domingo, 25 de septiembre de 2011

UN DÍA ANTES DE LA GUERRA CON LOS ESQUIMALES




PATRIA DÉSPOTA, PATRIA PERFECTA, PATRIA PERDIDA PARA SIEMPRE: SOY YO, ORLANDO LUIS

Orlando Luis Pardo Lazo

Necesidad de una guerra civil. Necesidad de salir a la calle. De barbotear de barbarie a barbarie. De manotear entre animales, entre criminales, cuerpos en libertad súbita, sin moral y sin culpa y también, por supuesto, sin Dios (como los animales, he dicho). Necesidad de dejar atrás la demagogia cincuentenaria de una paz perpetua y perpetuamente precaria. Constituciones en piras de humo histórico. Insignes mamotretos de Derecho usados como algodón para desinfectar las heridas de la violencia desatada. Necesidad de gritar palabrotas en público, cojones, qué resingueta nos pasa, y correr sobre el asfalto a agredir o a buscar refugio. Me matan, nos matan. Perdón, perdónennos. Desconfiando de todo el vecindario y de pronto confiados como infantes en el guiño de una reja abierta por donde atravesar hasta la otra cuadra, garrochando muros y pasillos y escaleras y solares, y quién sabe si descubrir de paso a nuestro amor enfermo de muerte sobre su paupérrimo camastro. Una virgen triste. La vida está en la otra calle. Basta de letras. Basta de entendimientos. No hay más diálogo que el topetazo. Noción de la no-nación. Necesidad de una guerra incivil. Argh.

Sería tan fácil. Una División de Tanques llegaría tarde por la Avenida de Rancho Boyeros. Los túneles con dinamita que permean los intestinos de La Habana desde los años 90´s serían tan inútiles como su misión original: amedrentar de muerte a la población, no matarla del todo. Con la muerte en vida fue suficiente para comprar dos décadas decadentes más del tiempo intangible de la Revolución Cubana (tiempo inagotable y agotador). Sabes de sobra de lo que estoy hablando. Menos mal. Yo no.

Oí a los vecinos de la calle Neptuno. Entre desconcertados e incrédulos. Ni uno solo de ellos sabía del acto de repudio complotado días atrás en el blog de Manuel H Lagarde a nombre de la Seguridad del Estado. Debo apuntar ante todo que este me parece un momento maravilloso de nuestra Historia Contemporánea. Si un blog es capaz de apuntalar las vigas del falso techo de nuestra política, entonces ni siquiera hay que tener mucha imaginación para concebir el escenario concomitante: un blog también será capaz de aserrar de un solo post esas vigas de caguairán, con o sin comején. Cuidado, conmigo, compañeros.

Reían, negros sanísimos de la salud pública estatal en ruinas, sus espaldas brillosas en el septiembre de la patria, cicatrices y tatuajes, halitosis y dominó, bíceps de basket y calzoncillos por los riñones, los pingones a punto de portañuela, sus colmillos refulgentes de chealdad obturada con noble metal, los molares 100% ausentes. Nuestra estomatología amateur es una asignatura estrictamente estética.

No reían, murmuraban, los blanquitos siempre algo más entecos, mezquinos incluso (toda ilustración es inquina), taimados y acosadores de turistas con cámaras Canon, como yo. My friend, amici, mon ami... Wanna tabaco, wanna food, wanna singar...?

Y yo que quería de todo y sin embargo no me detenía en nada. Yo babeante de política, pus de los desposeídos. Yo, orgasmos de Orlando, amén. Excitación de tweets en vivo para miles y miles en el mundo ancho y añejo. Yo, Fidel de tribuna virtual. Testigo, espía, traidor. Invadiendo el laberinto descentrado de Centro Habana, ese alef maléfico que nunca fue Londres y nunca será Buenos Aires y que, al menos esta tarde inmisericorde de sábado 24, tampoco recordaba a La Habana. Color deslocalizado.

