domingo, 19 de junio de 2011

MONEY IS A HIT.. (AND A HASHTAG!)



Orlando Luis Pardo Lazo

La dictadura del mercado. He oído incontables veces la frase, en aburridas reuniones de esta o aquella institución estatal. El mercado mutila y mata a los mejores. El mercado es una de las múltiples máscaras modernas de la mediocridad. El mercado es mierda, mi amor.

Invariablemente me he sentido culpable en esos locales oficialistas. Un bicho hipócrita en medio de los aplausos al unísono. Un oportunista que en su fuero interno sólo desea triunfar y triunfar. Un arribista sin talento (en sus dos acepciones: la espiritual y la numismática). Alguien que debía renunciar al carnet de su gremio (la UNEAC) antes de ser expulsado del sacrosanto templo amateur de la cultura nacional. Un mercader de mierda, mi amor.

Después crecí y me hice adulto mental (¿metal?). Vi cómo mis compañeros rasgaban sus vestiduras obreras para salir de gira a cualquier simposio o feria del libro en el extranjero, eventos corruptos de capital en chequecitos insolidarios a nombre únicamente del autor. Vi cómo se desvivían a mi alrededor para hospedar hasta la humillación a los visitantes con dólares traídos a nuestra patria desde ese “absurdo Primer Mundo”. Vi cómo edulcoraban el relato retrovolucionario de nuestra rala realidad con sus sonrisitas subnormales en función de guía turístico. Vi que existía el dinero más allá del arte y los discursos paternalistas de los ministerios del arte. Y vi que el dinero era bueno, mi amor. Y un derecho del pueblo.

Así me convertí en un radical de los derechos de autor en el campo de las letras. Teoricé disparates lúcidos al respecto, como esta columna misma. Concluí que no hay autor sin derecho de autor. Que la dictadura del mercado es inexistente o imprescindible para resistir ante otra dictadura mucho peor: la del voluntarismo burócrata. Por eso en Cuba no hay best-sellers. Ni buenos lectores. Ni críticos creíbles. Ni cuenta la opinión o el prestigio pensante de ningún escritor (la policía política los considera, no sin razón, volubles e irresponsables: una intelectualidad pioneril). Por eso no se gasta nada del presupuesto gubernamental en campañas promocionales que legitimen nombres o conformen la moda de cada temporada. Por eso el campo literario insular es tan insulso como insultante, literárido. Por eso la insolidaridad zoocialista. Por eso también el miedo a descubrirnos de pronto en un páramo político de sinceridad, entre los aplausos unánimes de nuestra expulsión de un gremio grotesco pero gratificante: concursos, cargos, (con)jurados, carticas de invitación, en fin El Mal... Por eso la fuga y jamás el robo de cerebros hacia el “mundo real”. Cuba, qué triste es Cuba, mi amor. Quien la ofende la quiere más.

No creo que las nuevas generaciones vengan con valores ni con valor para dinamizar y mucho menos dinamitar semejante abulia absoluta. De radical devine ahora en residual. Hice mi nicho nihilista, cavé mi catacumba creativa, atesoré 30 o 300 o 3000 monedas duras y me compré al cabo un carísimo un casco de irrealidad virtual. Soy feliz, soy libre, soy intocable, soy inmortal (¿inmoral, mi amor?).

El estado de cosas, dicen. El estado del alma, dicen. Ja. La dictadura del mercado, dicen. La dictadura del proletariado, dicen. Je. La sociedad civil, dicen. La guerra civil, dicen. Ji. Responsabilidad, retórica. Jo. Generación, degeneración. Ju.

Pero a veces, mi amor, sólo a veces, en mis lúgubres noches de escalinatas mudas en Lawton, cuando la luna límite no es loca sino locuaz, un lobo estepario salta con sus garras desde mi garganta. Una bestia pura de la barbarie. Sin tapujos ni tabúes ni pánico a los hombres que matan y mienten sólo por mezquindad. Un lobo pardo libérrimo, lúcido y lúdico. Sin estilo ni estética, sin edad. Un animal acelerador de ideas e imágenes (la belleza de la poesía no es más que eso: la verdad de la velocidad). Un mamífero que aúlla, pero de pronto ya no huye. El último de los mohicubanos. El dolor hecho carne esta madrugada, mi amor. La carne hecha texto antes del alba, mi amor. Cara a cara y cuerpo a cuerpo y Cuba a Cuba a diario, mi amor. Y entonces, sólo entonces, esperanza y enfermedad dejan de ser sinónimos en nuestro futuro que nunca fue. Y entonces, sólo entonces, me siento bueno y real en medio de lo no tanto. Y entonces, sólo entonces, me perdono con una oración materialista que siempre deja un pupitre vacío, de propiedad estatal, por si una de esas madrugadas de muerte quisiera sentarse a mi lado Dios.