viernes, 16 de abril de 2010

an1blogsar1o


an1blogsar1o, originally uploaded by orlandoluispardolazo.

LÉENOS LA DAÍNA NUESTRA DE CADA DÍA









de "GATA ENCERRADA"
Daína Chaviano

63
No sé quién soy, ni dónde vivo.
Ni siquiera estoy segura de mi nombre.
¿He visto el futuro desde algún pasado?
¿O recuerdo el pasado desde mi futuro?
¿Vivo en una isla al borde de los hielos o en un país que hierve con el vapor del trópico?
Islas, islas, islas...
Como si mi destino fuera siempre habitar en reclusión.
En Poseidonia viví aislada por aquellos círculos de tierra y agua que los hombres habían construido para segregar su centro espiritual de las regiones más pobladas, como si fuera posible separar al cuerpo de la cabeza sin que ambos sufran por la mutilación...
Mi suerte de ermitaña me persigue.
Siempre hay algo que termina por confinarme a un claustro, sin dejarme mostrar lo que encierra mi corazón.
Debe ser este miedo que se pega a la piel como la lepra; este aquelarre perpetuo del enmascaramiento, del querer decir y no atreverse, del aspirar a ser sin lograrlo.
Y esta humillación nos divide y enajena, nos desgarra la existencia.
Es una vivisección ejecutada de la manera más cruel.
Llegamos a odiar lo que más amamos, y eso nos llena de culpa, nos enloquece.
¿Cómo puedo amar y odiar con tanta saña el aire que me rodea, el sol que me calienta, la tierra que guarda los huesos de mis abuelos y que algún día cubrirá los míos?
Es una rabia que se extiende a nosotros mismos −a nuestros amigos, a nuestra familia, a los que están aquí, a los que se fueron− por permitir que esto sucediera.
A veces siento que ese odio se transforma en una lástima infinita, en un tremor de piedad por mi país y sus habitantes.
Entonces me doy cuenta de que, aunque me pese, esta tierra húmeda y oscura como la piel de su gente se me ha metido hasta el tuétano: es parte de mí.
Amo sus playas y el sonido de las palmeras en el silencio del monte, y el olor a lluvia en el campo, y los ojos ardientes de sus mujeres y sus hombres, y el rostro adormilado de los bebés, y la pulpa de sus frutas en extinción.
Amo este país, y mis sentidos se impregnan de sus viejas casas y de sus avenidas llenas de grietas, de sus iglesias coloniales y de esa brisa gloriosa con olor a sal que lo atraviesa de un extremo a otro: es el olor inigualable de mi isla, ese aroma irrepetible que se mezcla con las yerbas ofrendadas a los santos.
Es algo que quiero olvidar.
Porque todo es un espejismo que se esfumará apenas salga a la calle, apenas sienta la impotencia royéndome el alma, apenas tome un teléfono para comunicarme con el mundo, apenas se me ocurra pensar que algo de lo que el Innombrable dijo no estaba bien...
Tengo que olvidar esta isla, borrarla de mi memoria, regresar a mi reino interior, deambular por esas regiones donde no existe el tiempo, donde cada paisaje es una frontera para escapar a otro mundo.
Sólo quiero que algún día esta obsesión por mi tierra se convierta en un sueño agradable, parecido al espejismo de esa otra saga lejana donde vago por un país heladamente verde.


58
Mi país es el más bello del mundo.
No hay otro sitio donde los hombres miren con mayor misterio y promesa, ni donde las mujeres se muevan con la lujuria de las palmeras azotadas por el viento.
Es un país que amo, pese al miedo que lo desborda.
Cada mañana me levanto con la angustia de no saber si las leyes cambiaron mientras yo dormía, y lo que ayer era legal hoy está penado.
Mi refugio es escribir.
Vuelvo a mi diario con la misma obsesión con que Anaïs regresaba al suyo: para exorcizar fantasmas y poner en orden las sinrazones de esta vida.
Y debo hacerlo, porque cada vez es más débil el vínculo que me une a ella.
Mis visiones se producen con mayor frecuencia y menos control.
Ya no necesito del talismán para escapar de la prisión; me bastan un atardecer o la llama de una vela.
Pero eso también me ha aislado de quienes amo.
Cuando uno ha visto su propia muerte, el sentido de la existencia cambia.
No me interesa lo que otros piensen de mis sueños.
Son reales porque son míos y me sumerjo en ellos para vivir.
Prefiero esas regiones donde imperan arcaicos peligros, pues al menos puedo identificarlos y están inmersos en una salvaje belleza.
Afuera es distinto.
Afuera todo es gris.
Las gentes y los hechos se corroen, y ese carcinoma es contagioso.
Invade las almas de los niños que lanzan proclamas contra un enemigo que no conocen.
Produce mutaciones irreversibles en los hogares.
Destruye la nobleza de la gente y la convierte en una masa ciega, manipulada por hilos sutiles que surgen del hambre controlada, de las aspiraciones controladas, de los deseos controlados.
Ya no sabemos quiénes somos, adónde vamos, ni por qué estamos aquí.
Cada cual busca su propio escape, su propia salvación.
Ya no es posible conspirar, murmurar, mostrar rabia; ni siquiera está permitida la indiferencia.
Es demasiado doloroso y no nos quedan muchas fuerzas.
Somos náufragos aferrados a una última tabla flotante.
Sólo tenemos el espejismo de esa tierra promisoria y espléndida más allá del océano infestado de tiburones.
Algunos querrán arriesgarse, pero la mayoría preferimos aguardar aquí el final.
Ese es mi único consuelo: no estar sola.
Las fuerzas se me terminan, pero una porción de mi espíritu sigue explorando regiones ilícitas.
Quizás esa búsqueda sea el último vestigio de felicidad que me queda.
Y si no fuera real la posibilidad de hallarla, eso no la haría menos apetecible.
Todo lo contrario.
Sería la prueba de que mi alma −a pesar de convivir con el lado más oscuro del hombre− no llegó a ser vencida, porque nunca se entregó a las tinieblas.


