jueves, 21 de abril de 2011

D




Sé que te amé porque todavía recuerdo el color de los días en que pasaron las cosas. Un color como el de mis ojos cuando les da el sol muy temprano.

Era la primavera raquítica del 2007. Tú no te habías graduado. Estabas enferma, muy enferma. Con riesgo de no poder graduarte (total, de una Sociología más bien sicodélica) y Fidel había muerto varias veces meses atrás, por lo que La Habana nunca estuvo tan sola y tan esperanzada de no estarlo más. Nunca más.

Hoy, lunes, como la primera vez que dije mentira por ti, anochece de nuevo como si nada en Alamar, mientras yo atravieso el parque de los pinos donde enterramos un pajarito amarillo que, no lo sabíamos entonces, murió para que no muriésemos de verdad tú y yo, para que sólo muriera el amor y lo enterráramos con lágrimas mudas, una de esas últimas tardes entre las raíces con olor a orine de los borrachitos sin patria de una zona sin número de Alamar.

Sé que te amé, y que ese amor a prueba de nosotros me hizo mejor que tú, incluso traicionándote como te traicioné, que es mi manera más sincera de amar a pesar de mí.

Adiós, Alamar, pienso ahora, y dejo correr los acordeones chinos y los almendrones americanos. No tengo prisa por regresar a La Habana. Nadie me espera tampoco hoy.

No me había despedido de Alamar después de tanto estar bien y solo, sin extrañarte, sin el desasosiego de no saber de ti cada fin de semana (es un ejemplo), sin la tristeza que nos caía de vernos juntos aún, caminando de la mano o besándonos con una languidez espantosa pero irrenunciable en este mismo parquecito arrasado por la desidia en tiempos de Revolución, sin pensar que los años pasan y no perdonan (es otro ejemplo), sin tener que hacerte fotos que después sería inútil intentar olvidar, sin aquel odio epiléptico que nos desfiguró el corazón y a mí por lo menos me hacía mirarte con una misericordia que a mí por lo menos me daba ganas de amarte más, sin no sé qué más añadir ahora, de pie en la misma parada de la otra década, supongo que añadiría por supuesto que sin dolor, porque el dolor es lo primero que muere cuando estamos tan vivos.

La memoria aterra. Da la impresión de que sólo se vive una vez en la verdad (sin saberlo), y ya después toda experiencia es parodia.

Pero de pronto un brisa con sabor a resina de coníferas y el gris asesino de la arquitectura socialista de cajón, pero de pronto un banquito sin tabla o piedra donde sentarse y los gritos de balcón a balcón de mujeres que recogen a su prole para bañarla y alimentarla siempre de frente al televisor (el espacio de los apartamentos te obliga a esa vidita estatal), pero de pronto la imagen de tu cuerpo tendido abierto como un cadáver exquisito bajo mi lengua (la lengua que tanto desprecio se ha ganado desde entonces por aburrirse a lo bestia dentro de mi boca), son suficientes para despertar a la recurrente realidad de que es imposible despertar de la realidad. Lo que fue nunca ha dejado de ser increíblemente. Así de infernal será entonces cualquier visión humana de la eternidad.

En unas semanas o meses del 2007 te escribí seguro que millones de letras. En primeras páginas, casi todas. Creo que te mareabas. No sabías cómo salir de esa lectura en círculos que hoy tal vez quisieras reciclar como turismo de la nostalgia. Millones de letras, en primeras páginas. No tengo nada más que añadir a estas alturas de la aridez. Estas letras, si acaso, que no son ni miles, y te juro que sí serán las de nuestra última página.