viernes, 13 de agosto de 2010

POST-VIERNES 13


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13 DE AGOSTO


LA ESQUINA MÁS AZUL DEL PRIMER MUNDO

Orlando Luis Pardo Lazo

Por el 13 de agosto,

primeros 10 años sin mi papá.

Desde niño vivo en un barrio de las afueras llamado Lawton. Soy el clásico “hijo único de viejos”, por lo que apenas nos movíamos al centro de la ciudad.

Corrían los años 70’s en la Cuba del Primer Congreso del Partido Comunista (ya era obvio que Fidel Castro era un ente eterno) y, a pesar de lo que dicte ahora la historia sobre aquella década decadente e institucionalizada, lo cierto es que yo habité en el paraíso doméstico de dos obreros tan pobres como amorosos: María del Carmen y Dionisio Manuel, los mejores padres del mundo.

Nunca les di las gracias por acunarme la ilusión de una infancia.

Un día de 1978 decidieron llevarme a conocer el resto de la realidad. Cogimos varios ómnibus interminables y desembarcamos con nuestra mejor “ropita de salir” en pleno corazón de El Vedado: el inicio o la culminación de La Rampa, avenida 23 y calle L (acaso L de Lujo).

Entonces fue mi padre quien lo pronunció, mientras mi madre me sostenía por los hombros, tan sobreprotectora como hoy a sus 74: “Alza la vista, Landy…”

Y, en efecto, allí estaba. La mole. Una aguja para hacerle cosquillas a la panza proletaria del cielo. Un diseño geométrico (distorsionado por mi excitación) que, incluso a mis 7 años, era la metáfora perfecta de la modernidad: un nuevo mundo, un nuevo tono, un futuro ignorado desde nuestras casitas de madera allá lejos en Lawton.

Era el edificio con el aura más azul del planeta, cuya única diferencia con el hotel de la cadena Hilton de los años 50’s era el cartel que leí por mí mismo sobre su pico nevado: Habana Libre.

Entramos.

Las puertas se abrían solas. Bajo nuestros zapatos ortopédicos, nos acariciaba un pasto de alfombras (tuve que preguntar cómo se llamaban esas telas). El techo del lobby se alzaba en forma de bóveda a kilómetros de altura sobre nuestras cabezas. La luz era amable, para nada nacional. La voz de los cubanos también (ni manoteos ni gritos marginales). Se respiraba la paz pulcra de ese fenómeno siempre en falta llamado aire acondicionado. Los baños eran más grandes que mi casa. Mi padre compró un periódico en inglés que igual se llamaba Granma y me prometió que me enseñaría a leer aquel argot exótico del Primer Mundo.

En 1978 fui feliz de súbito en un hotel heredado por el socialismo real.

A partir de 1978 fui también cada vez más infeliz, desterrado en tierra propia a la caza del capitalismo irreal que aquel contacto cercano moldeó en mi memoria.

La arquitectura es, en primera instancia, ideología.

Cuando mi padre murió, el tedioso 13 de agosto del año 2000, tuve ganas de dejarlo a solas un rato en la fea Funeraria de Luyanó (un antiguo local del Partido Socialista Popular) y visitar por última vez nuestro hotel. Quise cremar su cadáver (aún eso era imposible en Cuba) y lanzar las cenizas desde la azotea del Habana Libre sobre la visión vacía de una Habana presa. Deseé saltar yo mismo sobre la ciudad tras mis primeros 29 años de vida inverosímil (Fidel Castro cumplía entonces la edad de mi madre ahora: 74).

Me quedé sin decirle a Dionisio Manuel “Lo siento” por muchas cosas pero, más allá de mi indolencia y su dolor, me quedé sin agradecerle el descubrimiento del azul en la esquina de avenida 23 y calle L (acaso L de Libertad): monumento por donde siempre se cuela en Cuba la brisa en futuro del Primer Mundo.

jueves, 12 de agosto de 2010

reseña en VOCES 1



Próximos pero lejanos: el universo de al lado

Yoss


EN 1998, durante la hasta hoy única visita de un Sumo Pontífice a Cuba, Juan Pablo II pronunció su célebre sentencia que el mundo se abra a Cuba, que Cuba se abra al mundo.

Dejando a un lado las múltiples implicaciones sociopolíticas de la frase para circunscribirnos al ámbito literario-editorial, bien podemos decir que al menos en su primera mitad fue profética: cada vez más autores cubanos, de dentro o fuera de la isla, publican libros en el extranjero. Pero, ay, la segunda parte… Por desgracia la crítica literaria nacional aún permanece a la zaga, desinformadamente ajena o desdeñando olímpicamente criticar o reseñar la inmensa mayoría de los títulos written by Cubans que se lanzan cada año a las librerías de ese inmenso país que es Extranjia, que está en todas partes menos aquí.

“El universo de al lado”, novela ¿cómica? ¿de espionaje? ¿de ciencia ficción? del pluripremiado humorista y guionista de cine Eduardo del Llano Rodríguez (su primer chiste fue nacer en Moscú, 1962…) fue lanzada en el 2007 en España, en un hermoso, casi lujoso volumen polícromo y con solapas, por la madrileña Ediciones Salto de Página. Se trata del tercer libro que Del Llano publica allende nuestras fronteras, después de su premio Italo Calvino de 1997 con la novela “Arena”, aparecida en Italia bajo el título de “La clessidra de Nicanor” (1997), y de la recopilación de cuentos “Todo por un dólar”, que vio la luz también en España pero en el 2006.

