viernes, 29 de octubre de 2010

UN SOLÁS DE SÁNDALO


ESLINDA DE NOVIEMBRE
Orlando Luis Pardo Lazo

Hay un mes del mundo en que yo veo una película cubana. La veo en formato paleolítico, en VHS, el único que conserva los grises medios del film, sin esos alto-contrastes de la copia digital. Una película cubana de los años 70 y, como tal, una película cubana censurada energúmenamente en su momento. (Hasta su director la ninguneó en sus entrevistas, pero es el ICAIC quien deberá pedir públicamente perdón ―y no sólo por este caso― si es que quiere existir en la forthcoming Cuba que casi se anuncia ya.)

El mes del mundo es noviembre. La película es, por supuesto, de Humberto Solás, el director cubano que debió ser nuestro mejor realizador, el más sensible y sutil, el de potencial político menos panfletario (un tic defectuoso de Titón), hasta que el Síndrome de las Megaproducciones histórico-novelísticas lo sedujo y lo fulminó. Mala compañía para el cine son la historia y la literatura cubanas, con millones de peso pero en moneda nacional (sólo de interés numismático).

Hablo, casi ya en otro de día de noviembre, del filme Un Día de Noviembre que nunca se estrenara en 1972. De hecho, a pesar de sus exhibiciones póstumas muy de vez en cuando, técnicamente Un Día de Noviembre todavía no se estrenó. Además, no me da la gana que se estrene jamás. Ese hueco negro la protege de la burocracia y el vulgo.

Lucía, un nombre que arrastramos desde Lezama Lima (acaso por la aliteración de la L), rebota aquí mejor que en las tres Lucías de unos años atrás, en la década prodigiosa de los 60. Pero esta Lucía linda tiene más musarañas en la cabeza y mucho menos que hacer dentro del argumento. Eslinda Núñez ríe. Se “supera” como mujer, supura scent of mujeridad. Flota, fuma, fornica (la escena de sexo es maravillosa a pesar de haber sido pacata y perversamente picoteada por quién sabe cuál Premio Nacional de Cinetijeras).

El actor protagónico no actúa ni protagoniza nada. De hecho, era un amateur. Un hombre bello del que se enamoró el ojo intuitivo de Humberto Solás, aunque después se arrepintiera por los pasillos (el amor en la Isla es desmemoriado desde antes del verso de José Martí). Para mí, un papelazo perfecto, precioso. Casi un conductor que se mueve entre actores de verdad, presentándonos una Cuba proletaria que parece europea mientras él espera su fin. Se muere, no come nada. Y el clima otoñal como hace décadas no ocurre en Cuba. Y los recuerdos revueltos de la guerra en el clandestinaje. Y una infancia de arenas. Y el sonido que recoge más bulla de barrio que los diálogos de la diégesis. Y los pinos (alguien tendrá que explicar la aversión de la Revolución cubana hacia los pinos, que ya sabemos que ni siquiera lo son). Y otra vez Eslinda Núñez, Eslinda forever, Eslinda superstar, fría como de neón, delineada, labios a pincel japonés, piel transparente y un chorro de asfalto libre su pelo, con saya (cuando la saya era toda una declaración de erotismo), una Eslinda Nunca a quien desde 1972 espero sentado en un banco de parque para ofrecerle la fosforera adolescentaria de mi corazón.

Veo el mar de La Habana y veo el mar de Matanzas. Yo tenía un año en noviembre de 1972. Pero lo recuerdo todo mejor que el cretinismo que recopilo lo mismo en las guaguas que en los cines de hoy. Esta es la película cubana de la soledad socialista. No bastó con el entusiasmo de ponerse a construir la sociedad mejor. La tristeza se queda. Es pegajosa como un slogan. Mientras más libres, mientras más reprimidos, mientras más jóvenes y saltarines con música anglo (entonces también prohibida), peor. Nada nos consuela. Todo es triste (es un verso de Virgilio Piñera). Y esa tristeza se la perdió de punta a punta el relato propagandístico de una Revolución con vocación de carnaval, donde “la fiesta innombrable” de Lezama Lima, es rematada por los siguientes versos de esa misma estrofa: “un redoble de cortejos y tritones reinando. La mar inmóvil y el aire sin sus aves, dulce horror el nacimiento de la ciudad apenas recordada. Las uvas y el caracol de escritura sombría contemplan desfilar prisioneros en sus paseos de límites siniestros, pintados efebos en su lejano ruido, ángeles mustios tras sus flautas brevemente sonando sus cadenas”. (¿Nacer aquí es un fiasco innombrable?)