La comentariada era pragmática. No hay meriendas para los niños y viejos, pero aquí las regalan por miles a los zangandongos. No hay audio para meter fetecún en las ferias del agro ni en las disco-mierdas, pero aquí lo ponen a todo meter con la cancioncita de En Silencio Ha Tenido Que Ser y la tuerca tuerta de Sara González (esta aliteración es un milagro de cita textual). Sube pa´l balcón, white, pa´ que vendas las mejores fotos de la internet... Cuidado con esos gordos de allí, que son fulas sin uniforme... Si se forma la desagradable, yuma, no te metas en el barullo que te carterea aquel enano... Y un etnográfico etcétera que los Premios Nacionales de Literatura nunca sabrán leer.

Intenté ser revolucionario radical por un fin de semana. La histeria colectiva me crispó contra las Damas de Blanco. Brujas de Blanco, les gritaban. Tenemos un Comandante que le roncan los cojones. Eso. Catarsis. Carnaval. Las ventajas del poder. Válvula de escape. Me tiré de cabeza contra la esquina de Neptuno y Soledad. Iba a pasar. Viejucas de Blanco, denme de comer. Iba a sumarme al repudio. A mí también me roncaban comandantescamente los cojones. Ser un miserable sin conmiseración de ninguna clase (social). Ser vil, pero ser verosímil. Y en la esquina me saltaron arriba unos chiquillos lampiños, confundidos con mi barba ripiosa que ya pespunta canas: Sorry, míster, la calle está cerrada (y sobregesticulaban con lenguaje de mudos, para hacerme entender que el circo ya estaba cerrado, que no hacía falta más revolucionarios indignados bajo la carpa, que bastaba con los contratados quién sabe por cuál empresita en quiebra estatal).

De nada valió sobregesticular que me interesaba ingenuamente hacer fotos zoonóticas. Out. Off. La caja estaba cerrada (el ataúd). Los gritones se reemplazaban como en una coreografía de pizarra inhumana (no sería de extrañar la prima mano absoluta del Ballet Nacional de Cuba detrás de este acto). Salían en tándem y en tandas regresaban al spotlight de sombra definido por dos horribles banderas: el buitre heroico de la cubana y los hematíes anarcoterroristas del M-26-7, movimiento inexistente desde medio siglo atrás (archipiélago Cubag acaso no menos inexistente desde medio milenio atrás).

Cuando las repudiadas sacaron sus cabezas de blanco (o de cheques en blanco), los de la compañía coral las apolismaron en un pas-de-diez millones. Tiraron una guagua metropolitana contra la puerta de Laura Pollán, como si de una sede diplomática se tratara. Juro que el público aplaudió, como en un estudio en vivo de televisión (de esos donde Cuba ya no se arriesga a filmar), mientras desembarcaba un pelotoncito élite de uniformadas de verde aguacate. Eros de medias negras y sayitas apresando sus nalgas en un jalón de artes marciales. Nunca he hecho el amor con una militar. La psico-rigidez estas capitanas marianas grajales debe ser hormonalmente muy estimulante de someter.

Me alejé, macho de mierda. Busqué como un tonto la colina de la universidad para tener perspectiva con el teleobjetivo. Tiré fotos más o menos movidas, más o menos desenfocadas. Cada vez lo hago peor. Sé que pronto abandonaré del todo el oficio. Una párrafo vale más que mil píxeles.

Dentro del círculo de fuego, descubrí a mis colegas los foto-corresponsales de agencias. Pensé que no tenía caso seguir allí. No correría la sangre con esas camarotas profesionales autorizadas a reportar el repudio de las masas contra las mercenarias (Laura, sin embargo, sí sangraba). Ok, correría, pero no llegaría al río (debo destacar que en toda Centro Habana no hay más ríos que las cloacas explotadas de heces). En cualquier caso, cómplicemente me fui. Las abandoné a su suerte de dólares y radioemisoras de Miami (en las cárceles, los presos ya no esperan nada de nadie).

Busqué a cada rato a mis espaldas y nunca entendí por qué no aparecía una contracandela contestataria, una suerte de Segundo Frente Occidental. ¿Cuesta tanto trabajo no hacer las demostraciones lineales, de una en una, sino simplemente planear en un mismo día en un mismo sitio dos marchas? ¿En qué pánico no caerían los energúmenos si vieran bajar otra tropa de blanco Neptuno abajo? Especulaciones de estratega sin experiencia. En fin.