¿De qué va “El universo de al lado” (cuyo criollísimo e irreverente título original, cambiado por carecer de “gancho” en el mercado editorial ibérico, era… “El culo y la llovizna”)? Aunque parezca facilismo, lo mejor es repetir parte de la sinopsis que aparece en contracubierta:

Primero desapareció Bulgaria. Y a nadie pareció importarle. Una semana más tarde lo hizo Paraguay, y sus fronteras también se convirtieron en el borde limpio de un socavón de dimensión planetaria. La noticia no tuvo mayor repercusión. Siete días después, y ahora sí ante la consternación mundial, la Luna dejó de verse.

¿Un comienzo atractivo, no? Pues luego se pone mejor; porque esta descacharrante novela se atreve a explotar en clave irónica uno de los temas más sensibles e internacionalmente controvertidos del momento: el del terrorismo.

Los dos países y el satélite desaparecidos no se han esfumado por causas naturales, sino por los siniestros manejos de (volvamos a citar la sinopsis) Lipidia, una nación terrorista tan clandestina que se desconoce la ubicación de su territorio. Es el “estado canalla” ideal, porque en la terrible Lipidia (tenía que serlo con ese nombre que nos hace pensar en abuelitas verborreicas), esté donde esté, todos son terroristas, desde el primer mandatario hasta el último infante de sus escuelas.

Tras establecer que entre una desaparición y otra hay un plazo de siete días, para descubrir la secreta localización de Lipidia e impedir que desaparezca a otra nación, la CIA forma el comando más absurdo que pueda imaginarse, cuyos singulares caracteres son uno de los grandes aciertos del autor.

Está el recurrente Nicanor O´Donnell, que esta vez podría ser el perfecto hombre de acción… si solo no fuera tan culto. Nick es lo más cercano a un protagonista, dado que los fragmentos de su diario incluidos en la novela son los únicos pasajes en primera persona. La chica del equipo es Chrissy (otro nombre familiar a los lectores de Eduardo, desde el cuento “El beso y el plan”), una bella y malgeniosa agente-hacker que cuando no está de servicio trabaja como modelo. El líder es Dante, un mulato fanático de Engelbert Humperdinck y ¡nacido en Lipidia! que, aunque tiene su mapa tatuado en la espalda, no recuerda la ubicación de su patria.

Completan el team Rodríguez, el Homo rodens o víctima nata, que a todo el que lo encuentra le provoca deseos de golpearlo o curarlo; y Mercury (HG) un negro casi normal, salvo que es especialista en artes marciales de todo tipo felizmente casado con Sarah, una mujer de un universo paralelo con el que realiza experimentos su hermano físico.

Las improbables vicisitudes de este comando digno de haber sido reclutado por Groucho Marx (sic sinopsis, otra vez) se suceden con pasmosa e hilarante velocidad: mientras vuelan hacia Afganistán (¿qué sitio mejor para empezar a buscar terroristas?) impiden que un solitario pirata aéreo haga estallar el avión con una bomba disfrazada de dios menor. Luego, tras la pérdida de las maletas de Chrissy y de la misma Chrissy en una escala en Madrid, contactan con sus secuestradores: un comando musulmán empeñado en recuperar la Luna, que suponen robada por los “diablos occidentales” y acaban aliándose (lo que ya es pura ciencia ficción) con ellos en medio de una clásica pelea en una cervecería de Münich.

Y las peripecias no paran. Árabes y occidentales juntos vuelan a una China que se debate entre la férrea censura oficial del Pueblo y la encantada apertura al capitalismo más consumista. Tienen por primera vez contacto con “los malos” (gentes lipidianos) a través de una explosión de la que se salvan por puro milagro, los persiguen hasta ¡La Habana!, sitio donde ¿casualmente? uno de los musulmanes, Alí, estudiara Medicina años atrás y fue novio de Xiomara (cariñosamente “Muñuñi”), una escultural y dulce mulata que todavía vive en Centrohabana y cuyo hermano Lazarito es el más inepto agente de la Seguridad del Estado que pueda imaginarse.

Sorprendidos y capturados por los lipidianos, que les revelan despectivos que Lipidia no está en La Habana, son conducidos nada más y nada menos que al Salón Rosado de La Tropical, donde seis negros de mala catadura deberán encargarse de ellos. Solo que en vez de los delincuentes que parecen, los “chardos” resultan ser el conjunto de salsa Matason, y uno de ellos, encima, socio fuerte de Alí de sus días de estudiante, por lo que…

Por lo que basta, porque, mal que les pese a ciertos críticos, el objetivo de una crítica no es resumir una novela, y lo más sorprendente de “El universo de al lado”, como era de esperarse, queda reservado para su último tercio, verdadero tour de force de irónicos golpes de efecto y atractivísimo crescendo de desenmascaramientos inesperados hasta desembocar en el absolutamente sorprendente desenlace, que, como los buenos lectores sospechaban desde las primeras páginas, involucra ciencia ficción de la dura y universos paralelos… Aunque no de la forma en que uno habría supuesto, que es lo mejor de todo.

Algún purista del realismo podría cuestionar lo inverosímil de esta aventura, pero ¿inverosímil por qué? ¿No se tragó todo el mundo lo de las armas químicas y nucleares de Saddam Hussein y aplaudieron el ataque de Bush a la peligrosa amenaza islámica? Cuando la realidad supera a la ficción, a la ficción no le queda más que tirar a la chacota la realidad. Ojo por ojo, risa por risa.

