lunes, 10 de octubre de 2011

DEATHVOLUTION


FILMAR FANTASMAS

Orlando Luis Pardo Lazo

Fantasmas moribundos. Era 2007 y filmábamos espectros en una escena de extremaunción en un hospital habanero. Reconstruíamos la muerte de un coronel de apellido Lezama o Cemí, para la película "El viajero inmóvil" del director Tomás Piard, que se movía entre las sombras como un hechizado, poseído acaso por el capítulo 6 (caja de muerto) de Paradiso. José Eugenio Cemí va a morir solo y le cruza un testamento poético al aparecido Oppiano Licario, un aparecido fatuo cubano en tierras foráneas (toda muerte es esa soledad de extranjería limítrofe).

La luz artificial era, en efecto, pobrísima, de ultratumba, y saqué algunas fotos escalofriantes. Los actores, reconocidos o novatos, lucían mudos, resolviendo sus mímicas con lugares comunes. Pero la verdadera película ocurría a medio metro del set, a espaldas del cablerío y las cámaras. Era 2007 y estábamos en el Hospital llamado Emergencias de la calle Carlos Tercero de La Habana. Yo estaba tan triste que hubiera querido ser actor de verdad para morirme de verdad sobre la costra de aquella camilla de verdad que no era de utilería.

Como en un animado de sombras chinescas de la era soviética, se nos acercaban gargajitos humanos con sus esqueletos dentro de un pijama prestado por el MINSAP, prisioneros de sus próximos cadáveres, gente que vivía desde siempre en aquel funéreo pabellón, indiagnosticables por la institución. Nos hablaban como a extraterrestres, en un argot raro, de prótesis dental mal ajustada o ya en una tacita con agua como talismán, entre agradecidos y molestos por haberles roto la rutina de compartir su telenovela de turno en un pantry del hospital.

Negros. Muchos negros y negras consumidos bajo la piel (¿racismo de las dolencias?). Los ojos como última esperanza de sobrevivir. Un jarrito de lata y un cucharón. En chancletas. Un par de ellos usando el porta-sueros como bastón. Convencidos de que con suerte podrían lograr un pase el fin de semana, pero el Alta Clínica jamás. Incurables de la patria médica amateur.

Las puertas destartaladas. Los gritos entre enfermeros (negros también, pero saludabilísimos). El olor a desinfectante de shopping diluido con veneno de cucarachas. El descascaro del techo y las paredes. Y otra vez la luz mortecina, augurio de la luz peor que los esperaba ya en la capilla.

Esa es nuestra potencia clínica paradisiaca más íntima. A todos nos espera una escena última así. Lezama Lima lo supo en gordura propia. No habrá tiempo, incluso sobrando el tiempo de ingreso. Nada evitará la emanación de algún Oppiano Licario desde el camastro de al lado, que a la hora de quedarnos solos y asumir el adiós, vendrá inoportunamente a testimoniar nuestras lágrimas innecesarias y a anunciar que él se encargará de avisar a nuestra familia (como si aún tuviéramos una, sea real o filmada).

De esa noche de invierno ya no me queda nada (hasta Tomás Piard como autodefensa me ha llamado traidor). No me contratan más como fotógrafo de rodaje. Salí del Emergencias trocado en un fantasma del resto de los hospitales nocturnos de esta ciudad. Desde entonces las muertes me rondan generosamente de funeraria en funeraria (los flores son horrendas y huelen a pudrición). A todas llego de medianoche, para minimizar la bruma aburrida de las madrugadas. En todas me sobrecoge la falta de ritual a exceso de ritual. El vacío de los convocados. No tenemos ni siquiera nada de qué dolernos como nación.

Mi madre a ras de muerte asmática en La Benéfica, plagada de bolivarianitos a punto de Down, con borrachos que los policías expulsan como pueden del lobby, con recepcionistas sacadas de un filme no del ICAIC sino de terror, con las ventanas tapiadas con nylons y cartones, con los baños clausurados por los excrementos, y el elevador voceado desde cada piso para que el adolescente fronterizo que lo maneja sepa en cuál tecla parar: "¡seis, un muerto...!" (Es una cita textual del 2002.)

Mi novia a ras del Militar, con su ristra de uniformados cayucos llegados de las unidades militares de medio país, con sus cuentapropistas en la acera de enfrente, los limpiapisos con audífonos reacomodando la mugre y las bacterias endémicas de Marianao, con la cara de sueño de los técnicos que te hacen un ultrasonido sin pedirte ni un centavo a cambio de su dictamen (tal incluso un piropo a la muchacha si es joven).

Las historias de enfermeros emergentes son impronunciables sin cometer el delito de difamación. Sueros equivocados, concentraciones disparatadas, templadera en los cubículos (puede que como alquiler). También están los profesionalísimos diagnósticos que nunca fueron tales, hasta que una autopsia los delató. Pero no estoy criticando el sistema de salud nacional, al que, como todos, le debo incluso mi vida (y más de una vez). Estoy, como un clínico de experiencia, apuntando síntomas persistentes. Dejando en blanco y negro mi derecho de narrar la hiel solidaria con que se muere a la intemperie en este país (el falso techo abofado, los neones fundidos, qué más: una propaganda política al lado de un poster anti-HIV). Estoy vomitando la miseria colectivizada de la que ningún capitalismito nos va a salvar como cuerpos.

Coronel del Ejército republicano Cemí-Lezama ante una cámara digital. Dama de Blanco Laura Pollán bajo el lente de la prensa independiente o internacional (y por supuesto el bloguerío fascista gubernamental). Una luz del más allá amortaja la desgracia de tener que tenderse en una cama estatal, sin opción de pago por un tin tétrico de privacidad. El Estado totalitario es eso. Nada de dictadura sangrienta. Se trata de que, como ciudadano, el poder siempre nos acompañará. El anonimato individual atenta en primer grado contra la masa monitoreada de enfermos y por eso es una cuestión de seguridad nacional. Usted se muere como vivió: sin más biografía que la retórica oficial.

Era 2007 y yo no pensaba vivir tanto.

Es 2011 y la Revolución Cubana, por ley de la vida, ya ha enterrado al menos una vez al país donde en 1959 se instauró. A partir de ahora, como en el filme "El viajero inmóvil" de Tomás Piard, todo tendrá cierto toque de apropiación y parodia. Somos los huerfanitos de esta historia artificial. Nadie despedirá el siguiente duelo. Y es lógico. De algún modo todos compartimos un diagnóstico idéntico. Terminal. Por primera vez en medio siglo o medio milenio seremos compatriotas de verdad.

2 comentarios:

Puti Armienne dijo...

Terminal, pero la revolución y los Castro son unos casi cadáveres que se niegan a morir y quieren arrastrar a todos en su fracaso.

Anónimo dijo...

Estás escapao compadre.