sábado, 19 de junio de 2010

SEREMOS COMO EL CHESS


CAPABLANCA IN OLVIDUM

Orlando Luis Pardo Lazo


Todo cubano debe saber jugar, y jugar bien ajedrez.

Yo, como todo niño prodigio que se respete en la isla de Capablanca, también derroté muy temprano a mi padre. Se llamaba Dionisio Manuel y bien pudo ser mi abuelo. Me llevaba 52 años de ventaja, así en la vida como en el ajedrez.

Era un jugador iniciado, un estudioso lúcido de puertas adentro, pero de fuerza ínfima para ganar partidas en vivo: demasiado noble para concentrarse ante la furia gritona de los contrincantes del barrio (“sapos”, se ofendían mutuamente en cada match con apuestas de portal).

Mi padre fue quien me enseñó a “mover las fichas”, después bautizadas “piezas” y aún después condecoradas “trebejos”. Hasta su muerte, a los 81 años, se resistió a usar el sistema algebraico de anotación. Le sonaba a otro invento soviético. Prefería el antiguo y me enseñó desde muy niño a apuntar las jugadas en español y en inglés: P-4R, P-K4…

Mi padre y yo, como todo cubano vivo en los años setenta (una época esplendorosa para mi infancia ignorante), fuimos fanáticos de Fisher. Era como ser fanático de los Estados Unidos, como habitar en secreto una realidad otra que por contraste tendría que ser espectacular, como renegar del pragmatismo socializado que rebotaba de la URSS a cambio del arquetípico héroe occidental.

Comprábamos revistas viejas y modernas sobre ajedrez. También libros antiquísimos de los románticos del XIX (ensayábamos el Gambito del Rey para practicar los sacrificios). Leímos todo Fisher, of course. Oíamos programas por Radio Rebelde. Participábamos de simultáneas (recuerdo con tristeza especial a un húngaro que supongo se llamaba Istvan Csom). Nos involucramos en concursos de problemas y en la ilusión pasajera del ajedrez postal. La intentábamos a la ciega (yo era campeón doméstico en eso). Nos enrocamos a la larga y tomamos peón por peón al paso. No siempre pedíamos Dama al coronar. El tiempo nacional pasaba lento y productivo, tardenoches de color miel donde fui feliz en familia, y brillé invicto en los campeonatos de la esquina de Fonts y Beales, en Lawton.

Progresábamos como atletas de los escaques, mi padre y yo (ya adolescente, lo modernicé al punto de hacerlo salir con el peón dama). Dejé de jugar pelota para pasar partidas. Un día soñé que ya era Gran Maestro y me desperté llorando, quería crecer para serlo y viajar el mundo esa misma noche. Otra vez soñé que me movía como un alfil (sólo dentro de aquel sueño de mi patria perdida del siglo XX esto es explicable).

Teníamos un juego Staunton de madera de la más común, pero era hermoso y equilibrado, ayudaba a pensar, hasta que nos robaron una torre blanca y un ebanista la repuso lo peor que pudo (ni siquiera pesaba el nuevo trebejo de tramoya). Teníamos un tablero pintado con tinta negra, también de madera y muy pesado, para conferirle gravedad al asunto. Y no tuvimos reloj hasta bien entrados los años noventa (la cinética del juego era tan libre y lenta como un buen buche de filosofía).

Después fui tablero regular incluso en los Juegos Caribe de la universidad. Nunca llegué a nada, como es evidente. Sabiendo qué hacer y cómo y cuándo, en la práctica competitiva era un equívoco permanente. Supongo que esta mansedumbre de adulto la heredé de mi padre anciano.

Después dejé de jugar. Desde el siglo y milenio pasado apenas lo hago. No sé quién es el campeón o los campeones del mundo (antes me sabía la lista desde Anderssen y Steinitz o acaso Morphy). Me parece inverosímil que un cubano haya cruzado la barrera cósmica de los 2700 de ELO (de chiripa, estudié Bioquímica junto a una hija de nuestro primer GM Silvino García). Ya ni siquiera entiendo las tele-clases de Ajedrez Para Todos en la TVC. Ni sé para qué me aparecí en el Torneo Capablanca 2010 en un raído salón con ventiladores del Hotel Riviera de los años cero o dos mil (para el público, un solo tablero magnético y otro raquítico de papel).

Extraño mis torneos de niño. Casi todos eran de invierno. Hacía frío entonces y en las noches la luz de los postes era bruma de otra latitud. Nunca Cuba tuvo un alma tan libre en mi imaginación. Nunca la realidad tan real. Yo tenía ganas de vivir para siempre y ser bueno y verdadero en este país.