Llena de eruditas referencias culturales, tanto a la pop (Shakira y Barbra Streisand) como a la “gran cultura” (Tarkovsky y Dave Lynch) esta novela logra no solo atrapar la atención del lector sino, lo que es más difícil, mantenerla. Y, pese a que su irreverencia francotiradora contra todas las banderas puede molestar por igual a los extremistas de derecha y de izquierda, no deja de sorprender y sobre todo poner a pensar con su moraleja final sobre las muchas caras del único monstruo del terrorismo.

Con “El universo de al lado”, Del Llano reanuda aquí la senda paródica de los thrillers y la política-ficción estilo Frederick Forsyth o Tom Clancy, que ya años atrás le diera tan buenos resultados en la desternillante novela “Virus”, Premio Abril, escrita en colaboración con su Walter Ego del nunca bien ponderado NOS-Y-OTROS, Luis Felipe Calvo.

Esperpéntica en su desmesura, sin pretender la credibilidad sino cimentada en lo absurdo, como toda la obra de Del Llano, esta novela nos deja la inquietante sensación de que no solo el de al lado, sino también nuestro propio universo está completamente más allá de la lógica. De que la realidad no es tan real como parece, ni la fantasía tan fantástica como creen esos críticos elitistas que tildan de “subgénero escapista” a la ciencia ficción antes que confesar que no la entienden, en la clásica actitud de “están verdes” de la zorra ante las uvas inalcanzables.

Con una prosa cuidada de corrección casi matemática, llena de notas a pie de página, como las ¿necesarias? aclaraciones del slang barriobajero de La Habana para el lector hispano, “El universo de al lado” es a la vez una lectura amena y que hace pensar.

Solo queda entonces preguntarse, como en su día ante “La clessidra de Nicanor”: ¿para cuándo una edición cubana, para que los lectores históricos y nacionales de Del Llano puedan también seguir las nuevas y disparatadas peripecias del O´Donnell agente secreto (incluso en La Habana), sin tener que pagar en moneda convertible por el placer de su lectura?

Y ojalá esta vez la interrogante no quede sin respuesta editorial…

miércoles, 11 de agosto de 2010

colaboraciones de VOCES 1...


PROSPERIDAD Y BONDAD: LA OTRA CARA DE LA MONEDA DEL ILUMINISMO MARTIANO

Mirta Suquet

HABER estudiado en Cuba, en ese mundo de relativas certezas que nos construyeron durante la década del 80, y haber cursado posteriormente una carrera en la Universidad de La Habana abre, de antemano, muchas puertas.

La fama de los egresados universitarios cubanos es reconocida, ensalzada en cualquier parte del mundo y no es inmerecida. La intensidad con que estudiábamos en aquellos años de preuniversitario (de Ciencias Exactas), podría parecer a mis actuales colegas españoles, un exceso derivado de una mente −en este caso la mía− mitomaníaca, y prefiero callarlo. Mucho más, prefiero silenciar el estoicismo con el que se estudiaba; la delgadez de aquel tiempo en el que la falda del uniforme se iba reduciendo paulatinamente con antiestéticas pinzas mientras mi cintura se desvanecía. Los años de aquel invento seguramente inefectivo del arroz amarillo con suerte, coloreado con pastillas de vitamina B. (Ignoro si el complejo vitamínico se mezclaría desde el mismo proceso de cocción, lo que seguramente anularía las propiedades del aditivo, o si era añadido al final a modo de salsa, no precisamente criolla).

En esos años, la empresa farmacéutica cubana empezó a elaborar el Multivit, y como mi hermano yacía desde hacía unos meses en cama por un intenso asedio de algo que llamaban “neuritis” o “beriberi” (¿o acaso se supo con certeza de qué se trataba?) yo lo ingería con disciplina o devoción. Las vitaminas garantizarían que mis neuronas siguiesen funcionando, y por ende, lograr un alto rendimiento en el IPVCE y mi acceso a la universidad. La utopía desarrollista −a imagen de la cosmonáutica− de renunciar a los alimentos sustituyéndolos por cápsulas, se estaba cumpliendo. Pero el hambre podía más que el hombre y los preparados de agua con azúcar eran un remedio eficaz en tales casos.

También, y todo hay que decirlo, siempre tuvimos para desayunar aunque fuese un cuarto de pan, de los redonditos ya pequeños, que a veces picaban frente a nosotros para que viésemos que la partición era justa, y al que llegamos a llamar el “pan martiano”: “con todos y para el bien de todos”. Y en los almuerzos, el caldo de col, las croquetas elaboradas con un solo cerdo ¿macrobiótico? que se repartía equitativamente para miles de estudiantes de las cuatro unidades que formaban la escuela; y en la cena, otro tanto. Como si viviésemos del aire.

En cambio, sobrevivíamos expandiendo nuestra intensidad vital hasta límites insospechados. No renunciamos a las marchas, los desfiles, los bailes, el trabajo en el campo y el estudio. Resistíamos y le pedíamos al cuerpo que aguantara redoblados sacrificios: que no se nos desmayara, que no se nos “rajara”, que secundara nuestras cabezas enfebrecidas de proyectos y metas. El año 2000 era nuestro, y construiríamos una sociedad mejor y más preparada. Sin duda.