Noviembre tras noviembre (a mi padre le gustaba un film yanqui creo llamado Dulce Noviembre), me siento ante el video VHS y rezo para que el cassettón no tenga hongos o esté muy rígido de polvo y olvido. Doy Play. Casi siempre pasada la medianoche, como ahora, y dejo correr esas escenas de un mundo perdido pero nunca podrido en mi imaginación. Los mismos temas, pero todo desvaído, suave, y a la vez hiperreal. La música que es de Leo Brouwer y del universo en pleno. Las camisitas paupérrimas, la corrección como último resquicio de civilidad. Como si los revolucionarios de aquella época (porque se asume tácitamente que todo ser en pantalla lo tiene que ser) fueran un tin náufragos todavía con la esperanza de recalar en un puerto seguro. Como si la vida, detenida momentáneamente por el vértigo de la Revolución, estuviera a punto de comenzar de verdad.

No sé. Cuando Eslinda y Esteban cruzan sus cuerpos yo ya no doy más. Cuando Lucía y Bello se funden en primer plano de manos tras toparse entre las rocas violentas de un clima de fiordo, Orlando Luis comienza delicadamente a llorar. Alguien tiene que hacerlo en medio de tanto resabio y tanta resequedad. Que se burlen ahora los patrioteros de la guardia web siempre en alto (la guarida de Lagarde y sus lameguardias). Que vociferen (sólo yo los escucho) que los mercenarios no tienen memoria ni derecho a un pañuelito de holán fino por la Libreta. Y que se jodan también, por supuesto. Porque el dolor es la única patria que nadie me podría comunizar.

Un Día de Noviembre merece un remake. Un remake rodado en el exilio, se entiende (la original también fue rodada desde el exilio de una urbanística desconcertante, modernamente acubana). Una película que no repita rostros, sino que los descubra. Cuyos caracteres tal vez no tengan que repetir los parlamentos de 1972, sino simplemente mirarse a la cara (otra virtud de Humberto Solás), saber que el tiempo corre y es desesperante seguir estando en la misma escena ya obscena, angustiarse de que todo sea tan simple y sin embargo siempre nos sale al revés, y recordar además esos rostros que abandonamos en un apartamento de Cuba para irnos a envejecer a ninguna parte en especial.

Ningún crítico de cine podría entender de qué se trata. Ningún espectador profano o erudito coincidiría conmigo. Ningún tirador de sala oscura dejaría de acosar cuerpos por esta película en blanco y negro cuyo original en celuloide acaso ya se fermentó (como medio archivo del ICAIC en los ex-estudios de Cubanacán). Esta columna es entonces privada. Un secreto con esencia de sándralo que sólo tú sabes a qué sabe.

lunes, 25 de octubre de 2010

CRÍTICA DE LA REPRESIÓN PURA, SEGÚN KENTS






I KENT GET NO SATISFACTION

Orlando Luis Pardo Lazo


Domingo tras domingo, los dinosaurios Kents ocupan el sótano del Teatro Nacional, a un costado de la desierta Plaza de la Revolución, en el ya clásico Café Cantante.


Treinta pesos cubanos por persona. El lugar se abarrota. Hay oscuridad y aire acondicionado: dos motivos más que suficientes para reincidir, pues en Cuba no es fácil hallar un sitio donde esconderse aunque sea unas horas.


Y allá vamos, compelidos por la realidad rala de otra tarde tediosa de la patria. Entramos y compramos cervezas en moneda dura. Glugluglú de levaduras y holas y abrazos y besos en los labios a la primera oportunidad. Todos nos queremos so very much, babe… Y pegamos el cerebro a los bafles hasta que la memoria hace plaff y de pronto ya no sobrevivimos en esta Cuba caduca de los años cero, ya no deshabitamos más la carroña post-dos mil nada, sino que somos también saurios de aquel siglo XX que todos llevamos clavados como un acorde sicodélico en nuestro corazón.


