miércoles, 29 de septiembre de 2010

Voces-1 te invitó a Voces-2 te invitará a Voces-3

http://issuu.com/OLPL/docs/voces1

voces 2 te invita a voces 3.......

http://issuu.com/OLPL/docs/voces2

http://issuu.com/OLPL/docs/ezine_trep_2

http://issuu.com/OLPL/docs/ezine_trep_2
THE REVOLUTION EVENING POST

http://issuu.com/OLPL/docs/ezine_trep_3

http://issuu.com/OLPL/docs/ezine_trep_3
THE REVOLUTION EVENING POST........


http://issuu.com/OLPL/docs/ezine_trep_4

http://issuu.com/OLPL/docs/ezine_trep_4
the revolution evening post.......

http://issuu.com/OLPL/docs/ezine_trep_5

http://issuu.com/OLPL/docs/ezine_trep_5
the revolution evening post............

http://issuu.com/OLPL/docs/ezine_trep_6

http://issuu.com/OLPL/docs/ezine_trep_6
THE REVOLUTION EVENING POST.....


http://issuu.com/OLPL/docs/ezine_trep_7

http://issuu.com/OLPL/docs/ezine_trep_7
THE REVOLUTION EVENING POST

http://issuu.com/OLPL/docs/ezine_trep_8

http://issuu.com/OLPL/docs/ezine_trep_8
the revolution evening post............

http://issuu.com/OLPL/docs/trep1

THE REVOLUTION EVENING POST 1

http://www.youtube.com/watch?v=WizTQ-EI40E



http://www.youtube.com/watch?v=WizTQ-EI40E

LUIS ELIGIO SIN ZENSURA EN VOCES 2


ahora la revolución es zen

LUIS ELIGIO PÉREZ (OMNI ZONA FRANCA)


( un trazo de luz en el cielo )

fragmento:

un ave vuela sobre una flor que

flota en el río la vida fluye hacia

la oscuridad que estalla

¿el resplandor te muestra el

infinito, los grandes mundos

dorados, utópicos, o te ciega

y te hace vagar en la ignorancia

de creerte en la verdad?

el maestro bastón-sable

en el aire

golpeó

al

pueblo

dos veces:

“ahora zen es revolución”

y pueblo en loto

espalda recta

mirada fija hacia el piso

con las horas pasando hasta un

nivel cincuenta que parte piernas

del dolor…

¿algunos no soportan no

poder pensar y se lanzan a la

marea sin ideas devorados son

hasta el fondo una mano

crispada un dedo cianótico

anónimos desaparecidos

dónde está el listado de sus nombres?

son víctimas:

un bloque a un lado y

un bloque adentro que no

puedes nombrar

el bloque adentro es

una sombra

el bloque adentro es

justo

el bloque zen

nómbralo y quedarás

sin amigos penitentes

aquellos que vuelan sobre

el río aplauden al bloque

y admirados no ven que

la flor ya no es loto

ya no es

ya se hunde

así uno pierde la visión

cuando el maestro bastón en mano:

“¡ahora la revolución es zen!”

y todos como náufragos

en una isla zen

en silencio

“esta posición nos ilumina”

pienso

y el bastón cae sobre mis hombros

pienso

y se parte en dos sobre mi cabeza

“ahora la revolución es zen”

“ahora la revolución es zen”

me arrastro sin fuerzas

vuelo

caigo

vuelo

me arrastro en el aire

toco el sol

¡qué maravilla!

¡caigo!

¡raspo los tanques

apesto en las esquinas

duermo sobre escombros!

no puedo decir

no puedo encontrar un sol

paso horas detenido

¿en dónde dejo caer este pesado

bulto que me hunde

por qué no quiero soltarlo?

¿¡¡¡qué le pasa a mi cuerpo

sentado

en el aire del esquema

en el aire del miedo

en el aire del control

en el aire del fatalismo

en el aire de la oveja

en el aire del para siempre o muerte

o muerte o muerte o muerte

o muerte o muerte o muerte

o siempre o siempre o siempre

la oscuridad

estallando

en nuestros ojos!!!?