La consunción era el ideal quijotesco de la izquierda revolucionaria, del intelectual soñador, de la vanguardia, de la bohemia transgresora. La panza distinguía a la burguesía acaparadora y pedestre de la refinada aristocracia; era, desde la época del texto cervantino, el símbolo de la bajeza y la ignorancia. Como le dice el hidalgo a su escudero: “Yo, Sancho, nací para vivir muriendo y tú para morir comiendo”. Vivir muriendo, morir viviendo, un retruécano demasiado conocido por los cubanos y cantado como himno de guerra.

La Revolución usufructuó, a fuerza de los rigores en la alimentación, esta semiótica bien codificada. En aquellos años, la panza podía ser la huella de un desvío de recursos, de un enriquecimiento ilícito. Hoy es la marca corporal de los malos hábitos alimenticios, del regreso del pan, y la salsa abundante, mientras la Europa anoréxica presume de sus alimentos desgrasados.

Recuerdo que en cierta ocasión, nos habían prometido que el cerdo del semestre le sería dado al grupo más destacado de la escuela para que sus integrantes hicieran una fiesta e invitaran a sus familiares. Prometer eso en 1993 era como anunciar un día en el paraíso con pasaje de ida y vuelta. El grupo elegido fue el nuestro, después de haber sobrecumplido todas las metas de la competición. Y los días anteriores a la fiesta, cancelaron las invitaciones de las familias −porque sólo los padres de la ciudad tendrían el privilegio de asistir− y poco a poco nos fueron dorando la píldora hasta que del cerdo apenas vimos las croquetas. Ante nuestras protestas, el director dijo aquellas palabras que nos hundieron en la vergüenza: “¡discutiendo por un plato de empellas!”, y acotó: “El verdadero revolucionario no vive para comer, sino que come para vivir”.

Juro que aquella frase la repetí muchas veces como talismán contra la gula. Y la busqué por la obra martiana sin encontrarla, hasta que un día la hallé en El avaro de Molière, con una erudita nota al pie que decía que era un conocido refrán latino: “ede ut vivas, ne vivas ut edas”. En la obra, uno de los personajes, Valerio, le da lecciones al cocinero de Harpagón sobre cómo hacer una cena con poco dinero: “Habrá que dar cosas de las que se come poco y hartan al empezar... Unos buenos frijoles, algún pastel acompañado de castañas”. Método infalible: ¡un plato de frijoles negros!

En cambio, la frase martiana que sí se podía leer en toda aula cubana era aquella que prescribía la finalidad que debía tener la cultura: la libertad. Ser cultos para ser libres.

Cultura y libertad son términos tan inscritos en determinados repertorios contextuales que el apotegma martiano, anclado en una ahistoricidad eterna, apenas significa nada. Son dos de los conceptos más productivos heredados de las tecnologías de control de la Modernidad que, establecidos como absoluto, han escondido la ideología tras la que tales signos se hacen operativos. La creencia iluminista suponía un libre albedrío anclado en el saber, aunque hoy sabemos que justamente el “saber” es el dominio en el que se nos instituye como sujetos predeterminados, y el libre albedrío ha dejado de ser, hace mucho, una posibilidad tangible.

En cualquier caso, y siguiendo a Foucault, la cultura es un espacio de intervención y resistencia −donde se ejerce la microfísica del poder−, justamente porque es el entramado donde se construyen los sistemas de identificación social. La libertad es más bien ese, aunque sea mínimo, momento de resistencia, de tensión permanente que nos hace constantemente movernos, como sujetos, hacia la aspiración absoluta pero siempre inalcanzable del poder: la inmovilidad. Y moviéndonos, cancelamos la definición perfecta.

La resistencia −y la libertad− en el actual momento que vivimos pasa, en sentido estricto, o primario, por la resistencia del cuerpo. No hablo de la resistencia oficializada, aquella que se pide a cambio de hundimientos y holocaustos masivos, sino la resistencia cotidiana, la única que garantiza un mínimo de libertad, y que incluye, como estrategias, el cambalache, el mercado negro, la improvisación, el timo. La búsqueda de alternativas para encontrar modos de subsistencia y felicidad paralelas o compensatorias. Resistir y resolver. Resolver para seguir resistiendo. (Visto así, la cultura entendida como erudición no garantiza, en el terreno patrio, libertad alguna. Otro tipo de cultura se impone para logar la sobrevivencia: la de la “lucha”.)

En el artículo “Maestros ambulantes” de donde se extrajo el precepto martiano, también se repudiaba la idea de un telos humano dirigido hacia la satisfacción de las apetencias del cuerpo: el ya comentado “vivir para comer”: “La mayor parte de los hombres ha pasado dormida sobre la tierra. Comieron y bebieron; pero no supieron de sí. (…) Los hombres son todavía máquinas de comer, y relicarios de preocupaciones”. En efecto, si invertimos la frase podríamos decir: cuando un relicario de preocupaciones −entre ellas, y de manera fundamental, la carencia alimenticia− atormenta al hombre, éste se vuelve una “máquina de comer”.

La obsesión por la falta de comida era la que nos hacía estar hablando todo el día de alimentos imposibles y suspirar a coro en el cine frente a una escena suculenta. En Paradiso, el alimento nos conduce a una hilatura descomunal que apenas soñamos frente a la proliferación apetitosa de ingredientes y platos que se mezclan en la “gossá familia”, esa orgía metafísica en la que se resumen todos los gozos. Nuestra mesa, reducida y deslucida, ha dejado de suponer el goce que promete una duración, un detenimiento en la catadura de combinatorias insospechadas: nuevas especies, nuevas texturas o ritmos de deglución y, lo que es más lamentable, ha dejado de religar como la más pura de las religiones: ya no impulsa la conversación hacia ese estado de luz en el que el diálogo invade el oído como el crustáceo la boca. Decía el Coronel Cemí en torno a la mesa servida: “El placer, que es para mí un momento en la claridad, presupone el diálogo. (…) Si no es por el diálogo nos invade la sensación de la fragmentaria vulgaridad de las cosas que comemos”.