17
Estoy harta del mundo, y sobre todo de él.
Por alguna razón nos odia.
Quizás odia a toda la humanidad.
Lo peor es que debo fingir una obediencia de la cual me alejo más cada día.
Por ahora intento disimularlo, pero no sé por cuánto tiempo podré seguir representando este papel.
Desde mi cuarto escucho su voz que surge de algún altoparlante.
Salgo a la calle y veo su imagen, que parece congelada en ese gestico mussolinesco suyo: la insolente barbilla levantada y su dedo que nos amenaza con el infierno.
Su Despótica Majestad es como Dios: se encuentra en todas partes, pero es más omnipresente aún.
Al menos, Dios no se pone a escuchar las conversaciones telefónicas para saber si uno está de acuerdo con él.
Pero yo me siento libre.
No voy a postrarme a los pies de ningún señor feudal.
No voy a aceptar ningún sistema que no reconozca la existencia de mi alma.
No soy sumisa, sino una gran mentirosa.
Puedo engañarlo a él y a su cohorte de censores.
Puedo reírme de sus taras mentales y burlarme del papel que me ha asignado: el de ovejita agradecida por haber sido criada bajo su sombra protectora.
Si piensa que aceptaré esa historia es porque padece de una esclerosis galopante.
En el fondo sé que nos desprecia a todos...
Especialmente, a todas.
Por eso he buscado un arma, la más peligrosa y temida: la insurrección.
Pero no la abierta; esa sería muy simple de detectar.
Soy una gran subversiva.
Adoro el clandestinaje.
Me gusta moverme de noche, como una gata que proyecta su sombra contra el muro de una ciudad desierta.
Me complazco en dejar mis huellas para luego desaparecer en la oscuridad.
Y conozco otros modales de supervivencia.
No sé dónde los aprendí, ni quién me los enseñó.
Tal vez nací con ellos.
Quizás existe un gen femenino que se transmite en secreto; una mutación natural que la evolución creó para proporcionarnos una defensa.
Y ese gen late en mí.
Está vivo, guiando mis instintos.
Puedo ser falsa como un demonio, evasiva como un ofidio, peligrosa como una hechicera.
Es fácil sembrar la sedición.
Es fácil poner en peligro la tranquilidad de Su Ilustrísima Dictadura.
Para empezar, tengo mi cuerpo.
Nadie −ni él− puede mandar en mis deseos.
Me masturbo o hago el amor cuantas veces se me antoja, sin tener que pedirle permiso.
Mi sexo es mío y hago con él mi propio gobierno.
Luego tengo mi espíritu, mis orgías mentales, mis universos clandestinos; y mi propia religión que es la magia: ese espantapájaros del materialismo, ese espectro violador de las normas que quisieron imponernos.
Si el Innombrable supiera todo esto, se habría aterrado de tenerme suelta en medio de su rebaño.
Hubiera dado la voz de alarma a sus agentes, a sus turbas pagadas, a sus policías secretos.
Hubiera emitido la orden de capturarme... preferentemente muerta.
Pero esta estrategia sinuosa no fue creada para que él la concibiera.
No sospecha que alguien pueda actuar de otro modo que no sea con la agresión o la violencia.
Claro que ni lo imagina.
Para él, sólo soy una mujer.

martes, 13 de abril de 2010

MARZO 2010


MARZO 2010, originally uploaded by orlandoluispardolazo.

AGOSTO 2008


AGOSTO 2008, originally uploaded by orlandoluispardolazo.

blogosfera cariocubana

La JUVENTUD REBELDE de Duda.

http://veja.abril.com.br/140410/juventude-rebelde-p-094.shtml

Tomado del Baracutey Cubano


EMIGRAR AL PATÍBULO
Ricardo González Alfonso

Convivir en un calabozo con un condenado a muerte es intrincarse en el laberinto de una vida ajena, que comienza a pertenecernos, a dolernos.

Cuando abrieron la puerta de la celda tapiada y vi por primera vez a Lorenzo Enrique Copello Castillo, no imaginé que lo fusilarían en una semana, tras uno de esos juicios sumarísimos de la primavera de 2003.

Lorenzo era un negro de treinta y tantos años, de buen aspecto, que caminaba cojo por la golpiza que le propinaron cuando lo arrestaron en el Puerto del Mariel, al oeste de La Habana. Los zapatos negros y sin cordones tenían marcas de salitre, y sus ojos reflejaban la extenuación de los náufragos, de esos que aún huelen a mar.

Nos saludó con una sonrisa doble: la de sus labios y la de sus ojos. Se acostó, y al instante dormía con la inmovilidad de los difuntos.

Mis compañeros de celda —el chino, un joven acusado de vender drogas, y un muchacho condenado por asesinato e involucrado en un tráfico de emigrantes— nos sentimos desilusionados. Nos sabíamos de memoria nuestras respectivas historias o leyendas y esperábamos del recién llegado una de estreno. En los calabozos de Villa Marista, sede nacional de la Seguridad del Estado, no hay espacio para caminar; y la única opción, entre interrogatorio e interrogatorio, es conversar sobre cualquier tema, para no pensar.

Por la mañana, descubrimos que Lorenzo era un criollazo. Nos relató, como quien cuenta una película, que a medianoche abordó con varios amigos y amigas la lancha Baraguá, una de esas que cruzan con pasajeros la bahía habanera. El grupo de piratas debutantes llevaba oculto en sus mochilas recipientes con combustible; y, además, contaban con un arsenal de desconsuelo: un revólver y un cuchillo. Lorenzo apoyaba su narración con mímica teatral. “Llegué hasta la cabina y disparé dos veces. Una contra la proa y otra al mar. Entonces grité: ¡Esto se jodió, nos vamos pa´ Miami!”.

Al principio todo resultó a pedir de sueños. Entre los pasajeros había dos extranjeras —magníficas piezas de cambio— acompañadas por un par de Rastafaris. En total, tenían una treintena de rehenes. La Bahía de La Habana quedaba atrás, y la embarcación se adentraba en el anchísimo Estrecho de la Florida.

