jueves, 22 de abril de 2010

GGG


LA GLORIA DE GANDHI & GANJA
Orlando Luis Pardo Lazo

Gandhi sigue vigente. La moda de Mohandas no merma. El gong de Gandhi repica cada día más fuerte, si cabe aquí este adjetivo violento.

Y cada vez es más fácil engancharse al carricoche de Gandhi. Porque ya no hace falta saber nada del Profeta G (ni siquiera su fobia no tan hipocrática como hipócrita contra el punto G). Basta saber que Gandhi aún es útil para lo que se nos ocurra complotar en clave de paz-amor-y-libertad.

Conservo hasta una propaganda antigua de Apple (en esta islita hay más laptops que manzanas). Gandhi hace rato que ha devenido icono digital post-planetario. Gandhi es chic cool glam light. Gandhi vende, es taquillero (pregúntenselo a Attenborough y compañía). Gandhi está a punto de tener su estatua lennoniforme en algún parquecito muerto de la Habana (para robarle también las gafas). Y es que, en medio de la chealdad provinciana de nuestro socialismo siglo XXI, la figurita enclenque del Huelguista de Hambre en Jefe no deja de causar fascinación (palabra que es una falsa cognada de fascismo).

Entre los jóvenes Gandhi es Dios, sólo comparable al Papá Ras Tafari de Etiopía Súperstar. Es decir, sólo comparable a la ganja: dulce cáñamo que todavía no encuentra su lugar legal dentro de nuestra utopía tupida (excepto en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, donde su cultivo es una cuestión cultural).

En ciertos festivales y ferias y farandulerías me escupen los borrachitos el abracadabra de Gandhi, como si fuera el próximo evangelio (y de hecho lo es). El entusiasmo es sobrecogedor. Y es lógico. Gandhi, entre otras irrealidades insulares, les ha permitido a esos novatos (y a no pocos veteranos con Síndrome de Peter-Pan) escapar de la familia y la patria sin matarse de tedio y desesperación.

Gandhi es, pues, una pistola cargada de felicidad. Una garantía de que al sinsentido nacionalero se le pueden abrir grietas por donde boquear (Gandhi como snorkel). Gandhi es el contradiscurso de nuestros delirantes y disidentes dalits, intocables salvo por la Seguridad del Estado, que los obliga a meditar sin cargos durante semanas y meses en sus recintos sagrados (imperio doméstico donde nunca se pone la luz del bombillo ahorrador).

En ese sentido, defenderemos a nuestro Gandhi al precio que sea necesario. A nuestra ganja, la defenderemos mientras nos alcance el bolsillo y no una redada de la policía.

A veces he tenido la descortesía de preguntar por Gandhi. Algo, alguito. Un dato biográfico. Un cita aunque sea pasada por Hollywood. Una verdad en verdad no violenta que haya sobrevivido a su encantador de serpientes.

Y entonces el que se deprime soy yo. Por supuesto, casi nadie puede añadir mucho al respecto. Cuando más, chucherías de Encarta. Pasto para intelectuales impúberes de ayer por la tarde (mañana serán reclutas del Servicio Militar Obligatorio). Equívocos y contrasentidos. Humo de nubes (y de cubannabis socialitiva). Gandhi como galimatías, como bluff budista. Satyagrahabana de la ficción.

Pero pienso que así está muy bien. No sólo de pan (ni de palos) vive el Hombre Nuevo. Nos hace falta la válvula barata de la ilusión. Un Gandhi en harapos contra tanto uniforme FAR y misterios del MININT. Una jugarreta de sal evaporándose bajo nuestro demasiado sol. Un Gandhi de ganja en medio del miedo de nuestra granjita siboneyesca.

Lo peligroso de esta gloria golosa es cuando además dejamos gandhilocuentemente de comer.