Con angustia, reconozco en Paradiso el espejismo que contrarrestaba la pobreza irradiante lezamiana, el hambre real del escritor, como recordaba Reynaldo González en el programa de Amaury Pérez “Con dos que se quieran”. Según González, cuando cogía el trozo de carne que le correspondía, iba a casa de Lezama y lo sacrificaba en pos de alimentar no precisamente el “espíritu” del maestro.

Conviene, sin embargo, que regresemos a la frase martiana que conjugaba cultura y libertad para comentar una gravísima falta por omisión. La frase, en realidad, es una especie de silogismo con tres proposiciones indispensables que se concatenan: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre. Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”. O lo que es lo mismo, la prosperidad sería la base de ese edificio ético en el que, luego de alcanzado el bienestar, se podría ser bueno (y por ende, dichoso) y culto (y por ende, libre). “Y el único camino −continúa diciendo Martí−, abierto a la prosperidad constante y fácil es el de conocer, cultivar y aprovechar los elementos inagotables e infatigables de la naturaleza”.

Cierra la idea, y devuelve el protagonismo al conocimiento, en este caso, aplicado: se asocia la cultura a su sentido etimológico: cultivar, hacer fecundar la prosperidad a través del trabajo y del usufructo eficaz de los bienes que poseemos. Esto nos haría ser prósperos y otra vez, libres y buenos. (A su vez, Martí no propugna que el campesino abandone el surco para hacerse letrado; que los campos se llenen de marabú mientras la mente se cultiva, sino que una especie de “maestro ambulante” acuda al lugar donde se obra, ofreciendo conocimientos alternativos.)

Que la bondad esté relacionada con la prosperidad (la bonanza) no es una contradicción −como la ética revolucionaria casi siempre ha pretendido, confiada en el valor formativo de la miseria−; aunque tampoco sea un a priori. Sin embargo, la realización individual que ofrece la prosperidad (y no exactamente por el bienestar que implica, sino por el proceso en busca de ese bienestar) bien podría hacernos mejores, aunque esto parezca sacado de un manual de autoayuda.

Recordemos que la palabra “próspero” viene del latín prosperus−a−um, dotada del prefijo ‘pro’ (hacia adelante, en favor) y la raíz indoeuropea spe. La palabra latina spes (esperanza) contiene la misma raíz. Etimológicamente “próspero” significa entonces, que lleva adelante lo esperado, o según lo esperado. La prosperidad supone el curso favorable de una acción o desempeño; el éxito de una empresa y no, necesariamente, un enriquecimiento que avergüence, o desmerite al poseedor. Rico o riqueza, en cambio, vienen del alemán arcaico riks dando origen a la palabra reich− y tiene la raíz indoeuropea reg (rey, regente); lo que indica que, en este caso, el vínculo entre Poder y peculio aparece marcado en sus orígenes. Los aldeanos nunca podrían ser ricos −tampoco los campesinos a los que se refiere Martí en el artículo citado− pero sí prósperos.

Lo que mis actuales colegas desconocen es que la letra sí nos entró con sangre, o mejor, con hambre, como cuando debíamos leer los tantísimos libros que nos ayudarían a forjarnos como filólogos, tumbados en las literas de la residencia estudiantil F y 3ra y con apenas unas tostadas y un té en la barriga.

Haber estudiado en Cuba fue realmente un privilegio. Haber sido discípula de brillantes profesores que a lo largo de mi vida intentaron suplir las carencias del cuerpo con los espejismos de la cultura, es algo inolvidable. Ellos también enflaquecieron paulatinamente; algunos parecía que expirarían tras la lección, y seguían aferrados a su trabajo apenas remunerado. Recuerdo con nuestra alegría de que algún “viajecito” le hubiese tocado casualmente a alguno de aquellos profesores que nunca viajaba, para que pudiese “reponerse”. A su regreso nos comentó con orgullo que había ahorrado mucho dinero y que, por tanto, había podido comprar algunos libros que hacían falta para la Facultad. Y en efecto, apenas había engordado unas libras, apenas había cambiado su ropa de siempre, de tienda reciclada, como la nuestra.

Hoy, muchos a los que le debo, no mi placer por las letras, sino mi gusto quijotesco por enseñar (labor reñida, como se sabe, con la riqueza, aunque no necesariamente con la prosperidad), no están en la facultad. Y lo lamento visceralmente por los alumnos que no tendrán la oportunidad de conocer el enjuto cuerpo y la febril agitación de Salvador Redonet; la consagración casi mística de Ofelia García Cortiña; la sencillez campechana de Amaury Carbón, con su guayabera blanca, casi transparente; la fortaleza de Nara Araújo, llena de proyectos a un paso de la despedida, y a otros tantos que han fallecido en los últimos años, en plena faena. O la despistada genialidad de Beatriz Maggi, la estoica resistencia de Teresa Delgado, la humildad de Lupe Ordaz, y a otros tantos que se han retirado o alejado de la institución. A sus clases había que ir, aún cuando la barrita de maní comprada al “merolico” más cercano, fuera el único sostén de la mañana.