Oh, yeah…!


Es un milagro que estos cincuentones todavía tengan tanta energía. Mueven la atmósfera imitando a los ases de los años sesenta y setenta y un poquitín más acá. Pero hasta ahí nos llega la chapurra borrachita de esa lengua sagrada, el inglés. De los noventa hasta hoy no nos interesa el metal ni tampoco lo alternativo. Los domingos son el pasado de la música rock. Señoras y señores, frikis de toda estirpe y calaña y clase social: la máquina del tiempo es un hallazgo musical de nuestra resucitada Revolución. Y, por primera vez en el sistema socialista mundial: ¡funciona…! Fuck!


La fauna baila con locura. Todos se alternan en el areíto, tal vez arockíto. Todos flirtean con todos dentro de los límites sub-hippangos de nuestro machismo materialista. No somos, pero simulamos ser una comuna. De vez en cuando un burócrata de efemérides usurpa los micrófonos de Kents y pega un chillido ridículo, risible: el oficial de civil da vivas a la Unión de Jóvenes Comunistas u otras organizaciones que apoyan o permiten la Peña; nos impone la idea de que sin la institución no sería posible un espacio así; finalmente cita una consigna cultural a nombre del Premier o de su Rockvolución.


No sabemos ni nos importa su monserga marxistoide. No escuchamos ni lo escupimos. Lo dejamos bajarse del escenario, porque al fin y al cabo así él se gana su salario, y es obvio que el pobre no sabe ni el sabor de lo que pronuncia. Debe ser un bisnero que trafica ron o algo metabólicamente más pulcro y estimulante. Un hipócrita que se aprovecha de cada contexto histórico. Un nadie de la masa. En cualquier caso, ese hombre está loco. De (buena) suerte que seguimos cabeceando y buscando algún par de ojos tristes de los cuales enamorarnos por enésima vez. Behind blue eyes.


Ahí están los perennes personajillos a medio camino entre lo patético y lo patológico. El que imita a Michael Jackson. El que imita a un (o en uno a los tres) Bee Gees. Y las uñas no de Oz ni de Ozzy, sino de la wizard Mogly de esa que imita a Tina Turner, pasadita de libras y tragos y, desafortunadamente, cacareando que ella es la dueña de la Peña de los Kents, que nadie la roce en la danza o en el delirio, que llama a la seguridad con una palabrota en cubano. Y para colmo, la llama de verdad, y vienen los gordinflones goonies, cada cual con su quincuagésimo Dan de la escuela de la chirinoseguridad, y todo se jode. Peace, Love and Freedom se van por la papelera de reciclaje del bañito donde muchos van a matarse las ganas de cualquiercosario.


Octubre 24 de 2010. No es la primera vez que estos tipos se comportan como lo que son. Goriletes gore. Los he visto empujar o reducir a loquitos sobre el escenario. Tienen que justificar sus músculos y no entienden. Los Kents siguen tocando como si tal cosa. Los Kents tampoco quieren entender. Parece que ellos deben preservar su cachito de Cuba a toda costa, bastante trabajo que les costó la contrata, cuando a ellos nadie los defendía del Estado, entre otros etcéteras justificativos de la insolidaridad insular.


Shit!


Y para afuera los sacan. A los denunciados sin prueba por Tina Turner. O los persuaden de que deben conversar (eso es típico de nuestros órganos de seguridad: se la pasan conversando para convertirte). Y allá afuera le informan a los jóvenes que están expulsados del Café contante y sonante.


Todo se precipita como en el trasheo de una tragedia speed. Los fortachones se identifican sin carnets como de la Contrainteligencia (palabra que siempre me remitió a lo contrario de la inteligencia, a lo bruto de la barbarie en este caso sin barba). Basta para creerles por sus peladitos cómicos y sus pullovers de rayas. Sigue el careo con los varones y las chicas toman la iniciativa más incivil (son Señoritas de Blanco): asaltan los micrófonos y denuncian la expulsión arbitraria, mentirosa por lo demás.


