domingo, 6 de febrero de 2011

ESTA NO ES LA NOVELA DE LA REVOLUCIÓN ( 6 )


( ...CAPÍTULO 6... )

Orlando Luis Pardo Lazo


Una mujer cubana se mata. Salta como un pájaro desorientado desde su apartamento del FOCSA, rascacielos enano heredado de un capitalismo también enano. Enajenante. La piscina vacía se humedece por primera vez en décadas y décadas de abandono colectivizado.

Un comerciante de Nuevo Vedado añade tinte de pelo rojo al puré de tomate sin tomate que luego comercializará en un agromercado estatal donde luego irán las esposas con hijos de los militares. La policía lo arresta un domingo. El comerciante alega que no hay sustancias tóxicas, sino maneras tóxicas de emplearlas. Clama inocencia respecto a su tinte de tomate sin tomate.

Un pordiosero me pide un peso. Se lo doy. Todos los días reparto decenas de pesos entre la indigencia local.

Ipatria me golpea con el puño cerrado. Yo la abofeteo de vuelta. La abrazo. Escupo sangre y le pido perdón. No sé bien por qué, pero le pido perdón. Nada de esto debió ser real.

Vivo. Estoy vivo. Como los gallos que desafinan en los traspatios de Lawton.

Cantarle a la mañana. Qué imagen. ¿Cuántos octosílabos no se habrán rimado en Cuba a partir de patrañas así? La mañana se anuncia con un trino. Al cantío de un gallo. Quiquiriquí. Arroz con país.

Todo rima. Todo encaja en décimas y seguidillas y slogans y titulares. Todo es ritual, retórica de la Revolución.

Me zumba un millón de abejas en los oídos. Un ejército de alacranes en la sien. Crustáceos bajo mis pómulos y reptiles ácidos en el esternón. Zoológico de mentiritas para no nombrar la verdad.

Muero. Me estoy muriendo. Como los puercos que desafían sin éxito a los cuchillos del barrio.

Mi teléfono tiene salida internacional. 119, mundo. 34, España. Marco el celular de JAAD.

Timbre. Cuelgo. A la mierda con la Madrastra Patria.

El pasillo de mi casa de tablas se llena de un humo de amanecer. Vapor, rocío. Coge presión la belleza de estas líneas tan cíclicas. Retumba en mis venas la verdad. Alba, agonía. Tun-tún, ¿quién era?

Orlando se acuesta.

Es lindo imaginarlo en vértigo desde las vigas machihembradas del techo, tendido sobre la sobrecama en tinieblas, un cuerpo tan pulcro y horizontal.

Orlando fosforescente. La pelambre como de algas. Medusa a punto de renacer cadáver. Orlando afásico.

Es inimaginable imaginarlo a esta hora sin hora, las cinco y algo de la madrugada cubana.

Orlando se pone bocabajo. Se ovilla. Un feto sin consonantes. Oao. Una interjección sin vocales. Rlnd.

Reiterativo hasta el cansancio. Irreconocible.

Sus nalgas de hombre, humanas, devorando el resto de su desnudez. Los restos de su mudez.

Orlando no tiene manos. Sus brazos están sepultados bajo su cuerpo raquítico, bajo su biología de atleta ideal, bajo su piel perfecta y llena de irregularidades. Manchas, puntos, dobleces, granos, cicatrices, biopsias.

Orlando baila.

Su espalda se curva. La columna vertebral abofada, la piernas estiradas hasta reventar de deseo los tendones.

Orlando se queja. Se desploma. Hace un nido de esperma y sábanas. Un amasijo de olores acumulados bajo el frío del falso invierno que entra en lonjas por las persianas.

Se queda rendido.

Es natural intuir que no está dormido. Que la muerte es tramposa como los sueños. Que Orlando ha dado un mínimo, imperceptible relincho de dolor y ha dejado magistralmente de respirar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Es ese tu cuarto, Orlando? Es ahi donde anidan las musas con latigos?
Gracias, hermano, por la poesia.
Javier