Lorenzo cerró los ojos para disfrutar mejor de sus palabras. “Oigan, ya nos veíamos en las costas de Cayo Hueso enseñando unos carteles que habíamos hecho con frases contra el comunismo, para que los americanos nos dieran asilo político”. Lorenzo sonrió, como un chiquillo que recuerda una travesura. Al abrir los ojos, despertó de su aventura onírica. Su expresión se transformó en la de un adulto en peligro.

Nos contó, siempre auxiliándose con su gestualidad criolla, cómo el mar —un mar histérico— cambió de humor repentinamente. Imaginé las olas como cascadas continuas, la lancha a la deriva, a merced de ascensos y descensos bruscos y constantes. Vi en el rostro del negro el terror que sintieron aquellos cachorros de mar —secuestradores y rehenes— al saber que en esa situación de espanto se había agotado el combustible, incluido el de reserva.

Un guardacostas cubano se aproximó. A través de un megáfono uno de los guardafronteras los conminó a entregarse. “Pero nosotros, de eso nada. Respondí a gritos que teníamos a dos extranjeras. Que nos dieran combustible o la cosa iba a terminar mal”.

Llegaron a un acuerdo. El guardacostas remolcaría a la Baraguá hasta el Puerto del Mariel. Allí le proporcionarían lo necesario para llegar a Estados Unidos, a cambio de que no lastimaran a los rehenes.

Lorenzo intentó esgrimir una sonrisa de consuelo, pero, errático, emitió un suspiro triste. “Era una trampa. Muy cerca del muelle, un hombre rana del Ministerio del Interior le hizo una seña a las extranjeras para que se lanzaran al agua. Una de ellas se tiró. Traté de impedir que la otra hiciera lo mismo, pero un pasajero —después supe que era un militar vestido de civil— me empujó, caí al mar y perdí el arma. Varios hombres ranas me atraparon. En el agua comenzaron a golpearme. Continuaron en el muelle. Mis compañeros también estaban dominados”.

“La cosa fue grande. Vino hasta Fidel. Nos dijo que si nos hubiéramos ido, dentro de unos años hubiéramos querido regresar”. Lorenzo movió la cabeza seguro de su negativa. “¡Qué va! Yo hubiera hecho como mi padre, que se pasó la mitad de la vida preso; pero en el 80, cuando lo del Mariel, se fue a Estados Unidos, se cambió el nombre, estudió y se hizo ingeniero. Sí, yo iba a hacer lo mismo. Después reclamaría a Muñe, mi mujer actual; y a Rorro, mi hija, que es del primer matrimonio”.

Muñe —apócope de muñeca— vendía pizzas en su casa. Lorenzo la describía como una Venus de Milo, pero con brazos, cálida y cándida. Al hablar de Muñe la expresión del negro se asemejaba a la de un amante primerizo. Pero ella, como Rorro, desconocía que Lorenzo vivía dos existencias paralelas, y que con esa doble vida recorría su laberinto personal. Él era una moneda que giraba por el aire a cara o cruz, a mal o bien.

Lorenzo trabajaba días alternos como custodio de una policlínica del municipio de Centro Habana. Allí su actitud era ejemplar, nos aseguró. Mas sus días libres eran libertinos. Se dedicaba al proxenetismo y a la estafa. Esta la ejercía a veces a través de juegos de azar; otras, como "guía" de turistas inexpertos.

“Una vez —nos relató entusiasmado— viajé a Pinar del Río con un francés. ¡Qué vida! Él lo pagaba todo: un apartamento que alquiló, bebida de la buena y a las mejores jineteras. Allá conoció a una temba y se quedó con ella. No sé qué le vio. El francés era un buen hombre. Yo siempre me porté bien con él. Aunque era muy confiado, jamás me aproveché de eso”. Nos miró con picardía y añadió: “¡Pero a otros…!”

En una ocasión Lorenzo me dijo: “Ricardo, qué lástima que te dio por la política. Con tu pinta y facilidad de palabras, serías un estafador de primera”. También nos hablaba de Rorro. Una linda adolescente que sabía valerse por sí misma. “Es como yo, pero honrada”. El sobrenombre surgió cuando era una bebé, pues la madre y Lorenzo le cantaban para dormirla: “Arrorró, mi niña, arrorró mi amor”.

La muchacha estudiaba la enseñanza media en Miramar, un reparto de la antigua —y actual— clase alta. “Papi, allá los autos son cómicos, la gente se viste cómico, las casas son cómicas. En fin, Miramar es una comedia”.

El día que a Lorenzo le entregaron la petición fiscal, le dijo al guardia que servía la comida: “Échame más, ¡que soy un pena de muerte!”. Y se rió. Pero un rato después nos miró serio y comentó en voz baja, casi consigo: “quién lo hubiera dicho, ¡yo deseando una sanción de 30 años!”.

Lorenzo regresó del juicio muy optimista. “Mi abogado dijo que cómo se iba a pedir sangre, si no se derramó una gota de sangre”. Y repetía a cada rato estas palabras, con el fervor que un moribundo invoca a Dios. También nos comentó: “Ustedes no me van a creer, pero sentí más miedo cuando en el juicio vi el vídeo de la lancha subiendo y bajando en aquel mar furioso, que cuando yo estaba allí mismito, jugándome la vida”.

Esa noche nos llevaron a una oficina. A los cuatro por separado. Cuando llegó mi turno, un capitán me explicó que aunque a Lorenzo le pedían la pena de muerte, eso no significaba que lo fusilarían. “Pero —puntualizó el oficial— algunos condenados a la pena capital se desesperan y se suicidan por gusto, pues la sanción no es ratificada por el Tribunal Supremo o por el Consejo de Estado”.

Con este argumento solicitó mi cooperación para impedir —dado el caso— que Lorenzo atentara contra su vida. Accedí. Después me enteré que a mis otros dos compañeros de celda le pidieron lo mismo. Nunca supe que le dijeron a Lorenzo.

Desde entonces la ventanilla de la puerta tapiada la mantuvieron abierta y afuera un policía permaneció de guardia.