MISA PARA UN MAESTRO

www.diariodecuba.com/cultura/margarita-y-el-maestro

UN VENEZOLANO EN VOCES 2



Impresiones habaneras de un yuma a la deriva

Leo Felipe Campos

A JJ y al bueno de Adín

LA MÚSICA es intermitente y también la intemperie cuando el sol se pone, que es casi siempre en los nueve días que llevo caminando por algunas zonas de La Habana.

Su malecón entero, sus 17, 21 y 23; su G y su J; su O y sus calles de títulos nobles y personas recostadas de las barandas de sus balcones. San Lázaro, Infanta, bicicletas y taxis por puesto.

Su centro y ese lado viejo, más arrugado y turístico. Su Marianao en dos guaguas dobles, autobuses con panza de acordeón y mucha gente, conversando. Su Parque Central de costado típico con José Martí otra vez al centro; el esplendor extraviado en sueños que se diluyeron con el hambre, las injusticias y el tiempo.

La Habana tiene el brillo del óxido y la sonrisa salada. Se puede fumar en todos lados y cada uno busca sombra.

Cuando pasa una pareja de extranjeros, que se multiplican como moscas, los ojos de los cubanos parecen navegar de un lado al otro, constantemente, y entonces pienso que todos han sido marineros, o que lo serán algún día.

Es la ciudad que mira perdida el horizonte con la cabeza puesta en sus recuerdos, se mueve y se mueve bien, con tantas vidas, y baila despacio hasta que llega el silencio y se instala.

No es así La Habana, como una pregunta, sino como un desespero, un arrebato, una travesura que moja sus costumbres en la transparencia del ron blanco, mientras vive su olvido con el rumor de las olas al fondo.

Si La Habana no tiene dinero porque se lo han quitado a pulso, la dignidad de sus próceres y la resistencia de sus piedras y sus brazos enormes, ancianos y fibrosos, abrazan la posibilidad de una contradicción que impresiona: La alegría triste.

Por ejemplo, la ciudad se rinde a la milanesa de cerdo entre dos panes viudos, y al pescado que envuelve una lonja de jamón y otra de queso, pero hace rato que olvidó el bistec de res, quién sabe si es por temor a perder la leche, porque en Cuba, según me dicen, uno de los logros es que todos los niños tienen asegurada un porción de leche hasta los siete años.

La Habana habla de lo que fue o de lo que puede ser, pero pocas veces de lo que es, su risa es de un escapismo elocuente, su calma es notoria. Se entrega con resignación y estoicismo al lugar común que los turistas le reservan, la reivindicación de lo auténtico como un arma en forma de postal: Un fresco-noche de paladares rubio-Europa con flashes fotográficos en la casa del negro empulserado, hombre amable, a punto de devorar en una sentada lo que la mayoría de sus ciudadanos sueña desde hace unas décadas que, más que en años, se miden en fe. Hay que agregar que en este lugar los dueños de casa comen de pie.

En la pelea estelar de boxeo del imaginario mundial, que no termina, La Habana asume el espacio del cerebro retador, la posición del David sin piedras, la palma de la mano abierta y desguantada para decirle al extranjero: aquí hace falta solo un poco de lo que a usted le sobra, pero nosotros, que nadie lo dude, vamos a ganar.

He visto a miles de personas acá, aunque he conocido a pocas. Todas con las que hablé por más de dos o tres horas continuas, o cuatro o cinco días espaciados, tienen la virtud tatuada, son respetuosos y encantadores, muy inteligentes. La calle está ganada para la gente y ellos no parecen notarlo, andan por ahí, resolviendo sus días como pueden.

La Habana, más segura que las otras capitales que he conocido en el resto del continente, es un calidoscopio de sustantivos enfrentados, una ráfaga necesaria de respuestas imposibles. Es el calor pasmoso, el pasado que nunca pasa, la soledad que regala la fama, y la ruina, o los escombros. Es un lamento cantado con sabor. Un vestido hermoso traspasado por la luz al que le sobran las costuras.