Lo siento, Dionisio Manuel Pardo Fernández (1919-2000). Pero igual te confiero ahora el ELO mínimo de 2200 puntos para iniciarte en la olimpiada amateur y anónima de la eternidad.

viernes, 18 de junio de 2010

NEW Blog "Los Superdemokraticos"

Este blog podría definirse como un proyecto piloto de comercio just
intelectual, financiado por la bpb (Bundeszentrale für politische
Bildung) en el marco del concurso para conmemorar los 200 años de la
independencia de América.

20 escritores alemanes y latinoamericanos, menores de 40 años, nos
contarán en el blog www.superdemokraticos.com cómo viven el ser
ciudadanos en el lugar donde residen. Entre el 11 de junio y el 11 de
octubre escribirán ensayos cortos sobre sus experiencias desde
Argentina, Bolivia, Brasil, Alemania, Guatemala, Israel, Cuba, México,
Perú, Venezuela y USA. Nuestros autores responderán libremente a
cuatro preguntas relacionadas con la historia, local y personal, con
el cuerpo, con las posibilidades de ejercer una ciudadanía plena en su
lugar de residencia y con cómo afecta la globalización su día a día.

En el blog ya pueden leerse las autopresentaciones de sus autores:

Soy experimental y multiuso por necesidad
de Javier Badani
superdemokraticos.com/es/ich-bin-experimentell-und-aus-de...
heraus-vielseitig-verwendbar/

La obsesión de “inventarse el pueblo que falta”
de Lizabel Mónica
superdemokraticos.com/es/die-obsession-das-fehlende-volk-zu-
erfinden/

He respondido a todos los test de Facebook
de Sabine Scho
superdemokraticos.com/es/ich-habe-jedes-facebookquiz-bean...

Soy un ciudadano de la via láctea
de Alan Mills
superdemokraticos.com/es/ich-bin-ein-burger-der-milchstrase/

Siempre fui un observador comprometido con las emociones
de Agustín Calcagno
superdemokraticos.com/es/ich-bin-immer-ein-beobachter-gew...
der-gefuhle-ernst-nimmt/

Como quien se muda de casa, armé la maleta
de Liliana Lara
superdemokraticos.com/es/wie-jemand-der-umzieht-packte-ich-
meine-koffer/

Aquí hablan los amigos
de Pedro Alexander
superdemokraticos.com/es/hier-sprechen-meine-freunde/

¡Vaya Usted a China!
de Karen Naundorf
superdemokraticos.com/es/gehen-sie-doch-nach-china/

Todavía en tránsito
de Lena Zúñiga
superdemokraticos.com/es/fur-meine-familie-bin-ich-die-bl...

La RDA no ha desaparecido del todo en mí
de Claudia Rusch
superdemokraticos.com/es/die-ddr-in-mir-ist-nicht-einfach-
verschwunden/

miércoles, 16 de junio de 2010

SMALL TALK


DE LA BIOTECNOLOGÍA APLICADA A LA LITERATURA LÍMITE

Orlando Luis Pardo Lazo

Alguna vez creí poder ser algo así como un científico y me gradué, para colmo con Diploma de Oro, en la Facultad de Biología. Era pleno Período Especial y, de estreno como Licenciado en Bioquímica, con la cabeza atiborrada entre el picadillo de soya, los camellos, y mis ilusiones teóricas de ganarme cuanto antes el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, choqué entonces cara a cara contra la ríspida realidad de un año 1994 donde apenas alcanzaba el agua destilada para los laboratorios de la Universidad de La Habana.

Tragué en seco, literalmente en seco. Acaso también literariamente en seco. Me refugié en ese bunker de presupuesto priorizado que es el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), y justo en esa época de más esperas que esperanzas, decidí ser algo así como un escritor.

Una vez trabajando allí, en el corazón elitista del Polo Científico del Oeste, entre micropipetas y genes marcados con radiactividad de importación, entre cromatografías de alta resolución y las mil y una sustancias carcinogénicas con que experimentábamos a diario, entre cámaras de 37 grados y freezers de -70, entre jornadas laborales que duraban más de 24 horas al día y más de 7 días a la semana, con un mini-salario de Reserva Científica y aún sin derecho al llamado “estímulo” en CUC (por favor, nadie me acuse de practicar el materialismo científico), involucrado en proyectos de vacunas confidenciales y de paso descubriendo antes que el resto de Cuba cómo lucía Windows y qué era internet (contrario a lo que hoy pueda pensarse, Windows e internet no son anteriores al ser humano), estimulado por un clima competitivo de Primer Mundo donde la biblioteca recibía revistas incluso del mismo mes (mientras que en la Facultad de Biología llamábamos “documentos actualizados” a las revisiones bibliográficas de cuando la perestroika); rodeado, en fin, como dice Allen Ginsberg en su poema “Aullido”, por las mentes más hermosas de nuestra generación, casi me olvido de mi vocación literaria.

