sábado, 10 de septiembre de 2011

DEL DESAMOR Y OTROS DEMONIOS


IGLESIA CERCADA, CIELO CIEGO, YO PRONUNCIO TU NOMBRE EN LAS NOCHES OSCURAS

Orlando Luis Pardo Lazo

He estado en esos cultos. Un amor una vez me obligó a asistir a una de esas capillitas por cuenta propia, en la frontera fangosa entre Juanelo y un barrio anónimo de San Miguel del Padrón.

Era un amor enfermo, en todos los sentidos. Le dolía la columna, todavía le duele. A principios del 2007 la medicina cubana no alcanzaba ni para darle un diagnóstico a medias. Y entonces mi amor desesperado oyó hablar de un pastor que viajaba medio mundo curando con la palabra potenciada por el evangelio viviente de sus manos. Y allá fuimos, mi amor en trace de muerte y yo. Al culto. A cantar. A caernos de espaldas si el pastor nos curaba su columna vertebral.

De noche, a la luz de nada. Como ahora.

Fue horrible. Todo era allí demagogia de imbéciles. Al menos la Iglesia Católica, de tanto contraer su universo divino, casi ya ha reconocido implícitamente que la Biblia es un libro sin Dios. Pero aquel Pastor, en efecto, contó por un micrófono sus experiencias de sanación en Nueva York y en el resto de medio mundo, entre aleluyas y otros lugares comunes que no significan nada, excepto el dolor y el daño íntimos de este pueblo, de todos los pueblos que nos hemos quedado tan solos con el Estado. Tan solo con el Estado.

Había un video-beam o data-show, un aparato que antecedía al boom local de la USAID en la Isla. Había una cámara y muchos cables. Y sobre la tela podrida se multiplicaba la carota en tiempo real del pastor particular de aquel culto protestante hoy con raíces en toda Cuba y América.

Gritaba horrísonamente. Vi al diablo en sus ojos, en su prepotente humildad, en su ropaje con cinto por encima del ombligo y su camisita de Seguridad del Estado. En su relojazo de oro o imitación igual de cara. En su adultez (mi amor era tan adolescente que). En su lascivia (mi amor era tan limpio que). Algo perverso me daba arqueadas en aquel discurso que culminó conminando a la audiencia a la exclusividad de ser sanada por él (mi amor estaba tan enfermo que). Su audiencia robada al medio siglo de Revolución Socialista: la pobre gente que nunca del todo se alfabetizó, aunque vinieran de la mismísima universidad gratuita.

La gente se veía realmente mal, necesitada de consuelo, tal vez al borde ya del colapso. El pastor sería apenas un catalizador de la histeria colectiva. Miré a mi amor. Miré mis manos en ella, sobre sus hombros ganchudos, de ave lánguida y rapaz. No le pedí que no se dejara tocar por el energúmeno que balbuceaba versículos santos. Mi amor, vámonos de este infierno, por favor, nunca le dije. No tenía tanto derecho sobre la pena que le partía los huesos en dos, irradiando su ingle y sus muslos, haciéndole odioso incluso hacer el amor. Incluso ser el amor.

El pastor la empujó por la frente y dijo un anatema de mierda. Casi le doy un puñetazo, pero pronuncié unas pusilánimes gracias. Mi amor no cayó hacia atrás, como el resto de los sanados. Y el resto de los sanados la miró entonces como una poseída, como un peligro para sus remedios instantáneos contra las caries o el cáncer, como una intrusa que rompía el cien por ciento de efectividad de su demonio en jefe, como una puta que singaba fuera de comunión con la secta (por eso seguro era justo su castigo celestial).

La abracé. Fuerte, fuerte, fuerte. Le hice trizas los nervios apachurrados por su propia columna. Le dije, ahora sí: mi amor, vámonos de este infierno, por favor. Y ella me miró con esos ojos que ya se alejaban de mí, y su mirada era vidrio salpicado de lágrimas, y reconocí que ella no se reconocía ya en los míos como al inicio, que su desesperación era mi fin, que contra la desesperanza no hay deseo que sobreviva, y mi ex-amor me dijo: no sentí nada, sigo igual, siento que me voy a morir, siento que me voy a volver loca.

Y, claro, los dos lo estábamos un poco esa noche. Locos. Dos cubanos preciosos y súperinteligentes, dos seres sacados del futuro que nunca fue, los dos humillados por aquella bazofia. Fui fascista esa madrugada y muchas otras. Tuve una alta graduación en la Seguridadsísima del Estado. Hubiera podido dinamitar esa secta y muchas. Infiltrarlas y llevarlas a un juicio bien trucado, como todos los de tema político en Cuba. Leí aquella congregación y a todas las similares (y de más dinero y hasta con representación parlamentaria) como enemigas de la belleza libre de mi país. Las vi como un tumor tétrico y manipulador, oscurantismo de medio milenio atrás. Ni pinga. No quería que mis hijos con el próximo amor conocieran ni de refilón una masa amorfa así. No quería que la noción humanísima de su Dios, fuera cual fuera, se les adulterara con una liturgia de heces represivas así. No quería más fealdad que la de la realidad.

