sábado, 10 de julio de 2010

EN UNIÓN ESTÁ LA FUERZA

"Marca de Huevos"

Ernesto Pérez Chang
INTERVENIDO DE HAVANA TIMES
(http://www.havanatimes.org/sp/?p=6640)

En 1980 el marxista Louis Althusser asesinaba a su esposa en medio de
un ataque de esquizofrenia; también murieron --aunque no a manos de
Althusser-- Sartre, Roland Barthes y Bon Scott, el vocalista de AC/DC;
pero ese año lo recordamos en Cuba porque las posturas de gallina aún
no se vendían de forma racionada o clandestina sino a un peso la
docena, y uno podía llevar cuantas quisiera.

Las gallinas no se habían extinguido ni eran tan nerviosas como las
actuales que sólo ponen bajo más condiciones que las que pueden
generar, juntos, el papeleo legal de dos trasnacionales del acero que
se fusionan y un acuerdo de paz entre palestinos e israelíes.

Aquellas gallinas, tal vez de casta rusa, producían a toda hora y
durante todo el año, a mayor velocidad que la empleada por nosotros
para comer los huevos. De modo que llegó el momento en que sobraron y
a algún funcionario se le ocurrió una iniciativa política: lanzarlos
contra el "enemigo."

Algo raro sucedió ese año que todo fue en exceso, y si a los marxistas
les dio por asesinar a sus esposas, a unos cuantos cubanos, quizás
viendo las barbas del prójimo arder, les dio por escapar de la Isla
quedando el país dividido entre los que se iban porque, entre otras
cosas, no soportaban ni los huevos ni las huevadas; y los que se
quedaban para cumplir con la orden de lanzar las posturas en los
"actos de repudio" y "marchas del pueblo combatiente."

Se gritaron consignas contra Jimmy, que lo mismo pactaba con Torrijos
que boicoteaba las olimpiadas de Moscú; y se lanzaron huevos contra
los huidizos que tal vez a un sabio economista le dio por llamar
"gusanos" porque presentía que en una primavera no muy lejana, cuando
escasearan los huevos y los rublos, habrían de retornar transformados
en despampanantes crisálidas con alas de un verde al estilo "reserva
federal."

Apenas tenía nueve años de edad pero recuerdo que por las tardes el
presidente del Comité de Defensa de la Revolución nos mandaba a pasar
por las casas para dejar papelitos con los nombres y las direcciones
de la "escoria." La escoria, en mi barrio, nunca era un "militar."

La escoria no era precisamente una persona vil o despreciable, ni
siquiera un desecho de fundición. La escoria eran aquellos vecinos
"civiles" que deseaban emigrar a los Estados Unidos; y la orden del
Partido era repudiarlos con carteles y huevos en "mítines relámpagos"
que eran una especie de breves e improvisados carnavales pedagógicos
que buscaban enseñar, primero, que de "traicionar a la Patria"
sufrirían las consecuencias; segundo, a la opinión pública
internacional, que el éxodo del Mariel era el complot de una camarilla
minúscula de indeseables.

Pero la casa del "gusano-escoria" siempre era la misma de cualquier
amigo nuestro; no obstante, después de las siete o las ocho de la
noche, obedecíamos a nuestros padres --que obedecían a su vez al
Partido--, y les acompañábamos a gritar consignas y a lanzar huevos
olvidándonos de que hasta esa misma tarde aquel pequeñín, que luego
escuchábamos llorar aterrorizado por la turba, había jugado con
nosotros en el parque.

Algunos --sobre todo los que jamás aceptaron que el barrio fuera
invadido por los "civiles"-- se enardecían hasta golpear con palos las
puertas y ventanas de las casas, mientras gritaban obscenidades y
frases violentas. En una ocasión derribaron una puerta y sacaron a una
familia a golpes. Escucho aún el llanto de los niños, las súplicas de
los padres que se doblaban sobre sus hijos para protegerlos del
torrente entusiasmado en arrancarles las ropas y en escupirlos.
Recuerdo el rostro de cada uno de los que estábamos allí, y puedo
asegurar que no había compasión en ninguno.

Hoy es raro escuchar a alguien hablar sobre aquellos días. De los
enardecidos quedan unos pocos que volverían a hacer lo mismo. A pesar
de los años transcurridos, no han visto pasar los tiempos; otros, la
mayoría, no sé; de esos, algunos ya no viven en el barrio. Años más
tarde, en los noventa, construyeron balsas y botes y, sin que nadie
les lanzara huevos ni les llamara gusanos o escoria, emigraron a los
Estados Unidos.

De las familias repudiadas, aún quedan algunas. De paciencia y
silencio ha sido su lección. Caminan y saludan a sus agresores como si
no hubiera ocurrido nada. A veces creo que no han comprendido bien lo
que sucedió aquel año, tampoco puedo creer que todos hayan olvidado;
¿es resignación, simple resignación?

Quien visite hoy La Habana, podrá comprobar que las marcas de los
huevos estallados permanecen aún en algunos edificios. A pesar de las
lluvias caídas desde 1980, y aunque los intenten cubrir con pinturas y
consignas, los huevazos se resisten a desaparecer, aunque no sé si
para recordarnos la locura de aquel año en la Isla o para hablarnos de
resignación o de fe.

domingo, 4 de julio de 2010

SATANABANA


SATURDAY NIGHT FOBIA

Orlando Luis Pardo Lazo


Perros sin bozal, ristras de patrullas, uniformados de todos los colores posibles del arco-ira, masas borrachas de remate, turbamultas colimadas para montarse en una guagua o rallarse un botellazo en pleno cerebro.

¡Consortón, pícale la cara, cojone…!

Walkie-talkies, esposas, zambranes, tonfas, sprays, bullanguería cubanesca de la medianoche muerta de la nación. De vez en cuando un balazo al aire, balido desvalido a la luna límite de los olvidados del socialismo siglo veintiúnico local.

De pinga los pobres de la tierra, de pinga los esclavos sin pan…

Son las noches de sábado satánico en El Vedadolor, La Habanada, Américabrona. Con esta masa cárnica tendremos crónicamente que arar. Y arrastrar. Aruñar los arrecifes de la plataforma insular. Insulada. Insulsa. Insultante.

Parte el alma, primos: ¡Vade, Retrolución…!

La historia oficial como excusado de heces fecales. Sin excusas ni pretextos. Contexto contento de su propia barbarie. Ningún corresponsal de prensa acreditado en esta ciudad habla de tales motines espontáneos, hula-hulular de las ambulancias como fanfarria triunfalista de una política a ras de calle que culmina en la cárcel y el necrocomio.

Abre que voy, ¡cuidado con los callos…!

La capital de ninguno de los cubanos es una aldea álgida en el calor sin color de las madrugadas. De noche todos los policías son grises. Grosería gratuita. Manoteo al por mayor. Música de cañerías kitsch. Salsa de semicorcheas de la carroña y semifusas que no encuentran por donde hacer crash-boom-bang y fugar. Reguero antes que reguetón. Pop pedestre. Conciertos congénitos. Altavoces rallados como un discurso reciclado en un disco fuera de revoluciones. La avenida 23 como una rampa de lanzamientos que te catapultan contra el frontón del mismo y el mismo lugar. Claustrofilia de calle L. Holocastro, locureta retórica. Ollita anárquica de presión.

Arroz con cadáver: ¡Tunturuntún, que ya se acabó…!

ALEMANIA VERSUS EL MUNDO

Futbalconia en tiempo de la Coppelia Mundial de Southabanáfrica 2010.