De hecho, dejé de escribir, probablemente lo mejor que hubiera podido sucederle al público lector. Así fue durante bastante tiempo, hasta que llegó la hora de publicar los resultados de mi proyecto vacunal contra el dengue (no se preocupen, que ya no es un secreto del Consejo de Estado). Fue entonces que redescubrí aquel arte olvidado al salir de la universidad.

Pronto me di cuenta que al autor Orlando Luis Pardo Lazo no le importaban tanto la exactitud de los Materiales y Métodos, sino hacer una Introducción y una Discusión dignas de una novela best-seller de ciencia-ficción. Cuando terminaba con mis propios artículos y los publicaba, saltaba salivando sobre las investigaciones de mis colegas, y con el pretexto de ayudarlos con el estilo, hasta procesaba estadísticamente sus datos yo. Me convertí en eso que en el mundillo editorial se llama un “escritor fantasma”: aquel que hace todo el tortuoso trabajo de tecleo y composición, ese que vive atrapado más por el poder de las palabras que por los hechos de la historia real. Más que un síntoma, fue definitivamente una recaída que no se cura hasta el día de hoy.

De manera que empecé a publicar también ensayos de revisión. De manera que, tras un quinquenio con horario de consagración, me vi en la calle, contratado con horario abierto, como editor de la revista cultural Extramuros, del Centro Provincial del Libro y la Literatura de Ciudad de La Habana (del CIGB al CPLLCH, seguimos en el siglo de las siglas). De manera que envié mis primeras obras a concursos de cuento nacionales y para colmo de males gané, lo que ha implicado publicar cinco libros hasta la fecha, así como reseñas críticas de los libros de mis contemporáneos, más algún que otro encontronazo con la censura oficial.

De manera que siempre les recomiendo a mis antiguos colegas de ciencia, y de paso se lo reitero ahora a ustedes antes de que se aburran de mi descarga, que tengan mucho cuidado a la hora de publicar incluso un pequeño poster en una pared. Porque, si notas que cambias compulsivamente la redacción, hasta lograr el rompecabezas perfecto; si sientes que un vocablo brilla entre tus manos tanto por su significado como por su fonía; si sueñas con tener infinitos lectores no sólo en la comunidad científica sino también en los programas de difusión de los medios (entrevistas incluidas, por supuesto); entonces, seas estudiante o graduado o máster o doctor, estás en mi grupo de riesgo para contraer esta infección.

Y, les advierto para terminar, que no hay terapia efectiva contra el retrovirus de la escritura si ya se incuba dentro de ti, esperando su oportunidad de expresarse para salir del núcleo al citoplasma, de los tejidos al torrente de las emociones, y de la memoria directo al músculo estético más que estriado de nuestro corazón. Tal vez la mayoría podrá conciliar ambas carreras con rigor, recombinando la belleza de la ciencia con la del arte. Yo no pude o no supe o no quise hacerlo, y sucumbí a la mutación espontánea de buscar mi verdad por medios no tan racionales, apostando fuerte por la imaginación, por la locura de un oficio que, según Gabriel García Márquez, es el “más solitario del mundo”, y donde lo más saludable muchas veces no es la lógica sino el delirio.

A cada rato mi madre le pasa un paño al Diploma de Oro que por fin logré que descolgara de la sala. Como soy hijo único de la vejez, ella me mira con cierto reproche desde una venerable edad que bien pudiera convertirla en mi abuela. A veces pienso que mi madre piensa que he desperdiciado por gusto el primer Premio Nobel de Fisiología y Medicina cubano. A veces la acaricio sonriendo, confiado en que hay otras categorías disponibles de ese mismo galardón. Con un poco de paciencia, si no te sales del Club de los 120 Años, bromeo ahora con ella, el Nobel de Literatura no me va a dar pena que lo cuelgues en plena sala, para que se entere nuestro barrido barrio de Lawton (aunque sólo sea otra ilusión del cosmonauta, de las tantas a las que ha aspirado y hasta por la que ha expirado mi generación).