Al otro día por la tarde vinieron a buscar a Lorenzo. Regresó muy contento. “La Seguridad del Estado trajo en un auto a Rorro, a la mamá de ella y a mi madre. Me dijeron que el director del policlínico le iba a escribir al Consejo de Estado hablándole de mi buena actitud laboral”. Al rato vinieron de nuevo por él.

Ya a solas, el Chino, el otro muchacho y yo comentamos que esa visita era la despedida final. La policía política —y la otra— no acostumbra a traer a nuestros familiares para que nos visiten. Estábamos equivocados. No era la última despedida, sino la penúltima.

Lorenzo retornó feliz. Dos oficiales fueron a buscar a Muñe y había tenido una visita con ella. A discreción, mis compañeros de celda y yo nos miramos consternados. Comprendimos que Lorenzo sería ejecutado próximamente.

Aquella tarde la comida fue diferente a la habitual: medio pollo, arroz con moros, ensalada, vianda, postre y refresco. Lorenzo sospechó. "¿Medio pollo para cada uno?". El guardián lo tranquilizó argumentando que habían traído tantos pollos que no cabían en las neveras, y a todos los detenidos les estaban sirviendo la misma ración. Lorenzo le creyó —o simuló creerle—: era su última cena.

Horas después, Lorenzo sintió un dolor en el pecho. Avisé al guardia. Se lo llevaron inmediatamente a la posta médica. Regresó al rato. Nos aseguró que se sentía mejor después que lo inyectaron. Estaba soñoliento. Obviamente lo drogaron. Transcurridos unos minutos, dormía otra vez con la inmovilidad de los difuntos. Recordé la noche que lo conocí. Apenas —y a penas— había pasado una semana.

Sería medianoche cuando abrieron la puerta. En el pasillo vi a seis guardias. Uno entró y despertó a Lorenzo. Se levantó aturdido. Se calzó con torpeza sus zapatos sin cordones. Me miró como preguntándome: "¿Qué ocurre?". Se lo expliqué con una mirada. Le di una palmada en el hombro, y lo vi partir a la muerte.

lunes, 12 de abril de 2010

www.elmundo.es/blogs/elmundo/habaname


CRECIDA EN EJERCICIOS DE MUERTE
Wendy Guerra
(Tomado de su blog HABÁNAME)

Tengo la muerte blanca y la verdad
lejana... -No me des tus rosas frescas;
soy grave para rosas. Dame el mar...
Dulce María Loynaz

Solícita la muerte, vigilante,
anduvo tras de mi hasta mi caída.
Me acompañó –solícita y amante–
Rafaela Chacón Nardi

"Voz pavorosa en funeral lamento,
desde los mares de mi patria vuela
a las playas de Iberia; tristemente
en son confuso la dilata el viento;
el dulce canto en mi garganta hiela,
y sombras de dolor viste a mi mente.
¡Ay!, que esa voz doliente,
con que su pena América denota
y en estas playas lanza el océano,
«Murió –pronuncia- el férvido patriota…»
«Murió –repite- el trovador cubano»;
y un eco triste en lontananza gime,
«¡murió el cantor del Niágara sublime!»"
Gertrudis Gómez de Avellaneda


Llevo muy mal el tema de la muerte. Me inclino ante la muerte con demasiado dolor. Al asomarme a un colgadizo puedo descender abrumada por el miedo.

Esta semana despierto con el recuerdo de mis muertes. Mis padres, mis amigos, mis poetas, mis santos personales.

El alma, el cuerpo, el vacío, el abandono o la estela que dejan nuestros muertos más entrañables, combaten en mí con heridas intensas.

En esta semana los periódicos del mundo hablan sobre la muerte, el encierro, las huelgas de hambre en mi país. Mi cabeza y mi cuerpo son atrapados en la jaula de pájaro que es el acto de morir.

Para muchas culturas es un ciclo que se cierra para abrir otros ciclos claros y luminosos. De esta forma debería verlo yo, a quien la muerte le parece el final de todo. Pero la muerte me pesa y me arroja a una oscuridad poderosa.

Siempre me pareció normal que alguien decidiera morir ante la perspectiva de vivir y padecer indefinidamente por una enfermedad irremediable. Siempre, hasta que me tocó de cerca la disyuntiva de la eutanasia. Miré el cuerpo aún vivo de mi madre, miré su cara y me cerré a cualquier otra posibilidad que no fuera la de encontrar el milagro o desenterrar una esperanza. Me convencí de que en el cuidado del cuerpo que aún aletea ante nosotros, vive la esperanza.

Se abre la jaula de la vida.

Manejo mal la muerte, pero hay que enfrentarla. Seis marzos atrás, el día de la muerte de mi madre me rendía yo ante ella.

Entre coronas de flores, rituales del lamento, pésames o visitas a enfermos terminales yo me desarmo.

No apoyo la pena de muerte. Lamento cada día de una huelga de hambre.
En mi adolescencia soñaba con un mismo fusilamiento. No podía ver las caras, escuchaba el disparo y veía los muros grises llenos de agujeros de bala. La pesadilla se me repitió por años.

Soy muy conciente, tanto la hemos llamado que no debemos asombrarnos de que aparezca. Cada día, desde muy pequeños, repetimos aquella frase en la que debíamos elegir entre la patria o la muerte; juramos ser como un hombre ya muerto y en esa muerte pusimos toda la energía de nuestro crecimiento. "Pioneros por el comunismo, seremos como El Ché".

Los bustos, los himnos, los patriotas, los nombres de héroes idos y mártires que llevaban nuestras escuelas. Cada octubre las flores en el mar para Camilo.

Hicimos filas y filas para ver cajas de muertos venidas de guerras lejanas a la isla.

Somos una cultura que no se ha preparado para la muerte, pero que la nombra con facilidad. No celebramos el día de los muertos como podría hacerlo un mexicano, pero la mencionamos a diario como un mantra, mirándola a la cara, como una posibilidad permanente.

