martes, 18 de enero de 2011

TANATARJA


POR UNA LITERATURA SECRETA

Orlando Luis Pardo Lazo

Allí donde todo es ley, todo es luz, todo es legible. Allí no podría habitar.

Fotofobia o logofobia, llámesele como a cada quien le parezca peor. Igual los espacios civilizados llegan a ser tan intolerables como el desierto. El proceso civilizatorio como rebosamiento de la memoria, como compactación de la lucidez que enseguida provocará el vómito, el vaciamiento, un bodrio.

Tener contemporáneos termina siendo un tara tétrica, terminal.

Crecer como cuerpos es ya un crimen. Crecer como pueblos, una atrocidad. No hay sitio nunca para el yo en ningún caso. El yo es eso, supongo. La exclusividad del no lugar.

Y encima la maldición del lenguaje. Un chorrazo de sentido que coge presión y sale, estertor seminal, confusión de significados y energía mitad sónica y mitad sentimental.

Y el silencio que nunca llega, ni siquiera cuando el dolor lo humilla.

Y allá afuera la lluvia o la noche o la atmósfera o unos pasos o lo que no tiene forma o las siluetas de los ausentes o el frío o la bulla o quién sabe si todavía Cuba o alguna vez la Revolución.

Escribir es caos. Escribir es amar. Escribir es siempre escribir por primera vez. Escribir es siempre también escribir por última vez. ¿Escribir es esto?

Lo oscuro. Escribir es iluminar y yo violento esa sinonimia para que se instaure lo oscuro. No quisiera dejar nada en claro. No quisiera que me vieran bien.

Umbra. Eclipse. Foresta tupida. Caverna donde meter la cabeza. Negro alveolar, respirable. Plumón negro.

¿La muerte era esto?

Olas de sombra. Sueños enquistados en sueños. Alas como lagañas.

¿Y ahora qué más, hasta cuándo, cómo?