Es que sospecho que no sólo de pan vive el hombre. También de párrafos.

martes, 15 de junio de 2010

ADIÓS, CUBANOS, COMPAÑEROS DE MI VIDA


EL CAUCUS CUBANO

Orlando Luis Pardo Lazo

Dado que enviar cartas abiertas al Parlamento cubano puede costarte una cadena perpetua, las adjuntamos vía g-mail al Congreso norteamericano.

Dado que disentir pacíficamente de cada gestión gubernamental en La Habana puede ser una coartada de la policía para borrar tu biografía, coincidimos paradójicamente en Washington con la retórica retro de la Revolución.

Dado que en 50 años Cuba se fue quedando tan sola como la estrella tejana de su bandera, socializamos mejor con la vecina constelación cincuentenaria.

Décadas atrás, los disidentes del modelo soviético empezaron por hacer el tonto con sus discursitos de perfeccionar el socialismo. Se llamó instinto de sobrevivencia y no fue un fenómeno lógico, sino intuitivo (más lúdico que lúcido, para eludir a los lobos de la Lubianka).

Cualquier causa caricaturesca les servía para protagonizar un episodio o una epístola. Firmas contra fusiles. Ovejas contra ovijas. Mientras menos predecible, mejor (estética ochentosa de la espontaneidad). Y sin saberlo, terminaron cauterizando todo aquel sistema que el “capitalismo en su fase imperialista” apenas pudo contener en frío durante el siglo XX.

Eso es bien difícil en un paisito acomplejado por la política. Cuesta mucho ser un tin menos patéticos y un tanto más performáticos. En el fondo, somos pesimistas patrios. Graves al punto de lo grosero. Desconfiamos del correo como herramienta de deconstrucción. Practicamos el tiro en nuestro tiempo no libre, sino lúgubre. ¡Firmes…!, pero no firmas.

La capacidad de sorpresa ha sido abolida por una insolidaridad tan criminal como las cárceles. La llamada “solución biológica”, que es invocada por los gurús cubanescos, en la práctica de una generación tras otra ha devenido en una “solución ególatra”: odiar, temer, partir (panóptico de verbos modelos).

La ironía ha mutado en ira y ya sólo aguarda en guardia, vestida para matar (todavía nos acusamos mutuamente de traidores y otras tonterías tétricas). El chantaje con los cadáveres ilustres es y será una tara irreparable de nuestra identidad. El futuro nos sabe a fósil. Para colmo, la dificultad de la diferencia de lenguajes dinamita cualquier acercamiento entre nacionales. Ni el traductor de Google nos salva.

La anarquía está garantizada como colofón. También el horror de los hematíes como recurrencia histórica. En nuestra Cubapocalipsis, vamos a extrañar incluso al caos. Cubansummatum est!

domingo, 13 de junio de 2010

HABANOTHING


FANTASMABANA
Orlando Luis Pardo Lazo

Un fantasma recorre La Habana. El fantasma de la propia Habana.

Ahora, que el Estado picotea la Habana-Campo alrededor de la capital, la ciudad de noche se difumina, se hace etérea, extraña, un poco artemisa urbana y un poco mayabeque rural.

La gente sin gentilicios sale a respirar al aire preso de esta ciudad con una economía de tres por kilo.

Se sienten al límite. Se sientan al límite. Van al muro, muralla de pacotilla que contiene del otro lado al mar y, de paso, al fantasma tan familiar de los Estados Unidos.

Mientras el Estado mueve los peones presos de la política, los ciudadanitos de gas se desdibujan en el paisaje o paraje oxidado de la noche post-revolucionaria.

Yo también salgo a las calles. Las desconozco de remate. Soy el penúltimo cubano que no se anima ni siquiera a apagar el Morro.

Esta Havana remite a la aldea tomada por los ingleses, fiesta de putas enchumbadas sin whisky y con carabinas cancaneantes en sus entrepiernas coloniales.

Esta Htlmabana 2.0 de futuro fósil, sin guara y sin waka-waka, de tiradores reprimidos que nunca culminan su faena.

Este villorio vilipendiado hasta por su carencia crónica de dios.

Entonces viro abrumado a casa, intercambiando taxis y buses como en un metro de mapa imposible.

Encuentro a duras penas mi casa de tablas de Fonts 125, en Lawton.

Mi madre ronca la pesadilla de los justos. Es bella a sus 74 años. Parece muerta.

Un fantasma corroe La Habana. El fantasma de La Habanada.