En los ochenta, cuando los sucesos de Granada, escuchamos la narración oficial de una falsa inmolación. Sus protagonistas, perdidos en un lugar lejano de la patria, morían combatiendo envueltos en una enorme bandera cubana. Una imagen tan fuerte que todavía nos sobrecoge. Aunque la vida y la patria sean para mí, una presencia real, luminosa, fértil, continua y sobre todo perdurable, se nos impone, constantemente, en contraposición a la muerte.

Muchas consignas tienen un contexto, pero nuestro énfasis en la asfixia, en la "no salida" nos ha soldado a una inmovilidad que deriva en LA MUERTE.

"Patria o muerte, venceremos".

"Quien intente apoderarse de Cuba, recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre sino perece en la lucha".

"Nuestros muertos alzando los brazos, la sabrán defender todavía".

"Hasta después de muertos somos útiles".

"Todos gritarán, será mejor hundirnos en el mar, que antes traicionar la gloria que se ha vivido".

A los nueve años imaginaba "hundirnos en el mar" como la acción de halar una palanca que desencadenaría un enorme remolino que nos arrastraría hasta el mismísimo fondo del mar. Mi madre me explicaba que se trataba de una metáfora, pero yo volvía a verme en el fondo, con todo y patria.

En el malecón, entre la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba y nuestra cotidianidad ondea un mar de banderas negras.

Varios de nuestros amigos perdieron a sus padres en las guerras de África.

Las despedidas familiares en la orilla, esas despedidas que garantizaban la posibilidad de una travesía marcaron los años noventa cuando el éxodo de los balseros.

Titulares de mi infancia: Atentados, sabotajes, amenazas, epidemias. Nuestros padres abonando eternamente un día de haber para las Milicias de Tropas Territoriales que nos defenderán.

Los túneles populares, los campos de tiro. Reservas de guerra. Período especial en tiempos de paz. Plan de evacuación. Trincheras. Sirenas de Alarma aérea. "Cada cubano debe aprender a tirar y tirar bien". La preparación militar como una asignatura y el concentrado militar al final de nuestras carreras universitarias, imprescindible para poder recoger tu título. En fin, la diaria posibilidad de una guerra, de la muerte. Los discursos develaban su inminencia, entonces la sentíamos muy cerca, estaba a nuestro lado. La muerte ha sido una leve lámina que nos une o nos separa.

Un guaguancó incendia el aire y cuenta que la muerte nos llama. Ciertos boleros desgarrados prefieren la muerte en su desenlace. Cuántas canciones maravillosas, clásicos que no vamos a olvidar ni después de muertos, hablan de la muerte.

Me pregunto por qué diablos no me acabo de acostumbrar a su presencia.

En las noticias y análisis de estos días se habla de la muerte como una posible solución. ¿Es sobre la muerte que debemos construir la vida plena? El hambre se convierte en muerte y la muerte es parte de un hambre que nos provoca vacío, debilidad, luto.

Quiero aprender a transformar la vida desde la vida misma.

No me acabo de acomodar a la muerte. En los cementerios, donde puedo ir a visitar a la mayoría de mis seres queridos, busco y comulgo con la vida que se abre paso bajo los ángeles y las grietas de mármol. Debería saludar a la muerte con normalidad. Pero no puedo quedarme quieta ante ella. Amo el modo en que Tomás Gutiérrez Alea la recreaba, relacionándola con nuestra cotidianeidad, traveseando con su presencia.

Hoy pienso en mi madre Oya tan unida a Ikú, divinidad de la muerte. Miro hacia la calle, sigo pensando en que Oya propicia los temporales, los vientos fuertes y huracanados, los rayos y centellas. Ella simboliza el carácter violento e impetuoso y vive en la puerta de los cementerios. Representa la intensidad de los sentimientos lúgubres, el mundo de los muertos. Toda ella es la reencarnación de los antepasados, la falta de memoria y el sentimiento de pesar en la mujer. La bandera, las sayas y los paños de Oya llevan una combinación de todos los colores… excepto el negro.

Pido a Oya que me ayude a entender la muerte, porque acecha, y ya corre a nuestro paso. Mucho la hemos invocado, nombrado, mucho la hemos aludido y ahora que viene ante nosotros y se presenta. ¿Qué hacer? Quienes le hemos llamado debemos recibirla.

Ahora, ¿qué cara le vamos a poner a la muerte?

BHU1year


BHU1year, originally uploaded by orlandoluispardolazo.

domingo, 11 de abril de 2010

ENA O UNEAC: PENDIENTE LA RÉPLICA DE ERNESTO PÉREZ


Tomado de Martí Noticias
A. de Armas

Ena Lucía Portela, La Habana, 1972. Licenciada en Lenguas y Literaturas Clásicas. Ha publicado las novelas El pájaro: pincel y tinta china (1999), traducida al italiano; La sombra del caminante (2006); Cien botellas en una pared (2002, Premio Jaén de la Caja de Ahorros de Granada, España, y Prix Deux Océans-Grinzane Cavour 2003, Francia), traducida al francés, portugués, holandés, polaco, italiano, griego, turco e inglés; y Djuna y Daniel (La habana, 2007, y Barcelona, 2008).

Ha publicado además los volúmenes de cuentos Una extraña entre las piedras (1999) y Alguna enfermedad muy grave (2006). Su relato El viejo, el asesino y yo fue galardonado con el Premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional en 1999. En mayo de 2007 Ena Lucía resultó seleccionada entre los 39 escritores menores de 39 años más importante de América Latina.

Su obra se estudia ya en la Universidad de Madison en Wisconsin, en la City University of New York, en la Universidad de California, LA, en la Sorbona, en Leyden, en Gotemburgo, en la Universidad Hebrea de Jerusalén y en la Universidad de Kansas, y reseñas sobre sus libros han aparecido, entre otros, en periódicos y revistas como Le Monde, Libération, Le Humanité, Le Figaro, Telerama y La Femelle du Requin.

