murieron. Me pongo en sus carnes sin cordura y se me quitan las ganas de seguir siendo Orlando Luis. Lo lamento por el círculo íntimo de esta masacre sin responsables (ni corresponsales). Lamento lo que los humanos nos hacemos a los humanos casi como sin querer, por distracción, por tedio económico, por maldad no menos desamparada, por exceso de exilio (los mejores se marchan) y amnesia de amor (la realidad es tan rancia que resulta reacia al alma: sólo siento que no siento nada).
Por lo demás, en este enero no habrá fotos de Mazorra como aquella vez, a menos que una fuga digital las ponga a dar vueltas por la inane internet cubana.