En la actualidad, no sé si con el plan de maestros emergentes, algún niño pueda agradecer, dentro de veinte años, la educación recibida en las etapas iniciales, las más importantes. No sé si el solo hecho de haber estudiado en Cuba seguirá siendo un motivo de alabanza. Incluso desconozco qué motivaciones impulsan hoy a los jóvenes a estudiar: supongo que ya no sean las mismas que las nuestras, o a lo mejor, sí. Confiar en que la profesión podrá ser ejercida en la sociedad que te formó y que, una vez que ha garantizado tu competencia, te abra las puertas para alcanzar la retribución necesaria, merecida. La prosperidad que, según Martí, nos haría ser buenos y dichosos. Aquella que no se conforma con un viaje normado en el que haya que decidir si alimentar el cuerpo o el espíritu.

martes, 10 de agosto de 2010

POEMAS DE VOCES 1


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RÉQUIEM
Jesús Díaz

Esta ciudad nació de la sal del puerto
y allí creció caliente, deschavada,
el sexo abierto al mar
el clítoris guiando a los marinos
como un faro de luz en la bahía.
Y dentro el Barrio Chino, Tropicana,
Floridita, Alí Bar, Los Aires Libres,
orquestas de mujeres musicando
un chachachá bailado por marcianos.
Hablaba, bozalona,
en una turbia mezcla de yoruba y castilla,
de calé y catalán, de bable y congo,
y todo ese patois, ese creole,
ese rico esperanto entreverado
de algarabías moras, chácharas cantonesas,
jerosolimitanas jergas de judíos,
bárbaro spanglish de bares y bayuses.
Atarantada, confundía libaneses con turcos,
asturianos y vascos con gallegos,
israelitas de Ucrania con polacos,
y todos juntos y a la vez gritando
en mesas de manteles de mal gusto
cubiertos con tamales amarillos,
grises cangrejos, rojos camarones,
blanquísimos arroces machihembrados
públicamente con frijoles negros,
plátanos como vergas y de postre
una papaya abierta como un reto,
un gran habano y un buche de café,
infusión preferida de Satán, negra y humeante.
Experta en contrabandos se vestía
con brandys, sedas chinas,
o bien andaba en rones o en harapos
y rezaba el domingo de mañana
en iglesias de un gótico mendaz,
falso románico, columnatas barrocas
sosteniendo el tramposo art nouveau de las mansiones.
Acomplejada, impúdica, ridícula,
disfrutaba de un oscuro placer
impersonando a putas más famosas:
en su bahía un Cristo gris,
contaminado por los lentos vapores de la fiesta.
Allá, en el vientre, un Prado de juguete,
un vacuo Capitolio y rascacielos
que no tocaron nunca el culo de las nubes.
Pavorreal del trópico extasiado
en los vitrales y ocelos de su cola reflejada en el mar,
graznaba a prima su profundo dolor
radioescuchando novelones,
serpientes de la desesperanza inventada por ella
que recorrían el mundo proclamando
la maldad insaciable de los hombres.
Luego, en las noches,
sacaba los colmillos de vampira
para elevar un himno a las trucidaciones
con letra y música de La Guantanamera.
Y ya en las madrugadas
se jugaba a la suerte hasta las nalgas
que solía perder con gran contento.
Se entregaba a gozar y a raros ritos
y amanecía bailando, la cabrona,
boleros, mambos, rumbas,
en bembés, cocktail parties y saraos,
saturnales del diablo, su ángel más venerado.
Nada la conmovía, ni siquiera
la sangre que sus hijos ofrendaron
asaltando el Palacio del Tirano.
Siguió carnavaleando, se diría
que nadie hubiera podido enamorarla,
apagarle la música y dejarla
como una esposa fiel, tan tranquilita.
Poco después bajaron los guerreros
recitando ¿qué décimas,
qué epitalamios, silvas, madrigales,
para hacerla olvidar siglos de rumba?
¿Con qué wemba lograron hechizarla?
Se enamoró de la virtud como una puta.
Pidió perdón hincada de rodillas
para expiar sus múltiples pecados.
Sacrificó sus congas, sus mentiras,
sus jabones de olor, sus fruslerías,
sus lujurias, pasiones, arrebatos.
Comió en mesa frugal un par de huevos.
Gritó pura y feliz hasta quedarse ronca.
Hizo una cola larga, interminable,
y sólo a su pesar, algunas veces,
metida con un santo o con un macho
sufrió las delirantes nostalgias del bembé.
No bastó aquella entrega.
Los hijos de la puta, nosotros, sus bastardos,
la negamos tres veces. Ya no tuvo
pinturita de uñas, ni siquiera
un buchito de alcohol de reverbero
que llevarse a la boca en sus delirios.
Y si gritó de sed, no la escuchamos.
Andábamos clamando por el mundo
como una llamarada de pureza.
Casi murió de lepra, las legañas
nos la dejaron ciega, el gran silencio
le produjo sordera, el desamor
le descarnó los labios, la demencia
le arrancó los cabellos, la tristeza
le fue secando el sexo. Una mañana
la fealdad la asesinó del todo.
Queda tan solo un triste simulacro:
este fantasma de una vieja puta
o de una virgen tuerta y sin altar,
estos, Fabios, ¡ay dolor!, que ves agora,
campos de soledad, mustio collado,
pasto para turistas
que recorren las ruinas murmurando:
“Dice que fue candela,
que encendía el rumbón con la cintura,
que alguna vez, la pobre, estuvo viva”.

lunes, 9 de agosto de 2010

SILVIA'S PICS


SILVIA'S PICS, originally uploaded by orlandoluispardolazo.