Joven, triunfadora a una edad en que muchos autores publican, con suerte, sus primeros textos, dotada de una belleza a un tiempo decimonónica y moderna, marcada por un halo, hado trágico, poseedora de un humor fino y cortante, es también una mujer que no tiene miedo, o, mejor, que no tiene nada que perder, según declara, y por lo mismo rebelde, rebelde con causa, o por muchas causas.

Consecuente con esa rebeldía, consecuente con ella misma, ha firmado el documento OZT: Yo Acuso al gobierno cubano, signado hasta el presente por más de 40 mil personas en el mundo, entre ellas personalidades como Fernando Savater, Zoé Valdés, Pedro Almodóvar y Herta Müller, Premio Nobel de Literatura 2009. Convirtiéndose así en el primer miembro de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) que firma la petición de liberación de los presos políticos en Cuba y el respeto a los derechos humanos, desmarcándose de la línea de dicha organización que, el 16 de marzo pasado, en un comunicado publicado en el diario oficialista Granma rechazó la campaña de condena al régimen cubano por la muerte en huelga de hambre del disidente Orlando Zapata Tamayo.

MN. ¿El rock, el mundo del rock, ha influido en tu obra?

ELP. Pues quién sabe. A fines de los años ochenta, cuando yo era una adolescente, pelúa y extraflaca, frecuentaba el Patio de María, tenía mogollón de amigos "frikis", que son los rockeros cubanos, y le descargaba a la cosa metálica bien estridente y feroz. Sex Pistols, por ejemplo, fue para mí un gran descubrimiento. Así que supongo que de alguna manera toda esa bullangaranga haya influido en mi narrativa. Cómo, cuándo y dónde, no podría precisarlo. Siempre he sospechado de los escritores que parecen demasiado conscientes de sus influencias, tanto literarias como vitales en general. Ahora el punk me sirve para defenderme de mis vecinos, quienes suelen poner unos reguetones horrorosos en el máximo de volumen, lo cual me fastidia enormemente. Así que les pongo algún disquito de Porno para Ricardo a todo meter y acabo con ellos, je je. Es muy gracioso cómo la banda de Gorki Águila les provoca un efecto similar al de una orquesta sinfónica interpretando a Arnold Schönberg: aplastamiento total. Poco a poco se baten en retirada, yo dejo de torturarlos, y ya está. Lo malo es cuando viene el apagón y nos fregamos todos, pues ahí sí ya no hay ni reguetones ni Gorki ni un bledo, nada para nadie.

MN. ¿Y lo oscuro de la condición humana, cómo ha determinado tu obra lo oscuro de la condición humana?

ELP. Hablo del apagón y enseguida me preguntas por lo oscuro, lo cual me trae a la mente aquel merengue dominicano, o plena portorriqueña, no recuerdo bien, que decía, muy filosóficamente: "En lo oscuro metí las manos…/ en lo oscuro metí los pies…" Lo oscuro me interesa bastante, pero no lo asocio con lo malo o diabólico, sino más bien con lo irracional, lo instintivo, lo atávico, ese lado bestia que tenemos todos los seres humanos y que cada quien controla (o no) como bien puede. Creo que las historias más interesantes, trágicas o cómicas o meramente dramáticas, proceden de la oscuridad en pugna con la razón. Y creo que es preferible, al menos para mí, sublimar mis oscuridades a través de la literatura y no perpetrarlas en la vida real.

MN. Tú que eres hoy por hoy una de las autoras cubanas más conocidas en el exterior, múltiples veces premiada, traducida y estudiada en universidades del mundo, parece por otro lado como si no existieras para la crítica en Cuba. ¿Qué sucede con eso, el clásico no ser profeta en tu tierra, o, peor, no ser amada por los profetas de tu tierra?

ELP. Profeta ciertamente no soy, ni en mi tierra ni en la de nadie. Amada sí, por las personas a quienes amo, en cuya nómina no figura ningún profeta. Años atrás, cuando aún no me había metido de lleno en el "insilio", me quejé un par de veces de la falta de atención en Cuba. Ya no me quejo. ¿Para qué? Si a Leonardo Padura, el más popular de los escritores cubanos residentes en la isla (habida cuenta de que varios libros de Pedro Juan Gutiérrez sólo circulan de manera subterránea), que además ha sido reconocidísimo en el extranjero, tanto por la crítica como por la academia, no le dan acá la bola que merece, ¿qué puedo esperar yo, o cualquier otro escritor de mi generación? Los premios internacionales, salvo que el recipientario de tales galardones sea alguien con indiscutible vocación de agachonería, suelen ser contraproducentes a los efectos de que hablamos. En nuestro koljós literario no hay cultura del debate, y si algún crítico dice en el extranjero que tal o más cual escritor cubano es lo máximo, a los mandarines de acá no se les ocurre pensar que se trata, simplemente, de una opinión. Acostumbrados desde hace más de medio siglo a regirse por dogmas, no conciben que en el resto del mundo las cosas puedan funcionar de otra manera. Confunden, pues, cualquier opinión surgida allende los mares con otro dogma que se les quiere imponer, maléficamente en este caso, por venir "de afuera", del capitalismo salvaje y cruel, cuando no del imperio y de la CIA. Y en vez de comentar el asunto abiertamente, aunque sea para discutirlo, lo silencian. Claro que no se trata de una confusión inocente, ya que por ahí se drena mucho resentimiento y mucha envidia al éxito ajeno, por pequeñito que sea, como ha sido el mío. Que uno pueda existir como escritor al margen de las instituciones culturales nativas, algo impensable antes de la legalización de la tenencia de divisas en 1993, molesta muchísimo a los comisarios culturosos. Quisieran impedirlo, pero no pueden. De ahí todas esas campañitas bobaliconas en contra del mercado, donde se cacaretean las zarandajas más insólitas que te puedas imaginar, en las que hasta mi agente, Carmen Balcells, ha cogido su cocotazo. A ella, desde luego, le importa un chícharo. Igual que a mí.

MN. ¿Idealmente cómo escribes, qué condiciones necesitas, qué manías o rituales manifiestas, o ejecutas para acceder a la escritura, si es que alguno?