No he tenido tiempo todavía de verla con el pecho descubierto, dejando caer su ropa al piso, y tampoco lo he buscado, pero la he estado mirando con atención, lo más cerca que he podido, y ahora que lo pienso estoy seguro de algo: hubiese preferido encontrármela desnuda.

martes, 28 de septiembre de 2010

REINALDO ESCOBAR INÉDITO EN VOCES 2



La imagen del bosque, la identidad del árbol
Reinaldo Escobar

POCO se ha divulgado la vida del controvertido Juan Bautista Spotorno, un jefe de milicias españolas que se hizo insurrecto y llegó a ser presidente interino de la República en Armas. Promulgó el célebre decreto con su nombre, donde se determinaba que cualquier persona portadora de proposiciones de paz sin independencia debía ser fusilado. Tres años más tarde integró el comité que gestionó la paz con los españoles y que fuera propiciador del Pacto de Zanjón. Terminó siendo autonomista.

Puedo imaginar que en las huestes del Ejército Libertador debió haber numerosas personas como Spotorno, de quienes resulta difícil asegurar que se equivocaban cuando ellos creían estar acertados, o que estaban en lo cierto las veces que creyeron estar equivocados. Hombres llenos de contradicciones, bajas pasiones, virtudes, defectos personales y de cuanto ingrediente lleva un ser humano normal y mortal. Sin embargo, el velo de la gloria cubre a todos los mambises con la misma dignidad, porque los héroes, los mártires, son la sustancia viva de la historia en la memoria de los pueblos. Ellos tiñen con su sangre los imperecederos colores de las banderas y con sus gritos de guerra y alaridos de dolor llenan de acordes altisonantes los himnos patrios.

Cada época posee sus paladines. La lucha contra Machado tuvo a Julio Antonio Mella, luego expulsado por indisciplina del partido que él mismo había fundado, pero finalmente abrigado en su frase final: “Muero por la Revolución”. La lucha contra Batista tuvo un José Antonio Echevarría, católico ferviente que nunca hubiera aceptado la imposición del ateísmo comunista, pero que no pudo ser sacado del panteón revolucionario porque murió acribillado a balazos con una pistola en la mano.

Una vez le oí decir a un condecorado de Playa Girón haber sido testigo de que no todos los fallecidos habían caído combatiendo de frente y lo mismo escuché de un veterano de Angola, donde hubo casi más bajas por accidentes, asesinatos y fusilamientos, que en acciones bélicas. Pero la gloria, aunque no logre ser eterna, es generosa y basta haber muerto en el lugar y en el momento preciso para ser bendecido por ella. Los vivos son los que luego tienen problemas.

La mayoría de los altos oficiales del Ejército Libertador que sobrevivieron a la guerra terminaron, salvo honrosas excepciones, desilusionados o corrompidos en la República. El escenario se repite una y otra vez. Muchas veces me pregunto ¿qué estaríamos diciendo ahora de Camilo Cienfuegos si hubiera seguido repitiendo durante 50 años aquello de “Vas bien, Fidel”. Los turistas no comprarían hoy las camisetas con fotos de Che Guevara si todavía lo tuviéramos al frente de algún ministerio, que sospecho tampoco funcionaría. El epíteto que engloba a una pléyade de héroes casi siempre le queda inmenso a cada uno, pero la culpa no es de ellos sino de los propagandistas de una u otra índole, que se esmeran en inventar calificativos de angélicas vibraciones, ajenos casi siempre a las miserias humanas, a los apetitos, a los vicios y resabios que nos hacen inmerecedores de toda aureola.

Ahora mismo, la tardía cordura gubernamental está a punto de desmantelar el episodio de los 75 encarcelados de la Primavera Negra de 2003. Dentro de poco tiempo dejarán de ser “los defensores de los derechos ciudadanos, víctimas de la cruel represión de la dictadura” para ser, para volver a ser, ellos mismos.

Se aproxima el momento en que descubramos que entre ellos puede haber uno que no sepa en cuál letra lleva acento la palabra política y otros que no quieran volver a oír nunca más el nombre de Cuba, y no dudo que haya alguno que quiera ahora divorciarse de su Dama de Blanco, la misma que domingo por domingo, durante siete largos años, fue a la iglesia de Santa Rita a orar y a gritar por su libertad. Los habrá que digan una tontería en su primera entrevista o que firmen lo primero que le pongan por delante.

Habrá de todo, porque de todo hay. Pero quiero que se sepa una cosa: para mí, que tampoco soy perfecto, seguirán siendo “los 75”, ese grupo que nunca estuvo junto en ninguna parte y donde probablemente no haya tres que se puedan poner de acuerdo en dos puntos. Pase lo que pase con los árboles, ese bosque estará en mi corazón.