Autora: Silvia Corbelle Batista, desde La Habanada, Cuba 2010....!

TAKEN FROM VOCES 1



Ése ya no volverá

Yoani Sánchez

AÚN puedo recordar los suspiros de mi madre frente al televisor, en aquellos aburridos años 80, mientras Fidel Castro hacía uno de sus maratónicos discursos. Él era el soñado galán de muchas cubanas que —de tanto verlo— podían anticipar lo que diría, conocían cada gesto suyo y las nuevas arrugas que aparecían en su rostro.

La atracción que generaba aquel peculiar coterráneo de más de 6 pies, perfil griego y sorprendente oratoria, llevaba a mi madre y sus amigas a un prolongado paroxismo. Así fue hasta que en 1989 se televisó el juicio al general Arnaldo Ochoa, acusado de estar implicado en el narcotráfico. Mi mamá volvió a suspirar, pero esta vez frente al rostro del que pocos días después sería fusilado.

Algo se rompió dentro del “club de fans del querido e invencible Comandante en Jefe”, pues en mi casa nadie volvió a escuchar, alelado, sus discursos.

La era marcada por los arranques personales de Fidel Castro parecía haber concluido. Su ausencia de los medios hizo que empezáramos a olvidarlo. Como todo hechicero, necesitaba hacer ante nosotros los pases mágicos que nos dejaban boquiabiertos y conformes. Tenía que sacarse la paloma del sombrero, el pañuelo de la manga para mantenernos atentos.

Sin su demiúrgica imagen muchos terminamos por levantarnos de las sillas y mirar en derredor. Cuán poco quedaba de “Él” en esos 4 años durante los cuales no escuchamos sus discursos, mientras no teníamos sus puñetazos en la mesa ni nos explicaba el plan económico que nos traería la “solución” a todos los problemas. Del hombre que se impuso a fuerza de mostrarse, de adormilarnos con sus largas diatribas, apenas si permanecieron algunas inconexas reflexiones, publicadas en las primeras planas de los periódicos.

De pronto, la tonada de Pedro Luis Ferrer advirtiendo de que “Si abuelo no está de acuerdo, nadie pinta el edificio” comenzó a pasar de moda, a perder parte de su sentido.

Para empezar, hubo decenas de brotes de gripe recorriendo La Habana y a nadie se le ocurrió llamarlos con su nombre. Durante su larga convalecencia, prácticamente ningún nuevo mote se sumó a la lista de los que Él ya ostentaba. Y Pepito, el eterno niño pícaro de nuestros cuentos, dejó de mencionarlo en sus simpáticas historias. Poco a poco, habíamos empezado a olvidar a Fidel Castro, aún en vida.

Las amas de casa estaban tranquilas porque la telenovela brasileña mantenía su horario estelar de la noche, sin los atrasos que le ocasionaba el Gran Orador. Los entrenadores deportivos se sentían más ligeros desde que no debían escuchar y seguir sus consejos; mientras los meteorólogos se sobresaltaban, en medio de un huracán, al recordar las precisiones e irrefutables pronósticos del Experto en Jefe.

Los ministros, por su parte, ya empezaban a preguntarse si tendrían que decidir por sí solos, o si Raúl Castro heredaría todas las carteras ministeriales que ostentaba su hermano. Todos ellos, en mayor o menor grado, habían dejado de sentir el enorme peso verde olivo sobre sus hombros.

Esa sensación de ligereza surgía porque, desde julio de 2006 el Comandante no había salido en vivo ante ellos. Todo ese tiempo no pronunció un discurso ni asistió a un acto público. Tampoco refrendó una nueva ley ni abanderó a las delegaciones deportivas que viajaban a competencias internacionales ni impuso las formales condecoraciones a los presidentes que visitaron el país. Brilló por su ausencia en los numerosos congresos celebrados y en las inauguraciones de nuevos centros de salud. Prácticamente no emitió ninguna opinión pública sobre cómo habría de hacerse algo en el país. En fin, no ejerció como Fidel Castro.

Y entonces regresó, como un anciano balbuceante de manos temblorosas que nada tiene que ver con aquel fornido militar de perfil griego que desde una plaza, donde un millón de voces coreaba su nombre, proclamaba leyes que no habían sido consultadas con nadie, perdonaba vidas, anunciaba fusilamientos o pregonaba el derecho de los revolucionarios a hacer la revolución. Poco queda del hombre que durante horas ocupaba la programación televisiva y mantenía en vilo del lado de acá de la pantalla a todo un pueblo.

El gran improvisador de otros tiempos se reúne ahora en una pequeña sala de teatro con un auditorio de jóvenes a leerles un resumen de sus últimas reflexiones —ya publicadas en la prensa— y en lugar de inducir aquel pavor que hacía temblar a los más bravos, provoca, en el mejor de los casos, una tierna compasión. Una joven periodista le hace una pregunta complaciente y le pide públicamente un deseo: “Déjeme darle un beso”. ¿Qué fue de aquel abismo que ninguna audacia se atrevía a saltar?

Habíamos empezado a recordarlo como algo del pasado, que era hasta una forma noble de olvidarlo. Muchos estaban disponiéndose a perdonarle sus errores y fracasos para colocarlo en algún ceniciento pedestal de la historia del siglo XX, donde su rostro —retratado en su último mejor momento— ya aparecía junto a los muertos ilustres. De pronto ha salido a exhibir impúdicamente sus achaques y a anunciar el fin del mundo, como si quisiera convencernos de que la vida después de él carecerá de sentido.