La adrenalina se respiraba incluso dentro de los taxis particulares desviados. Curiosidad, morbo, necesidad de cazar. Todo había sido tan fácil. El poder no debe arriesgarse a estas demostraciones de debilidad. Yo mismo pude haber corrido contra el cordón de cerdos dormidos y perforarlo como un proyectil. Pude haberme dado candela como una mujer despechada (los policías orientales hubieran entendido bien de cerca este código). Pude gritar locuras. Hacerme enjaular con una camisa de fuerza en las ambulancias. Saltar dentro de una pipa de agua o morder los bafles justo cuando Silvio Rodríguez rasgara las cuerdas de su poesía peor (difícil de distinguir). Pude haber incluso infartado y sería ahora el muerto número no sé cuántos del MININT.cu en los últimos meses (lo soy, entérate de una buena vez).

Patria, no me dejes tan solo, coño de tu madre. Patria padrastro, patria impuesta, patria déspota, patria impoluta como las guayaberas de los presidentes y los verdugos (y los disidentes en sus recepciones embajatoriales), patria perfecta, patria paisaje imperdonable, patria perdida para siempre: soy yo, Orlando Luis. Te veo toda, estoy ciego. Te leo toda, soy ubicuo. La carne de tus fachadas será mi mejor mortaja entre dos fechas. Habana, ábrete y trágame, lapidaria.

Necesidad de una guerra civil. Los bárbaros ya están bautizando caballos de raza en el Senado enemigo. Animalia de la democracia crasa, cuerpos en libido súbita, eyaculación sin ayes ni ataduras (sólo dolor de los músculos macerados, emasculados, histerectomizados). Necesidad de delimitar el delirio de nuestros discursos (¿cómo me atrevo a teclear esto precisamente yo?). Vaciar las bibliotecas de todo sistema posible. Deshabitar en el desagüe de lo micro, como la mueca de esas viejas que abrían azoradas la quijá y se sentaban en la peste de su contén a ver el cadáver de los segurosos pasar. La Ley es Guerra (parece un tatuaje de Los Aldeanos). Necesidad de protagonizar, Padre, porque no sabemos lo que haremos. Trancados o a trancazos dentro del templo claustrofóbico en que hemos convertido nuestra desmemoria del no-futuro (eso es ya harina de otro pentecostal). Cruzando guiños seropositivos hasta con las jineteras de bares baratos, buscando desconsolado un latigazo mínimo de lucidez. Me muero, me matan. El niño aquel, senil. Inclinando moribundo de tedio y horror mi cabeza sobre el cuello amado y olvidado, en un almendrón yanqui amordazado a andar sólo con luz brillante. Yo tampoco pude tener un Buick. La vida está en otro taxi. Basta de sílabas. Basta de simulaciones. El diablo son los diálogos. Nación sin noción de no serlo. Necesidad de una guerra incivil. Argh.

7 comentarios:

Puti Armienne dijo...

Que triste es la situación de Cuba.

Anónimo dijo...

Orlando cuantos cigarritos con aliño te fumas al dia?

Mister Reeder dijo...

Tu estilo es extraordinariamente apropiado para contar lo que describes. Leo y veo en tus palabras a la vez la triste realidad de Cuba y el desgarro de quienes se han atrevido a ver la verdad y a denunciarla. Te felicito.

Anónimo dijo...

Idem, te felicito, por tu coraje, por tus descripciones, por ser unico en un pais donde populan los miserables de doble moral. Me encanta tu escritura, tu ironia y el desgarro de tu mensaje!

Anónimo dijo...

Orlando ¿si te doy mi direccion me pasaras la coca que te metes? Debe ser magnifica, asere!!!!

Ruta Veintiseislaguagua.com dijo...

Orlando al leer los otros comentarios me da tristeza, ver que la gente sea tan mal educada e irrespetosa. pero como dice el refram. " el ladron jusga por su condicion " .
Gracias por ser quien eres y por lo que haces. gustele a quien le guste. eres luis pardo lazo
¿ y ellos ? anonimos cobardes que no dan ni el nombre . Ranulfo Ramirez.

The Vedado Times dijo...

Bueno, haces literatura de una noticia. Pero me gustaria saber quienes son los esquimales: o debo tambien imaginarmelo?