martes, 6 de septiembre de 2011



LOVE AT FIRST STAGE

Orlando Luis Pardo Lazo

El domingo de la patria te arrasa, te asola, te hace trizas de cubano sin ilusiones, y entonces coges la Canon y te metes de cabeza en un teatro. En el cine Trianón, por ejemplo, donde Carlos Díaz lleva décadas desnudando deslumbrantemente a su piquete de actores.

No sabes de qué delirio o disparate se trata esta vez. Parece Shakespeare, con su Noche de Reyes, pero igual podría ser un pujo castizo de Fernando de Rojas o uno de aquellos panfletos de denuncia sartreana. Da igual. Teatro El Público no deja títere con cabeza en el escenario. Desde un embajador europeo hasta nuestro monseñor novelista: toda la burguesía proletaria sale ofendida de entre las lunetas a mitad de espectáculo (¡tan viejos y que todavía ninguno sepa leer!).

No es posmodernismo. Es putería. Provocación. Abaratamiento de los altos y pedantes códigos. Disfrute. Deseo. Delito (al respecto, el Ministro de Cultura no se atreve a decir ni jí). El público de El Público entra a consumir lo que no pueden encontrar en ninguna otra parte en la Cuba pacata oficial. Vamos al Trianón a despenalizar las pingas y las papayas (en ese orden), como cuerpos y como conceptos, como pieles y como palabras (con la complicidad tras bambalinas de un poeta espinoso vestido de Norge).

Cubanidad es corporalidad. Por supuesto, no pueden faltar las metáforas tras las máscaras. Parlamentos travestidos contra el modus operandi de la pedestre política actual. Deconstrucciones de hitos históricos. Resonancias del Palacio Real o de la Realvolución. Temas tabúes tratados con desfachatez. Pásate de la raya, cojones. Asómate al nuevo set del tanatos Shanghai, pero con un cierto cariz digamos que cultural.

Los críticos se tienen que comer esta papa caliente. Hasta en un spot pendejito aparece promocionada la obra en la televisión nacional. Pero el domingo de verano es de pinga, queridos amiguitos: una comedia silente siniestra, donde La Habana hace valer su hache más que helocuente y te arrasa, te asola, te hace trizas de ilusión ya sin cubanía, y entonces coges la Canon y te metes de cabeza en la primera fila, allí donde los salivazos de los actores te rebotan en plena cara, allí donde los prepucios patrios penden sobre tu lente de ángulo ancho, allí donde podrías quedar preñado desde el proscenio o desde la fila de atrás, allí donde la palabrota es libertad gozosa y el cuerpo es propiedad ilimitada, allí donde todo es trampa tendida entre personajes que a la primera oportunidad chamuscan a Shakespeare y se ponen a guarachear (¿Umberto detectaría ecos de su Ur-fascismo en esta vocación de collage?), allí donde las luces y músicas se revuelven en tu desmemoria y te comen por una pata de alegría y tristeza (desde Fresa y Chocolate hasta Nemesia, flor carbonera), allí donde por diez pesos cubanos se expone gratis la poco intensa mediocridad de tu vidita infranacional, allí donde también tú como un censor te pararías a mitad del show para irte huyendo de ti, pero allí donde te enamoraste desconsoladamente de un rostro de muchacha vestida como muchacho (¿quién sabe si no al revés?) y ya no pudiste fotografiar a nadie más en escena, ni irte de la tortura, ni quedarte muerto en la carretera con ella (¿con él?), ni callar, ni dejar de callar, ni pensar en otro rostro, ni dejar de pensar.

La locura. El pasmo. La muerte shakespereana con delicados y obscenos gestos de veneno visual. Todos a punto de quitarse la ropa, excepto ella, excepto él. Y cuando lo van a hacer, ella o él se viran de espaldas de súbito y la belleza es absoluta y absolutamente frustrante. Violencia contra el corazón compungido del espectador. Crimen de lesa teatralidad. Estafa de baja estofa. Carlos Díaz al paredón (cuando vire de los USA), sin perdón.

Y se enciende el teatro al final de la farsa y todos tan profesionalmente felices y todos aplaudiendo en el acto menos tú. Los saludos son crueles como la felicidad ajena. La pasarela es un camino de vuelta a la calle. A las siete de la tardenoche tediosa de tu insulsa isla inicua inisecular, sobresaturada de instituciones y desvalida de amor. Me muero. Me pesa la Canon. No puedo disparar nunca más. No quiero volver a este teatro. No quiero volver a verla, a verlo. No puedo dejar de volver. Ni dejar de verla, de verlo.

Es injusto. Todo arte es pésimo y peligroso. Un atentado contra la desesperación. Un asalto contra la soledad. Cómanse su rostro ahora ustedes, carroñeros. Deslíanla en la nada del cíber-espacio píxel a píxel por mí. No me devuelvan nada. Ni siquiera los restos de su retórica de actriz, de actor. Aniquilen lo que no pudo captar la Canon cómplice de mi cerebro hecho talco por mi septiembre sin ella, sin él.

Sin ti.