Durante las últimas semanas, aquel que fuera llamado el Uno, el Máximo Líder, el Caballo, o con el simple pronombre personal ÉL, se nos ha presentado despojado de su otrora carisma, para confirmarnos que aquel Fidel Castro —afortunadamente— ya no volverá, aunque por esta vez sea nuevamente noticia.

domingo, 8 de agosto de 2010

TOMADO DE VOCES NUMBER 1



Yo no sé qué tienen los perros

Eduardo Laporte

NO SÉ qué tienen, pero algo ocultan. Una extraña sabiduría que no pueden comunicarnos, y que se resignan a llevar a cuestas, como un regalo no solicitado, el don de una inusual inteligencia que no escapa de sus cerebros del tamaño de un puño.

Hay algo insano en comerse a esos fieles animales, como vi un día en televisión que hacen en Camboya, sin escrúpulo ninguno: el perro es un bicho más, al horno y a vivir que son dos días. Me desagrada la idea.

Escribió mi amiga Álex Estupinian unos versos caninos que dicen así:

Yo no sé,

pero a veces creo que los perros

saben de la sustancialidad del mundo.

Algo de eso descubrí en el lenguaje secreto de los perros. Uno de esos perros que canta Silvio, en esas canciones suyas que por suerte siempre quedan en un lugar en que la política no alcanza, o alcanza menos: la música, el arte. Qué le digo a esos perros que se iban conmigo en noches perdidas sin amigos.

A mí me pareció que en La Habana había muchos perros. No es tanta la pobreza, pensé, porque el perro al final puede resultar un buen recurso para la olla, a falta de otras viandas más cotidianas. Vi muchos perros sueltos, perros sin amo, perros callejeros, perros de nadie, perros de todos, en la plaza del Parque Central. Junto a los endomingados clientes del Inglaterra o del NH Parque Central se hospedaban perros, vagos, apagados, durmientes, en las faldas de esos parterres que nos advertían de no pisar un césped que no existía.

Aquellos perros estaban rendidos, derrotados, habían dejado de ser perros. Conservaban su sabiduría —aunque haya quien diga que los chuchos son tontos—, pero habían renunciado a comunicarla algún día. 50 años eran muchos, pesaban, y el descreimiento era ya grande. La desazón.

Aprecié como una herencia de derrotismo en esos canes, en esos animales de las canarias del Trópico que no se preocupan de apartarse del sol derrengante. Los veía despanzurrados, tristes, al borde un llanto eterno, sobre las calzadas de las calles principales, pero también de los rincones más oscuros de la noche habanera.

En mis internadas por Centro Habana los veía, a veces, pe-ro no me daban miedo porque había desaparecido en ellos toda capacidad de lucha. Eran los perros más domesticados que había visto nunca, tanto, que habían perdido su esencia dentro del reino animal. Habían perdido su dignidad de perro, y eran un triste reflejo de lo que fueron. Dicen que los perros se parecen a sus amos, y todos esos cánidos, ya digo, eran de todos y de nadie, pero más de todos que de nadie.

En la mañana del 1ro de Mayo de 2009, cincuenta años después de la gloriosa y demás epítetos Revolución del Comandante Fidel, caí en el burgués acto de dejarme llevar por un bici-taxi. Hacía calor, llegaba tarde, no quería ir solo. Lo tomé, qué queréis. El calor, ya digo, era de plomo y el pobre conductor de aquel cacharro infernal ni se quejaba, aunque sus piernas temblaban como viejas cuerdas de as-censor cuando le daba a los pedales. ¿Igualdad? Siempre habrá un tipo que le lleve a otro, y ese otro jamás le llevará al primero. Siempre habrá un perro oscuro al que apartemos de un manotazo para que no nos moleste.

Yo en Cuba pondría de presidente a un jodido chucho, seguro que la cosa iría mejor. Esa mañana, con el sol líquido, extraña luz líquida que decía no sé quién (bueno, creo que Roland Barthes de la del sudoeste francés), por calles blancas como una Andalucía irreal, arreal, se nos apareció un perro. Un perro negro, un perro cubano, no un perro andaluz. Un perro real, no surreal, no daliniano.

Me miró a los ojos como pidiéndome ayuda, como diciendo “eh, no te vayas, escúchame, estoy aquí, ayúdanos”. Lo dejamos allá atrás, solo, en esa mañana de fiesta obligada y de consignas programadas, de sonrisas oficiales y orgullo patrio tan bien interpretado que muchos se lo acaban por creer, hasta que vuelven a su casa y todo sigue igual.

Yo no sé qué tendrán los perros, ese perro negro y mudo, pero cuando veo, aquí, en Madrid, a los perros saltarines, empalagosos, a veces agresivos, otras atléticos, otras todo eso a la vez, me acuerdo de los perros habaneros, quizá los animales más tristes que he visto nunca. Tan sólo el de Julia Núñez, cuando la visité en su casa de Belascoaín, me hizo pensar que aún había perros con rabia, pero rabia de la buena.

Era un gracioso salchicha, pero ladraba como un doberman. No me gusta que los perros me ladren, ni se me encaren, pero aquella vez me gustó ver esa entereza sobre cuatro patas. Era distinto al resto el perro de Julia Núñez. Era distinto a todos aquellos perros tirados por las calles, al sol, sin ganas ni para buscar la sombra.

Tristes, pienso ahora, como el hipopótamo, el cocodrilo o el oso polar que también he visto en Madrid, pero en el parque zoológico.