(Para no hablar de las historias de exorcismo y de detección de demonios entre los fieles, y de cómo se expulsaban hipócritamente a los demonios o hijodeputamente a los fieles.)

Recuerdo todo esto después de temblar. Ha sido un día de muerte. Murió o mataron a un travesti en una estación policial, a solas. Otro cubano sin testigos queridos en su agonía final. Un país no hace eso sin que deba renunciar desde el Máximo Líder hasta el basurero de la funeraria. Un país depende de cierto rubor moral ante la desgracia o el abuso con el compatriota. Por eso nuestra nación ya se desvaneció. Lo digo en serio, no se hagan ilusiones. O háganse solamente ilusiones. No habitaremos nunca más en ninguna Cuba. Estás leyendo tu testamento.

Y, un poco más tarde, la avalancha de sms inentendibles. Un pastor. Una iglesia protestante. Asamblea de Dios (prefiero de corazón la Asamblea del Partido, es más coherente este segundo absurdo). Tomada. Secuestro. Rodeada. Francotiradores. Secta. Dinero. Provisiones. Desalojo. Y un rumor sospechoso de tan homogéneo. Fui allí, en Infanta casi esquina Manglar. Vi los despliegues secretos de motos y militares. La acera se fue llenando de otro tipo de pueblo (algunos llegados directamente del día anterior en la procesión de La Caridad). Todos hablaban en voz altísima con todos, con mil y un uniformes de profesiones mentirosas (como es todo el trabajo en Cuba), lanzando ideas de qué se debía hacer, tanteando reacciones, espiítas singaos y agentes provocadores.

Cuando casi me iban a botar, me fui. El edificio de la iglesia estaba cerrado con rejas, pero ya iban abriendo su portón lateral y tomando los accesos traseros y azoteas circundantes. Luego volví a las cuatro o cinco horas y la zona era un polígono militar. En tres o cuatro cuadras a la redonda no se podía pasar. Patrullas, vanes vacíos o con personal al acecho, cintas como en las películas, ni una palabra al peatón, policías en ramilletes en cada esquina, el tráfico desviado con nerviosismo, casi ningún curioso (era obvio que el peligro era de verdad). A lo lejos, frente a la iglesia, un compactísimo pelotón parece que policial, ya sin testigos oculares ni por supuesto prensa internacional. Otra vez la soledad terminal de los cubanos ante un poder secretamente subpatrio.

Tecleo estas líneas al unísono del asalto. Estoy seguro que de esta madrugada no pasa. Ahora pienso que tal vez el Pastor Braulio era tan falsante como el que sanó sin sanar a mi amor, como todos, pero también pienso que el relato difundido era la típica caricatura del Lobo Feroz (los órganos de seguridad en el mundo entero llegan hasta matar inspirados en los muñequitos). Y que tal vez ese burujón de fieles que cerró filas, incluso contra la Ley, sólo querían protestar pacíficamente por la remoción de su pastor quién sabe por cuáles razones no religiosas sino sociales (las iglesias en Cuba viven para complacer al Estado en sus nombramientos).

Ahora pienso que debería volver a la carga por tercera. Aparecerme allí. Hacerme arrestar en el cordón más externo del despotismo. Después averiguar quién fue justo o no.

En cualquier caso, cualquier víctima de la violencia será responsabilidad directa de los asaltadores armados. ¿No hubo otros canales de diálogo con el Pastor Braulio? ¿Los déspotas no se entienden bien entre sí? ¿Para qué me meto en esta parafernalia? Si no fueran las 3:03 de la madrugada mortecina cubana, levantaría el teléfono y le diría a mi ex-amor: disculpa, sólo quería escuchar otra vez tu voz.

3 comentarios:

Puti Armienne dijo...

Lo que da vergüenza es que haya obispos que se pliegan al castrismo.

Anónimo dijo...

Soy cristiano protestante y te confieso que no me gusta la forma en que tratas a los cultos pentecostales. La iglesia catolica que al parecer respetas mas tambien cree en los milagros y sanidades si no preguntale a un cura sobre la uncion de los enfermos. A pesar de eso le doy gracias a Dios ( el de La Biblia, no otro ) porque al menos tu has dado informacion sobre este suceso ante el silencio indiferente de los demas periodistas (Nuevo Herald incluido. Saludos.

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo con el texto. Aunque la desesperanza actual lleve a muchos cubanos a refugiarse en lo primero que les pronostique cierto bienestar, es bueno denunciar esos cultos malsanos que nacen como champinnones.