jueves, 4 de marzo de 2010

I NEED SOMEBODY, SOMEBODY TO LOVE


DURAN-DURAN
Orlando Luis Pardo Lazo

La semana pasada vi a Durán. Durán bajándose de una ruta china de acordeón. P1 o P4. En Infanta, frente al Multicine, en la parada de la pajarera. A ras de la tardenoche fría de entresemana. Mientras la ciudad se maquillaba de toque de queda y cientos de personas ocupaban La Habana con sus uniformes de civil.

Durán. Más antiguo que la Facultad de Física. Más digno que su arquitectura siempre a medio restaurar. Y más loco y fiel que el resto de su claustro de profesores también. Técnico o Ingeniero o Licenciado o Doctor o acaso Cabo Durán. Igual me sobrecogió.

Con su traje republicano raído. Con su mandíbula siciliana de hombrón apuesto, aunque jorobado por el peso de tantas décadas y aulas. Afeitado o casi, como Dios o la Entalpía mandan. Súper-octogenario, supongo. Con olor. Cojeando o casi. Con una voluntad de isótopo radiactivo y todavía con cierto brillo cascarrabias en su mirada newtoniana.

Durán: un caguairán cuyos huesos de átomos nobles ya apenas se resisten al comején; un batallador de laboratorios ópticos y mecánicos, con su jabita de tela rebosante con las sobras gratuitas de un comedor post-proletario del siglo XXI socialipsista cubano.

Durán dura aún. Y delira, quizá.

Yo lo recuerdo en 1991 o 1992. En pleno apogeo del Período Especial. Entre alumnos y profesores expulsados de la Universidad por cuestiones más o menos idiotas de la ideología oficial. Gritando un tanto grosero cuando nadie parecía entender. Recuerdo incluso que solté un chistecito estúpido sobre su estampa y Durán de alguna forma lo notó. Pero no dijo nada en el acto. Estoica o escolástica o estocásticamente me dejó correr. Para luego aplicarme varias preguntas elementales que mi lógica de bioquímico barato no supo despejar.

Aprendí con aquella lección de Durán. Con toda mi apariencia cool y mi fuerza impulsiva de veinteañero, incluso triunfando en alguna posición futura, yo sería sólo un mocoso mientras no aprendiera humildemente a respetar a los que sí saben pensar.

Pronto habrán pasado otros 20 años: una segunda vida desde entonces. Durán hoy luce mucho más depauperado, a punto de remate, pero su alma estoy seguro que aún sigue vibrando con mucha más bomba que la mía.

Por eso quise narrarlo aquí. Para agradecerle su don de soldado con batas mugres en laboratorios de equipos siempre a medio destartalar. Para disculparme, aunque sé que no es necesario por parte de él. Para decirle en público que un alumno ocasional suyo todavía lo admira, y le desea un destino un poco menos ríspido para sus días. Para irme preparando mentalmente, sea escritor famoso o ignorado, para dentro de 20 o 40 años trastabillar a pie en las guaguas de la Cuba post-revolucionaria, acaso con los ripios de esta misma ropa con swing que estoy vistiendo hoy.

Duro, Durán. No me falles. Te conocí cuando yo era imbécil, sano y feliz. Por eso me voy a acordar de tu coraje o coraza hasta el final de mi tiempo muerto en esta ciudad: hostal inhóspito cuya árida aritmética no es más que un chapucero error experimental.