Por supuesto, apagan el audio y las empujan. Las enredan con un cable que luego dirán que fue roto por ellas. Los Kents casi aplauden. El guitarrista Dagoberto Pedraja le recuerda la madre a una muchacha tres décadas más joven que él, que no sabe que se conocen, pues está muy tocado, pero sí, se conocen de bien atrás. Otros Kents alegan que no les incumbe la botadera de fans, que eso pasa siempre en el capitalismo y que los boten y bien, si se lo buscaron. Lo que empezó como un despotismo despotricante de la falsa Tina Turner cubana, ahora es un maratón del matonismo en los tiempos de Kents. Las víctimas son culpables de incomodar a los verdugos. En verdad, Cuba cava aunque nunca acaba con su propia tumba.


Alguien desconocido saca una bandera norteamericana entusiasmado por una gran banda de música norteamericana y todos temblamos entonces al compás compatriota de una American Band. Es el caos. Es el colmo. Llaman a una patrulla. Mezclan a dedo las acusaciones. Los expulsados de la primera ronda se suman a los de la bandera. El sótano se me hace una encerrona. Un grito recuerda que Lucius Walker también era norteamericano, y que la bandera yuma en sí misma no debiera constituir pecado. La cosa huele a política. Los policías comienzan con su ritual: esposan al primero que se les para delante y lo remiten de cabeza hacia la Estación de Zapata y C.


Atrás queda el gallinero de comentarios. Ponen música grabada. Los Kents estarán muy encabronados pero no tienen cojones para seguir, cabizbajos ante la Administración al parecer del MININT. Nadie en el público protesta demasiado. Otro grita que ojalá se enteraran los de Derechos Humanos (yo me enteré, pero no soy de los Derechos Humanos).


Conozco al esposado y camino detrás de la patrulla, Paseo arriba, pero cuando llego, la carota de bombillo ahorrador del recepcionista me trata como al consuetudinario comepinga (ahora luce al revés en el texto, pero allí yo era en efecto ese comepinga, y bien me pudo exigir el carnet o dejarme retenido por tanto averiguar). Post-data interior: ¿por qué son tan feos los policías? ¿o es la luz mortecina la que los cadaveriza?


Lo cierto es que, ignorando su condición de agente del orden público, el uniformado me miente casi con amor. No han llegado. No están aquí. Me adelanté al Geely a tope de velocidad. Debo esperar. (¿Esperar qué si no están aquí?) ¡Ya llegarán pronto!, me fulmina el Cabo Pinocho, y yo cruzo la calle Zapata y me pongo a llamar bloggers por teléfono y a pensar en twittear, como si con desahogarme fuera a conseguir que mi amigo desaparecido aparezca.

Pero es así. Al rato mi amigo aparece en el lobby de la estación de Zapata y C, cerca de la hora con ira del cañonazo. ¡Sí estaba allí! Dan ganas de demandar al recepcionista por No-Idoneidad o perjurio. Pasaron sus datos por la radio-planta y estaba limpio de antecedentes penales (¿y si estaba sucio qué? ¿cuántas veces en Cuba se paga un mismo delito? ¿o es acaso un chantaje a perpetuidad?).


Nos alejamos rápido. Lo noto paranoico y no quiere contar demasiado. No fue nada. Ni siquiera una multa. Un error: el horror siempre lo es. Al menos no lo tiraron muerto en una cuneta, podrá justificarse ahora el Ministro de por ejemplo la Música.


No acuso a los Kents, los excuso. Ahí se quedan con su Peña pobre y las amenazas de sus secuaces de que no nos van a dejar entrar más (¡eso habría que verlo, compay! Miren que horno no está para más presitos). Ahí los dejamos con sus covers cómplices Made in Kentucky. Cómanse su excusado del Café Cantante domingo tras domingo, a un costado de la Plaza desertada de la Revolución.


Por supuesto, esto no es un volante de boicot. Al contrario, están todos más que invitados. Se cobra cara la entrada, pero no la patada por culo de expulsión. To be or not to be: that is the Kentsion!