ELP. De noche. Hace años que soy noctámbula, lo que no significa que me dedique a deambular por ahí entre tinieblas cual fantasma de Canterville, sino que escribo de noche, cuando hay más tranquilidad y menos calor, cuando no hay tanto peligro de que toquen a la puerta o llamen por teléfono. Y tomo agua fría y café caliente, espeso, con muy poquitica azúcar, como los turcos, y fumo cigarrillos negros. Si me falta algo de eso, me pongo nerviosa y algún personaje paga las consecuencias.

MN. ¿A tu entender cómo se relacionan erotismo y libertad?

ELP. Hace algunos años, en una entrevista publicada en la revista digital La Habana Elegante, hablé sobre la estremecedora sensación de libertad que había experimentado en la primavera de 1997, a los veinticuatro años, cuando puse mis delicados piececitos por primera vez en Nueva York. Eso, como podrás imaginarte, no fue recibido en Cuba con beneplácito. Cierta compañerita, dizque periodista cultural, me contactó, con ese aire inflado y bravucón de quienes se sienten respaldados por el poder, para entrevistarme también ella. Me envió un cuestionario larguísimo, sumamente hostil, donde ella aparecía como una especie de Torquemada y yo cual mísera bruja atrapada por el Santo Oficio. La mandé a freír tusas, desde luego. No tenía sentido responder aquel interrogatorio, ya que mis respuestas jamás hubieran atravesado la censura de los medios cubanos. Pero ahora recuerdo una de las preguntas: mi concepto de libertad. Y quiero responderla. Definiendo términos, yo diría que libertad es, en primer lugar, lo que dice aquel viejo anuncio de las plumas Parker: escribir como se piensa. Cero inhibición, resquemores o autocensura. Y luego añadiría que libertad es, también, escribir como se siente, como se desea, como se sueña. Y por ahí debe andar la cosa en relación con el erotismo, pues.

MN. ¿Y el erotismo y el heroísmo?

ELP. La palabra "heroísmo" evoca para mí a María Curie, a los que perecieron tratando de aislar el cloro, a Alí La Pointe, protagonista de aquella extraordinaria película de Pontecorvo, La batalla de Argel, a los bomberos, que corren hacia el lugar del que los demás huimos, a los cascos azules de la ONU que trataron de interponerse entre los hutus y los tutsis en Ruanda en 1994, a Osip Mandelstam, que escribía como pensaba, en circunstancias mucho más terribles que las mías, y a tantos y tantos otros. Pienso en lo estupendo que sería un mundo donde los actos heroicos no fueran necesarios, donde nadie tuviera que declararse en huelga de hambre, e incluso morir, para ser escuchado. El heroísmo es admirable, sin duda. Pero también muy triste, muy descorazonador. No me resulta erótico, ni alegre, ni divertido.

MN. ¿Puede la geografía del cuerpo ser convertida en patria, en la patria posible?

ELP. Para mí la noción de "patria" no remite a la nacionalidad en sentido estricto, tal como figura en los pasaportes, sino al idioma. Eso también lo descubrí, casualmente, en los Estados Unidos. Allí fue donde por primera vez me sentí parte de algo mucho mayor que me trascendía. Fui (y sigo siendo) mucho más "hispana" que cubana. Y por supuesto que el idioma tiene que ver muchísimo con la geografía del cuerpo. En mi cama se habla español. No es que discrimine a los hablantes de otras lenguas, pero la intimidad con subtítulos me desconcierta un poco, me saca de concentración, me hace reír en el momento más inapropiado. Y la gente se acompleja, figúrate…

MN. ¿Y la libertad y la literatura, cómo se relacionan?

ELP. Eso ya te lo dije, chico, ¿o es que no me estás atendiendo?

MN. ¿A tu entender de qué carece, o ha carecido la literatura cubana?

ELP. De sentido del humor. Yo no sé de dónde salió esa paparrucha de que los cubanos somos graciosos, ligeros y simpáticos por naturaleza. En nuestra literatura hay mucho plomo, mucho envaramiento, mucho mamotreto rimbombante y pretencioso, de esos que tal parece como si el autor, antes de escribirlos, se hubiera tragado una escoba cruda y sin masticar. Algo muy lamentable, sin duda.

MN. ¿Hay literatura cubana o literatura en lengua española?

ELP. Hay lo que tú prefieras: cubana, caribeña, latinoamericana, hispana, occidental, terrícola, galáctica y universal. También hay literatura femenina, masculina y neutra; blanca, negra, amarilla, color cartucho, mulatica, mora, jabá y otros mestizajes. Y por supuesto, literatura gay, lesbiana, heterosexual, bisexual, transexual y asexual. Todo depende de las modas académicas.

MN. ¿Qué novelistas del pasado son tus contemporáneos?

ELP. Si te refieres a aquellos con quienes dialogo a menudo y en cuya compañía me siento a gusto, te diré que la lista es bastante larga. Ahí te van tres nombres. O bueno, sólo dos, ya que uno de ellos se escondió tras un seudónimo que ni recuerdo para publicar: El Lazarillo de Tormes, mi clásico hispano favorito. Los otros son Mijaíl Bulgákov y Émile Ajar.

MN. ¿Qué te motivó a correr el riesgo de firmar recientemente una carta exigiendo la libertad de los prisioneros de conciencia en Cuba y el respeto a los derechos humanos en todo el mundo?

