sábado, 20 de febrero de 2010

FAIR PLAY

http://www.diariodecuba.net/cultura/77-cultura/341-una-feria-ortodoxa.html

ENTRE TAMAYOS Y ORLANDOS



DEL COSMOS A LAS CATACUMBAS
Orlando Luis Pardo Lazo

La primera y única huelga de hambre que recuerdo fue quién recuerda cuándo, en Irlanda. O por lo menos con irlandeses, esa raza magnífica que no debiera dejarse matar así.

En un parque de El Vedado, en La Habana con H desheredada hasta del siglo XXI, todavía queda una tarja con los nombres de aquellos mártires de la inanición. Y de la inacción asesina de los ingleses.

Crecí, comí, cagué, y supe de otras muertes por hambre auto-impuesto como protesta, en otra isla mucho más cercana que Irlanda. Y cercada.

Soy bioquímico. Sé bien cómo el cuerpo se devora a sí mismo sin conmiseración.

Soy humano. Apenas resisto el relato de semejante impiedad. No hay que ser médico ni militar para sentir en las moléculas del alma el mordisco mierdero de la injusticia.

He leído que los cosmonautas padecen algo parecido en estado de ingravidez. Un cubano negro debió sufrirlo en carne propia hace décadas, mientras se cubría de gloria intercósmica y de chistes racistas también.

Su apellido era Tamayo.

Toda historia patria es patética. De una ironía cruenta, increíble, criminal.

Los negros cubanos son una raza tan magnífica como los irlandeses rojizos. Ambos son celtoides con corpachones de combate y cabezas testarudas que sin pensarlo mucho las revientan contra la primera pared.

Hay esplendores de energía que en un Estado disciplinario estigmatizan y a la postre resultan fatal. En nuestro pueblo hay apellidos que después apenas se podrán pronunciar sin rubor.

De la tribuna al tribunal.

De la palabra al patíbulo.

Del suero a la sangría.

De la negligencia al necrocomio.

No una, sino mil y una transiciones democratanáticas.

Con cada calamidad así Cuba se contrae: contrae la plaga de su cansada carroña. Con cada historia de hombre que no cupo en la realidad cubana, algo hace crac en los músculos de la manada morbosa, por alguna válvula se nos escapa silbando el ex-espíritu nacional.

Y suena al cabo el gong de la fuga en masa, la suite del sálvese el más salvaje. Y, en medio de esta marea mentecata que nos maniata, simulamos ser zombis zoocialistoides con tal de posponer un poco nuestro rito de extremaunción. Y, lo peor, pretendiendo que aquí no ha pasado ni pí.

Con cada uno de estos cadalsos, Cuba se acaba: cava no tan caníbal como canallescamente su propia huelga de humanidad.