ELP. El riesgo de expresarme libremente en medios extranjeros, con todo lo que eso implica cuando se vive bajo un régimen totalitario, lo asumí desde hace muchísimo tiempo. Para quienes me conozcan un poquito, para quienes hayan leído lo que he publicado en Babelia, en Encuentro, en Index on Censorship, etc., y lo que he respondido en entrevistas para la prensa escrita, la radio y la tele de unos cuantos países, esta adhesión mía a la campaña OZT: Yo acuso al gobierno cubano, no será un rayo en cielo sereno. Cuando ingresé en la UNEAC, en 1998, nadie me preguntó si yo era comunista. No lo era, nunca lo he sido. Hubo una época, que ahora me parece muy lejana, en que traté de ser "apolítica", de estar al margen, lo cual es una gran ingenuidad en el totalitarismo, donde la política invade hasta el último rincón de la vida de cada persona. Esto finiquitó en 2003, con una entrevista que di para Radio Francia Internacional, donde más que del prix littéraire Deux Océans-Grinzane Cavour que había ganado la versión francesa de mi novela Cien botellas en una pared hablé del asco y del horror que me ocasionaban los hechos de la Primavera Negra. Ya sabes, las ejecuciones sumarias de tres civiles y el encarcelamiento masivo de opositores pacíficos. La RFI se escucha en Cuba y yo hablé en español, alto y claro, por lo que algunas personas llamaron por teléfono a mi casa en La Habana para preguntarle a mi madre si yo me había exiliado en París, pues no se supone que uno llame a las cosas por su nombre en el extranjero y luego regrese a Cuba tan campante. Pero no. Regresé. Tenía que hacerlo. Mi madre y yo vivimos solas, sin otra familia en la isla, y si me quedaba en Europa en aquel momento me iba a resultar dificilísimo sacarla a ella de Cuba, hubiera sido como dejar un rehén. Es la razón por la que siempre he regresado. Esta es la primera vez que pongo mi firma en un manifiesto colectivo, ya que en general prefiero escribir (o decir) yo misma lo que pienso, con mis propias palabras, de las cuales me hago responsable. Lo que sucede con el texto del Yo acuso es que estoy de acuerdo, tanto emocional como intelectualmente, con cada oración, cada palabra, cada punto de lo que ahí dice. Y por eso firmé, simplemente.

MN. ¿Has sufrido represalias? ¿Temes represalias?

ELP. No, ni lo uno ni lo otro. Yo no tengo nada que puedan quitarme. Ser miembro de la UNEAC durante todos estos años sólo me ha servido para que su departamento de Relaciones Internacionales me gestione en las oficinas de Inmigración, a veces de mala gana, ese ridículo artefacto llamado "permiso de salida", para viajes pagados por editoriales extranjeras que han publicado mis libros o por entidades que me han invitado a eventos de literatura. Fuera de eso, no he tenido (ni lo he ambicionado, que conste) ningún otro privilegio, nada que haga mi vida muy distinta a la de cualquier cubano de a pie. Jamás he viajado al extranjero como parte de alguna delegación oficial cubana, jamás me han "dado" una vivienda, un carro, un estipendio en divisas, o cualquiera de esas migajas de las que se vale nuestra oficialidad cultural para comprar conciencias. ¿Qué podrían hacerme, pues? Mi teléfono ha sido pinchado en varias ocasiones, por lo que es de suponer que los muchachos del aparato estén al tanto de que no tengo una doble vida ni esqueletos en el armario, de que soy la misma Ena Lucía en privado que en público, de que, salvo decir lo que pienso abiertamente, no cometo ningún delito. Ocurre, además, que llevo diecisiete años viviendo como quien dice "de prestado", esto es, con una enfermedad progresiva e invalidante: el mal de Parkinson, y que probablemente no llegue a tener una larga vida. Eso es algo que te da una perspectiva distinta de las cosas, con gran énfasis en la importancia del aquí y ahora, donde muchos temores salen sobrando. Yo necesito de toda mi energía para mi trabajo, así que no puedo despilfarrarla metiéndome miedo yo misma y poniendo la carreta delante de los bueyes, pensando que me van a hacer esto o aquello. Nanay. Que hagan lo que quieran, o lo que puedan, que luego ya se verá.

MN. Un fragmento de esa carta asegura: Cuba debe cambiar. Cuba va a cambiar. Y lo va a hacer con la contribución de sus intelectuales, escritores y artistas, miembros o no de la UNEAC y de la Brigada Hermanos Saíz. Pregunto: ¿Hay conciencia de ello entre los autores y artistas miembros de dichos organismos?

ELP. Oye, lo que citas no forma parte del texto del Yo acuso, que fue lo que yo firmé, sino de un mensaje que los organizadores de la campaña OZT hicieron circular vía e-mail entre los escritores y artistas residentes en la isla. Un mensaje, dicho sea de paso, muy ponderado, muy inteligente y muy honesto, que no buscaba machacar a los "uneacos" con amenazas y/o injurias, que se hacía cargo de las verdaderas condiciones de la vida de muchas de estas personas en Cuba, a cuyo cansancio (un cansancio muy real, aunque siempre habrá quien lo niegue, que si algo no escasea por acá son los especialistas en la negación de realidades) apelaba en busca de nuevas adhesiones para el Yo acuso, cuyo texto, breve y perfecto, incluía. Como carezco de acceso total a Internet, fue gracias a ese mensaje que pude leer finalmente lo que ya miles y miles de personas habían firmado en el mundo entero, y gracias a uno de los organizadores, el escritor Enrique del Risco, pude añadir mi firma. Ahora bien, con respecto a lo que preguntas, la verdad es que no estoy segura de que exista dicha conciencia. No frecuento los ambientes culturosos de acá desde hace años, pero a juzgar por las expresiones públicas de muchos colegas, pienso que lo que predomina es el temor al cambio radical. Posturas reformistas, onda perestroika, sí que las hay. De hecho, es lo que más abunda en este momento, lo cual es un paso de avance en relación con otras épocas. Pero de ahí a manifestarse a favor de los valores de la democracia liberal, de respeto a eso que los comunistas llaman "libertades burguesas" y que son en definitiva las únicas libertades que existen, va un trecho.

MN. ¿En qué trabaja ahora Ena Lucía? ¿Puedes adelantarnos algo al respecto para nuestros lectores?

ELP. Trabajo en una nueva novela, que llevará por título "La última pasajera". Es una novela negra, negrísima, que se me ocurrió a partir de un cuento con el mismo título que publiqué en los Estados Unidos en 2007, en la antología de cuentos negros Havana Noir. Este proyecto ha demorado un poco, pues también he estado ocupada en revisar traducciones y ediciones críticas de otros libros míos. Pero espero, con la ayuda de todos los orishas, terminarlo antes de que acabe este año.